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Malas hierbas

hierbas1Pongámonos en situación.

Figurémonos a Augusto. Trabaja solo, en el pequeño despacho que se hizo amueblar en el primer piso de su casa, la casa que le compró a Hortensio en el Palatino y que desde entonces se ha negado a reformar, por muy Príncipe y Padre de la Patria que ahora sea. Por las mañanas recibe a sus clientes y amigos en la planta baja, pero las tardes se las reserva para él, para trabajar (o para descansar; cada vez le cuesta más discernir la frontera entre ambas cosas) en aquel acogedor, angosto pero acogedor, estudio. Su Siracusa, lo llama, remarcando que es de él y de nadie más. Solo los esclavos visitan aquel refugio, Augusto no permitiría que ningún otro ser humano lo hoyara. El mobiliario es espartano, las paredes carecen de frescos, pero por el amplio ventanal penetra la luz a raudales, esa luz anaranjada y densa tan característica de Roma. Desde hierbas3su escritorio puede contemplar el discreto peristilo de su casa, allá abajo, ornado de parterres y estanques, y algo más lejos la inmensidad del Circo Máximo y la majestuosa y bulliciosa Roma. Ahora más majestuosa y bulliciosa que nunca, plagada como se encuentra de obras públicas.

Le acaba de llegar una misiva desde Hispania, desde la colonia de Tarraco. Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, que comienza diciendo la carta, como si precisamente él no conociera mejor que nadie la ciudad y sus títulos.

Augusto no puede evitar fruncir el ceño con desagrado cada vez que oye hablar de Hispania. Motivos, quizás, no le falten. Aquella tierra fue un semillero de partidarios de Pompeyo Magno hasta que el padre adoptivo de Augusto, César, los derrotó en Munda. Y todavía estaban tibias las cenizas de César cuando el último de los hijos de Pompeyo reapareció de entre los muertos y, nadie sabe cómo, reunió en Hispania una flota que puso en jaque a la República. No contentos con eso, muchos hispanos se habían atrevido a traicionarle también a él, a Octaviano, el legítimo heredero de César, y se habían decantado por Antonio y por la furcia de su esposa egipcia. Como era de esperar, en cuanto se difundió la noticia de que ambos renegados se habían quitado la vida en Alejandría, toda Hispania pareció olvidar de repente quiénes habían sido los que había abrazado tan necia causa. Fue imposible tomar represalias.

hierbas7En fin. Pero no es eso lo que agria el humor de Augusto cuando escucha la palabra Hispania. Es el recuerdo de su última estancia en Occidente. De aquella ocasión en la que, ya dueño de Roma y del Mundo, decidió ponerse al frente de sus mejores tropas para rematar la conquista de las inhóspitas y malhadadas tierras de Gerión.

La campaña parecía fácil. No lo fue. Desembarcaron en Tarraco y se internaron por el valle del Ebro, directos hacia el territorio rebelde, infestado, según se decía, de indómitos guerreros cántabros. Mas Augusto no llegó muy lejos. Apenas emprendida la marcha, comenzó a sentirse mal. Acaso fueron las aguas, quizá la comida o las pulgas, o puede que los cadáveres que se amontonaban en los caminos. Incapaz de detallar sus síntomas, trató de continuar junto con el ejército, pero aquello no hizo sino empeorar. Al final, fue el propio Júpiter quien le ordenó que cejara en el empeño. De improviso, un rayo descendió del cielo despejado y mató a uno de los esclavos que acarreaban su litera. El espanto cundió entre sus soldados, ya de por sí desmoralizados debido a los estragos que también entre ellos causaba la epidemia, por lo que en cuanto Augusto volvió en sí decidió que lo único que podía hacer en aquellas circunstancias era volver grupas.

hierbas2Y en efecto, el Príncipe regresó a Tarraco. Sus tropas no, evidentemente, ellas reemprendieron el camino hacia las montañas cántabras, donde durante varios años hubieron de vérselas con unos enemigos más sanguinarios y arteros de lo que nadie hubiera podido esperar. En aquel período su legado, el fiel Agripa, cosechó victoria tras victoria, triunfo tras triunfo, mientras Augusto permaneció encamado en Tarraco, consumido por los temblores y las fiebres, incapaz siquiera de reaccionar cuando hasta él llegó la noticia de que en Roma ya le daban por muerto y el Senado rumiaba quién podría sucederle. En cierta ocasión los médicos de la ciudad se empeñaron en que para sanar debía acudir a Turiaso, a trescientos kilómetros de Tarraco. Al parecer allí había un estanque consagrado a una ninfa local que lo curaba todo. Augusto no tuvo fuerzas para oponerse, y quienes le rodeaban se mostraron dispuestos a todo con tal de que su señor recuperara la salud. El viaje fue una experiencia penosa. Y peor aún fue soportar que aquellos bárbaros le desnudaran, le sumergieran sin miramientos en aquella charca apestosa y se quedaran contemplándolo, sonrientes. Rumiando de satisfacción, Augusto estaba seguro, por ver a su Príncipe en aquel miserable estado. Las aguas de Turiaso, evidentemente, nada lograron. Habrían de pasar todavía varios meses hasta que Augusto se restableciera lo suficiente como para embarcarse de regreso a Roma. Acompañado de un victorioso Agripa que, a ojos de todos, había sido el verdadero héroe de las guerras cántabras.

hierbas5Ahora son los notables de Tarraco, los mismos que le hospedaron durante su enfermedad, quienes le escriben. Augusto todavía recuerda el nombre de muchos de ellos. No sabe qué esperar cuando se dispone a leer la misiva, pero su contenido le deja boquiabierto. Al parecer, los habitantes de la colonia de Tarraco, Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, consideran que el Príncipe, Imperator Cayo César Augusto Octaviano, es un dios en la tierra. Y lo saben a ciencia cierta, porque en el altar que en la ciudad consagraron a su persona cuando Augusto se repuso de su enfermedad, acaba de brotar una palma, signo inequívoco de su triunfo sobre los mortales. Los dioses le anuncian al Príncipe que posee una esencia divina. Y lo hacen, por supuesto, a través de sus más fieles siervos de Tarraco.

A veces hay que ponerse en situación. Solo así entenderemos la respuesta de Augusto, enviada en el primer barco que partió rumbo a Hispania. “Limpiad el altar, cochinos, y así no crecerán malas hierbas”. Los decuriones de Tarraco no salen de su asombro.

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