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Las risas del tirano

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Las carcajadas atronaron, graves y metálicas, como enloquecidas, por toda la isla de Samos. Se escucharon en el puerto, donde pese a lo avanzado de la noche una bandada de gaviotas levantó el vuelo, alarmada, convirtiéndose de inmediato en un puñado de silenciosas sombras blancas recortadas contra el firmamento. Un centenar de enormes barcos de guerra, los invencibles pentecónteros de Samos, famosos en todo el Egeo, se mecían apenas con lúgubre mansedumbre, ajenos a todo. Las oscuras moles de piedra de los dos muelles recién construidos abrazaban la dársena, protegiendo a los navíos, la mayor flota de Grecia, frente a los vientos Etesios, rabiosos en aquella época del año. Unas cuantas casetas distribuidas tras el malecón albergaban a la mayor parte de sus tripulaciones. Nadie en su sano juicio hubiera permitido que aquel millar de desarrapados mercenarios cretenses pernoctara en el interior de la ciudad.

tirano2Las carcajadas se sintieron desde lo alto del templo de Hera, emplazado a una hora de camino de la ciudad. La tradición decía que la diosa había nacido en aquel paraje, a la sombra de unos mimbres, y que tiempo después los compañeros de Jasón habían recalado en la isla y habían colocado las primeras piedras del santuario antes de proseguir su viaje hacia la Cólquide, en busca del dorado vellocino. Es posible que hubiera sido así, pero aquel viejo templo había sido devorado por un incendio unas décadas atrás, y el nuevo edificio aún no estaba terminado. Era, de todas formas, imponente. A buen seguro, uno de los mayores templos de toda Grecia. Un edículo apropiado para la orgullosa esposa de Zeus, que de otra manera nunca hubiera aceptado habitar una isla desde la que se contemplaba, en tierra firme, al otro lado del estrecho, el santuario de su hijastra Artemisa, la diosa de las bestias, hija bastarda de su esposo con la malhadada Leto. Aquella noche la costa estaba llena de fogatas en torno a las que se deslizaban una miríada de sombras. Quizá se trataba de un ejército acampado, o acaso es que habían regresado las míticas amazonas, que según la leyenda en tiempos pretéritos acudían a Éfeso para celebrar sus extraños festivales.

Las carcajadas se escucharon, por supuesto, en las obras del acueducto. Centenares de esclavos permanecían tumbados en torno a la profunda zanja que llevaban abriendo durante meses a través de la montaña. Al caer el sol se les requisaban las herramientas y eran encadenados unos a otros para que pasaran la noche junto a su lugar de trabajo, al raso. Pero en aquella ocasión nadie dormía. Al percibir las risas, varias miradas se cruzaron, graves, en silencio.

tirano3Las carcajadas provenían del salón de palacio. Polícrates, el tirano de Samos, no podía contener las risotadas, apenas punteadas por esporádicos ataques de tos. El banquete se había detenido ante la hilaridad del monarca, los músicos habían callado y todos los asistentes permanecían expectantes. Las sonrisas forzadas, la respiración contenida, los dedos crispados en torno a la copa o el plato, en torno a la cítara o en torno al puñal rápidamente disimulado bajo los pliegues de la manga. Nadie sabía qué le sucedía al tirano, pero todos eran conscientes de lo temibles que podían llegar a ser sus cambios de humor. Un par de prostitutas a las que de repente nadie hacía caso se escabulleron en un rincón, anhelantes de que llegara el día.

Polícrates no podía parar de reírse mientras contemplaba su plato y se observaba los dedos, grasientos y pringosos. Apenas había comenzado a dar cuenta de una gigantesca dorada que aquella tarde un pescador había traído a palacio como presente para el tirano. Sin duda el pobre hombre buscaba congraciarse con el gobernante ofreciéndole la que había sido la mejor captura de su vida. Ignorante, acaso, de que el pez sí que acabaría en el plato de Polícrates, pero de que este nunca llegaría a interesarse por el nombre de su benefactor.

En cuanto había partido el pescado con las manos, Polícrates había notado algo duro en su interior. Nada menos que un anillo con una esmeralda engastada. Un anillo que el tirano inmediatamente se colocó en la mano izquierda. No en vano era su anillo, herencia de su difunto padre. Había sido al verlo cuando al tirano le asaltaron aquellas interminables carcajadas.

tirano4Él mismo había arrojado al mar aquella sortija cinco días atrás. Había embarcado en su mejor galera de guerra, se había internado unos cuantos estadios en mar abierto y, ante la asombrada mirada de sus cortesanos y remeros, se había arrancado el anillo de la mano y lo había arrojado con toda parsimonia a lo más profundo del Egeo.

Lo que no sabía toda aquella caterva de cortesanos, apenas unos aduladores que nada sabían de política ni les interesaba otra cosa que llevarse cada noche el pan a la boca, era que Polícrates acababa de recibir carta de Amasis, el anciano monarca egipcio. El faraón le hacía constar su malestar por el progresivo deterioro de las relaciones entre Egipto y Samos, y no le auguraba nada bueno si continuaba por ese camino. Pero, en un gesto de paternalismo muy propio del viejo Amasis, le había lanzado también otra advertencia de muy diversa índole. Los dioses son envidiosos, le dijo. Hasta ahora la suerte te ha acompañado siempre, tirano de Samos, pero no puedes pretender que sea siempre así. Ofréceles a los dioses una expiación, sacrifica aquello a lo que más aprecio tengas para que tu aflicción pasajera apacigüe a Fortuna y no sea ella la que tarde o temprano compense tu singular hado con un castigo ejemplar.

Y eso había hecho Polícrates. Tras reflexionar largo y tendido, había decidido que aquello en el mundo a lo que más aprecio tenía era su anillo de esmeralda. Y, tomándose muy en serio la advertencia de Amasis, acaso por un impulso pasajero del que apenas unas horas después se había arrepentido, se había desecho de su pequeño tesoro, arrojándolo a las aguas.

Y ahora la diosa Fortuna se lo devolvía, intacto. La suerte siempre sonríe a los tiranos, pensó. Algo que aquellos codiciosos cortesanos suyos que lo observaban ahora entre las sombras del salón del trono, que los insomnes esclavos que aguardaban afuera, que aquel ejército que acampaba en las costas de Éfeso, que el propio Amasis, habrían de aprender.

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Devastación

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El extraño incidente nos lo narra Cicerón. También Tito Livio y Silio Itálico dieron cuenta de la escena, pero en este caso, como en casi todos, Cicerón parece una fuente de más crédito. Quizá porque, en la Antigüedad, la reputación de las gentes de leyes era mejor que la de los historiadores o los poetas. Vaya usted a saber por qué. Acaso también porque Cicerón fue el único que se molestó en indicar a sus lectores de dónde había sacado la noticia. En concreto, la leyó en las crónicas de Sósilo, un viejo erudito macedonio de finales del siglo III antes de nuestra Era. Un anciano que formó parte del consejo militar de Aníbal. Nada más, y nada menos.

Cuenta Cicerón, en fin, que relataba Sósilo, que en cierta ocasión Aníbal tuvo un sueño inquieto. A pesar de su habitual frugalidad, aquella noche había cenado copiosamente. Y había bebido mucho. En el más absoluto de los silencios, rodeado de sus más leales, se había llevado una y otra vez la copa a los labios de manera mecánica, concienzuda, inmerso en pensamientos que solo él conocía. Enseguida se había retirado a un rincón, bajo copiosas, pesadas y malolientes mantas. Los soldados que velaban el descanso de su general no tardaron en escuchar su respiración entrecortada.

devastacion2El sueño había comenzado bien. Baal Hammón, a quien los romanos ofendían con el nombre de Júpiter, le había mandado llamar y, ante la asamblea de los dioses, en lo alto del monte Safón, le había ordenado llevar la guerra a Italia. Roma debía purgar sus pecados, y él se encargaría de hacérselos pagar muy caros. En sangre. El padre de los dioses incluso le ofreció un guía para indicarle el intrincado camino. Al instante siguiente, la asamblea de los dioses se había desvanecido. Solo quedaban él y su misterioso cicerone, y la negrura fría que envolvía a ambos. Las palabras del otro resonaron nítidas en el fondo de su cabeza mientras avanzaban a tientas. Sígueme sin titubear. Yo te llevaré ante tus enemigos. No mires atrás, no desvíes la mirada o lo pagarás caro.

Nunca nadie fue capaz de seguir semejante consejo. Ni siquiera el mismísimo Aníbal. Unos pasos más allá, volvió la cabeza. Una feroz tormenta resonaba tras él, en la distancia. De cuando en cuando, un rayo rasgaba la temible negrura, revelando un cielo encapotado que amenazaba con precipitarse sobre el mundo. Y algo más. Vislumbró también a una bestia enorme y salvaje. Se trataba de una gigantesca serpiente, cuya sola visión arrastraba a la locura. De algún modo Aníbal supo en el fondo de su corazón que aquella piel brillante rezumaba ponzoña, que aquellos colmillos temibles traían la muerte. El monstruo reptaba lentamente tras ellos, y a su paso los seres humanos y los animales eran aniquilados, las plantas se agostaban, los ríos se secaban e incluso los montes quedaban aplastados.

- Te dije que no miraras atrás.

El guía se había detenido. Las sombras ocultaban sus emociones.

- Lo hice. Miré atrás. ¿Qué sucederá ahora?

- Lo que tenga que suceder. Así debe ser, y así será.

- ¿Quién es ese monstruo?

- Se llama Devastación. Tú lo despertaste. Continúa tu marcha hacia Italia, y te seguirá. Continúa tu marcha, no te detengas, o te destruirá. Continúa tu marcha. Pero ten por seguro que algún día te dará alcance. Y será tu fin.

devastacion3Aníbal se despertó entre sudores fríos. La sensación era todavía más desagradable allá arriba, en los Alpes, donde la gélida noche mordía incluso a través de las mantas. Estaba rodeado de su ejército, sí, pero eso no le tranquilizó. También sus hombres estaban nerviosos. Sus hombres.

Decenas de miles de númidas, de iberos, de celtas, la mayoría de los cuales un par de años antes ni siquiera había oído hablar de Cartago. Una hueste variopinta, mal uniformada, sedienta de botín, de odio contra Roma y de sangre. El día anterior, la mitad de sus mulas de carga se había precipitado por un acantilado, junto con sus escasos víveres. No pasaba ni una sola jornada sin que alguno de sus preciados elefantes se echara entre la nieve para dejarse morir. La sangre de Sagunto aún goteaba de las manos de sus soldados.

Ante ellos, en algún lugar, aún invisible, aguardaba Italia. Desconocedora de lo que se le venía encima. Los dioses tenían razón, ya no había vuelta atrás. Ya no había manera de parar aquello.

La campaña de Aníbal en Italia duró quince largos años. La guerra, diecisiete. Las cicatrices que rasgaron el Mediterráneo tardarían siglos en borrarse.

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El más feliz de los hombres

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<El relato que oí en Psófide sobre Aglao, un psofidio que vivió en tiempos de Creso el lidio, de que fue feliz durante toda su vida, no puedo creerlo.>
Pausanias, 'La descripción de Grecia', VIII, 24.13.

Los embajadores lidios se adentraron, sudorosos y desfallecidos, en la penumbra de la cabaña. El viaje había sido largo y lento, desesperantemente lento, a través de las sendas que serpentean, casi invisibles, por las montañas de la Arcadia. Uno de sus caballos se había torcido una pata apenas habían abandonado la Élide, y habían tenido que sacrificarlo. Otro había resbalado por la linde del camino y se había despeñado por un terraplén, llevándose consigo víveres y parte del equipo. Gracias a su escolta de esclavos, los bandoleros que pululaban por aquellas tierras agrestes no se habían dejado ver. Pero su presencia era casi palpable, allá, en las alturas, observándoles y anhelando sus riquezas. Habían conseguido orientarse gracias a los pastores y lugareños con los que se habían ido topando, pero sus indicaciones no siempre habían sido demasiado precisas. Era difícil comunicarse con aquellas gentes y su singular acento. Y más aún cuando ni siquiera ellos sabían exactamente lo que buscaban.

felizhombre2Las órdenes de su rey habían sido precisas. Debían buscar la tumba de Alcmeón, hijo de Anfiarao, caudillo de los héroes que siglos atrás habían tomado la ciudad de Tebas. Habían de localizar y entrevistarse con quien gobernara aquellas tierras. Y tenían que regresar a Sardes lo antes posible para dar cuenta de su expedición. Creso, su amo y señor, rey de los lidios, se sentía abochornado por el oráculo de Delfos, que se había atrevido a proclamar a los cuatro vientos que pese a las apariencias no era Creso el hombre más feliz de la tierra, sino Aglao, hijo de Aglao, heredero de Alcmeón, junto a cuya tumba residía. Nadie conocía a ese tal Aglao. Y Creso ansiaba desenmascararle y poner en entredicho a los ridículos sacerdotes de aquel ridículo oráculo que había osado desafiarle.

Mas cuando los embajadores localizaron por fin el paraje de la tumba de Alcmeón, se sintieron defraudados. Un enorme y viejo ciprés, ya casi seco, señalaba el lugar. Sin más. No había ni monumento, ni lápida, ni templo. Unas cuantas docenas de ovejas pastaban alrededor, ramoneando como podían la hierba agostada por los calores del verano, vigiladas apenas, o acaso solo acompañadas, por un perro y un niño. Junto al arroyo que irrigaba aquel valle se levantaba solo una cabaña, y hacia ella se habían dirigido para preguntar por el señor les lugar. Les había recibido una campesina, no sin cierto recelo al principio, aunque la desconfianza pronto había dado paso a una hospitalaria y cálida bienvenida. Casi les había empujado dentro de la casa, mientras los esclavos se hacían cargo de los caballos. No les había sabido contestar a sus preguntas. Apenas les entendía, ni ellos conseguían comprender del todo su cerrado dialecto montañés. Pero aceptaron gustosos el frescor de la cabaña, la copa de buen vino y los pasteles rellenos de miel que su anfitriona se apresuró a poner entre sus manos. Ahora que se fijaban, pese a los rigores de la vida en el campo, la moza exhibía una casi insultante lozanía. No era fea, ni mucho menos.

felizhombre3Su marido llegó al rato, al caer la tarde, cuando ellos ya se habían hecho a la idea de que deberían pasar allí la noche. Era algo mayor que la campesina, pero no mucho. Regresaba apestando a sudor, al suyo y al de los bueyes con los que había estado labrando. Pero el hedor no obstó para que su compañera se apresurase a refrescarle tiernamente con trapos húmedos, mientras le susurraba fugazmente algo al oído.

Tampoco el campesino supo darles noticias del dueño de aquellas tierras que cultivaba. No sabía a qué señor o a qué ciudad pertenecían. Ni nadie se molestaba en subir hasta allá para recabar impuestos, ni él ni su familia solían salir de aquel valle, que en tiempos habían labrado su padre, y el padre de su padre. Pese a todo, la velada fue entretenida. A pesar de que el lugareño no hablaba mucho mejor que su mujer y debían afanarse por entenderle, conversaron sobre las cosas del campo, sobre las montañas de aquellos contornos, sobre los grandes héroes y monstruos que otrora las poblaran, sobre los bueyes y las ovejas que rumiaban fuera de la cabaña y sobre los caballos que dormían amontonados junto con los esclavos lidios a tan solo unos pasos de allí. La cena fue frugal pero apetitosa, la sobremesa tranquila pero dilatada, y el sueño en la frescura de la pequeña cabaña, que compartieron con sus propietarios, reparador tras tan largo viaje.

A la mañana siguiente, no obstante, los embajadores partieron de aquel valle con un nuevo peso en el corazón. Debían regresar a Sardes, y temían la reacción de Creso cuando le dieran cuenta de su estadía en la cabaña de Aglao, hijo de Aglao, el hombre al que los dioses creían más feliz que su rey. Y que lo era.

Pero Creso nunca llegó a enterarse de la condición de su rival. Antes de que la embajada se embarcara de regreso al Peloponeso, los ejércitos persas habían tomado Sardes y habían hecho prisionero al monarca lidio. Nada menos que Ciro el Grande había anunciado que asistiría en persona a su tortura y ejecución. A la tortura y ejecución de quien se pretendía, sin serlo, el más feliz de los hombres.

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