gcardiel
  • Home
  • Sonámbulos
  • García Cardiel
  • Hemeroskopeion

El joven y el lobo

lobo1

Era el solsticio de verano. Sagrado solsticio de verano. El calor húmedo de los altiplanos murcianos se pegaba a la piel, pesaba sobre el espinazo, agobiaba, no dejaba respirar. Ni siquiera en aquella noche clara. En aquella noche en la que la luna brillaba gigantesca, observándolo todo, misteriosa. Bañándolo todo de blanca irrealidad.

lobo2La mujer ascendía la pendiente con soltura, unos pasos por delante. Conocía el camino, si es que había camino, a la perfección. Guiándolo a él, pero sin mirarle. No se había vuelto a mirarle desde que ambos habían abandonado el poblado contestano. Y él casi lo prefería. Se esforzaba por ir tras ella pese al calor, pese a la desorientación, pese a que bajo aquella luz sobrenatural todo parecía cambiado. Pese al miedo que lo atenazaba, no sabía por qué. Un miedo que nunca, nunca reconocería. Y menos ante ella.

Aquella noche el muchacho alcanzaría la mayoría de edad. Aquella noche todo cambiaría para siempre.

El ascenso se tornó cada vez más complicado. Al poco, la mujer tuvo que ayudarse de ambas manos para no resbalar, y el joven, después de un par de traspiés, la imitó. Unos centenares de metros más allá, llegaron a una cueva. Una boca de negrura que se abría en el monte, exhalando su fresco aliento sobre las retamas circundantes. Tragándose a los paseantes incautos. Tragándoselos a ellos.

Su guía desapareció impertérrita entre las sombras de la cueva, y él, después de un instante, hizo otro tanto. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a aquella oscuridad, más densa que la noche de la que provenían. Todo era humedad allí dentro. Pero entonces la vio. Se había desprendido del manto con el que había salido del poblado, y lo esperaba, mirándolo fijamente, cubierta tan solo con un fino velo translúcido que se le pegaba a la piel. Por algún extraño sortilegio, aquel cuerpo moreno, ya maduro, se adivinaba, trémulo, entre las tinieblas de la cueva. Unas gruesas trenzas lo enmarcaban. Un diente de lobo pendiendo del cuello mediante un fino cordel era todo el adorno que necesitaba. Por algún motivo, por algún incomprensible motivo, desde el primer momento él no pudo apartar los ojos de aquel colgante.

Ella se sentó en el suelo de la cueva, y le invitó a hacer otro tanto. De entre las rocas amontonadas contra una de las paredes, extrajo un vaso y una flauta doble. Lo miró a los ojos y le acercó el recipiente, colmado de un líquido inidentificable. Él bebió. Ella se acercó el instrumento a la boca y emprendió la melodía.

lobo3Los primeros compases rompieron el silencio de la noche, acallando a los grillos y deteniendo a la propia luna en su deambular celeste. Todo quedó en suspenso. Ni siquiera el joven respiraba. Más tarde no recordaría nada de la música. Ni siquiera si su intérprete había alternado la flauta con el canto. Tan solo sabía que las imágenes se habían formado en el interior de su cabeza. O más bien en su pecho, muy dentro de él. Había visto a un joven, se había visto a sí mismo, o quizá a alguno de sus compañeros del poblado. O acaso a cualquier otro mancebo de su edad, de su época o de mucho tiempo atrás. Lo había contemplado atravesando las murallas del poblado en una noche como aquella, cubierto apenas con una túnica y sosteniendo una lanza en la diestra. Lo había seguido mientras se internaba, precavido, en la floresta. Casi diría que había olido a la bestia acechante antes de que la percibiera el misterioso joven. Pero la música no transmite olores. O puede que sí. La bestia, un enorme lobo, se había abalanzado sobre el protagonista del cuento, casi derribándolo, haciéndole perder la lanza. Había saltado en torno a él, lo había arrinconado, silenciosa, cruel. Pero el joven del relato era valiente, era fuerte, era piadoso y confiaba en los dioses. Cuando el enorme lobo le acometió por última vez, con las fauces abiertas, fauces voraces de vida y de sangre, él, impertérrito, había agarrado aquellas mandíbulas con sus manos desnudas, las había sostenido, las había dislocado. Los últimos sonidos de la flauta fueron notas de plácida alegría, la alegría de un muchacho que regresa a su poblado al amanecer, cargando con la piel del monstruo que amenazaba a su gente.

La flauta se detuvo ahí. Ella continuaba mirándolo a los ojos, grave. Él por fin tomó aire. No sabía durante cuánto tiempo llevaba conteniendo la respiración. Se encontraba mareado.

 – Así me contaron esta historia, así te la he contado, así alguien se la contará a tus hijos cuando se hagan adultos, y así sucederá con los hijos de tus hijos. Así se hará mientras los dioses estén a nuestro lado.

lobo4La mujer había hablado en tono solemne. Dejó entonces la flauta a un lado, se levantó con donaire y se deshizo de la túnica translúcida. Entonces le tendió la mano, con una media sonrisa, tentadora. Magnífica. La piel le olía a campo, a tomillo y a retama.

A la mañana siguiente, el joven regresó solo a su poblado. Ella había desaparecido durante la noche. No importaba. Él caminaba sonriendo, consciente del cambio que se había operado en su interior aquel mágico solsticio de verano. Consciente de que ya era todo un hombre.

Consciente de que, aunque Roma lo hubiera llamado a filas hacía apenas unos días, aunque lo fueran a embarcar rumbo a los dioses sabían qué lejana frontera, si combatía bien y con honor como auxiliar de las legiones, algún día podría emprender el camino de vuelta a su poblado. Algún día podría formar una familia, y contemplaría con orgullo a sus chicuelos cuando, una noche, una mujer del poblado acudiera para llevárselos a la cueva. Una noche como aquella. Para transmitirles el secreto de su pueblo, un secreto que perviviría, si los dioses permanecían a su lado, para siempre.

Imprimir

Los héroes que llegaron del mar

troya1

Dispersas entre los testimonios de los autores griegos y romanos, encontramos toda una serie de noticias sumamente intrigantes. Noticias que durante siglos han suscitado en los historiadores modernos gestos de incredulidad, o mejor, de desdén, y que inmediatamente han sido descartadas como chismes absurdos, propios de una Antigüedad poblada de fantasías y de colorida superstición.

troya2Es bien sabido que, a la caída de Troya, una vez consumada la destrucción de la gran ciudad asiática y masacrada toda su población, Odiseo, el Ulises de los romanos, hubo de arrostrar espeluznantes aventuras y peligros sin cuento por todo el Mediterráneo antes de lograr retornar a su añorada Ítaca. A los brazos de la paciente Penélope. Pues bien, Estrabón precisa que, arrastrado por los vientos, el intrépido navegante alcanzó la Península Ibérica, donde fundó una ciudad, Odisea, a los pies de las Alpujarras, junto a la que consagró un santuario dedicado a su divina patrona, Atenea. Parece que a comienzos del siglo I a.C. aún permanecían allí los restos de los barcos del héroe, corroídos por el salitre y el tiempo, tal y como testimonia el gran Asclepíades de Mirlea, un perito de la gramática griega que se ganaba la vida instruyendo a los vástagos de las grandes familias gaditanas, y que se contaba entre los informantes de Estrabón. Incluso hay quien afirma que Odiseo fundó asimismo Olisipo, la actual Lisboa. Lástima que, entre las mil y una aventuras que Homero puso en boca del audaz héroe cuando este se topó con los feacios, no se contaran sus andanzas por Occidente.

Pero Odiseo no fue el único visitante ilustre de nuestras tierras en aquellos tiempos legendarios, inmediatos a la debacle troyana. Antenor, consejero del rey Príamo, promotor frustrado de una solución pacífica entre griegos y troyanos, hubo de escapar de su patria cuando los ejércitos de esta fueron derrotados, y acabó en Italia, donde se asentó entre los vénetos. Parece que su séquito no corrió la misma suerte, pues las olas y los hados impulsaron sus barcos hacia Occidente. Acaudillados por un jefe improvisado, un tal Ocelas del que hasta entonces nadie había oído hablar, terminaron estableciéndose en las costas cántabras o, quizá, en las lucenses. Siglos después, por sorprendente que parezca, algunos de los habitantes del valle del Duero continuaban diciéndose descendientes de este misterioso Ocelas y de sus compañeros troyanos.

troya4La lista sigue, no tiene fin. Tlepólemo, hijo de Hércules, participó en la Guerra de Troya, donde según Homero encontró la muerte a manos de Sarpedón, hijo de Zeus y de Europa. Pero Silio Itálico asegura que escapó de la matanza, que se refugió como pudo en un barco, que su nave cruzó a la deriva todo el Mediterráneo, y que el desharrapado y famélico héroe terminó naufragando frente a las costas de Ibiza. Suerte parecida corrió el gran Teucro, el hijo de Telamón, rey de Salamina, pero también sobrino de Príamo, el monarca troyano, contra el que Teucro se vio obligado a combatir durante diez largos años. Tras la encarnizada y sangrienta contienda, los compañeros de Teucro, heridos, hambrientos, moribundos, no lograron gobernar su barco y este terminó embarrancando en las costas hispanas. Allí, poco antes de morir, Teucro fundó Cartagena. Mas sus acompañantes optaron por trasladarse hasta las rías gallegas, donde se establecieron entre las gentes locales.

Como decía antes, hoy día nadie se cree todas estas noticias. Como la propia Guerra de Troya, una fantástica epopeya nacida de la maravillosa mente de un genial aedo, todos estos héroes son imaginarios, por lo que difícilmente pudieron desembarcar en las costas hispanas. Sus accidentadas navegaciones son meras patrañas. Puede que Troya sí que existiera, puede que deba identificarse con el yacimiento turco de Hisarlik, puede que en dicho yacimiento los arqueólogos hayan constatado un episodio de destrucciones, incendios y derrumbes que afectaron a toda la ciudad. Puede que, después de semejante cataclismo, el enclave quedara prácticamente abandonado. Pero la Guerra de Troya, con mayúsculas, fue un mito, y quienes sufrieron sus consecuencias y hubieron de huir, meros personajes de leyenda. Nunca existieron.

troya3Pero el caso es que los autores griegos y romanos sí creían en sus historias. Creían que, tras la larga Guerra de Troya, tras diez años de masacres y destrucciones propias de una contienda que, como dice el propio Estrabón, perjudicó por igual a los que sufrieron la agresión y a los que la perpetraron, unos y otros hubieron de abandonar la tierra devastada y hacerse a la mar. Las gentes de la Antigüedad creían que, empujados por el viento y las olas, al albur de los elementos, estos héroes terminaron desembarcando por todo el Mediterráneo y mezclándose con las poblaciones locales. Y creían que esta mezcla no había supuesto la disolución de su linaje heroico, sino que, antes bien, el mismo había fructificado, robusteciendo las estirpes de quienes los acogían.

La Antigüedad estuvo, en efecto, poblada de fantasías y superstición. Magnífica, gloriosa fantasía la de quienes se creían descendientes de unos refugiados llegados del mar, vencedores y vencidos aunados por la catástrofe. Y que hasta se preciaban, orgullosos, de semejante linaje.

Imprimir

Una muñeca rota

pergamo1

La realidad supera casi siempre a la ficción. Eso dicen, al menos. Les voy a contar una pequeña historia.

Érase que se era un príncipe llamado Dioniso. Sus súbditos le apodarían Padre Bueno, o al menos algunos de ellos, los más cercanos. Los que sobrevivieron a sus purgas. pergamo2La Historia lo recordaría como Mitrídates VI, Rey del Ponto. Dicen que descendía de Ciro el Grande y del general Antípatro, y que nació cuando un gran cometa iluminaba el cielo de Oriente. Dicen que pasó su infancia en el exilio. Y que durante su reinado el Ponto, al noreste de la actual Turquía, alcanzó gran prosperidad gracias al comercio y a la abundancia en materias primas de todo tipo. Incluido el petróleo.

Al principio Roma vio con buenos ojos al nuevo monarca. Su padre y su abuelo habían apoyado fielmente a las legiones romanas, ganándose el título de “Amigos de Roma”. Otro tanto cabía esperar del joven Dioniso, predestinado a ejercer de árbitro en el convulso escenario anatolio. A poner orden en aquel avispero y mantener abiertas las rutas caravaneras. A gobernar sobre una región próspera pero en la que se pasaba hambre, una región en la que los comerciantes itálicos cerraban los mejores negocios mientras la población local se empobrecía hasta el punto de tener que hipotecar sus templos. Así era Anatolia hace dos mil años. Intenten imaginarlo. Y Mitrídates era útil para Roma, aunque su gobierno se basara en la aplicación sistemática del terror entre propios y vecinos. Aunque desde su juventud alcanzara renombre por su pericia en el empleo de todo tipo de venenos, toxinas y demás armas químicas.

Pues bien, Mitrídates, como dirían los castizos, “salió rana”. Mitrídates no se conformó con ejercer de árbitro por delegación de Roma, ni soportó ver su reino esquilmado por la avaricia de los agentes itálicos. En el año 88 a.C., desencadenó un genocidio. Por sorpresa, siguiendo una estrategia meticulosa y fríamente planificada en el más absoluto de los secretos, en buena parte de las ciudades anatolias los partidarios del monarca masacraron pergamo3a todo hombre, mujer y niño de origen itálico. Bastaba con que la víctima supiera hablar latín para que su condena a muerte quedara sellada. Cayeron 88.000. Y Roma declaró la guerra al Ponto.

Hasta Anatolia viajaron Mario, Sila, Lúculo, Pompeyo, incluso el joven César, a la sazón soldado raso. Mas nada salió como estaba previsto. Las legiones romanas, curtidas en mil campos de batalla, las mismas que derrotaran a Aníbal, esas legiones, obtuvieron una victoria tras otra sobre el monarca del Ponto pero, inexplicablemente, el poder de este no dejaba de crecer. Gracias a las interminables guerras civiles que asolaban Bitinia, Capadocia, Galacia y la propia Italia, el soberano pontino extendió su influencia por Asia Menor y el Egeo, y sus ejércitos llegaron a ocupar Atenas. Mitrídates hizo de las ejecuciones públicas de romanos todo un espectáculo. La crisis económica se cebaba en el Viejo Continente (que entonces aún no era tan viejo), y sin embargo las arcas del Ponto no dejaban de engrosar. El petróleo fluía por el Mar Negro.

Mitrídates llegó incluso a organizar un gran festival en el teatro de Pérgamo. Convocó allí a sus súbditos, a los que lo eran de buen grado y a las poblaciones esclavizadas. Acudieron embajadores de medio mundo a contemplar la apoteosis del monarca anatolio. Y los hábiles ingenieros pergameos procuraron diseñar una ceremonia a la altura. pergamo4Modelaron en oro una gran Niké, la diosa de la victoria, una enorme y bella mujer alada de mirada altiva, y la colgaron mediante recias sogas sobre el monarca, al que en determinado momento del espectáculo la divinidad dorada había de coronar con toda pompa gracias a un complejo sistema de poleas y cabestrantes.

Pero la realidad supera a la ficción. Afortunadamente. Y los regímenes como el de Mitrídates acaban cayendo. En mitad del teatro de Pérgamo, ante los ojos de la expectante multitud, las sogas se rompieron y la escultura de oro, ese remedo de Victoria que no era más que una triste muñeca, una Victoria que pese a las apariencias estaba hueca, se precipitó sobre el cortejo real. Pesaba demasiado. La voluntad de tantos miles de víctimas pesaba demasiado. Dice Plutarco que la corona rodó por la arena del teatro con un lúgubre tintineo, ante los ojos desorbitados de la multitud. Como el curso inexorable de la historia. Seamos optimistas y pensemos que es así. Al menos, en esta historia.

Imprimir

lanochemasoscura