estela

Viaje al trópico

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No pudo evitar dirigir su impertinente mirada al torso desnudo y fornido del joven mulato que le traía el cóctel, un mojito poco cargado, repleto de hielo y servido en un vaso ancho con el borde decorado con azúcar teñida de rosa, además de varios artilugios en forma de sombrilla que apenas dejaban ver las dos pajitas que le ayudarían a bebérselo.

-¿Desea algo más?-le dijo, con ese acento tan exótico y ese tono tan servicial que la estaba enloqueciendo más y más con cada cóctel que le servía. Y ya llevaba varios.

“Deseo palpar esos abdominales perfectamente definidos para comprobar si están tan duros como parece a simple vista”

-No, gracias-contestó simplemente, tras tomar un trago de la copa-Así está bien.
-Si necesita cualquier cosa, lo que sea que pueda hacer por usted, no tiene más que pedírmelo-concedió antes de darse la vuelta para irse.

“Si yo te dijera lo que necesito, lo que tu podrías hacer por mi...”

tropico2Sacudió levemente la cabeza para intentar quitarse de encima esos alocados pensamientos. No había ido hasta allí para eso, había cruzado medio mundo para intentar relajarse al máximo tras las últimas semanas, que habían sido excesivamente largas y cargadas de trabajo, en las que no había visto la hora de irse de viaje.

Era una viajera insaciable a la que el mundo se le antojaba un lugar demasiado grande para el poco tiempo del que disponía para recorrerlo, por lo que siempre que tenía la más mínima ocasión hacía las maletas y se escapaba a cualquier lugar de los muchos que aun le quedaban por conocer.

Esa vez había elegido un destino para relajarse, sin mucha oferta cultural pero con una interminable barra libre de sol, playa, piscina, camareros guapos y alcohol, donde estaba permitido pasar el día entero vestida solo con un bikini, un pareo a juego, un ligero sombrero y unas gafas de sol.

Todo a su alrededor era idílico, paradisíaco. Se encontraba en una playa de fina arena reluciente en la que apenas había gente además de ella. Solo un par de turistas y varios camareros que se afanaban en calmar su sed a cada momento.

El mar parecía ser un espejismo, tan cristalinas eran sus aguas, en las que se refrescaba en los momentos de espera entre bebida y bebida.

El sol, que presidía un cielo profundamente azul, calentaba su piel, llenándola de energía y luminosidad, bronceándola a gran velocidad sin llegar a quemarla, como comprobaba a cada rato retirando una de las tiras del bikini para observar el contraste entre la piel que exponía a los rayos del sol y la que permanecía tapada.

A su alrededor, multitud de palmeras y plantas tropicales de gran altura enmarcaban la escena y le daban un toque de color al paisaje.

tropical33Allí no existían ruidos desagradables. Solo se escuchaba el sonido de las olas al romper contra la orilla, los cantos de los pájaros que revoloteaban sobre ella y una suave melodía latina que representaba la banda sonora de sus vacaciones.

En un escenario así, acomodada sobre una tumbona y degustando un mojito tras otro, se sentía plenamente feliz. Relajada, sin ninguna preocupación que diera vueltas en bucle dentro de su cabeza. Sin tener que escuchar a cada momento el sonido estridente del móvil.

¿El móvil?

Si, sin duda era el tono de su móvil lo que se escuchaba en su cabeza de forma insistente.

Decidió no hacer el menor caso a su cerebro, que seguramente no hacía si no jugarle una mala pasada.

Ella estaba en la playa, a miles de kilómetros de su casa, tumbada al sol, refrescando su garganta con los cócteles más deliciosos, alegrando su vista con los muchachos más guapos que jamás había visto, relajándose, olvidando sus preocupaciones diarias.

En ese lugar no cabía el sonido de su móvil.

Otra vez su móvil.

Quizás se trataba de una llamada importante. Quizás debería cogerlo.

Pero estaba tan a gusto en su paraíso tropical...Decidió ignorarlo de nuevo.

tropical4Se estaba acabando el último cóctel que le habían servido, así que buscó con la mirada al camarero musculoso. Pero no lo vio por ningún lado. Ni a él, ni a ninguno de sus compañeros.

Nuevamente sonó el móvil.

Chascando la lengua y resoplando visiblemente enfadada, se levantó del sofá y se dirigió a su habitación, en donde había dejado el móvil.

-Dígame-contestó bruscamente.

Era su doctora. Esa semana no podría ir a visitarla, tendría que retrasar su consulta hasta la semana siguiente.

Perfecto. No solo le dejaba si su sesión, si no que le había dejado también sin sus vacaciones, con lo a gusto que estaba en el trópico, aunque aquel idílico resort solo existiera en su mente.

¿Cuánto tiempo llevaba sin salir de casa? Pronto se cumpliría un año, doce largos meses en los que su agorafobia la había mantenido retenida entre esas cuatro paredes. Esos momentos de vacaciones mentales eran el único escape que tenía.

Se quitó las gafas de sol, el sombrero de paja y cubrió el bikini con una bata.

Se dirigió nuevamente al salón y cogió el globo terráqueo que reposaba en una de las estanterías. Con un ligero movimiento de la mano, lo hizo girar a toda velocidad, utilizando su dedo índice para pararlo de forma repentina.

¡La India!-dijo, entusiasmada-¡Nunca he estado en la India!

Recostándose en el sofá, con el globo terráqueo sobre el vientre, comenzó a idear el que sería su próximo viaje. La semana siguiente visitaría la India.

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