a propos

Charrière y leer

Yo no leo por encargo, no puedo. Ni he sido nunca capaz de leer por divertimento, simplemente por pasar el rato, me es imposible, mi mente es muy obtusa, siempre imagino cosas que van más allá de lo que se cuenta. Ya sé que esto suena a gilipollas (soy un poco gilipollas, es cierto), pero no puedo contarlo de otra manera, leo por impulsos, por algo ligado a lo emocional que hay dentro de mí, algo que no sé cómo definir. Leo, más bien, por una necesidad que me lleva a escarbar dentro de las personas, me interesa casi todo lo que veo, pero más en la medida que lo relaciona con las motivaciones y los sentimientos ajenos. La intuición, algo que siento, me llama a buscar a esos autores, a oler sus tripas. Soy incapaz de leer cuantitativamente, de dar una calificación, en el cine me sucede lo mismo. Leo cualitativamente, en horizontal, bajo la superficie del agua de las páginas, buscando lo abisal. La vida es una cuestión de gustos.

charriere2Aprendí a leer relativamente pronto. Me enseñó, como a casi todo, mi madre. Ella nunca fue al colegio. Aprendió a hacer cuentas y a leer en casa de una señora que explicaba esos menesteres a la gente previo pago. Luego, cuenta que fue a un colegio cuando llegó a Madrid del pueblo, pero que al poco tiempo lo abandonó. Mi octogenaria progenitora lee, aún hoy, más deprisa que yo, tiene un don especial para ello, igual que lo tenía para hacer cuentas de varias cifras de cabeza, sin apuntar, aunque esta capacidad se le ha desvanecido. En sexto de EGB leí el primer libro propiamente dicho. Nos sentábamos de dos en dos en los pupitres y un profesor, del que no voy a citar el nombre, un hombre entre majo e hijo de puta, nos forzó a leer “Papillon”, de Henri Charrière. Todos los días quedábamos impactados por las andanzas de este peculiar sujeto violento privado de libertad, por sus salvajadas y sus fugas, por su vida al límite de lo legal, por su continua búsqueda no se sabía de qué, casi siempre condenada al fracaso. A principios de los ochenta del siglo pasado éramos bastante salvajes, Charrière se parecía bastante a nosotros, nos identificábamos con él. El colegio era un presidio de trabajos forzados, y eso que todavía no había conocido a los hijos de puta de los curas, esos seres que me enseñaron a odiar. Hoy en día sería impensable que se permitiese leer algo como “Papillón” a niños de once años, sería un escándalo, meterían al profesor en la cárcel. Afortunadamente, nunca me obligaron a leer nada relacionado con lo infantil y juvenil, eran brutos los profesores y el sistema, pero no se la cogían con papel de fumar. La colección “Barco de vapor” siempre me ha provocado nauseas, cuando veo esos engendros de papel en las estanterías son para mí síntoma inequívoco de que detrás de ese niño hay o hubo un padre gilipollas profundo. En séptimo de EGB, el mismo tipo que en el curso anterior, nos hizo comprar “Requiem por un campesino español” de Ramón J. Sénder, un libro mucho más sencillo y corto. La ideología que trataba de inculcarnos ese profesor, en plena transición “democrática” española (lo de democracia entre comillas queda mucho más exacto), era más que evidente. Más tarde, un poco por obligación, también fuimos leyendo, por capítulos y con bastante lentitud, “El quijote”. Hasta que décadas más tarde conocí a Unamuno no fui capaz de comprender de verdad la novela de Cervantes, que a ratos resultaba insoportable, pero cuya grandeza he sido finalmente capaz de ver.

charriere4Está claro que Charrière no cuenta al pie de la letra sus propias andanzas, que copió de aquí y de allí y que utilizó historias de otras personas en su relato. Pero esos detalles no son en realidad lo más importante. Lo bueno se encuentra en el fondo, bajo la superficie. Lo sabroso de la historia es su espíritu, eso que nuestro profesor quería que entendiésemos, aunque sólo lo consiguiésemos con el paso de los años. Yo creo que “Papillon” habla de la empatía, de cómo los oprimidos y los marginados valoran más lo que tienen que los que vivimos cómodamente. Habla del camino incierto que es la vida y del misterio de los hombres, de lo difícil que es para ellos reconocer al prójimo como semejante. Y también habla de la fragilidad de la existencia, que pendemos siempre de un invisible hilo, de lo cerca que permanentemente se está de la muerte aunque se reniegue de ella o se cierren los ojos para no verla, de que lo peor que puede sucederte en este mundo es vivir con miedo y teniendo mucho que perder. “Papillón” llama a confiar, a pesar de todo, en las personas, a no perder la esperanza y a amar la libertad por encima del resto de cosas.

Un día, durante una clase, vi como uno de mis compañeros del pupitre de delante apoyaba su codo sobre mi mesa. Aprovechando la insensibilidad de esa parte del cuerpo, fui pintándole esa punta del brazo con un rotulador negro, hasta que, al cabo del rato, hice que luciera un manchurrón negro como un tatuaje sobre la carne. El profesor, precisamente el que nos hizo leer a Charriere, paseaba con un libro en las manos entre los pupitres. No le vi venir por detrás. Observó lo que yo estaba haciendo, cerró el libro sin hacer ruido sobre una mano y con la otra me sacudió un golpe en la cabeza con el puño cerrado, un capón bastante fuerte. La verdad es que me lo tenía merecido. Al llegar a casa descubrí que, aparte de un chichón, tenía una pequeña costra en la coronilla. Cuando me la estaba observando en el espejo del lavabo llegó mi madre y no puede esconder aquello. Me preguntó cómo coño me había hecho aquello, y yo le conté la verdad. Ni corta ni perezosa, al día siguiente me acompañó al colegio. Espero en la puerta a que llegara el profesor y le dijo algo así como:

- Buenos días. ¿Ha pegado usted en la cabeza a mi hijo?
- Sí, y se lo tenía merecido.
- Seguro que sí, pero...¿sabe usted una cosa? Mi marido es el doble de grande que usted, ¿qué le parecería que por la tarde viniese y le diese con la misma fuerza en la cabeza?
- Señora yo...
- Además, no hace falta mi marido, para pisarle el cuello me basto yo sola... no le aconsejo volver a hacerlo...

Se pitorrearon de mi en clase un buen rato, no estaba bien chivarse a tus padres aunque te dieran de hostias. Aquel profesor nos daba historia y plástica. Yo sacaba siempre sobresaliente en historia y suficiente en plástica. A partir de entonces comencé a sacar solamente aprobado en mi asignatura favorita. El tío me miraba con desprecio, pero no se atrevía ni a rozarme. Decían que era comunista.

Henri Charrière murió en Madrid en 1973, puede que incluso nos cruzásemos por alguna calle cuando yo era pequeño.


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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Tuve maestros buenos. Otros (los menos) impresentables. En mi manera de trabajar hay un poco de todos ellos. Con mucha menos formación pedagógica que la que se supone a los de ahora, lo que conseguían sacar de nosotros era mucho más de aquello de lo que testimonian los integrantes de la llamada 'mejor generación de la Historia de España'. Esta generación no tiene la culpa de padecer un Occidente en el que se adora al becerro de oro. Nos mandaban leer libros de adultos a palo seco. No nos enterábamos de la misa la media. Hacíamos marquetería y muchos murales en equipo (cartulinas con textos, dibujos y fotografías que resumían lo que íbamos aprendiendo). La hora semanal de Gimnasia la teníamos sólo si no nos habíamos portado mal. Y los aparatos (el plinto, las colchonetas, las pértigas del salto de altura) se sacaban si nuestra conducta había sido intachable. Mis lecturas favoritas eran las publicadas en la colección Joyas Literarias Juveniles, unos cuadernillos que compraba en el quiosco los domingos por la mañana y que proponían en formato de comic las mejores novelas contemporáneas. Las clases no eran mixtas y mi barrio, Manoteras.

    de Getafe, Madrid, Spain
  • Invitado - William

    Pues a mí me pasó con Moby Dick, que ahora me suena a nombre de peli porno. No se, llámame Ismael...

lanochemasoscura