gcardiel
  • Home
  • Sonámbulos
  • García Cardiel
  • Hemeroskopeion

La mujer del César

cesar1

El adagio es bien conocido. La mujer del César no solo debe ser honrada, debe parecerlo. No fueron exactamente esas las palabras que pronunció Julio César, pero sí son suficientemente significativas. Valen para entendernos.

Nos cuenta Plutarco que César hizo su entrada en la política romana por la puerta grande. Bisoño y fuertemente endeudado, su apoyo entre las masas populares le permitió no obstante conquistar uno de los cargos más codiciados, ansiado incluso entre los políticos de más edad, prestigio y trayectoria, como era el de pontífice máximo. Como tal, él y su reciente esposa Pompeya se mudaron a la residencia oficial, la Domus Publica, en pleno corazón del Foro. Y, como tal, Pompeya quedó encargada de organizar en su nueva casa el festival de la Bona Dea, una ceremonia nocturna, de contenido secreto, reservada a las mujeres de la alta sociedad cesar2romana y que quizás por ello mismo exacerbaba la calenturienta imaginación de los excluidos varones. Una fiesta en la que, aquel año, se coló el joven Clodio, un excéntrico aristócrata rico y alborotador. Confiando en su rostro aniñado y en la penumbra de la noche, Clodio pretendía hacerse pasar por fémina, descubrir qué tramaban las mujeres y, acaso, acercarse más de lo debido a alguna de las desprevenidas oficiantes aprovechando la ausencia de sus maridos. Tan audaz travesura salió mal, por supuesto. Clodio fue sorprendido y puesto en fuga, y a la mañana siguiente toda Roma estaba al corriente del desmán.

Medio Senado pretendía procesar a Clodio. No por haber puesto en peligro la virtud de sus esposas (¿quién osaría dudar en público de la inquebrantable virtud de una patricia romana?), sino por atentar contra los misterios de Bona Dea. Pero el pueblo simpatizaba con Clodio, y quizás no veía tan mal sus divertidos escarceos con las señoronas romanas. Finalmente, Clodio fue absuelto. Cuenta Plutarco que los jueces, temerosos, redactaron sus veredictos con tan mala caligrafía que fue imposible entenderlos, y que gracias a eso el joven no pudo ser condenado. César, sin embargo, repudió a su esposa. Y, de paso, capitalizó el apoyo popular de Clodio aliándose con él y sumándolo a su causa política. Cuando algún desaprensivo le preguntó el motivo de tan contradictoria conducta, César se contentó con murmurar, lacónico: “Considero que de mi esposa no debe siquiera sospecharse”.

El gesto de César fue considerado (entonces, y sorprendentemente aún ahora) modélico. No importaba que César fuera conocido en determinados círculos como la “Reinona de Bitinia”, debido a su larga y no del todo justificada estancia en el palacio del monarca Nicomedes IV. Ni tampoco que fueran un secreto a voces sus flirteos con las esposas de media docena de senadores (y no solo flirteos, como terminaría demostrando el nacimiento de Marco Junio Bruto; cesar3sí, el mismo que terminaría apuñalándolo), con la del rey Bogud de Mauritania y, por supuesto, con la proverbial Cleopatra. Ni tampoco que los soldados de César cantaran jocosos en el desfile triunfal a su regreso de las Galias previniendo a los maridos romanos de la vuelta de tan insigne seductor, y jactándose de que por el camino este se había gastado en prostitutas todo lo saqueado más allá del Rubicón.

Nada importaba, pues César era un líder poderoso, carismático, decidido, y contaba con el apoyo de las masas. Los círculos ilustrados romanos, los representantes del establishment, por así decirlo, podían criticar todo lo que quisieran sus costumbres licenciosas. La tarea de las féminas era aparentar. La de los insignes varones como César, dar de comer al pueblo, proporcionarles trabajos, prometerles reverdecer la grandeza de Roma, y mantener contento a cierta parte del electorado. Y, de paso, engrandecerse a  sí mismos. Si  a un César ya maduro, calvo y desmejorado después de tantas y tantas campañas, alguien le hubiera preguntado por qué pensaba que la bella, la magnífica, la inigualable Cleopatra se había lanzado literalmente en sus brazos, a buen seguro no hubiera vacilado en contestar que porque a la egipcia le atraía el poder que él detentaba. Si eres una celebridad, hubiera añadido, puedes hacerles lo que quieras.

Y, con César, la República Romana tocó a su fin.

Tiempo de exploraciones

exploraciones1

Atardecía ya, el sol se despedía refulgiendo sobre las suaves colinas, y la ciudad, con sus casas blancas, sus talleres y sus templos, se agazapaba en la penumbra. El templo de Baal Hammón, el único que guardaría recuerdo de tan gloriosa tarde, asistía silencioso desde su altura a la partida de los barcos. Olía a sal y a primavera. Las gaviotas reían por doquier. Cartago se despedía de su flota.

exploraciones2Para aquella singular expedición, el almirante Hannón había sido puesto al frente de sesenta navíos. Se trataba de excelentes barcos, pentecónteras de casco casi simétrico, líneas redondeadas y aspecto imponente. A medida que, una a una, se alejaban del puerto, sus remos desaparecían bajo el puente y se desplegaba la gran vela cuadra que habría de dirigirlas hacia poniente. La brisa era suave, la corriente adversa, pero poco importaba. Hannón disponía de buenos veleros y de mejores tripulaciones. Y las bodegas de la escuadra iban repletas de todo aquello que una expedición como la suya podía requerir.

Sin apenas contratiempos, navegando por aguas conocidas, casi propias, la flota dejó atrás Ibiza, dobló el Cabo de Palos y atravesó las Columnas de Heracles, antaño de Briareo. En ese momento, frente a ellos, se abrió la inmensidad deslumbrante del Atlántico. Unos años antes, una expedición como la suya, comandada por el ilustre Himilcón, había efectuado aquella misma travesía. Con la ayuda de unos pilotos gaditanos, el bueno de Himilcón había doblado hacia el norte. Se contaban muchas cosas fabulosas de aquel viaje, y probablemente casi todas fueran ciertas. Himilcón había llegado nada menos que a las Cassitérides, las legendarias islas del estaño, repletas del preciado metal y de unos bárbaros larguiruchos y rubicundos que lo suministraban a manos llenas, intercambiándolo por chucherías. Con su viaje, Himilcón había hecho grande a Cartago. Pero él no se quedaría atrás.

Narraba la leyenda que el faraón Neco había botado unos navíos en el Mar Rojo, y que estos (algunos de ellos, al menos), tras una azarosa navegación de tres años, habían aparecido en las Columnas de Heracles. Se había tratado de una navegación puntual, de tanteo, y los egipcios se cuidaron muy bien de mantener en secreto todo lo visto y oído. Pero se contaban cosas maravillosas de esas costas. Y Cartago había comisionado a Hannón para reconocerlas y ponerlas en explotación. Si África podía circunnavegarse, la metrópolis púnica debía saber cómo.

exploraciones4Dos días después de atravesar las Columnas de Heracles fundaron la primera ciudad en las costas atlánticas, Thimiaterion, dueña y señora de una enorme llanura litoral aparentemente despoblada. Algo más allá, parte de los viajeros desembarcaron y dedicaron un santuario a Poseidón. La costa era arenosa y las pentecónteras difícilmente podían aproximarse a ella, pero contaban con chalupas de sobra para desembarcar de tanto en tanto para abastecerse de agua y comida y explorar el territorio. En cada una de esas arribadas, parte de los viajeros quedaba atrás, encargados de establecer una nueva ciudad. Caricón-Teichos, Gytte, Akra, Melitta y Harambis quedaron como huellas indelebles de su paso. Aún más al sur alcanzaron la desembocadura de un gran río que se internaba en África, el Lixus, y en sus orillas se toparon con los primeros indígenas, unos nómadas de tez oscura y gestos amigables que vivían de sus rebaños. Los salvajes acogieron a los navegantes con alegría, rogándoles de inmediato que les defendieran de los etíopes, gentes indómitas y fieras del otro lado de las montañas, y de sus frecuentes incursiones en busca de esclavos. Empero, la flota, ya menguada, siguió adelante.

El viaje se fue tornando cada vez más hostil. En las aguas de una misteriosa bahía, sacudidas por un continuo y fiero viento, muchas de las naves se fueron a pique contra una de las islas, Cerné, cuyos habitantes aparecieron de improviso sobre los acantilados para rociar a los navegantes con piedras y lanzas. En otra parada para la aguada, días después, dos tercios de los marinos desembarcados no regresaron, pues fueron pasto de los hipopótamos y los cocodrilos. A su derecha, en lontananza, el vigía de la cofa dijo haber oteado tierra, pero Hannón decidió seguir adelante sin separarse de la costa africana. El privilegio de descubrir y poblar aquellas islas, las llamadas Afortunadas, correspondería al rey de Mauritania, Juba II, casi medio milenio después.

exploraciones6Finalmente, los pocos navíos que quedaban doblaron el Cuerno del Oeste. O al menos así lo llamaron los intérpretes lixitas que Hannón había obligado a subir a las naves a punta de lanza. Anclaron al pie de unas montañas, y toda la expedición desembarcó. Junto a las playas se encontraron un lago, y en el centro del lago, una isla. La selva lo poblaba todo, sin dejar pasar un solo rayo de sol. El aire era espeso, preñado de sonidos desconocidos, de olores extraños. Seductoramente extraños.

Quizás años más tarde Estesícoro, un navegante patrocinado por los monarcas egipcios y reputado por sus maravillosos viajes a la India, llegara más lejos en su intento por circunnavegar África. No lo sabemos con exactitud. Pero Estesícoro ni siquiera imaginó lo que las gentes de Hannón descubrieron en aquella isla. Nadie podría imaginarlo hasta siglos, milenios después.

« La isla estaba llena de hombres salvajes, y la mayor parte eran mujeres, con los cuerpos peludos, a las cuales los adivinos de nuestra expedición llamaron “gorilas”. Persiguiéndolos, no pudimos coger a los hombres, porque todos huyeron, estando habituados a los barrancos y a defenderse con medios poco comunes. Pero cogimos a tres mujeres, las cuales, mordiendo y arañando a los que las conducíamos, no querían seguirnos ».

Hablo de esa época en la que África descubría el mundo. Antes de que un bárbaro general que se creía civilizado la sembrara de sal, para que ya nunca nada más pudiera crecer.

Recuerdos de Atenas

atenas1

¿Se acuerdan ustedes de Atenas? No me refiero a la Atenas esforzada y heroica de la Batalla de Salamina, ni tampoco de la Atenas brillante y glamurosa del Partenón. Me refiero a la Atenas del ocaso del siglo V a.C. La Atenas que, diezmada por la peste y los descalabros militares, depauperada y aislada por la defección de sus antiguos aliados, hubo de avenirse finalmente a suscribir la paz con su ancestral enemiga, Esparta. La Atenas, agonizante y grotesca, o más bien lo que quedó de ella, que sobrevivió a la Guerra del Peloponeso. Seguro que alguno de ustedes sí que se acuerda.

atenas2Nada quedaba ya del antiguo Imperio. No demasiado de los edificios, las murallas, las infraestructuras levantadas durante décadas con el dinero aportado por los aliados. Las riquezas del templo de Atenea Niké se habían fundido para sufragar barcos y soldados, y los unos y los otros yacían ahora bajo el mar, en los disputados estrechos que separan Europa de Asia. Los olivos y las vides, cuyos frutos otrora engrasaron la economía de la polis, habían sido arrancados tiempo atrás.

Ni siquiera pervivió la democracia del afamado Pericles. Muchos achacaron a los demócratas el estallido de la guerra, y fueron aún más quienes les culparon del fracaso militar. La guerra acarreó la imposición de una dictadura. La inflexible represión acabó con aquellos que habían sobrevivido a los campos de batalla y a la peste. Pero ni siquiera esa dictadura fue eterna. Curiosamente dos de sus cabecillas, Critias y Terámenes, Terámenes y Critias, pronto entraron en confrontación, sembrando la discordia interna que terminaría con su régimen. El uno abogaba por una postura dura, fiel a sus ideales, el otro por un cierto aperturismo que les permitiera ampliar sus bases sociales. El uno terminó ajusticiando al otro. Y la dictadura pronto se vino abajo.

Ahora bien, los historiadores, tan quisquillosos como siempre, pugnan, llevan décadas pugnando, por dar con una etiqueta que categorice lo que vino después. ¿Democracia? Los atenienses que sobrevivieron a la dictadura, aquellos que acabaron con ella y aquellos otros que, no habiendo movido un dedo por derribarla, ya nunca más reconocerían haberla apoyado, así lo creían. ¿Pero eran verdaderamente demócratas? No al menos como en la época de Pericles, ya nunca más lo serían. Difícil volver a levantar una democracia así después de tres décadas de guerra, después de una dictadura y una represión que habían costado tantas vidas, tanta hambre, tanto miedo. Seguramente más de uno lo intentó, pero las resistencias eran demasiado grandes y pronto todo el mundo se acomodó. Caídos los tiranos, denominaron “democracia” al nuevo régimen y establecieron, eso sí, los mecanismos necesarios para que el pueblo (no se me alarme nadie, únicamente los ciudadanos varones; nunca hubo muchas Lisístratas en Atenas) volviera a votar cada vez que se le requiriera.

atenas3Y fue entonces, esa nueva democracia ateniense, la que decretó una ley que aún hoy nos deja atónitos. ¿Se acuerdan de qué ley fue? Posiblemente no. En el 403 a.C. la reconstituida asamblea ateniense aprobó imponer el olvido. El Estado ateniense prohibió taxativamente que nadie recordara lo que había sucedido en Atenas desde el final de la guerra. No solo se amnistiaban todos los crímenes cometidos, sino que en adelante se perseguiría judicialmente a quien tan siquiera los mencionara. La democracia debía contar con fundamentos sólidos, más allá de viejas rencillas.  Más allá de recuerdos desagradables que no llevaban a nada.

Cuatro años después, esa misma democracia ordenaba a Sócrates que se quitara la vida. Y el filósofo así lo hacía, no sin antes pronunciar sus más memorables palabras:

“Crito, le debemos un gallo a Esculapio”.

Al fin y al cabo, la Historia no es maestra de nada. ¿Verdad?

lanochemasoscura