estela

Apocalipsis zombie

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No podía recordar cuándo había empezado todo. Solo era consciente de que ahora mismo, a su alrededor, todo era muerte, desolación y destrucción. El mundo, tal y como había sido anteriormente, ya no existía. Ahora todo era oscuro y terrorífico.

Ni sabía cuándo, ni sabía cómo había empezado.

Había escuchado algo sobre un virus expandido en la carne de ternera, pero también le habían dicho que había sido en el agua. Otros decían que se había esparcido por el aire... Lo único que parecía cierto es que se había tratado de un acto terrorista, el peor de todos los tiempos.

Tampoco entendía qué pretendían los terroristas con una acción así. Infectar a todos los hombres y mujeres, matar a todos los seres vivos, extinguir a la humanidad de la faz de la Tierra... ¿Por qué? Había que estar realmente loco, y quererse muy poco a sí mismo.

No valía la pena darle vueltas, ya estaba hecho, y ahora lo único que se podía hacer era tratar de sobrevivir, por todos los medios posibles.

Para ello lo mejor era estar acompañada, ya se había dado cuenta. El problema era que, la gente con la que comenzó esta singular andadura, en su mayoría, estaban ya muertos. Sus desapariciones habían sido como puñaladas desgarradoras para ella. Aunque no habían sido familiares suyos, ni siquiera amigos cercanos, pasar esos duros momentos junto a ellos los había unido con lazos profundos, y verlos morir le había causado un gran dolor.

Ya solo quedaba junto a ella aquel chico, de rasgos duros y mirada penetrante, al que ni siquiera conocía antes de que todo esto empezara, y ahora era todo su mundo, sobre todo después de que le salvara la vida, impidiendo que fuera mordida por uno de esos infectados.

Porque aquel virus, esparcido por donde quiera que estuviera, no solo mataba a la gente. Si hubiera sido así, el problema no hubiera sido tan grave. Hubiera muerto, y seguiría muriendo mucha gente, pero sería controlable. Sin embargo, ese virus, a los pocos minutos de matar a su portador, lo resucitaba.

Pero no lo resucitaba tal y como estaba antes de ser infectado. Esa persona resucitada no respiraba, su corazón no latía, su cerebro solo funcionaba para las funciones más primarias. Se convertían en muertos vivientes, verdaderos zombies cuyo único instinto era intentar morder a todo ser vivo que, si caía en sus garras, se convertía, sin remedio, en uno de ellos.

Y a ella había estado a punto de pasarle, pero él lo había impedido.

En un momento dado, se había visto acorralada por tres de esos seres de ultramundo, y él había salido de la nada, le había tendido una mano y había tirado fuertemente de ella. Habían salido corriendo, todo lo rápido que les permitieron sus fuerzas, y los muertos vivientes, aunque les habían seguido en un primer momento, no habían sido capaces de alcanzarles. Afortunadamente, no eran tan rápidos.


Ahora estaban los dos juntos, acurrucados debajo de un coche. Quizá no era el mejor de los refugios, pero al menos esperaban no ser vistos ni olidos allí por los zombies.

- Toma, come un poco -le dijo, sacando de dentro de su chaqueta una bolsa de patatas-.

- ¿De dónde has sacado esto? -Preguntó ella, incrédula, ya que hacía tiempo que no había comido nada, ni había visto comida por ningún lado-.

El chico, por toda respuesta, se encogió de hombros.

Muertos de hambre como estaban, dieron buena cuenta de las patatas, como si de un manjar se tratara, cogiéndolas con las manos llenas.

Una vez terminada la bolsa, se abrazaron y se besaron dulcemente, como si no recordaran que se hallaban debajo de un coche, huyendo de una amenaza que en cualquier momento se podía cernir sobre ellos, y haciendo caso omiso del hecho de que hacía tiempo que no se bañaban, y el sudor y la suciedad acumulada en sus cuerpos comenzaban a provocar ya un olor algo desagradable. Pero, dada la situación, no era algo que les importara.

Estaban tan concentrados, el uno en el otro, que no fueron conscientes de los ruidos que se empezaron a oír, zombie22y que cada vez se aproximaban más a aquel coche. Los muertos vivientes les habían descubierto y se acercaban a ellos.

Fue el chico el primero que se dio cuenta.

- Tenemos que salir de aquí -dijo rodando sobre sí mismo para salir de la protección del coche-.

En seguida volvió a rodar para volver bajo la carrocería. Era demasiado tarde.

- Estamos rodeados -susurró-. No podemos salir de aquí.

- ¿Qué vamos a hacer? -Preguntó, asustada, la chica-.

- No podemos hacer nada.-Aseguró el chico, con una tranquilidad absoluta.-Estamos muertos.-Sentenció.

Como para ilustrar sus palabras, aparecieron de repente, por los laterales del coche, decenas de manos que hacían esfuerzos sobrehumanos por alargarse al máximo, para llegar a tocar a las dos personas, futuras víctimas, que se escondían bajo aquel vehículo.

Los chicos, abrazados, se encogían todo lo que podían sobre ellos mismos, en un intento de escapar de las garras de los monstruos.

- Es el fin -dijo él-. Me alegro de haber podido vivir estos últimos momentos contigo.

- Yo también -dijo ella, intentando evitar las lágrimas que asomaban a sus ojos-. Te quiero.

El chico se la quedó mirando, tan sorprendido que no se dio cuenta de que uno de los muertos vivientes se había echado al suelo, y estaba reptando hacía él.

- ¡Cuidado! -Gritó la chica, tan alto como se lo permitieron sus cuerdas vocales-.

El grito hizo que el chico reaccionara y, volviéndose, le dio un fuerte golpe al zombie, que retrocedió.

Entonces fue cuando sonó la sirena.

Los dos se miraron, sorprendidos. Eran incapaces de reaccionar.

Acto seguido, los muertos vivientes se apartaron del coche.

Lo habían conseguido. ¡Habían ganado!

Lentamente, salieron del coche, dirigiendo miradas prepotentes a los zombies, que seguían a su alrededor. Ya no podían hacerles nada.

En cuestión de minutos, llegó la furgoneta que recogía a todos los supervivientes. Se montaron en ella. Apenas eran una decena los que habían logrado sobrevivir toda la noche, los que habían ganado ese juego, organizado por el ayuntamiento de su pueblo para que los jóvenes se divirtieran.

El premio era un viaje a Roma, para dos personas. Seguramente no pensaron que fuera a sobrevivir tanta gente, si no, el premio no hubiera sido tan costoso para las humildes arcas del ayuntamiento.

-¿Te parece si vamos juntos a Roma?-Le preguntó el chico- Y si nos gusta podemos repetir, ya que tenemos dos premios.

-¿Ir contigo de viaje? -Se asombró ella- ¡Si no te conozco de nada!

-Pero... Si hace un rato me has dicho que me querías... -se quejó él-.

-Ya lo sé, pero tienes que comprenderlo, la situación me confundió...-se explicó.-Estábamos a punto de morir-...

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