estela

Escondido

Empezaban a entumecérsele las piernas por mantener tanto tiempo aquella postura, con todas sus extremidades encogidas. No sabía cuanto rato llevaba escondido, había perdido ya la noción del tiempo.

Quizá hubiera pasado ya media hora, o más. Por fortuna, hasta el momento, no le habían encontrado.

Todo había sucedido muy rápido.

Estaba cayendo la noche, y estaba con unos amigos en la calle, hablando y riendo. Hacía mucho que no se lo pasaba tan bien. De hecho, últimamente, debido a las circunstancias bajo las que todos ellos vivían, no se divertían demasiado.

Sin embargo esa tarde estaba siendo distinta. Estaban todos relajados y estaban pasando un buen rato.

De repente, casi sin tiempo para darse cuenta, se había visto corriendo lo más deprisa que le permitía su cuerpo, al igual que habían hecho todos los demás. Todos habían tenido que salir huyendo y esconderse, con la absoluta certeza de que, si eran atrapados, todo se acabaría para ellos.

En mitad de la huida, él había visto casualmente ese armario, tirado junto a una pared. Los demás no habían reparado en él, quizá porque en medio de la ya incipiente oscuridad no se distinguía muy bien, debido a su pequeño tamaño y su color oscuro...Lo que lo convertía en un escondite seguro.

escondido6No se lo había pensado dos veces y se había introducido en el pequeño armario, para lo que tuvo que poner todo su empeño en encogerse lo máximo posible.

Una vez cerrada la puerta, se quedó esperando, aguzando el oído. En la situación en la que se encontraba, no podía hacer otra cosa más que esperar y ver, o más bien intuir, como se desarrollaban los acontecimientos.

Desde allí podía escuchar todo lo que pasaba fuera.

Oía los pasos, algunos rápidos, los de aquellos que huían, y otros más lentos, más fuertes, que marcaban profundamente las pisadas, incluso recreándose en ellas.

Cuando esos pasos se acercaban al armario donde estaba escondido, su respiración se paraba. No quería que el más mínimo ruido delatara su presencia.

Pronto comenzó a escuchar gritos, y más pisadas. Todas rápidas, todas parecidas, pero él podía distinguir perfectamente las que pertenecían a la persona que huía y las que pertenecían a la persona que perseguía. Era una habilidad que había desarrollado con el tiempo.

Tras unos segundos que se le hacían eternos las pisadas se detenían. El huido había sido capturado.

Así fue pasando. Uno tras uno todos sus compañeros iban cayendo. Algunos se resistían, intentaban huir...Otros se daban por vencidos rápidamente. No les quedaban fuerzas para seguir luchando.

Él lo escuchaba todo desde su escondite, donde rezaba pidiendo no ser encontrado. Y al parecer esos rezos estaban surtiendo efecto.

Los minutos fueron pasando lentamente en la oscuridad de aquel pequeño armario.

Empezaba a sentir el aire de dentro algo viciado. Comenzaba a costarle respirar.

Le dolía ya todo el cuerpo. Pensaba que, cuando saliera de allí, le iba a resultar difícil volver a moverse con normalidad.

Intentó estirar mínimamente sus articulaciones para desentumecerlas, pero apenas tenía espacio para hacerlo. Logró rotar un poco las muñecas y los tobillos, lo que alivió un poco el dolor que ya sentía en ellos.

Fuera de su pequeño cubículo seguía escuchando gritos y pasos acelerados.

Muchos de sus compañeros, si no todos, debían de haber sido ya descubiertos o atrapados en plena huida. Podía escuchar sus gemidos de lamento y la satisfacción en la voz de quien los encontraba. Lo sentía muchísimo por ellos, no le gustaría estar en su lugar.

escondido2Aunque no dejaba de estar intranquilo, puesto que la situación que estaba viviendo no era para menos, se sentía ya algo aliviado de estar allí metido. Si no le habían podido encontrar hasta el momento, seguramente nunca lo hicieran.

Se relajó un poco y esa fue su perdición, porque al moverse para intentar cambiar de postura dentro del espacio reducido en el que se encontraba, hizo que el armario se tambaleara, lo que provocó un pequeño ruido, que sin duda fue escuchado desde fuera.

En seguida se dio cuenta del grave error que había cometido. Se quedó completamente inmóvil, sin atreverse siquiera a pestañear.

No entendía cómo había podido ser tan inconsciente. Solo esperaba que no se le hubiera escuchado desde fuera.

Pero sus esperanzas pronto se vieron truncadas cuando escuchó unos pasos que se dirigían hacia donde él estaba.

No se movía, no respiraba...Ni tan siquiera temblaba, a pesar de que el pánico le recorría desde la cabeza a los pies.

Los pasos eran cada vez más fuertes, cada vez más cercanos.

Ya no había vuelta atrás. Había cometido un error que ya no podía enmendar. Ya era demasiado tarde. Había sido descubierto.

Según se acercaban los pasos, su corazón latía más y más rápido, tan fuerte que estaba seguro que se podía escuchar desde fuera del armario. Un paso, un latido. Otro paso, otro latido.

Se estaba acercando el momento en el que tendría que reaccionar.

Tenía dos opciones, darse por vencido y dejar que le atraparan, o seguir resistiendo hasta el final, hasta que se lo permitieran sus fuerzas.

Por supuesto la segunda opción era la ideal, la que todo aquel que estuviera en su situación elegiría...Pero no estaba seguro de que sus extremidades, entumecidas tras haber estado tanto tiempo encogido, le responderían como necesitaba.

Los pasos ya se oían a pocos centímetros. Ya no tenía escapatoria.

De repente, la puerta del armario se abrió bruscamente.

Tras ella apareció una figura que no era fácil de distinguir en la oscuridad de a noche. Era alto, pero no más que él. Quizá su forma física, y su apariencia, con ese cabello rubio y esos ojos azules, y sus ropas oscuras perfectamente planchadas, dieran la apariencia de que, en una carrera, le ganaría sin duda.

Pero él, a pesar de su delgadez, sus ropas sucias, su pelo negro revuelto y sus articulaciones entumecidas, no iba a dejarse atrapar tan fácilmente.

Durante unas décimas de segundo los dos se quedaron quietos, mirándose.

escondido4De repente, él echó a correr y aprovechó los segundos que su oponente tardó en reaccionar para sacar una pequeña ventaja.

Le dolía todo el cuerpo. En cada paso que daba sentía como miles de cuchillos se le clavaban en las rodillas y en la cadera. Sus fuerzas estaban más allá del límite, pero no pensaba parar de correr, aunque sentía como a cada zancada su perseguidor iba recortando centímetros en la distancia que los separaba. El miedo a ser atrapado le daba motivos suficientes para seguir.

A lo lejos los vio. Todos los que habían sido atrapados estaban allí, agolpados, de brazos caídos y con gesto de resignación.

Habían tirado la toalla pero, cuando le vieron correr, escaparse de su captor, recobraron los ánimos y, a pesar de su mala situación, no pudieron evitar jalearle, encomendándole la misión de no pararse, de seguir adelante, de lograr lo que ellos no habían conseguido.

Fue determinante para que siguiera esforzándose, a pesar de no poder más, y apretara la zancada.

Su perseguidor se fue alejando poco a poco, mientras él corría más rápido, con más ánimos, y con la fuerza que recibía de los demás.

Ya no le cabía la más mínima duda. Era capaz de conseguirlo, lo sabía. Y lo iba a conseguir.

Haciendo un último esfuerzo, alargó el brazo, ese que había tenido encogido durante tanto tiempo, y que ahora parecía extenderse más allá de su manga, y con la palma de su mano tocó la pared que había ante él.

-¡¡Por mi, por todos mis compañeros, y por mi primero!!

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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    O de cómo lo malo que nos rodea nos lleva a ponernos siempre en... lo peor. ¡Grande, Estela, grande!

    de Getafe, Madrid, Spain
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