estela

Belleza interior

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Le había dicho que esa noche saldrían a cenar.

Lo hacían bastante a menudo, pero esa noche iba a ser especial. Celebraban su primer mes como marido y mujer y, como era habitual en él, no pensaba reparar en gastos.

Irían a uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, donde degustarían grandes exquisiteces y donde coincidirían con otras parejas de su misma condición social.

Tenía que estar perfecta para la ocasión.

Nada más saber que iban a salir, decidió darse un relajante baño con agua caliente y sales aromáticas, tras lo cual se masajeó toda la piel con un aceite también perfumado.

Sabía que a él le gustaría.

interior7Se dirigió a su vestidor personal, que ocupaba por entero una de las habitaciones de la casa, y eligió, para comenzar, un conjunto de bragas y sujetador de color rojo y suave tela de encaje que se ajustaba increíblemente bien a su figura.

Se lo puso y se observó detenidamente frente a uno de los espejos de pie que se encontraban en aquella habitación. Estaba satisfecha con la imagen que le devolvía.

Aquella ropa interior resaltaba las curvas que, a pesar de que no tenía ni un solo centímetro de grasa, dibujaban su cuerpo.

Sabía que a él le gustaría.

Se dirigió al cuarto de baño y se sentó frente al espejo de tocador que le había regalado su marido el mismo día de su boda, consciente de la pasión, y la obsesión, de la mujer por el cuidado de su imagen.

Abrió el cajón donde guardaba sus numerosos peines y cepillos, de todos los tamaños y formas. Eligió uno de cerdas finas y suaves y se lo pasó una y otra vez por su cabello negro azabache, desenredándolo y haciendo que brillara de forma natural.

Unas pequeñas tenacillas le sirvieron para hacerse varios bucles.

interior4Durante unos segundos se miró fijamente al espejo, intentando decidir qué clase de recogido podría hacerse para resaltar convenientemente sus rasgos faciales. Finalmente decidió dejarse la melena suelta, cayendo sobre sus hombros como si de una cascada se tratase.

Sabía que a él le gustaría.

Difuminó, con ayuda de un algodón, unos polvos compactos del color de su piel sobre su rostro, incidiendo más en sus pómulos, resaltándolos sobre el resto de sus rasgos.

Escogió una sombra azul para sus ojos oscuros, con la que los cubrió cuidadosamente, adornándolos además con una fina raya negra que comenzaba en el lagrimal y acababa más allá de la última pestaña, que también fueron maquilladas con máscara negra.

Para los labios optó por un lápiz de color rojo intenso, que los hacía si cabe más carnosos.

Sabía que a él le gustaría.

Se esmeró en el limado de sus uñas, haciendo todo lo posible por sacarles brillo de forma natural, ya que no le daba tiempo a pintárselas, como le hubiera gustado. Aún así, las tenía perfectamente cuidadas, tan bonitas que parecía que se hubiese hecho la manicura francesa.

Sabía que a él le gustaría.

Una vez finalizado el proceso de maquillaje, se dirigió nuevamente al vestidor.

Tras echar un vistazo a las decenas de vestidos, de todos los cortes, formas, tejidos y cortes, que colgaban de las perchas, perfectamente planchados y colocados, se decidió por uno de ellos, el que creía más apropiado para la ocasión.

Era un vestido de color rojo, la misma tonalidad que había elegido para su ropa interior y sus labios. Tenía un corte palabra de honor, pero era complementado hasta el cuello y los hombros por una tela de encaje a forma de transparencia. Se ceñía en el pecho y la cintura, para caer con algo de vuelo hasta un par de centímetros por encima de las rodillas. Perfecto para aquella noche de verano, y perfecto para su figura, que realzaba a la perfección.

Sabía que a él le gustaría.

interior2Abrió el armario donde guardaba más de veinte pares de zapatos de todos los estilos posibles y eligió unos negros de tacón, que quedaban increíblemente elegantes junto con el vestido, y hacía que sus piernas se prolongasen hasta el infinito.

Sabía que a él le gustaría.

Por último, posó su vista sobre su precioso joyero, repleto de regalos recibidos a lo largo de su noviazgo con el que ahora era su marido.

No quería quitar la atención sobre su rostro y su vestido, por lo que se decidió por joyas poco ostentosas. Unos pendientes que colgaban de sus lóbulos como si se trataran de pequeños ríos de plata y brillantes, una gargantilla del mismo metal que se ajustaba a su cuello justo en el límite de su vestido y dos pequeñas pulseras, también ajustadas a sus muñecas.

Sabía que a él le gustaría.

Miró en el espejo el resultado final. Estaba guapa, elegante, radiante...Perfecta.

-Cariño, ¿estás preparada?

La voz de su marido se oyó al otro lado de la puerta.

Perdía la noción del tiempo cuando se arreglaba para salir con él. Había empezado a prepararse dos horas antes de la hora que le puso como límite para salir de casa, y ya la había sobrepasado en varios minutos.

-Ahora mismo salgo-Le dijo-Ya no me queda nada.

Se dirigió apresuradamente a otro de los armarios del vestidor. No quería que le tuviera que esperar mucho más.

Abrió la puerta y se encontró frente a ella una serie de vestidos de tela negra, todos iguales entre sí, por lo que cogió uno de ellos sin pararse a mirar cuál era.

Volvió a situarse frente al espejo y se enfundó el vestido desde la cabeza, metiendo los brazos por las anchas mangas y dejándolo caer hasta los pies. Tenía la longitud perfecta para tapar los zapatos de tacón casi hasta la base.

Acercándose al espejo, se ajustó la tela que le tapaba la cara para que su visión no se viera reducida a causa de ella.

Se alejó unos pasos para poder observarse de cuerpo entero.

interior5El niqab la cubría completamente, de arriba a abajo, sin dejar a la vista un solo centímetro de su cuerpo, exceptuando sus ojos, del mismo color de la tela. Su forma holgada disimulaba sus curvas a la perfección.

Tras atusarse la tela para evitar que se le hicieran arrugas indeseadas, abrió uno de los cajones de la cómoda que se encontraba al lado del espejo, de donde sacó unos guantes de color negro que se enfundó.

Ahora sí que estaba lista.

Estaba increíblemente guapa, maquillada, peinada y vestida para su marido, y a la vez estaba preparada para presentarse ante la sociedad de una forma decente, como su condición de mujer casada requería.

Sabía que a él le gustaría.

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Gente en la conversación

  • Invitado - Hattori Hanzo

    Van a abrir un Zara en Raqqa, Amancio va a ir a inaugurarlo la semana que viene, van a vender unas chilabas cojonudas, como las que fabricaba este magnífico industrial en su juventud en un garaje.

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Salieron de casa. Se trataba de ir a una fiesta que se encontraba dos manzanas más allá. Como de costumbre, ella caminaría sola, en primer lugar, seguida de cerca por su marido. Sabía que a él le gustaría. Llegarían al apartamento de sus amigos. Se reuniría en un gran salón tapizado con todas sus amigas y jugarían a adivinar lo que llevaban por debajo y que seguro gustaría a cada uno de sus maridos, cuyas risas lejanas resonaban desde el fondo del pasillo.

    de Getafe, Madrid, Spain
  • Invitado - Anyta Dynamita

    Brillante!!!

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