a propos

Hiroshi Sakurazaka

"Cuando los alienígenas llegaron a la tierra no eran combatientes. Su tarea era la terraformación. Un grupo de hombres armados podían acabar con ellos fácilmente. Pero, como cucarachas que desarrollan resistencia a los pesticidas, las criaturas evolucionaron. Sus creadores les habían fabricado así, para asegurar que el planeta cambiaría de un hábitat humano a otro alienígena eliminando cualquier obstáculo.

La guerra engulló al mundo. El daño causado fue rápido y masivo. En respuesta, a nivel mundial se creó la Fuerza de Defensa Unida. La humanidad tenía un nombre para el enemigo que había arruinado el mundo. Les llamamos los Mimic."

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Haruki Murakami

¿Quién es exactamente Haruki Murakami? Escuché y leí muchas cosas sobre él antes de enganchar sus libros, muchas de ellas dichas por gente supuestamente muy sensible y feliz, sonrisas “Licor del Polo” amantes del fresco y silencioso pero lúgubre ambiente sushi-japo. Odio el sushi y me cuesta entender por qué os dejéis tomar el pelo pagando una pasta por comer pescado crudo. Esa clase de lectores y espectadores suele provocarme repulsión, de salida. Buscan un sentido naif de la existencia, adoran decir “qué bonita es la vida” y les gusta echarse colonia por garrafas incluso en la entrepierna. Yo prefiero el olor a sudor, me pone mucho más. Además, soy detractor hasta la médula del cine “oriental”, pocas veces me llega y la mayoría de ocasiones me repatea y hepata. Pero he de reconocer que Murakami es algo extraño y peculiar entre sus filas, es un tipo atípico, quizás eso me atrajo en un principio. Su visión de la realidad nipona está plagada de brochazos medulares provocados por la cultura “occidental”, retazos inconscientes de nuestro mundo situado al otro extremo del globo del suyo. Quiera yo o no esa es la realidad que comprendo, o al menos la que tengo esperanzas de poder comprender aunque sea tangencialmente.

Tampoco es que yo sea amante o forofo del realismo mágico. ¿Se me nota, no? Murakami lo ha aplicado en sus escritos como una fórmula mágica e infalible para calar en idiotas y en listos. Hay que ser bobo para creer que el sentido de nuestras vidas está en los sueños. Pero no es culpa de don Haruki que vosotros seáis tan crédulos con las chorradas oníricas freudianas que se os venden como ontológicas. Los sueños están muy bien, sobretodo cuando no los recuerdo cuando me levanto por la mañana. Los sueños son caos, no orden, no valen como mapa para seguir la ruta vital.

Las escenas de Murakami parecen todas desarroladas en los pasillos de un aeropuerto, con una suave música ambiental de fondo, todas son inodoras e incoloras, suceden entre paredes beiges y suelos blancamente impolutos, sus wateres no huelen a pis sino a ambientador de limón o de lavanda. Sus personajes cagan ambrosía, mean colonia, jamás se tiran pedos que no huelan a rosas y comen con la boca cerrada herméticamente, sus coches no hacen ruido, ningún gachó ni gachí de sus historias tiene problemas económicos y si raramente los tienen se resuelven por arte de magia, y siempre eyaculan con suavidad, practican un sexo perfectamente profiláctico y ellas reciben los lechazos en la cara como un don divino, y nadie nunca dan un grito ni sueltan un taco (esto no es una exageración en absoluto, ni uno). Incluso una escena de tortura (“Historia del pájaro…”…. no voy a decir el título entero porque me encocora) puede resultar como la narración de unos ejercicios espirituales con sor Teresa de Calcuta. 

murakami2Dice Murakami que, tras unos años desarrollando diversas profesiones, un día de buenas a primeras se propuso escribir una novela. Así, sin más. Se internó en el inefable mundo de la literatura como un absoluto neófito, como un explorador camino de la Antártida en solitario. Tuvo que aplicar sobre sí mismo un estilo de vida metódico. Murakami es método. “De qué hablo cuando hablo de correr” es el libro más revelador sobre su forma de pensar. Es individual, se interna en mundos paralelos para darles su propio toque, su visión y aplicarlos a su existencia. Su cuerpo se deforma y se transforma en cada tránsito vital.

Parece a simple vista que soy detractor a ultranza de Murakami, pero nada más lejos. Soy un ser más enganchado a sus historias. Me siento totalmente ajeno a ellas, pero no puedo pasar largo tiempo sin introducirme en su mundo. Me ha hecho desear viajar a esos paisajes gélidos japoneses. Cada cierto tiempo me llama y no soy capaz de resistir su poderoso influjo, por mucho que mi planeta haya sido siempre uno muy lejano al suyo. Quizás sea por eso la atracción que ejerce sobre mí. Sueño con viajar a Sapporo bajo una fina nevada, en coger el tren bala, en recorrer las callejuelas atestadas de rostros sin nombre del viejo Tokio. En pasear de acá para allá como sus etéreos personajes, flotando a pocos centímetros del suelo sin plantar los pies. Sueño con soñar como ellos sueñan, y con vivir situaciones a medio camino entre la realidad y lo onírico, con no distinguir por un rato los límites de ambas esferas.

Os sugiero que empecéis desde el principio para desentrañar sus claves, por “La caza del carnero salvaje”. Aunque también os diría que las historias de Murakami carecen de claves y de respuestas, de soluciones, porque sus personajes flotan arrastrados por la marea humana, en el fondo lo mismo que nosotros a miles de kilómetros de distancia vital de ellos. La respuesta al enigma Murakami es que no hay respuesta, todo es un eterno dejarse llevar a través del silencio de la muchedumbre rugiente de las ciudades-avispero-enjambre modernas.


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Billie Holiday en tres tomas

billieholiday

Fue Billie Holiday quien me introdujo en el universo del jazz en 1984. Por entonces no sabía lo que estaba escuchando, solamente me pasaron una cinta de cassette: "Escúchala". Y la escuché y me dejó marcada. No recuerdo ya cuales eran los temas grabados en aquella cinta, pero da igual, porque todo lo que interpretaba Billie Holiday dejaba huella. Habrá habido, con toda seguridad, cantantes con mejores cualidades vocales que las suyas, sin embargo muy pocos están o han estado dotados con sus cualidades interpretativas y su intensidad emocional. Su voz tocaba el alma.


TOMA 1. Strange Fruit

Southern trees bear strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.
Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias, sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.
Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop.

Strange Fruit fue la pieza musical que la hizo mundialmente famosa, su canción emblemática. Un poema escrito y musicado por Lewis Allen, seudónimo tras el que se encontraba un profesor judío de origen ruso cuyo nombre real era Abel Meeropol. El poema se había publicado en la revista New York Teacher y en algún otro diario comunista, bajo el nombre Bitter Fruit. En 1939, cuando Allen conoció a Billie Holiday y le mostró el poema, ella se sintió brutalmente identificada con esa historia y lo convirtió en su canción protesta personal. Era la época del Café Society Downton, en Nueva York, un club de postín donde el tema se convirtió desde el primer momento en una pieza habitual en su repertorio y con el tiempo en un clásico.

Las sensaciones que Strange Fruit producían en el público estaban directamente relacionadas con el estado de desolación y amargura con que Billie la interpretaba. "Cantarla me afecta tanto que me pongo mala. Me deja sin fuerzas" y era habitual que tras su interpretación saliera del escenario y se escondiera en algún lugar a llorar.

1930Aunque en el origen de la canción se encontrara el linchamiento de Thomas Shipp y Abraham Smith por una turba de blancos en Indiana en 1930 y la expresión "strange fruit" se convirtiera desde entonces en una forma simbólica para referirse a los linchamientos de gente de color, a Billie el poema siempre le había recordado a su padre, Clarence Holiday. Guitarrista y bajista de jazz, había muerto en 1937 de una pulmonía, deambulando de hospital en hospital por todo Dallas sin que en ninguno quisieran atenderle hasta recalar en un hospital de veteranos donde ya solo le quedó morir. Así eran las cosas en Texas, como en cualquier otro estado del Sur.

Ella lo sabía muy bien. Cualquier negro, hombre o mujer, supo lo que significaba ser de su raza en aquellos años. Su autobiografía, Lady Sings the blues, es un relato plagado de los muchos episodios racistas que tuvo que soportar a lo largo de su vida. "No me vengas a hablar de  las pioneras que recorrieron los caminos en esos carromatos entoldados, entre montañas plagadas de pieles rojas. Yo soy la chica que fue al Oeste en 1937 (...)  Nunca nadie había visto a dieciséis hombres (blancos) en un estrado con una cantante negra, ni en Boston ni en ningún lado (...) - ¿Qué hace aquí esa negrita? Aquí no permitimos que los negros hagan la limpieza."


Toma 2. God Bless the Child

En una de sus habituales discusiones con su madre, ésta le soltó una frase que quedaría grabada para la posteridad: "God bless the child that's got his own" (algo así cómo "Dios bendiga al hijo que conserva lo propio"). Y durante las tres semanas que le duró el enfado con ella, escribió la letra para otra de las canciones "tres estrellas" de su repertorio.

Por entonces, ya se la conocía por el apodo de Lady Day. Llegar hasta allí no fue un camino de rosas: el abandono paterno, el desaire y desinterés de su madre, el colegio católico donde recaló tras su violación, la prostitución. Hasta que empezó a cantar con regularidad hacia 1930.

La canción está plagada de indirectas contra su madre seguramente tanto por los motivos que originaron la discusión, como por los muchos años de abandono que sufrió durante su infancia. Sea como fuere, una vez más un sentimiento relacionado muy directamente con su vida personal vuelve a marcar la creación de otro momento musical inigualable.


Toma 3. Fine and Mellow

En 1957, CBS graba The Sound of Jazz, una serie de televisión pionera que ofrece por primera vez jazz en directo en la televisión estadounidense.

En esta sesión mítica, la cadena americana reunió a 32 músicos destacados de la época y dejó registrado para siempre un documento único por su singularidad. Allí estaban lo más granado del swing, del estilo Chicago y del modernismo de la época; desde Count Basie, Lester Young, Coleman Hawkins y Ben Webster hasta Gerry Mullingan y Thelonious Monk. Por supuesto, también estaba "Lady Day".

Entre todos los momentos musicales de la grabación destaca uno, Fine and Mellow, otra composición de Holiday tocada por la mano de Dios. La interpretación que realizaron aquel día está considerada hoy como uno de los momentos relevantes de la historia del jazz. Allí, frente a ella, su compañero y amigo, el saxofonista Lester Young en su mejor etapa musical, que interpretó un segundo solo espectacular.

Lester y Billie habían tocado juntos durante muchos años y su intimidad musical traspasa la pantalla. Llevaban unos años sin verse, ambos luchando contra sus infiernos particulares, Billie gastada por las drogas que consumía habitualmente desde los años 40, Young deprimido y alcohólico, recluido en su casa. Esa fue la última vez que subieron juntos a un escenario. Ambos estaban ya en la etapa final de su carrera y morirían en 1959.

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