a propos

Max Brooks

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Ser hijo de Mel Brooks y Anne Bancroft, él un judío pirado por los chistes antisemitas, ella la Mrs. Robinson de “El graduado”; hijo único y tardío de la pareja, disléxico… No es de extrañar que buscase una salida con el género zombie. Maximillian “Max” Brooks (NY, 1972) es autor de “Guerra Mundial Z: una historia oral de la guerra zombi” y “Zombi – Guía de Supervivencia”, entre otras obras de semejante calibre. Siempre he sentido simpatía por el viejo loco de su padre, que se parecía de joven al mudo de los hermanos Marx.

Yo nací en 1975, y en ese año Mel Brooks ganó un BAFTA por el guión de “Sillas de montar calientes”, aquel film que tantos deseos ocultos generó en una panda de chiquillos que tropezaban por primera vez con la nefasta política española de inventarse el título en castellano. Aquello no tenía nada que ver con lo que esperábamos, era más picante que otra cosa (de hecho, aunque en este caso se parezca sorprendentemente la traducción, el título “Blazing Saddles” va más con la broma de cowboys de la silla “caliente”, o por qué no debes dejar tu caballo al sol mucho rato…). Luego más talluditos nos partíamos el culo con “El jovencito Frankenstein” o “La loca historia de las galaxias”, que estaban llenas de chistes de judíos y locura absurda, pero por aquellos lejanos finales de los 80 buscábamos realidades más húmedas y prosaicas.

(Para interesados en humor judío, por cierto, nada mejor que el estudio de Theodor Reik “Psicoanálisis del humor judío” (ElAleph, 1999) que contiene chistes tan fascinantes como ese que dice: “Solomoh, ¿cómo es que no te han dado el trabajo de locutor? – N-n-n-nnn-o-oo-o s-ss-sé, sss-eránnnn a-a-a-aanti-semitas…)

Pues bien, el auge actual del género “zombi” (castellanización de “zombie”, que todo hay que traducirlo) ha hecho de éste señor que su nombre aparezca en los títulos de crédito de uno de esos bombazos americanos que temporada tras temporada sacuden las pantallas del mundo entero, esta vez con la aberración de incluir a los sublimes “Muse” en la banda sonora, que el dinero todo lo compra.

max brooks2La visión de la película de Brad Pitt y Paramount, “Guerra Mundial Z” (2013), en la que cualquier parecido con el libro de este pobre chico raro es meramente accidental, produce las náuseas generales de cualquier producto hollywoodiense-pentagonero, unido esto al hecho de no existir una sola coincidencia entre el guión y el libro. Para muestra un único botón: la vacuna contra la epidemia que el metrosexual y solidario Pitt descubre con su perspicacia (“¡No contaban con mi astucia!...) en el film, y que a la postre supone el inicio de la victoria humana, no es sino una pobre mención al Phalanx, la supuesta vacuna falsa con la que el inefable Breck Scott se hace rico matando a gente en el libro, pues la guerra es a tiro limpio y certero, sin vacunas ni medias tintas (ni medios cuerpos, que aún siguen tirando bocados y arrastrándose tras un bombardeo, ay, jodidos zombiiisss...)

Curiosamente, más allá del tema de los no-muertos, el libro de Brooks es un curioso experimento sobre el fallo social ante una crisis de entidad global. Un fallo en cadena en el que participan la política, el mundo económico, el militarismo, el mercado negro y en general la despreocupación del ser humano por su propia especie (hasta que peligra el culo propio). El formato es una serie de entrevistas a supervivientes de la guerra zombie, desde generales a directores de planificación, políticos, militares, civiles milicianos, agentes de inteligencia, y un largo etcétera, realizadas por un observador de la ONU y publicadas por su “mala conciencia” al serle negado el derecho a “contar la verdad” en sus informes oficiales. Una verdad que deja de manifiesto que la supervivencia humana se basa en el sacrificio de muchos para que queden los que siempre han estado arriba, erguidos sobre una enorme montaña de cuerpos a los que ni la ciencia ficción logra dar poder para morder sus impolutos mocasines.

Sin grandes pretensiones, resulta un curioso ejercicio de autoanálisis ante una crisis absoluta, en el que no queda títere con cabeza: el poder temeroso a reconocer lo obvio, la economía capaz de mercadear con la muerte y grabar y vender su decadente luxury (que suena a lujuria y a joyería) con los muertos a las puertas, los soldados rusos obligados a “diezmarse” para asegurar la obediencia, la niña-lobo que ha sobrevivido sola en el monte porque los humanos son “menos seguros” que la Naturaleza pelada… Nadie queda a salvo, aunque todos lo están ya aparentemente. Los supervivientes del Holocausto caníbal, conmocionados ya para siempre, un poco más parecidos al enemigo caído.

Es curioso que la primera edición, de 2006, se publicase un año después de que la Bancroft muriese de cáncer de útero, un cáncer con el que luchaba desde hacía años, y que irónicamente está más cerca de ser la superplaga destructora de la humanidad que la vasta legión de pútridos humanoides que el hijo imaginaba en su terraza acristalada con vistas a la playa de Venice mientras sorbía un daikiri (kosher) y acariciaba el vientre de Michelle, cuyo útero daría a luz a otro Brooks para seguir perpetuando la saga de los Brooks, buena cosa para un mundo en paz, mala cosa para un mundo lleno de muertos vivientes… recuerden que en la guerra, el soldado mal abatido es otro enemigo.

Anne Bancroft, la Mrs. Robinson de “El graduado”, que traía frito a un Dustin Hoffman que ya no colaba tanto como jovencito…

En paz descanse… a menos que se levante de entre los restos de la civilización y arrastre sus pasos hacia nosotros con un gemido gutural y hambriento, en cuyo caso lo que realmente me gustaría es estar junto al Malecón, en La Habana, y a mi lado Juan de los Muertos, que con un remo y un machete y a ritmo del “My Way” de los Pixtols… nos haríamos polvo, compae!

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Iker Jiménez



Nunca he sido muy de ver la tele. Y hoy en día menos aún con toda esa porquería de Jorgesjavieres, pijas que quieren cantar como Aretha Franklin, cocineros de gilipolleces, aspirantes a prostitutas que se pelean por un musculitos y demás. Tampoco me va ese rollo de las series, me aburre esperar por la siguiente temporada. Evito especialmente los telediarios y los debates. Uso la tele como monitor para ver cosas de Internet aunque a veces veo a Buenafuente, el fútbol y alguna película. Pero lo que de verdad me entusiasma es el programa de Íker Jiménez, Cuarto Milenio, transcripción televisiva del espacio radiofónico que se emite semanalmente en la Ser.

Cuando me siento delante del televisor los domingos por la noche vuelvo a ser un niño, me hormiguea el estómago y regresa a mí esa sensación indescriptible de nervios e ilusión. Vuelvo a sentir el mismo vértigo que me atoraba cuando, hace años, veía los documentales del inefable doctor Jiménez del Oso sobre las pirámides de Egipto, los ovnis, la güija, las culturas precolombinas o la sábana santa. Porque soy de esos raros que creemos que hay algo más que lo que se ve.

Creo en lo trascendente y en que no podemos explicarlo todo con los medios de los que disponemos hoy. Es evidente que la ciencia reporta grandes beneficios a la humanidad y ha posibilitado grandes logros, pero se ha convertido en el nuevo dogma al que se aferran algunos fanáticos para intentar desvelar lo inefable. La ciencia no posee todas las respuestas.

No soy ningún cursi, nunca me han echado las cartas del tarot ni me han abducido. Y es que parece que hoy en día las personas con querencia por estos temas debemos justificarnos. Vivimos días de mecanización del pensamiento, de palabras vacías que no significan nada con las que se fabrican filosofías para rebaños de tecnócratas.

Desde hace más de ocho años, el periodista vasco hace gala de una pasión y una entrega que para sí quisieran muchos científicos, haciéndose preguntas contínuamente y cuestionándoselo todo a cada paso. No tiene reparos en desnudarse ante su audiencia, mostrando algo tan poco convencional como sus sentimientos. Íker siempre cuenta que sigue siendo ese niño de once años que garabateaba en cuadernos sus primeras investigaciones sobre extraños objetos en el cielo. Incluso ha enseñado esos dibujos en ocasiones, a riesgo del escarnio al que muchos envidiosos lo someten, porque solo hay que acudir al Estudio General de Medios para ver sus cifras de audiencia tanto en tele como en radio. Porque Cuarto Milenio es el típico programa que nadie admite haber visto pero que todo el mundo ve. Pero a mí esto me da igual, lo que importa es que Íker se abre en canal para mostrarnos lo que le movió a leer tal o cual libro, se sorprende de verdad ante nosotros y abre los ojos atónito ante cada novedad que sus colaboradores le traen. Pero no finge. Es real. Ahí radica su mérito. En estos malos tiempos para la lírica busca el lirismo sin pretenciosidad, busca la belleza como los grandes hombres, lo trascendental, busca llevarnos por la senda de la felicidad enorgulleciéndose de querer ser una buena persona. Acojonante.

Pero, al margen de aspectos más bien subjetivos, Íker es, sobre todo, un redescubridor de nuestra propia historia. Gracias a él hoy conozco a visionarios como Leonardo Torres Quevedo, Ramón Verea, Jerónimo de Ayanz, Arturo Estévez Varela, Emilio Herrera Linares, Enrique Gaspar y Rimbau y tantos otros españoles que, de haber nacido fuera de nuestras fronteras, serían conocidos mundialmente. Los que no siguen a Jiménez creen que en sus programas se habla todo el rato de fantasmas, psicofonías y casas encantadas. Mentira cochina. Durante más de ocho años he visto todas las entregas de Cuarto Milenio y los casos reales y sobre avances científicos componen el grueso de “la nave del misterio”, si bien la temática sobrenatural también está presente, como es obvio.

En ese programa, injustamente vilipendiado por los que nunca lo han visto, he aprendido muchas cosas: qué demonios son los neutrinos y por qué se armó aquel jaleo con las pruebas del Cern, qué son los chemtrails, cuáles son los últimos avances en clonación, cómo se usan los drones, quiénes son los agotes o qué coño es el entrelazamiento cuántico. Solo por eso ya merece todo mi respeto. Gracias a este espacio he sabido de la búsqueda española del calamar gigante, de la epifanía de Francis Crick, de Jung y sus experiencias paranormales, de la promesa final de Houdini, de los milagros del padre Pío, de las extrañas curaciones del doctor Asuero o de la enigmática desaparición de Philip Taylor Kramer. He leído testimonios escritos sobre hechos que ocurrieron y para los que no hay explicación: la increíble historia del hombre pez de Liérganes, el misterio de la bestia de Guevaudan, las visiones de Sor María Jesús de Agreda o las profecías de Parravicini. El enigma del cirujano poseído Zé Arigó, la magia de las cuevas de Altamira, el Mothman, el caso Vallecas, los últimos pueblos aislados del mundo, las grabaciones ocultas de la Nasa, la convivencia entre neandertales y sapiens, las piedras de Ica, el manuscrito Voynich, las pirámides bajo el mar, la supuesta abducción de Próspera Muñoz, el ídolo de Almargen, el proyecto Lebensborn, los círculos de las cosechas, el bólido de Tunguska o las misteriosas figuras del desierto del Tassili... son temas difíciles de explicar, pero absorbentes, que merece la pena conocer, que Íker y su equipo narran de forma didáctica y amena.

Cierto es que le podríamos echar muchas cosas en cara al periodista de rostro asombrado, como ese tenderete que ha montado recientemente por Internet en el que vende reproducciones de objetos misteriosos; o que practique el nepotismo impunemente al colocar a su mujer en radio y tele, cuando sus dotes comunicativas son más bien escasas. Pero ¿quién no lo haría en su lugar? En todo caso, lo que no se puede negar es que el periodista vasco homenajea contínuamente a sus mentores, cree en lo que hace y, sin saberlo, hace el programa más revolucionario y a contracorriente de los últimos tiempos. Porque Íker Jiménez pertenece a esa clase de locos que todavía tienen fe en el ser humano y siguen pensando aquello de que ni todo el oro del mundo podrá comprar el voto de un hombre honrado. Que la fuerza te acompañe, Íker.

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Bruce

Bruce Springsteen and E Street Band

Hace muchos, muchos años, él no me llegaba a la piel. No sé lo que pasaba. Escuchaba y escuchaba muchas cosas, pero sus canciones, aun provocando esos regustos extraños que suelen complacerme, no me traspasaban al tuétano. Y no sé cuándo, ni cómo, pero sí sé que muy poco a poco, fue calando hasta lo más frío de mis huesos, esa parte a la que sólo se llega golpeando muy fuerte con el mazo. Si caigo de cabeza abro un agujero en el suelo traspasando el cuarzo, el feldespato y la mica más duros, abro un boquete hasta Australia, seguro.

Supongo, creo, porque esta vida es toda creencia, que terminó dentro de mi sesera porque a mi también me gustan las carreteras, y el fuego, las hogueras que todo lo consumen, las que a todos nos gustan contemplar para ver pasar la vida. Todo tiene que arder un poco, que achicharrarse y desgastarse, porque si no sería para mi como habitar en la cuarta planta de El Corte Inglés, como trabajar cuarenta años seguidos para un banco o una aseguradora, procrear, dormir en perfectos colchones de látex todas las noches, encanecer y pensar que el mundo es maravilloso. Porque me gustan las cosas de segunda mano muy usadas, los raros, los bordes, los borrachos y los locos. Porque he aprendido que nada puede arder si no hay una chispa y que no me gusta la comida cruda, ni comer con palillos, ni cogérmela con papel de fumar, ni mear sentado para no manchar la taza. Porque saboreo la cerveza barata para que me haga más pasajeras las noches y disfruto del olor a gasolina en las gasolineras y del hollín en las calles. Porque me pone Patty Schialfa y me cae simpático Little Steven, sobretodo cuando interpreta a Silvio Dante y se carga a un par de idiotas sin pestañear. Porque estos tíos, el Boss y compañía, hacen las cosas con las tripas al aire, porque seguro que les duele el alma y, ya sabes, si no duele nada sirve. Porque si un día me ves renquear es mejor que me pegues un tiro en la cabeza, si has nacido para correr con las botas puestas tienes que morirte corriendo con las botas puestas.

Mi vida, como la de muchos otros, discurre rodando por el río de sus canciones, soy otro canto rodado más pululando por sus ciudades contaminadas, sus fábricas humeantes y sus autopistas hacia ninguna parte. He tenido también algunas novias muy guarras y otras muy estrechas, de las que decían que no cuando querían decir que sí, y amigos muy muy gilipollas a los que les hubiera gustado ir a la guerra de Vietnam. Las frustraciones y las penas que habitan en su música hacen que las resacas me resulten algo más pasajeras.

Durante dos largos años tuve su triple vinilo con la E-Street Band en mi casa, un disco ajeno, como muchos de los que rondaban por mi estantería, y no pensaba devolverlo a su dueño. Le dí cien mil vueltas con la aguja de mi tocadiscos hasta rallarlo, sin querer queriendo, lo dejé como un sembrado en época de barbecho. Era un bien muy apreciado para aquella otra persona, un amigo aun más chorizo que yo que sólo se llevaba su merecido cuando sus cosas caían en mis manos. Por mucho que lo restregué por mis orejas no me parecía lo suficientemente sucio ni ruidoso para mis infectas entretelas. Se lo devolví. Dejó un hueco grande entre mis tesoros de vinilo. Todavía me estoy arrepintiendo. Aunque mi amigo es un traidor es un traidor gracioso, y todavía le tengo en estima dentro de mi memoria de elefante. Mejor ser un cabrón que ser una veleta en la torre, prefiero cien mil veces a los cabrones que a los elementos neutros, a las piedras que se hunden en el río antes que a las otras que cuando las lanzan rebotan hasta la otra orilla como si nada las pasase. No sé si volveré a llamarle algún día, pero sigue ahí, en mi cabeza, cuando escucho “Thunder Road”.

Paro debajo de uno de esos árboles bajo los que siempre meo cuando salgo a pedalear. Está cerca el zoo de la Casa de Campo. Hace frío, está nublado y cae una fina aguanieve sobre mi cabeza. La pequeña manada de lobos enjaulados que viven encerrados en ese antro aúlla buscando a lo lejos a sus hermanos ancestrales. Pienso en contestarles con mis aullidos o en entrar con una escopeta y liberarlos de sus carceleros. Pero, en vez de eso, me pongo los auriculares y escucho “Dancing in the Dark”. Arranco y me alejo hacia casa. La cueva está caliente en invierno. Las conexiones humanas son extrañas. Gracias por existir, porque los mitos sois mucho mejor que los estúpidos humanos comunes. La imaginación es muy superior a la realidad, las cosas cotidianas son una soberana mierda, que no os mientan, hay que apartar todo un bosque para ver un árbol enorme. Nada puede arder sin una chispa, nada puede arder sin una puta chispa. Vamos a bailar en la oscuridad, vamos a quemar el bosque.


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