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Pesadillas

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Se despertó sobresaltada, bañada en un charco de sudor y con la respiración entrecortada.

Hacía varias semanas que se despertaba de igual manera cada mañana, antes incluso de que sonara la alarma que, aun de madrugada, se esmeraba en recordarle que era la hora de ir a trabajar, a pesar de que los últimos días se había despertado sin necesidad de aquel ruido estridente.

No sabía exactamente cuándo habían comenzado las pesadillas pero se le antojaba que llevaba ya más de tres semanas conviviendo con ellas, soñando lo mismo una y otra vez de una manera escalofriantemente recurrente.

En cada sueño corría por lo que parecía ser un túnel oscuro, oyendo a lo lejos unas rápidas pisadas que se le acercaban cada vez más, hasta que finalmente le daban alcance y era inmovilizada por un hombre alto, de ojos profundamente azules enmarcados por unas gafas negras de pasta y con la cabeza completamente rapada.

El hombre la asía fuertemente con sus brazos, visiblemente musculados a través de las mangas de una camisa blanca complementada por una corbata de color granate. Acercaba los labios a su oído y le susurraba una frase demoledora:

- Voy a provocar tu muerte.

Entonces...la mataba.

Su muerte sí que variaba de un día para otro. En ocasiones la apuñalaba; en otras la estrangulaba o le pegaba un tiro o le daba un fuerte golpe en la cabeza... Era entonces cuando se despertaba, casi sin aliento y con los nervios a flor de piel.

Ese día su asesino virtual había acabado con ella con un corte limpio en la garganta, que la había hecho desangrarse antes de ser capaz de despertar, acabando así con la pesadilla.

Miró el reloj. Faltaban diez minutos para que sonara la alarma, de modo que decidió levantarse ya. Así se podría arreglar con más calma.

No quería dar demasiada importancia a las pesadillas. Eran molestas, sin duda, y que se repitieran noche tras noche era algo tétrico... Pero se decía a sí misma que no dejaban de ser sueños. Desagradables, pero sueños al fin y al cabo.

Aun así, últimamente se encontraba en un estado en el que era fácilmente alterable y continuamente creía ver al protagonista de sus pesadillas por todas partes.

Tras ducharse, se preparó el desayuno: un zumo de naranja y una tostada que se comió sin ganas, sólo por la necesidad de tener algo en el estómago antes de salir de casa. Se vistió, se maquilló y, saliendo de casa, se dirigió hacia el coche.

Un ruido extraño, que turbó la paz de aquella silenciosa madrugada y que casi provoca que se le saliera el corazón del pecho, la hizo volverse sobresaltada antes de abrir la puerta del vehículo. En seguida respiró aliviada al descubrir que se había tratado de un simple gato callejero en busca de comida. Pero sus pulsaciones se mantuvieron elevadas.

Tras una última mirada en el retrovisor para comprobar que su maquillaje estaba en condiciones y, de paso, que no había nadie escondido en el asiento de atrás, arrancó y se puso en marcha.

En pocos minutos, se incorporó a la autopista mientras cantaba a voz en grito las canciones que sonaban en la radio y se reía de sí misma por lo paranoica que a veces podía llegar a ser.

Entonces fue cuando lo vio.

Varias veces, durante los últimos días, había creído ver la cara de aquel hombre que la amenazaba en sueños con matarla. Le había parecido verlo en la oficina, en el bar, en el supermercado, en el gimnasio...Habían sido siempre falsas alarmas.

Pero esta vez no se trataba de sugestión. Esta vez estaba segura de que era él.

pesadillas2Lo podía ver perfectamente a través del retrovisor, conduciendo el coche que tenía detrás, con esos ojos azules visiblemente inyectados en sangre puestos sobre ella, la cabeza completamente rapada y una sonrisa maléfica dibujándose en su boca.

Llevaba las gafas de pasta negra, la camisa que dejaba entrever sus músculos y la corbata granate.

Era él. Y esta vez estaba completamente despierta.

Había salido de sus sueños. E iba a matarla, no le cabía la menor duda.

El miedo la paralizó durante unos segundos, que el temible conductor del coche que la seguía aprovechó para aproximarse más a ella, hasta llegar casi a embestirla.

En ese momento, al ver tan de cerca la terrorífica cara de aquel tipo, reaccionó y, sin dejar de mirar por el retrovisor, aumentó la presión que su pie derecho ejercía sobre el acelerador.

El denso tráfico de primera hora de la mañana no le permitió alejarse demasiado de su perseguidor, por lo que tuvo que poner a prueba su práctica en el manejo del volante para ir sorteando los coches, cambiándose una y otra vez de carril a toda velocidad y sin respetar la distancia de seguridad.

Pero no conseguía zafarse de aquel hombre, que repetía mecánicamente todos sus movimientos, situándose siempre a escasos centímetros de la chica.

El pánico se apoderó de ella. Estaba segura de que, si se le ocurría salir del coche o si paraba siquiera en algún semáforo, aquel siniestro personaje aprovecharía para asesinarla, como llevaba tantos días amenazando en su subconsciente, por lo que decidió no desviarse en su salida habitual y seguir su camino en la autopista, donde podía ir más rápido.

Según iba recorriendo más metros por aquella carretera de circunvalación, el tráfico se iba haciendo más fluido, así que pudo, al fin, pisar a fondo el acelerador y aumentar la distancia con su perseguidor.

Consiguió alejarse lo suficiente como para dejar de verle en el retrovisor, por lo que pensó que, finalmente, le había dado esquinazo.

Con la mirada fija en el espejo, no se dio cuenta de que iba a mucha más velocidad que el camión que circulaba delante de ella, hasta que fue demasiado tarde para reaccionar.

En el transcurso de una milésima de segundo, su pequeño utilitario acabó empotrado en el remolque de aquel camión, provocando su muerte en el acto.

El tráfico se ralentizó al momento a causa del accidente. Los conductores que habían sido testigos del choque más de cerca se pararon para intentar auxiliar o, al menos, avisar a los servicios de emergencia.

El resto de coches continuaron su andadura, a paso lento provocado por la curiosidad y el morbo que despertaba el accidente en sus conductores. Entre ellos, el personaje calvo de ojos azules y gafas de pasta, que creyó reconocer, entre el amasijo de hierros que alcanzó a ver, aquel pequeño coche que le había tomado la delantera en todos los adelantamientos que había estado efectuando hasta el momento.

Pensó que era lógico que la mujer hubiera acabado accidentándose. Iba demasiado rápido, cualquiera hubiera dicho que estaba huyendo de algo, o de alguien.

Desde el momento en el que la vio pegar aquel acelerón con el que la había perdido de vista, le había parecido una imprudente.

Tras husmear lo que pudo desde la distancia a la que estaba y al descongestionarse los carriles una vez dejado atrás el lugar del accidente, siguió su camino, protestando para sus adentros porque ese retraso lo iba a hacer llegar tarde a trabajar.

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