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El héroe y sus herederos

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¿Conocen ustedes la torre de Pozo Moro?

Se trata de una de las piezas faro del Museo Arqueológico Nacional, sito en plena calle Serrano de Madrid. Allí fue expuesta por primera vez en 1980, nueve años después de que sus restos asomaran entre los surcos de un campo de labor de Chinchilla de Montearagón (Albacete). Y allí fue remontada durante la reciente remodelación del museo, ahora en un patio, más asombrosa y espectacular que nunca. Merece la pena visitarla.

Les hablo de un edificio cuadrado de seis metros de altura, levantado sobre un podio escalonado. Un edificio cuyas esquinas defendían cuatro esculturas de leones, todo fauces, todo rugido. Un edificio en cuyas paredes se exhibían toda una serie de escenas sobre las que historiadores y arqueólogos han vertido (y siguen vertiendo, y seguiremos vertiendo; cada uno tiene sus depravaciones y esta es bastante inofensiva, se lo juro) ríos de tinta.

torre2Les invito a asomarse a una de ellas. El panel en cuestión se sitúa en la cara norte de la torre. Del mismo solo se ha conservado un fragmento, pero es grande, suficiente para comprender la escena representada. Nos encontramos ante la gesta de un héroe. De eso no cabe duda. En el centro de la imagen, un esforzado varón avanza hacia la izquierda con grandes y cansinas zancadas. Porta un enorme sable curvo, se protege con un casco y calza unas gruesas botas de caña alta que delatan el afán viajero de nuestro protagonista. Sobre sus hombros transporta nada más y nada menos que un árbol. Un árbol entero, con raíces y todo. Y no es un árbol cualquiera: la bandada de pájaros que se niega a abandonar sus ramas, que revolotea en torno a la cabeza del héroe y lo acompaña, así lo atestigua. Es el árbol de la vida, el árbol de la fecundidad, el árbol que garantizará la prosperidad de aquel que lo  plante en su jardín. Un preciado trofeo, desde luego. Tres geniecillos intentan ayudar al héroe en su gesta, aunque su grotesca apariencia y los ademanes con los que blanden las pértigas con las que soportan el árbol nos llevan a preguntarnos si realmente hacen algo que no sea estorbar. Al menos lo intentan. Y no es la suya una tarea baladí. Reparen ustedes en los extremos del fragmento conservado. Por delante y por detrás del héroe aparecen varios seres monstruosos. ¿Son leones, lagartos, dragones? Lo desconocemos. Pero de lo más profundo de sus gargantas brotan llamaradas. No parecen dispuestos a que el humano se lleve el árbol.

La escena se nos presenta en todo su paroxismo. El héroe, rodeado de monstruos, blande impotente su sable mientras intenta avanzar entre las llamaradas con su preciada carga. Desconocemos cómo acabó la historia.

torre3O, mejor dicho, sí lo sabemos. Porque en el resto de los relieves de Pozo Moro nos topamos con otras tantas aventuras del héroe, con sus combates contra otros guerreros, contra tritones, quimeras y centauros. Parece que salió airoso de tantos y tan graves infortunios. No en vano, en la última escena de la serie nos es dado contemplar ese momento tan íntimo en el que la diosa decidió premiar tantas fatigas y lo recibió, desnuda, en su lecho. Ningún otro colofón hubiera podido resultar más apetecible, más glorioso, para un mortal. Y así quedó plasmado en los sillares de arenisca de Pozo Moro.

Y así lo ordenó plasmar, por cierto, la aristocracia que regía en los contornos de Chinchilla de Montearagón hacia finales del siglo VI antes de nuestra Era. Una familia cuyos integrantes decidieron levantar esta torre, decidieron rodearla de un alto muro de adobe, y decidieron comenzar a enterrar a sus difuntos en torno a ella. Seguramente se consideraban descendientes del héroe, partícipes de sus gestas, herederos de su gloria. Y posiblemente lo siguieron considerando durante siglos. Pues en el cementerio de Pozo Moro los ostentosos enterramientos se sucedieron durante más de un milenio, prácticamente hasta la llegada de los visigodos a tierras hispanas.

torre4Pero… ¿saben un secreto? La torre de Pozo Moro, la misma que se levantaba seis metros sobre un podio escalonado, la misma que exhibía en sus relieves las hazañas del héroe y, de alguna manera, materializaba su memoria, carecía de cimientos. No tardó ni cincuenta años en derrumbarse. Sus escombros se amontonaron entre los altos muros de adobe que la rodeaban. Pero quizás casi nadie se enteró. La aristocracia local continuó enterrando a sus difuntos en torno a dichos muros durante un milenio, como si nada hubiera pasado en su interior. Y los conciudadanos de esos aristócratas, sus súbditos, por llamarlos de alguna manera, continuaron trabajando los campos, continuaron pastoreando los ganados, continuaron entregando el diezmo a aquellos descendientes del héroe. Sin saber que dicho héroe yacía humillado entre el polvo de la llanura manchega. Bastaba con que desde niños se les hablara de las gestas del héroe, bastaba con que se les inculcara cómo había que respetar su memoria. Acaso nadie necesitó nunca cerciorarse de si el relicario de las gestas del héroe seguía en pie. Y siguieron pagando el diezmo.

Por cierto… ¿alguno de ustedes ha visitado la torre de Pozo Moro?

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