estela

El dolor del amor

dolor1

Jaime pegaba tan fuerte como podía, tanto como los demás.

No quería que se pensaran que en realidad no quería hacerlo, que, sin duda, sufría más él dando las patadas que el pobre chico que las estaba recibiendo.

No lo habían buscado, como hacían otras veces. Simplemente lo habían visto a lo lejos y sus movimientos, que denotaban lo que uno de sus amigos había denominado “una pérdida de aceite de muy mal gusto”, les habían dado motivos más que suficientes para seguirlo durante unos metros, propinándole a cada paso un pequeño empujón e insultándolo con todas las metáforas que sus limitadas mentes podían idear, amparados en lo desiertas que estaban las calles por las que el chico andaba y en los pasamontañas con los que se cubrían la cara.

dolor6En un momento determinado sacó el móvil e intentó hacer una llamada, seguramente para poder, de esa manera, ignorar mejor los ataques gratuitos de aquel grupo de energúmenos que se le habían pegado a los talones, o quizás para pedir auxilio ante el acoso que estaba sufriendo.

Ese fue su error. La acción que le dio al cabecilla de la banda la excusa perfecta para pasar a mayores.

Con un pequeño movimiento de su cabeza, el resto pasó a la acción.

Uno le cogió por los hombros, mientras otros dos le alzaban por las piernas. Entre los tres, seguidos por otros cuatro encapuchados más, le llevaron hacia un callejón oscuro y desolado. El móvil salió despedido por los aires, con una llamada no llegada a realizar, que con un sutil toque quitó de la pantalla Jaime cuando lo recogió.
Sus retorcimientos no le sirvieron de nada ante los músculos que lo aprisionaban, y sus gritos quedaron apagados por las arengas del resto del grupo, que alzaba la voz con excitación ante lo que se les avecinaba.

Cuando lo soltaron, bruscamente, en el sucio suelo, el chico se encogió todo lo que pudo contra la pared. Asustado, las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos, que pronto cubrió con sus brazos, escudándose ante lo que intuía que estaba a punto de suceder.

- Por favor no me hagáis daño, por favor... -suplicó con un hilo de voz- Os daré lo que queráis, pero no me hagáis nada.
- No queremos nada de ti -habló el cabecilla-. Solo que no nos gusta la gente como tú.

dolor2Y sin más dilación, fue él mismo el que le propinó el primer golpe, tras el que llegaron muchos más, en la cara, en la tripa, en el pecho, en la espalda...Ejecutados con fuerza por pies, manos y puños entre los que se encontraban los de Jaime.

No disfrutaba con ello. Nunca lo hacía, pero esta vez le estaba resultando especialmente doloroso...Y, sin embargo, no podía dejar de pegar a ese pobre muchacho, porque si dejaba de hacerlo no le sentaría bien al resto del grupo, se encararían con él, perdería su amistad, quizás le pegarían también...

Cuando el chico dejó de responder a cada golpe con un gemido lastimero, perdieron el interés por él, y decidieron dar por finalizada la paliza.

- Espero que hayas aprendido la lección.-Escupió el cabecilla, jadeando por el esfuerzo-No queremos volver a verte por ahí a no ser que pierdas esa desagradable pluma.
Se fueron del lugar, dejando al chico tirado en el suelo, casi inerte, con las ropas manchadas de sangre.

Aquella última visión, mientras se alejaban, fue demasiado para Jaime.

- Tíos, yo me tengo que ir, tengo cosas que hacer -dijo, dándose media vuelta sin más-.

dolor4Tras él escuchó algún amago de queja, que pronto fue olvidado, ante la proposición de ir a “comprar unas birras al chino para bebérselas en el parque”. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, sacó de su bolsillo el móvil que, en cierto modo, le había arrebatado al chico, y marcó el número de Emergencias. A la amable chica que le contestó, le relató, como si de un testigo ocasional se tratara, lo que había pasado, insistiendo en que mandaran lo antes posible una ambulancia al lugar.

Terminada la llamada, arrojó el móvil a la primera papelera que se encontró y, con paso lento pero firme, se dirigió hacia el hospital de la ciudad. Cuando preguntó en recepción, confirmó que el chico, afortunadamente, ya había entrado por Urgencias, y en esos momentos lo estaban examinando. Esperó allí, todo lo pacientemente que le permitían sus remordimientos de conciencia, hasta que por fin un médico entró en la sala preguntando por los familiares de aquel chico.

Como si le hubieran dado una descarga eléctrica, se levantó de golpe y, secándose las lágrimas que había derramado durante las horas de espera, caminó tras él hacia la habitación donde se encontraba, consciente pero rodeado de tubos y cables, el chico al que le habían dado la paliza.

- Está muy débil, procure no alterarlo -le explicó el doctor-, tiene numerosas contusiones y dos costillas rotas...Por no hablar de los daños psicológicos, que serán los más difíciles de curar.

El doctor salió de la habitación, dejando a Jaime solo con el chico. Lentamente se acercó a él y posó, con suavidad, la mano sobre su hombro. Al sentir el contacto, el chico abrió los ojos y, con dificultad, giró la cabeza hacia donde estaba la persona que había ido a verle.

- Cariño...Estás aquí... -acertó a decir, casi en un suspiro entrecortado-.
- Sssssh -le hizo callar Jaime, posando tiernamente los labios sobre los suyos-. No hables, Pedro, que tienes que descansar.

dolor8Ante esas palabras, Pedro, visiblemente más aliviado al tener a su chico junto a él, cerró los ojos, pero continuó hablando con suavidad.

- Solo pensaba en ti...Mientras recibía los golpes, solo podía pensar en ti...

Jaime rompió a llorar, desconsolado, con miles de remordimientos atormentando su cabeza.

Se arrepentía, se avergonzaba, se espantaba por lo que había hecho a la persona más importante de su vida. Lo había hecho por guardar las apariencias, encerradas toda su vida en un oscuro armario del que le costaba horrores salir, del que puede que nunca saliera, porque, quizá, viendo lo que había fuera, de lo que él mismo formaba parte, era mejor quedarse escondido.

- Tranquilo, no llores -le dijo Pedro, ajeno a los verdaderos motivos por los que lloraba su pareja-, mientras me pegaban, yo solo pensaba en ti...

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