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Carta de despedida

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Me he decidido a escribirte esta carta a ti y no a otra persona porque creo que, después de haber compartido contigo más de veinte años de mi vida, te mereces saber por qué he decidido poner fin a la mía. Te mereces saberlo de primera mano, de mi boca. O, en este caso, de mi letra.

No ha sido una decisión fácil, espero que lo comprendas. Espero que sepas entender por qué voy a hacerlo, por qué no quiero seguir viviendo. Lo he sopesado durante mucho tiempo, te lo aseguro, y no he encontrado otra solución. Realmente necesito que mi vida termine.

Me parece absurdo seguir viviendo cuando no soy feliz. Cuando nunca he sido feliz y no sé si seré capaz de serlo.

No me malinterpretes. No quiero decir que nunca haya sido feliz contigo. Hemos vivido momentos muy buenos pero, quizá, no los he sabido aprovechar, no los he exprimido lo suficiente o no los he vivido con la intensidad que requerían.

Puede ser que, simplemente, esos momentos felices no me hayan compensado todos los malos tragos que he tenido que digerir.

despedida4El día de nuestra boda, por ponerte un ejemplo que ilustre mis palabras, fue precioso.

La iglesia llena de flores blancas y azules. Ni siquiera sabía hasta ese momento que existían flores de color azul, nunca antes las había visto en ningún lado.

Mi vestido era con el que siempre había soñado. Rosa, como a ti y a mi nos gustó, a pesar de las críticas de todos los que nos rodeaban y no entendían que no me vistiera de blanco, como todas las novias. Pero queríamos algo original, algo distinto, algo nuestro. Algo digno de recordar durante años.

Tú estabas guapísimo, más que nunca, con tu traje de color gris oscuro, a juego con tus ojos. Esos ojos que me miraban con toda la ilusión del mundo comprimida en una mirada.

Ese día fue feliz, si duda. Uno de los más felices de mi vida, de nuestras vidas.

Pero la felicidad que me proporcionó el casarme contigo no pudo compensar la tristeza que me provocó que desaparecieras sin dar explicación alguna a mitad del banquete, curiosamente durante el tiempo que también estuvo ausente de su mesa mi mejor amiga, mi dama de honor, la que pronunció unas palabras llenas de emoción durante la ceremonia. Tuvisteis la poca prudencia de aparecer luego juntos y de no parar de lanzaros miradas de complicidad el resto de la noche.

Nunca te dije nada, pero en ese momento ya pensé en acabar con mi vida.

Fue la primera vez que lo pensé, pero no la única.

Lo pensé de nuevo cuando nació nuestro primer hijo. El primero y el único, porque nunca quisiste tener más, a pesar de mi insistencia.



Yo era muy feliz con mi bebé, con nuestro bebé. Pasaba las veinticuatro horas del día pendiente de él. Lo alimentaba, lo bañaba, lo vestía, lo mimaba...Mientras tú pasabas las horas con tus nuevos amigos, aquellos que, curiosamente, habías conocido días antes de ser padre, de los que no querías separarte ni un momento, ni siquiera para cuidar de tu hijo recién nacido.

De verdad te digo que entonces pensé muy seriamente en terminar con mi vida. Y seguramente lo hubiera hecho si el niño no hubiera sido tan pequeño, tan indefenso. Me necesitaba, nos necesitaba a los dos a pesar de que tú nunca estuvieras.

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Después vinieron tantas y tantas ocasiones en las que hubiera querido no seguir viviendo...Cuando te fuiste de viaje ese fin de semana con tus compañeros de trabajo, coincidiendo con los días que tuve que estar ingresada en el hospital debido a una fuerte pulmonía. O aquella noche que volviste a casa a las tantas de la madrugada, completamente borracho porque te habías bebido todos nuestros ahorros, que tanto esfuerzo nos habían costado. O cada vez que criticabas que la cena que te servía estuviera fría, después de haberme pasado miles de horas cocinando para ti y otras tantas esperando a que al fin llegaras a casa para cenar, pensando que quizás ese día podríamos cenar en familia.

Nunca tuve el valor necesario para hacerlo. Quizás porque pensaba en qué sería del futuro de nuestro hijo si lo hacía, o en cómo se lo tomaría mi familia. Suponía que lo pasarían mal, muy mal, realmente mal. No quería ser yo la causante de su dolor.

También, claro está, pensaba en ti. En qué sería de ti sin mi. Porque, aunque de cara a la galería seas un hombre fuerte, de carácter, perfectamente capaz de vivir solo, yo sabía que te iba a costar horrores hacerlo, que difícilmente serías capaz de superar una situación así.

Pero ya no puedo más. Veinte años pensando en acabar con mi vida son demasiados para seguir ignorando este pensamiento.

despedida5De verdad que lo he pensado, lo he recapacitado, lo he sopesado. He alargado este momento en el tiempo todo lo que he podido, hasta que mis fuerzas se han acabado. Y, junto con mis fuerzas, siento que se ha acabado mi vida. Ahora que he conseguido reunir el valor necesario para hacerlo ya no me voy a echar atrás.

No pienses que con esta carta te estoy intentando culpar a ti. Nada más lejos de mi intención.

Mi vida es responsabilidad mía y de nadie más. Yo decido lo que hago con ella, cómo la vivo y hasta cuándo la vivo. Yo decidí compartirla contigo, seguir compartiéndola a pesar de todo. Y ahora decido que ya no la quiero vivir más.

Por eso voy a acabar con mi vida. Voy a acabar con esta vida, esta vida que comparto contigo.

A partir de hoy empiezo mi nueva vida. Mi vida sin ti.

He interpuesto una demanda de divorcio. Te ruego que la firmes y que después te olvides de mi.

No me llames, no me busques. Yo ya no existo para ti.

Mi vida contigo ha acabado. Mi nueva vida comienza, al fin. Sin ti.

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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Acierta Vd. al equiparar un cambio radical de vida con una muerte y un renacer a otra que se espera mejor. Ya verá Vd. cómo, con el paso de los años y la suerte de mantenerse sana, irá acumulando muertes y renaceres. Hasta el punto de que, un día, se sorpenderá pensando o diciendo: "¡Ah, sí! Pero eso me parece que me ocurrió en otra vida..." Y, de hecho, así fue.

    de Viveiro, Lugo, Spain
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