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Los misteriosos itálicos

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En su célebre discurso en defensa de la Ley Manilia, singularmente apasionado incluso para un orador de su talla y experiencia, Cicerón llamó a la intervención romana en el reino del Ponto, exigiendo además que dicha operación fuera fulgurante y decisiva. Para ello había que olvidarse de las viejas cortapisas que habían lastrado la política exterior de la mojigata República romana durante siglos. Había que concederle el poder absoluto a un solo hombre y había que eximirle preventivamente de toda responsabilidad sobre las decisiones que hubiera de tomar sobre el terreno. Solo así podría librarse con éxito la operación especial que Cicerón y algunos de sus colegas tenían en mente.

italicos2Era indispensable tomar tan trascendental decisión, sostenía Cicerón, para la salvaguarda de los itálicos. Los poderosos reyes que gobernaban en torno al Mar Negro habían desatado una guerra contra los negotiatores itálicos que residían en sus dominios. A diario, afirmaba el orador, llegaban a Roma centenares de cartas de tan insignes caballeros quejándose de que sus negocios, sus fortunas, e incluso sus mismas vidas, peligraban. Se decía que algunas de sus viviendas habían sido incendiadas, e incluso se rumoreaba que uno de aquellos reyes del Mar Negro había iniciado un genocidio contra los itálicos. Era necesario intervenir.

Y se intervino, y se le concedieron a Pompeyo unos poderes sin precedentes en toda la Historia romana, y Pompeyo no solo derrotó a Mitrídates, el más destacado de los agresores, sino que llevó la guerra hasta Armenia y Siria, conquistó reinos enteros, depuso y repuso gobernantes a su solo arbitrio, y extendió las fronteras imperiales hasta donde nunca antes habían alcanzado.
Ahora bien, los historiadores modernos llevamos ya tiempo planteándonos una sencilla, o quizás no tan sencilla, pregunta: ¿quiénes eran esos itálicos a los que los reyes del Mar Negro estaban tiranizando?

italicos3Para ser francos, lo ignoramos. Solemos contentarnos con inferir que los negotiatores itálicos eran hombres de negocios procedentes de Italia. Vale, es obvio. O lo parece. Comerciantes y prestamistas que al parecer habrían ido asentándose en las tierras próximo-orientales, más allá de las fronteras de la República romana, y que habrían medrado gracias a su singular inteligencia y a su fantástico olfato con los negocios, lo que les terminó granjeando por lo visto, la envidia de los vecinos y gobernantes locales. No parece que fueran ciudadanos romanos, porque entonces nuestras fuentes nos lo dirían, dirían “romanos” y no “itálicos”, y desde luego Cicerón no tendría que arengar a sus ciudadanos a socorrerlos, porque todo romano se apresuraría a tomar las armas en defensa de cualquiera de sus compatriotas. Además, un romano nunca residiría motu proprio en territorio enemigo. Se nos dice que eran “itálicos” pero no ciudadanos romanos, en un momento en el que Roma se había apoderado ya de Italia y no quedaban en la península pobladores que no fueran romanos. Los historiadores, en fin, hemos tratado de resolver tan desconcertante (¿y anecdótico?) rompecabezas proponiendo que estos itálicos agredidos en las costas del Mar Negro serían seguramente comerciantes y prestamistas originarios de algún pueblo aliado de Roma. O puede que una mezcla de ciudadanos romanos con gentes que no lo eran, pero que eran partidarias de Roma. O algo parecido. En el fondo no tiene mucha importancia, lo importante es que estaban siendo agredidos y hubo que intervenir en su apoyo. ¿Verdad?

italicos4Como también hubo que intervenir, por cierto, en Macedonia, cuando Perseo, el último sucesor de Alejandro Magno, invadió la ciudad de Larisa, provocando la huida de casi todos los itálicos-no-romanos que vivían en ella. Y también en Numidia, cuando el malvado Jugurta masacró a traición a los honorables itálicos de las ciudades de Cirta y Vaga. Y en la propia Cartago, cuando, cincuenta años después de suscrita la paz con Aníbal y delimitadas las respectivas áreas de influencia de las dos potencias, los habitantes de Cartago se lanzaron como hienas sobre los pobres itálicos que residían en la ciudad, asesinándolos sin excepción. Y contra el reino del Ponto, cuando Arquelao, el hijo del monarca depuesto por Pompeyo, se puso al frente de una flota y asesinó a varios miles de itálicos en el puerto de Delos.

¿Quiénes eran estos itálicos? Yo tengo mis sospechas, pero permítanme que en esta ocasión no las comparta con ustedes. Mejor que cada cual se forje su propia opinión al respecto.

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Mejor callar

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El joven Claudio permanecía inclinado sobre su escritorio, resollando y bisbiseando en la penumbra que un par de lámparas apenas lograban disimular. Mantenía los ojos cerrados, descansándolos un momento mientras repasaba mentalmente el último párrafo que segundos antes había dado por concluido. Escribía y reescribía cada línea tantas veces, en una eterna búsqueda de pulcritud, que terminaba aprendiéndoselas de memoria. No le costaba hacerlo. Tenía todo el tiempo del mundo. Y un cerebro prodigioso.

callar2No todos, desde luego, opinaban eso del pobre Claudio. Huérfano de padre desde la más tierna infancia, alejado también de su querido hermano mayor, al que un Augusto carente de hijos varones había adoptado para sucederle, Claudio vivía en la sola compañía de su madre Antonia, que no desaprovechaba ocasión para despreciarle. A menudo le gritaba, en público y en privado, que era un engendro humano a medio terminar, y gustaba de censurar a sus conocidos espetándoles que eran más estúpidos todavía que su hijo Claudio. Aquella mujer amargada le mantenía encerrado en casa y, desde que con la adolescencia Claudio había comenzado a corresponder a sus desprecios con malos gestos, había puesto a su cargo al antiguo intendente de las caballerizas, un esclavo bárbaro, para que le domara como si de una vulgar bestia se tratara.

Carecía, desde luego, de amigos, y, de sus relaciones con el sexo opuesto, mejor ni hablar. Recluido siempre en sus estancias, apenas había tenido oportunidad de confraternizar con ninguna muchacha de su edad. Había estado prometido en dos ocasiones, bien es cierto, pero a su primera novia no la había llegado ni a conocer, pues su potencial suegro había cometido la imprudencia de insultar a Augusto antes de la boda, y toda la familia había acabado exiliada. Y lo de su segunda prometida fue peor, pues acudió a sus nupcias gravemente enferma, y murió antes de que estas pudieran darse por consumadas. Aquello consternó sobre todo a su abuela Livia, que no veía momento para sacarle de la familia, aunque fuera desposándole con una pequeña tísica. Pero no lo habían conseguido por muy poco.

Las conversaciones entre su abuela Livia y su abuelo Augusto, cuando ambos discutían delante de sus invitados sobre si Claudio era o no tan retrasado como parecía, abochornaban al joven. Detestaba a sus abuelos más que a nadie en el mundo.

callar3Ante semejante panorama, e inclinado también a ello por su propia naturaleza, Claudio se había dado desde muy niño al estudio. A pesar de su tartamudez nerviosa, manejaba la lengua latina, sobre todo por escrito, mejor que muchos poetas, y su sorprendente dominio del griego asombraba hasta a los filósofos. Todavía adolescente había publicado sus primeros ensayos sobre filología, en los que entre otras cosas defendía la adición de tres letras nuevas al alfabeto, con suficientes argumentos como para que más de un erudito tomara la propuesta muy en serio. También había escrito un extenso tratado sobre filología etrusca, pero quedaban en Roma tan pocos estudiosos de la antigua lengua que casi nadie pudo verificar si su sesudo volumen tenía enjundia o era descabellado.

El texto que aquella noche estaba concluyendo, sin embargo, no versaba sobre filología. Aquella era una Historia de Roma. La primera, que él supiera, y creía haberlas estudiado todas, que no se detenía en los legendarios orígenes de la Urbe ni en sus más gloriosas conquistas, sino que abordaba con detenimiento las últimas décadas transcurridas, los años que habían pasado desde el asesinato de César hasta la consolidación en el poder del abuelo Augusto. Los años, en fin, de la guerra civil.

Claudio era perfeccionista en todo cuando hacía, o al menos lo intentaba. Llamó en su ayuda al mejor historiador del momento, Tito Livio, que, acaso por ternura ante los ímprobos esfuerzos del tullido, o quizás reconociendo su excelso intelecto, se prestó a aleccionarle. Estudió concienzudamente los registros estatales, y, gracias a la fortuna familiar, se adueñó de los archivos de algunas de las principales familias de Roma. Incluso envió a sus esclavos aquí y allá para interrogar a cuantos testigos quedaban de los horrores, escaramuzas y masacres perpetrados unas décadas atrás, y, al parecer, tan rápidamente olvidados. Y también para que visitaran los cementerios de los pueblos y las fosas comunes, muchas de estas todavía a medio cubrir.

Pero aquella obra que estaba concluyendo, pese a todo, no era la Historia con la que en un principio había soñado. Claudio tenía la voluntad férrea, pero no lo suficiente. Y, en cuanto supieron lo que proyectaba, su madre y su abuela no habían dejado de presionarle. No podía, le repitieron una y otra vez hasta que quebrantaron su ánimo, no podía, le dijeron, ser sincero, no del todo. Había cosas que era mejor callar. Mejor para todos, para el abuelo, para sus tíos, para él mismo, para Roma. Mejor dejar la guerra donde estaba, en el pasado.

callar4Así que Claudio finalmente escribió una Historia de Roma mutilada, en la que se callaban, como si ni siquiera hubieran transcurrido, más de veinte años. Esa era la Historia que el joven Claudio tenía ante sí, ya casi concluida, presta para que, tras una última lectura de los abuelos, se diera por fin a conocer, y quedara olvidada casi al instante, ignorada por el gran público. Junto con los últimos asomos de inocencia del pobre, tullido, acaso imbécil, Claudio.

Mejor acogida popular tendría la Historia de Roma que el abuelo, Augusto, concluía también aquella noche en su despacho, en lo más alto del Palatino. Lo cierto es que le había costado mucho menos esfuerzo escribirla que a Claudio, apenas un par de tardes. Pero aquella, la redactada por Augusto, era otra historia. Mucho más sencilla. Quizás por eso triunfó entre el público.

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La bella Pirra

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Esta noche les referiré una historia que Homero conoció, pero que prefirió no mencionar en su epopeya. Vaya usted a saber por qué. Les contaré la historia de la bella Pirra.

La bella Pirra vivía en la isla de Esciros, en el Egeo, a tiro de piedra de Eubea. El suyo era un islote montañoso y agreste, pero bello, salvajemente bello, próximo a varios puertos transitados pero al mismo tiempo alejado de las principales rutas de navegación. Gobernaba sobre él el gran Licomedes, un monarca juicioso y afable, respetado por sus vecinos y ensalzado por sus agradecidos súbditos, pirra2de los que no acostumbraba a solicitar gran cosa. Habitaba Nicomedes un modesto pero confortable palacio enriscado sobre un empinado acantilado, acompañado de unos cuantos sirvientes y de sus afamadas hijas. Afamadas por su dulzura, por su cortesía, por su recato. Y entre todas ellas, como si de una más se tratara, maduraba la bella Pirra.

Pirra no era hija de Licomedes. Este no solía hablar de ello ante sus esporádicas visitas, pero tampoco se molestaba en negarlo cuando algún invitado indiscreto se lo preguntaba: el revelador aspecto de la muchacha hablaba por sí solo. Todas las hijas de Licomedes eran agraciadas, de bellos rostros y figura armónica, pero su tez era morena, casi aceitunada, y sus cabellos eran negros como el carbón, como los de su padre cuando era joven. Pirra, en cambio, era pelirroja y de una palidez asombrosa, cerúlea. Era mucho más alta que las demás y, aunque no tan delgada, sus muslos eran fuertes, poderosos, como sus ademanes, como sus ojos límpidos, que a nadie dejaban indiferente. Hacía años, Tetis, la ninfa de los mares, había llegado a Esciros junto a Pirra y, tras conversar larga y secretamente con Licomedes, se había vuelto a marchar, dejando a la niña al cuidado del sabio y apacible monarca. La muchacha, desde entonces, había madurado. Y en los últimos tiempos no faltaban los pretendientes que acudían a la isla desde toda Grecia para pirra3solicitar la mano de la bella y misteriosa Pirra. Todos ellos, empero, habían sido despedidos con fulminante cortesía.

En cierta ocasión, sin embargo, desembarcó en Esciros una embajada ciertamente singular. La componía la flor y nata de la realeza griega, una nutrida selección de los magnates más poderosos de la Hélade. Formaban parte, al parecer, del ejército que se estaba reuniendo para marchar contra Troya. Y habían acudido a Esciros para llevarse consigo, a las malas o a las buenas, a la bella Pirra.

Pirra, por supuesto, se negó en redondo a abandonar la casa de Licomedes. Allí jugaba, allí festejaba, allí conversaba y bailaba con las hijas del monarca, a las que llamaba hermanas. Nunca en su vida hubiera deseado dejar aquel hermosísimo lugar. Pero el momento que su madre pirra4Tetis le anticipara preocupada hacía ya tantos años había terminado por llegar. Sin conmoverse ante la resistencia inútil de Pirra, varios de los prebostes griegos, con el mismísimo Ulises a la cabeza, se arrojaron sobre ella y la despojaron, ante el desconcierto de todos los presentes, de sus ropas.

Ale, ya se terminó la farsa, dijo entonces Ulises, rompiendo un silencio sepulcral que no hacía sino acentuar los gemidos que no conseguía ahogar la desnuda y desmadejada Pirra. Es tu deber, los dioses lo mandan, debes acompañarnos a la guerra.

Y con un hondo suspiro, Pirra, que al nacer había recibido el nombre de Aquiles, se levantó, cubrió su desnudez como mejor pudo con los jirones del manto mujeril que durante tantos años había vestido, y se resignó a abandonar aquel rincón de ensueño para marchar hacia el que sabía que sería su lóbrego, otros dirían que glorioso, destino.

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