a propos

Dollar Brand: Jazz Epistle verse 1

No fue fácil mi aterrizaje en el jazz sudafricano. La emblemática composición "Mannenberg" de Dollar Brand fue mi primer lazarillo, y me dejó desdichadamente perdida. La primera vez que oí el nombre de la etiqueta, pensé que era un simple artilugio de marketing para vender un festival de jazz que se celebra en la primavera sudafricana en la ciudad de Cape Town. No ayudó a entenderlo mejor, el cierre de los pocos lugares en el que se podía disfrutar de conciertos de jazz en la ciudad costera. Emblemáticos club de jazz como el café Mannenberg y el Green Dolphin cerraron sus puertas por falta de clientela. No entendí hasta que me topé con el músico.  

No fue una inmersión directa al sonido del Cabo. Dollar Brand se sirvió de John Coltrane para hacerme entender. Su interpretación de “For Coltrane” fue mi viaje de iniciación a ese mundo sonoro con acento africano. Quise saber más, quise descubrir de qué estaba hecho el músico sudafricano para llegar a transformar, a modelar y hacer suyo el alma de Coltrane. Y empezaron a bajar por la escalera musical sus composiciones de los años 50 y 60. El ritmo empezó a acelerarse, los silencios se hicieron más cortos, y se me apareció el Cabo de los vientos azotando a golpe de tambor Khoi-khoi por doquier. Empecé a entender, a degustar, a apreciar, y me dejé llevar por la tentación y salté. Salté dentro del mundo del jazz negro sudafricano.

Dejé que Dollar Brand me cogiera de la mano. Confiándome al capetoniano lazarillo  fui arrastrado hasta Jazz Epistle verse 1, el primer álbum compuesto e interpretado por músicos sudafricanos negros. En la legendaria banda se reunieron lo mejor del jazz sudafricano negro de los años 50: Kippie Moeketsi, Jonas Gwangwa, Hug Masekela, y Dollar Brand. Su primer álbum salió a la luz justo unos meses antes de la matanza de Sharpeville en 1960, augurando la carrera de obstáculos que les esperaba, estados de emergencia, represión y prohibición en Sudáfrica. El cuarteto tuvo que pasar a la clandestinidad para seguir tocando y su música quedó resonando exclusivamente en los guetos para negros del apartheid.

El exilio forzado del cuarteto por tierras europeas y norteamericanas les llevó a compartir escenarios con sus maestros del Jazz, Ellington, Monk, Parker, Coltrane, Mingus, Cherry... Siempre con la convicción de construir composiciones sonoras de “afirmación de nuestra cultura”. Pura áfrica. Torbellino a golpe de percusión, a golpe de trompeta y clarinete, movimientos de manos que hielan nuestra sien, sin deja espacio a la reflexión. Pura energía que emana de la inmensidad de una tierra en que uno se siente estremecido por su grandeza, por su golpe de tambor. Y yo entendí.

Dollar Brand abandonó su tierra y se convirtió en Abdullah Ibrahim. Pero su música  sigue resonando en el viento del Cabo junto a sus antiguos camaradas. Los cuatro jinetes del arco iris cabalgan en la cima de la Table Mountain.


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Simón Vélez y Marcelo Villegas

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Cuando acabe de presentarles la apasionante aventura profesional de Simón Vélez y Marcelo Villegas, se darán Vds. cuenta de que no se trata sino de una reedición de la desigual batalla que cada día libran un puñado de conciencias críticas contra el desolador y arrollador mar de fondo del pensamiento único.

En lo que éste tiene de globalizador, como en tantas otras facetas de nuestra civilización, el objeto es el mismo: desautorizar al individuo en su facultad de erigirse en el auténtico protagonista de su vida, incapacitarlo formativamente y desvincularlo de cualquier proceso de decisión referido a todo aquello que más lo concierne.

De la misma manera que se pretende desconectarnos de los saberes tradicionales referidos al conocimiento de nuestro medio natural y que se nos priva cada vez más de la competencia de reparar nuestros vehículos particulares por no hablar de los innumerables aparatos tecnológicos de los que nos vamos rodeando, en el ámbito de la arquitectura, desde la segunda mitad del siglo XIX, se va acentuando la voluntad de quitarnos la palabra en lo que se refiere, esencialmente, al lugar donde moramos, nuestra casa, al terreno donde nos socializamos, la ciudad.

Se calcula que un tercio de la Humanidad duerme en la calle o en espacios indignos. Buena parte de la restante ocupa lugares cuyas características no se le han consultado. Lo peor : el negocio inmobiliario, cada vez más estandarizado en sus formas y contenidos, ha conseguido invertir la proporción en los destinatarios del beneficio que genera. Si, hasta mediados del siglo XIX, el 80% de los costes estaban asociados a la mano de obra, hoy en día, ésta tan sólo representa un 20%. El resto del lucro se lo reparte un minoría: arquitectos o estudios de arquitectura, fabricantes de elementos constructivos 'listos para montar', extractores y transformadores de las distintas materias primas necesarias. De modo que, en líneas generales y de acuerdo con las características de la mayoría de las obras que se acometen ahora, es cada vez menos necesaria la concurrencia de los artesanos tradicionales: carpinteros, yesistas, albañiles, etc. O, al menos, al nivel de competencia que se les supuso antiguamente.

simonvelez2La 'arquitectura' con mayúsculas actual, es decir, cuando no trata de construir insulsos paralelepípedos presuntamente habitables,  es una especie de 'star system' en el que triunfan arquitectos cuya voluntad es imponer formas y volúmenes previamente diseñados en un ordenador sin tener en cuenta a ocupantes y entorno (encaje paisajístico y climático, posibilidad de rentabilizar materiales del lugar). Cuando se impone el principio "what you see is what you get", vendido al indefectible político de turno, las más de las veces, el arquitecto no ha pisado el lugar en el que se edificará su creación. El resultado ya lo conocen Vds. A similar temperatura ambiente, no hay manera de distinguir un desarrollo urbanístico de Sevilla de uno de Santander. Y, si hablamos de las 'grandes realizaciones',  pues ahí tienen Vds. la Ciudad de las Ciencias de Valencia, la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, etc. que han englutido millones y millones de euros y cuya rentabilidad social se aproxima a cero.

Es en este contexto en el que cobra todo su sentido lo que se ha dado en llamar Arquitectura Vernácula, en el que debe elogiarse la labor de un arquitecto y de un ingeniero, los colombianos Simón Vélez y Marcelo Villegas. Ellos son la prueba de que, en el ámbito constructivo, se puede recuperar el sentido común. El ser humano, en su calidad de usuario, puede volver a colocarse en el centro de la obra. A todos los niveles.

Como genuinos exponentes de la Arquitectura Vernácula, Simón Vélez y Marcelo Villegas se han propuesto poner las cosas patas arriba empezando por los materiales. Han estudiado las características y virtualidades de aquéllos más disponibles y, por tanto, más baratos en su entorno y han descubierto que un tipo de bambú (Guadua Angustifolia Kunth), abundante en las medianías del relieve colombiano, reunía propiedades de ductilidad y resistencia para constituirse en elemento constructivo estructural de primer orden. Tan sólo había que mejorar lo que la arquitectura tradicional indígena no había resuelto: las soluciones de anclaje e interconexión de dichos elementos. Con el tiempo, Simón y Marcelo descubrieron que la incorporación de cemento de tipo Portland y el empleo de varillas fileteadas (dos 'ingredientes' comunes, baratos y de bajo perfil tecnológico) podían otorgarles el pasaporte de idoneidad y de sostenibilidad a sus estructuras.

Nuestros protagonistas han construido puentes (uno, techado y con dos ojos, de cuarenta metros, sobre la autovía Bogotá-Medellín), pabellones (como el de Colombia en la Exposición Universal de Hannover: 40m de diámetro por 14m de altura) y muchas, muchas villas de ricos compatriotas. Han sido precisamente los más ricos con cierta conciencia ecológica quienes los han aupado a su bien merecida fama. Ahora que se lo pueden permitir y les llueven los encargos, proyectan viviendas sociales de cuatro plantas en Colombia y les han pedido colaborar en la redacción de la normativa colombiana sobre explotación de recursos agroforestales. Sepan Vds. que la especie de bambú de la que hablamos necesita, como toda Gramínea, ser recolectada periódicamente para su conveniente proliferación y desarrollo. Se calcula que una superficie de 500m2 de esta especie produce, cada diez años, el material necesario para edificar una casa de proporciones modestas.

Merecen asimismo una particular consideración los cuadernos de Vélez. Pues han de saber Vds. que todos sus proyectos ven la luz con minucia en estas libretas (de alta gama, dicho sea de paso) y que la versión informatizada de todos los esquemas sólo es una traslación virtual, un trámite para contentar a todos aquéllos que todavía no se han enterado de nada y necesitan presentar cualquier proyecto en este soporte para darle carta de naturaleza.

simon velez3Simón y Marcelo no se separan de sus cuadernos, pero tampoco de sus colaboradores, de sus escuadras de artesanos de todo tipo. Ellos interpretan a la perfección las anotaciones en papel y, en caso de duda, llaman por teléfono a sus superiores. Si es preciso y cuantas veces sea necesario, ellos se desplazan a la obra y efectúan los ajustes oportunos. Preguntado por lo que le costará su construcción en bambú, un colombiano responde que no lo sabe exactamente, que se trata de pagar a 20 obreros por 8 meses de trabajo. Desterrado, en el cálculo, todo lo demás por irrelevante.

Simón tiene 64 años y se plantea dedicarse a la formación de jóvenes arquitectos, publicar sus métodos y, sobre todas las cosas, no patentar sus sistemas.

El Pabellón de Hannover costó 100.000 dólares construirlo y 2 millones de euros autorizarlo (es decir, pagar por las gestiones burocráticas que lo convirtieran en una excepción constructiva con arreglo a la normativa tudesca). En esto hemos convertido la arquitectura.

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Travis Bickle

Comparto profundamente el estribillo de esa canción que dice “me siento mejor si sé que tengo una estrellita pequeñita, pero firme”. También me gustaría que alguien me cantase sinceramente esa otra que afirma “me gustaría mucho más que te lavaras la cara sólo las mañanas que te diera la gana”, esa sí que es una declaración sincera de amor hacia mi, que no soy muy amante del jabón si no hay tías desnudas en la ducha contigua al lavabo. Las canciones y las películas son como sherpas que me ayudan a escalar montañas, a vivir en mi propia intemperie. La cultura en general cuadricula la realidad para hacerla más soportable. Pero, más allá, en un lugar contiguo, aparece el “arte”, ese término tan manido, eso que parece vacío a simple vista porque no es abarcable mediante la palabra, la cual no es más que un invento cuantificador incapaz de agarrar por los huevos nuestra totalidad. De un lugar oculto y oscuro, del subconsciente, salen todas estas estrellas fugaces que no sabemos qué representan para nosotros, esas luminarias misteriosas que no están sujetas a las normas de la ética ni de la estructura social porque brotan desde el otro lado de la superficie, desde esa parte que no podemos ver pero que nos ayuda a sobrevivir tanto como la cuadrícula racional.

Lamentablemente la ecuación humana también atraviesa ese subconsciente, no sólo la materia pura, porque en el fondo todo es materia, o en realidad se mezclan íntimamente ambas partes aunque parezcan separadas. Los sentimientos nacen, crecen, se reproducen y mueren igual que nosotros, porque forman parte de nuestra esencia mortal más profunda. Veo languidecer a Scorsese. Algunos no mueren de golpe, van apagándose poco a poco. No ocurre con él como con Ridley Scott. Este último hace muchos años que murió, en vida, como un zombi, y por mucho que cavilo no me explico cómo semejante gigante pudo crear maravillas que siempre van conmigo como “Blade Runner” o “Los duelistas” para luego desbarrar con mierdas del estilo de “Gladiator” o toda su mugre innombrable posterior. Tampoco puedo evitar la tristeza que me invade al ver cómo envejece el señor Allen. Su década de los noventa, sentimentalmente tan convulsa entre Soon-Yi y la arpía Farrow, estuvo tan llena de genialidad que será imposible de igualar. Poco a poco nos hemos acostumbrado a productos menores y acudimos a él como feligreses que visitan la tumba de un santo supuestamente para que obre el milagro de alargarnos la vida. Al menos él nos hace vislumbrar, aunque sea a pequeños ratos, el aroma de lo que fue y de lo que fuimos.

Scorsese no ha muerto. Conserva cierto músculo. Fui a ver “El lobo de Wall street” sin mucho convencimiento. Sinceramente, esperaba menos. Me sorprendió cierta fuerza, y que incluso Dicaprio no pareciera, al menos a simple vista, tan blandito como siempre. Es más blando que la mierda de pavo por mucho que se esfuerce. Nunca conseguirá estar en la hoguera por mucho que protagonice escenas esnifando coca sobre el culo de una maciza rubia. A medida que pasa la película siento como que el encanto se difumina en medio del efectismo. Es el signo de los tiempos, hay que comenzar con un terremoto y terminar con otro para mantener la atención del sucio espectador. Demasiado fuego de artificio. Y Scorsese está cansado, es evidente. Normal cansarse de vivir. No se devana los sesos con la estructura. Líbreme Dios de juzgar como buena o mala una estructura, pero me rechina tanta repetición. Utiliza las fórmulas manidas que le dieron el éxito en los noventa: una escena, un flashback, un recorrido por el pasado y luego la línea de tiempo vuelve a superar el presente inicial. Demasiado obvio. Demasiado limpio. Sabe pulsar los botones del espectador medio de multisala, pero con ello, con esa fatiga, pierde profundidad, la cuadrícula gana por aplastante mayoría a su alma.

Hecho de menos a Travis Bickle. Yo soy un poco como él. Deseo la muerte de demasiadas personas cuando paseo por esta puta ciudad. No me escandalizo viéndole comprar un colt con el que podría matar a un elefante para destinarlo a disparar a personas. Vivía en una jungla parecida a la que yo habito. Aunque a mi Sport me cae bien, no quiero asesinarle; ahora vive en Granada y ha sentado, sólo un poco, la cabeza junto a una de sus jóvenes discípulas se Satán. Al senador Palantine sí que me lo cargaría, me encantaría pegarle dos tiros a quemarropa. Pude ver “Taxi Driver” al menos dos veces como si la admirase con ojos vírgenes. La primera, doblada, y la segunda, en versión original. Quedé flipado la segunda ocasión por ese Bickle salvaje rcitando su declaración de amor imposible a la borde de Cybill Sheppherd (“Shee wassss like an angelllll”). Es una película hipnótica, que puedo visionar en bucle una y otra vez. Lo mismo me sucede con “Toro salvaje”. Sólo he visto pelear a Jake Lamotta en video, pero Scorsese me hizo admirador suyo desde la ficción (Jake, donde quiera que estés, todavía vivo a tus noventa y pico años, imagino que pululando aun por el Bronx), del bailarín Ray Sugar Robinson y del malogrado Marcel Cerdan. Una época maravillosa. Nueva York, años cuarenta, Madrid, siglo XXI.

“Uno de los nuestros” marca el tránsito entre épocas. Es el punto álgido. La acción pura, el puente de Brooklyn que va desde la suciedad hasta la limpieza. Henry Hill, increíblemente, sigue vivo en la vida real. Quizás a su familia le da ya pereza cargárselo por chivato, bastante tiene él con seguir existiendo como un membrillo de mierda. El cabronazo de Martin consiguió la cuadratura del círculo en “Godfellas”, elaboró un clásico contemporáneo, que es casi como decir “un imposible”. Pero sus personajes no han vuelto a partirle la cara a un pijo con la culata de un revolver con la mísma naturalidad. Sus Lorraine Bracco´s no han vuelto a ponerse creíblemente cachondas cuando su salvaje novio le parte la cara a un gilipollas. Ni siquiera el pobre de Ray Liotta ha vuelto a ser el que era desde entonces, sin duda quemado su ADN como el de un replicante al haber brillado en exceso demasiado durante un corto espacio de tiempo. El tiempo. El tiempo. El tiempo. Pasa deprisa, o despacio, depende del color del sucio cristal con que se mire.

¿Melancolía? ¿Añoranza? La inexorable vida se impone. Me duelen las manos como testigo del correr de los años. Mis manos son como dos películas en cinemascope, que van perdiendo color por la corrosión. Casi ya no recuerdo cómo eran. El sol brilla en el horizonte y nos da vida, pero también nos achicharra. Nacemos para brillar más o menos, pero las pilas se gastan; tarde o temprano, por mucho que luches, que te resistas, que te retuerzas, la gasolina se gasta. Me aferro a esas imágenes para respirar en medio de este asfalto, para sentirme menos sólo, para tratar de avanzar hacia la nada que me espera, rencorosa, con los brazos abiertos. Me raparé el pelo a lo mohicano, recordaré a mis novias, las que fueron y las que no pudieron ser, me quemaré las manos en el fogón para anestesiarme el dolor de existir, recuperaré mi cuerpo como un templo budista propio. Pero ahí, a la vuelta de la esquina, me disolveré en medio de la corriente. Me gustaría mucho más lavarme la cara sólo las mañanas que me diera la gana, y que tú deseases que ocurriese. ¿Me lo estás diciendo a mí? ¿Estás hablando conmigo? ¿Estás hablando conmigo? Yo no veo a nadie más aquí, Sport.

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