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La historia de la noche (XIII)

13. Per secula seculorum

La muerte es ese espacio de mierda que da sentido a la vida. Es la traca de bazofia final. Ves un túnel oscuro, como un sumidero, con una luz pestilente al fondo. La luz bella también puede oler a hez. Te gritan que corras todo lo deprisa que puedas hacia allí. Ves a tus antepasados que te dicen que te dirijas a toda hostia hacia ellos, hacia ese nuevo mundo de la felicidad y de la piruleta de cuyos grifos brota Jack Daniels y en cuyos cajones se guarda la nieve colombiana más pura. Pero, cuando llegas a la puerta del cielo, ves que el umbral es una gillotina con un precipicio detrás  para que tu cabeza caiga a plomo como una bola en la bolera, y resulta que tus supuestos seres queridos son sólo ángeles hijos de puta con caretas. En ese momento sólo te queda rezar e intentar volver hacia el infierno que es la tierra, si te quedan fuerzas, y sin pasar por el purgatorio ni por el limbo, donde se encuentra retenida la peor escoria. Entonces soñé con mujeres desnudas y con un anciano que caminaba por el campo con un puto perro. Me dió la bienvenida de nuevo al mundo. Abrí los ojos. Las legañas dolían de lo duras que estaban sobre los lacrimales.  Muerte , vuelve a llevarme contigo, cacho zorra, si puedes.

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La historia de la noche (XII)

12. No hay paraíso más grande que verte bajo escombros

- Juan, despierta. JUAN. Deja la maleta, dime algo. Insúltame si quieres, o pégame. Sí, tienes razones para odiarme, pero reacciona, JODERRRR. Deja de ser un témpano de hielo y despierta, háblame, JODERRRRRRRRRRRRRRR, JUAN.

Juan Sans continuó echando camisas, pantalones y camisetas en una bolsa de deportes grande negra, sin mirar a Sonia.

- Sólo cojo ésto. La Samsonite quédatela también, sólo necesito esta bolsa y la mochila. Y toma esta tarjeta por si necesitas algo más de dinero, está limpia. Yo me llevo el Astra y tú quédate sin problemas con el BMW.... si hace falta algo de dinero para algo me lo dices, no tengas problema, hay bastante dinero en otra cuenta, no te cortes en pedírmelo si lo necesitas.
- Joder, JUANNNNNN. No me hables así. Y mírame por lo menos. REACCIONA COÑO.
- Lo siento, Sonia, no tengo nada que decirte, ni qué pensar. No siento nada ni por tí, ni por los niños ni por el resto de la puta humanidad.--
- No te vayas... no quiero que te vayas.

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La historia de la noche (XI)

11. Bodas, bautizos y comuniones.

La primera vez que la vi fue en la facultad de derecho. El primer día de clase. Sigfrido Hillers entró en el aula y comenzó con su perorata anticomunista y antisocialista de todos los años. Algunos se escandalizaron, a mí el tío me hacía gracia. La gente ocupaba incluso los alfeizares interiores de las ventanas, los primeros días no había asientos suficientes para tanto estudiante de derecho, pero con el paso de los meses, el parte de bajas que aporta el tedio iba diluyendo la aglomeración. Un tío sentado en la última fila gritó a Hillers: “fascista”, se levantó de forma sonora, y salió del aula pegando un fuerte portazo. Vi a Sonia girar su cabeza desde la primera fila, y nuestras miradas se cruzaron. Después, nos encontramos en una fiesta del club deportivo de las que se celebraban en el hall. Un par de miles de personas casi en coma etílico destrozaban cada quince días la entrada de la facultad para sacar fondos en pos de diversas causas humanitarias, como viajes de fin de curso y actividades deportivas, excusas perfectas para emborracharse y drogarse a saco. Me la presentó Álvaro Menorca, un pilier del equipo de rugby de la universidad que llevaba una placa de acero bajo un costurón en el pulgar de la mano derecha, la que se había roto al romperle la mandíbula de un puñetazo a un rival del equipo de la Autónoma. Se destrozó la mano haciendo añicos la mandíbula al otro. Se había intentado tirar a Sonia, pero pronto se dio cuenta que era imposible para garrulos.

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