a propos

Simón Vélez y Marcelo Villegas

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Cuando acabe de presentarles la apasionante aventura profesional de Simón Vélez y Marcelo Villegas, se darán Vds. cuenta de que no se trata sino de una reedición de la desigual batalla que cada día libran un puñado de conciencias críticas contra el desolador y arrollador mar de fondo del pensamiento único.

En lo que éste tiene de globalizador, como en tantas otras facetas de nuestra civilización, el objeto es el mismo: desautorizar al individuo en su facultad de erigirse en el auténtico protagonista de su vida, incapacitarlo formativamente y desvincularlo de cualquier proceso de decisión referido a todo aquello que más lo concierne.

De la misma manera que se pretende desconectarnos de los saberes tradicionales referidos al conocimiento de nuestro medio natural y que se nos priva cada vez más de la competencia de reparar nuestros vehículos particulares por no hablar de los innumerables aparatos tecnológicos de los que nos vamos rodeando, en el ámbito de la arquitectura, desde la segunda mitad del siglo XIX, se va acentuando la voluntad de quitarnos la palabra en lo que se refiere, esencialmente, al lugar donde moramos, nuestra casa, al terreno donde nos socializamos, la ciudad.

Se calcula que un tercio de la Humanidad duerme en la calle o en espacios indignos. Buena parte de la restante ocupa lugares cuyas características no se le han consultado. Lo peor : el negocio inmobiliario, cada vez más estandarizado en sus formas y contenidos, ha conseguido invertir la proporción en los destinatarios del beneficio que genera. Si, hasta mediados del siglo XIX, el 80% de los costes estaban asociados a la mano de obra, hoy en día, ésta tan sólo representa un 20%. El resto del lucro se lo reparte un minoría: arquitectos o estudios de arquitectura, fabricantes de elementos constructivos 'listos para montar', extractores y transformadores de las distintas materias primas necesarias. De modo que, en líneas generales y de acuerdo con las características de la mayoría de las obras que se acometen ahora, es cada vez menos necesaria la concurrencia de los artesanos tradicionales: carpinteros, yesistas, albañiles, etc. O, al menos, al nivel de competencia que se les supuso antiguamente.

simonvelez2La 'arquitectura' con mayúsculas actual, es decir, cuando no trata de construir insulsos paralelepípedos presuntamente habitables,  es una especie de 'star system' en el que triunfan arquitectos cuya voluntad es imponer formas y volúmenes previamente diseñados en un ordenador sin tener en cuenta a ocupantes y entorno (encaje paisajístico y climático, posibilidad de rentabilizar materiales del lugar). Cuando se impone el principio "what you see is what you get", vendido al indefectible político de turno, las más de las veces, el arquitecto no ha pisado el lugar en el que se edificará su creación. El resultado ya lo conocen Vds. A similar temperatura ambiente, no hay manera de distinguir un desarrollo urbanístico de Sevilla de uno de Santander. Y, si hablamos de las 'grandes realizaciones',  pues ahí tienen Vds. la Ciudad de las Ciencias de Valencia, la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, etc. que han englutido millones y millones de euros y cuya rentabilidad social se aproxima a cero.

Es en este contexto en el que cobra todo su sentido lo que se ha dado en llamar Arquitectura Vernácula, en el que debe elogiarse la labor de un arquitecto y de un ingeniero, los colombianos Simón Vélez y Marcelo Villegas. Ellos son la prueba de que, en el ámbito constructivo, se puede recuperar el sentido común. El ser humano, en su calidad de usuario, puede volver a colocarse en el centro de la obra. A todos los niveles.

Como genuinos exponentes de la Arquitectura Vernácula, Simón Vélez y Marcelo Villegas se han propuesto poner las cosas patas arriba empezando por los materiales. Han estudiado las características y virtualidades de aquéllos más disponibles y, por tanto, más baratos en su entorno y han descubierto que un tipo de bambú (Guadua Angustifolia Kunth), abundante en las medianías del relieve colombiano, reunía propiedades de ductilidad y resistencia para constituirse en elemento constructivo estructural de primer orden. Tan sólo había que mejorar lo que la arquitectura tradicional indígena no había resuelto: las soluciones de anclaje e interconexión de dichos elementos. Con el tiempo, Simón y Marcelo descubrieron que la incorporación de cemento de tipo Portland y el empleo de varillas fileteadas (dos 'ingredientes' comunes, baratos y de bajo perfil tecnológico) podían otorgarles el pasaporte de idoneidad y de sostenibilidad a sus estructuras.

Nuestros protagonistas han construido puentes (uno, techado y con dos ojos, de cuarenta metros, sobre la autovía Bogotá-Medellín), pabellones (como el de Colombia en la Exposición Universal de Hannover: 40m de diámetro por 14m de altura) y muchas, muchas villas de ricos compatriotas. Han sido precisamente los más ricos con cierta conciencia ecológica quienes los han aupado a su bien merecida fama. Ahora que se lo pueden permitir y les llueven los encargos, proyectan viviendas sociales de cuatro plantas en Colombia y les han pedido colaborar en la redacción de la normativa colombiana sobre explotación de recursos agroforestales. Sepan Vds. que la especie de bambú de la que hablamos necesita, como toda Gramínea, ser recolectada periódicamente para su conveniente proliferación y desarrollo. Se calcula que una superficie de 500m2 de esta especie produce, cada diez años, el material necesario para edificar una casa de proporciones modestas.

Merecen asimismo una particular consideración los cuadernos de Vélez. Pues han de saber Vds. que todos sus proyectos ven la luz con minucia en estas libretas (de alta gama, dicho sea de paso) y que la versión informatizada de todos los esquemas sólo es una traslación virtual, un trámite para contentar a todos aquéllos que todavía no se han enterado de nada y necesitan presentar cualquier proyecto en este soporte para darle carta de naturaleza.

simon velez3Simón y Marcelo no se separan de sus cuadernos, pero tampoco de sus colaboradores, de sus escuadras de artesanos de todo tipo. Ellos interpretan a la perfección las anotaciones en papel y, en caso de duda, llaman por teléfono a sus superiores. Si es preciso y cuantas veces sea necesario, ellos se desplazan a la obra y efectúan los ajustes oportunos. Preguntado por lo que le costará su construcción en bambú, un colombiano responde que no lo sabe exactamente, que se trata de pagar a 20 obreros por 8 meses de trabajo. Desterrado, en el cálculo, todo lo demás por irrelevante.

Simón tiene 64 años y se plantea dedicarse a la formación de jóvenes arquitectos, publicar sus métodos y, sobre todas las cosas, no patentar sus sistemas.

El Pabellón de Hannover costó 100.000 dólares construirlo y 2 millones de euros autorizarlo (es decir, pagar por las gestiones burocráticas que lo convirtieran en una excepción constructiva con arreglo a la normativa tudesca). En esto hemos convertido la arquitectura.

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