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La historia de la noche (V)

5. No necesito a nadie

- Entro en el bar y veo a ese cachas impresionante tras la barra. Me voy hacia él y le pido un gin-tónic con pepino y jengibre. El tío me dice que qué ginebra quiero, le señalo la Citadelle. Se estira para coger la botella de la vitrina y veo unas espaldas y un culazo que quitan el hipo. Me pone la copa y me dice: “¿Entonces te pongo el pepino?”. Le respondo: “desde que he entrado estaba pensado en eso, pónmelo aquí”, y me señalo la boca.
- Joder, Candela, eres grande contando chistes de camioneros. Veo que estás mejor.
- Sí, por suerte hace más calor y tengo menos dolores. Me siento vieja. ¿Qué tal Marga?
- Bien, ayer tenía mejor ánimo. Pero la quimio ya sabes, te deja jodida.
- Dila que me llame mañana. Igual me paso a tomar un café con ella el viernes.
- ¿Te vas ya?
- Sí, termino lo que estoy haciendo y me marcho a comer.
- Podría ir contigo. Recuerda todo lo que te he dicho. Mucho cuidado y si ves que la cosa se pone fea te abres.
- No hace falta que vengas, César, te podría ver alguien y reconocerte, además prefiero estar sola. Voy a ir a correr un rato, hoy no me duele el pie, me relajará, necesito desconectarme.

 - Bueno, pero si me necesitas, silba. Si hay algún problema ya sabes dónde estoy. No seas tan bohemia, todos necesitamos compañía.
- Gracias, tío, pero la soledad me viene de serie. Necesito mi espacio, no tener nadie alrededor veintitrés horas al día. No te preocupes, sobreviviré, como siempre. Confía en mi.
- Siempre confío en ti, niña. Sólo confío en ti. Entre tres millones de personas sólo confiaría en ti.
- Llevo siempre un puñal en el bolso, para clavarlo en tu espalda.
- Pero sé que nunca lo usarías, eso también te viene de serie, full equipe libre de carroña.

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César se marcha y yo sigo mirando la pantalla del ordenador. Veo vídeos del Youtube. Veo el de “Molly´s lips” de Nirvana en directo, en el que sale un tipo desaliñado en medio del escenario, entre las tres bestias, pegando botes durante toda la canción. Yo soy como ese tío pero con tetas. Otros tocan la música y yo la bailo a mi bola, siento las cosas a mi manera dentro de mi burbuja de cristal.

Cojo el coche y me marcho hacia Plaza Castilla. Me como una hamburguesa con chucrut en la planta baja del Knight, entre esa penumbra de ese sitio tan agradable que me envuelve y me da calor. Los ejecutivos de la zona devoran carne como gochos en las mesas contiguas, con sus corbatas horribles manchándose en las salsas. Pido dos tercios de Mahou, ya no tienen Heninger, y un café. El café es bueno para subir la tensión antes de correr. Salgo y me siento un rato dentro del coche aparcado. Los oficinistas de la zona ya van volviendo a sus celdas somnolientos. La cicatriz del tiro me pega pinchazos esporádicos y el nervio tibial pinzado provoca que me arda el talón, seguro que habrá pronto un cambio de tiempo, debe estar entrando ya un frente por Galicia.

Me visto en los vestuarios del campo de golf de al lado del parque de Santander. Unas mallas, una camiseta térmica y unas voladoras. Antes corría en la pista del Vallehermoso, por su calle número uno de tartán agujereado. Pero hicieron un gran proyecto para construir un estadio nuevo y moderno, a todo meter. Demolieron el vetusto recinto hace un par de años, las excavadoras terminaron en quince días con todo lo construido. A día de hoy sólo puede verse un enorme socavón como resto de aquella batalla, en medio de Madrid, se acabó el presupuesto para la construcción. Ahora corro en una pista estrecha de material blando que han construido en el Parque de Santander, junto a marujas, culturistas de tercera, viejos y parados.

A cinco veinte el kilómetro. Paso constante, tengo que correr estirada y con buena pisada, sin arrastrar los pies. Me concentro. Me meto dentro, muy dentro de mi mente. Es como hacer meditación o como adorar a un Dios en un templo lejano de oriente. Siempre me gustó correr, es lo más parecido a volar. Siempre sueño con volar, pero me despierto y nunca me acuerdo de lo que ha sucedido durante el sueño. Cuando corro me diluyo dentro de mí, me meto dentro de lo más oscuro, hasta donde no llega nadie más que yo. Mi mente viaja veloz dentro de su burbuja y durante ese rato escucho el silencio del yo profundo, y para mí no hay nadie más en el mundo. El tiempo corre en espiral y navego por las profundidades del inconsciente Bergsoniano. Corro para vivir un rato en una isla desierta a la que no llevaría a nadie conmigo. El inconsciente colectivo Jungiano no es más que una paja mental, sólo existe un pozo profundo dentro de cada uno.

Se me acerca un cachitas. Los atraigo como la mierda a las moscas. Sienten curiosidad por esa mujer de cuarenta que aparenta treinta. No saben que en mi mente tengo más de ochenta. Intenta hablarme, pero no respondo. Acelero el paso a cuatro treinta el kilómetro, y él no puede seguirme. Además de los Rambos de salón, hay también marujas gordas y marujos sesentones escuálidos corriendo, a siete el kilómetro. No saben que se están machacando las articulaciones arrastrando los pies a esa velocidad. Pero el running de mierda está de moda, y creen que es bueno para su cuerpo. Yo podría ir más deprisa que ellos andando, incluso reptando. Termino. Respiro profundamente y camino durante dos minutos. El cachitas me adelanta mirándome. Le hago un gesto: le señalo y luego apunto el dedo índice hacia mi cuello y lo hago girar alrededor de mi cuello, como si quisiera rebanarle el pescuezo. Deja de mirarme y sigue corriendo.

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Me siento en el coche. Me dan en la cara los últimos rayos de sol del día. Cierro los ojos. Voy cayendo en el sueño poco a poco. Veo a lo lejos a Juan Sans, que corre por el campo detrás de un perro. Se introducen en un espeso bosque. Vuelo tras él. Al borde de la espesura me encuentro a un viejo sentado en un sillón. Me dice: “tranquila, cielo, no tengas miedo, pero ten cuidado, nada es lo que parece”. Escucho disparos y llorar al perro de forma lastimera, hasta que escucho un último tiro y, tras un chillido a modo de estertor de muerte, el cánido calla bruscamente. Me despierto sobresaltada, suena el teléfono.

- Candela, ¿dónde andas?
- Cesítar, tranquilo. Queda un rato para ir allí. Estoy en el Parque de Santander.
- Tienes que ir a Plaza de España. Acaba de llamarme Yélamos. Dice que ha dejado un sobre para mí en la puerta de la discoteca, que pase a recogerlo urgentemente. Te pilla a tiro. Hazme el favor de ir a recogerlo y me llamas acto seguido, a ver qué carajo es.
- Vale, aparcaré allí y subo andando hacia lo otro, que es cerca del Conde Duque, no te preocupes. ¿Pero de qué va lo del sobre?
- Ni idea. Me ha llamado muy amable. Pero ten mucho cuidado, Viktor estará en la puerta para entregártelo, y ya sabes que Juan le puso la cara como un mapa hace poco.
- Es inofensivo el Pobrecillo del búlgaro, siempre recibiendo. En fin, que voy para allá. Te llamo.
Efectivamente, Viktor está en la puerta de la discoteca. Hay cola para entrar, hoy hay sesión de salsa para maduras desesperadas en busca de polla de panchito. El búlgaro me ve aparecer y me sonríe. Lleva un esparadrapo sobre la ceja y todavía se ven por su cara restos dispersos de moratones.
- Hola, guapísima. Aquí tienes el sobre para tu jefe.
- ¿Cómo estás, Viktor? Te veo muy perjudicado.
- El joputa de tu amigo…. ya sabes.
- Dale gracias a tu Dios ortodoxo por estar vivo. Nunca juegues con Juan, es un consejo de vieja amiga.
- Si le ves dile que la prósima ves no será tan fácil.
- Viktor, eres un buen tío, yo cambiaría de vida. No juegues con fuego, tú no eres un malote, sólo eres búlgaro y culturista.
- Andaaaaa ya. Te veo muy guapa, Candi.
- No puedo decir lo mismo, Stoitchkov.

Sonríe y me despide con un beso al aire y un saludo militar mientras las marujas protestan porque llevan cinco minutos esperando mientras charlamos búlgaro y yo, formándose cola sin dejar entrar a nadie al club. Tienen muchas ganas de pasar al antro a ponerse cachondas viendo mover el culo a los pingueros dominicanos. Me siento en un banco de la calle Princesa y abro el sobre. Son cuatro fotos. Llamo a César inmediatamente.

- ¿Qué es lo del sobre?
- Son cuatro fotos. Sales tú en las cuatro. Y adivina con quién… con Sonia, dos entrando y saliendo del Hotel Zouk. Dos del interior de una habitación, también juntos, más revueltos, tomadas desde el techo...
- Hijo de puta.
- César, tarde o temprano tenía que pasar. Te dije que alguien se enteraría.
- Yélamos quiere que aparte a Juan de todo esto. Piensa que si se entera de ésto se va a liar un gran pifostio. Por favor, queda entre tú y yo, Candela.
- Yo no voy a decir nada, ya lo sabes, no quiero que Juan os mate a todos, aunque pienso que te lo merecerías.
- Yo también lo pienso, cielo. No tengo perdón. Si viene y me pega tres tiros no diré ni pío, es más, sería un alivio. Es como una losa que pesa toneladas. Pero te juro que si alguna foto llega a Marga cojo una metralleta y no paro hasta verlos a todos muertos, desde el ministro del interior al último pazguato de la policía judicial y de los comemierdas del CESID.
- Cálmate, todavía no sabemos por dónde van los tiros. Me voy para arriba, quedan sólo veinte minutos para el lío. No te sulfures. La vida es una mierda, pero intenta pensar que de momento estamos vivos, y que hay que seguir luchando por los nuestros, César. Por Juan, por Marga, por ti y por mí. Hay que sobrevivir, por mucho que nos joda, se lo debemos a ellos. Vamos a seguir luchando aunque no nos queden fuerzas ni haya motivos, sólo por luchar. Vamos César, venga, arriba.
- Gracias, cielo. Gracias por estar ahí, Candela. No sé que haría sin ti, cabrona.
- No nos chupemos las pollas tan pronto, cariño.
- Si tú quisieras te chuparía lo que me mandases.
- Anda, calla, canalla. Cuelgo y voy para allá. Te llamo nada más terminar.
- Cuidado, sólo digo eso.

El “Tantra sueños” se encuentra en una calle paralela a la del Cuartel del Conde Duque. Tras llamar a un timbre un armario ropero de tres cuerpos me abre la puerta, y me encuentro con una barra de bar y varias mesitas con sillones. Pido un gin-tonic al camarero mientras tres gordicalvos me miran lascivamente desde las mesas que ocupan, repantingados en los sofás. Paso a los vestuarios y me desnudo. Meto la minicámara en el bolsillo de la toalla y bajo unas escaleras hasta el jacuzzi. Me meto dentro del agua en pelotas dejando la toalla a un lado. Uno de los tíos que estaban en la zona del bar aparece desnudo y se sienta junto a mí.

- Hola.
- No quiero nada, gracias…
- Pero…
- Creo que me has escuchado bien, ¿no?
- Vale, cielo.

Se marcha hacia una sala contigua. Tiene culo-carpeta y camina resbalándose hasta desaparecer tras una puerta que conduce a una sala oscura. Cuando llevo cinco minutos en remojo, aparece el exsecretario de estado. Pero no va acompañado sólo por la prostituta de turno, también viene con su mujer y con un cachas mulato. Su señora es Ana Fierro, una gorda cincuentona que sale mucho por la tele en programas esnobs de la segunda cadena, es una conocida galerista y video artista. Él es un cerdo venido a más, flaco y peludo, y su cara repugnante recuerda a la de Michael J. Fox, pero en sesentón acabado. Los cuatro se hacen carantoñas en la otra punta del jacuzzi, dejando deliberadamente que les mire. Me levanto, salgo del agua, y me muevo hasta el otro extremo de la sala. Me siento sobre un banco, saco disimuladamente la cámara y les tiro unas cuantas fotos sin hacer ruido. Ella tiene el pene del chico en la boca mientras el hijo de puta sociata, ahora alto cargo del CESID y de la Fundación Elcano, penetra a la puta con pinta de jovencita yonki rusa. Entonces llega un tío moreno cachas tatuado y se sienta a mi lado.

- Hola cielo. Te he estado observando antes. Tienes un culo precioso. ¿Cómo te llamas?
- Me llamo Libertad, como el velero. Encantada.
- Jajaja. Me gustan tus escarificaciones, quedan muy sexy.
- Son cicatrices, debe ser que te has quitado las lentillas. Mejor póntelas, no quiero que creas que me lo estás comiendo pero en realidad estés lamiendo la toalla.
- jajaja Pero, esa especie de quemadura en el costado…..
- Es un navajazo. La del hombro y la de este brazo son balazos. Y esta de la pierna es de, digamos, una pelea. Y ves la mano, pues tengo una placa dentro, entre los metacarpianos, rota de un puñetazo.
- Jajaja. Chica, eres como al teniente O´neil. No me creo todo eso.
- Cree lo que quieras. ¿Quieres follar o no?

Nos metemos juntos en el jacuzzi. Me coge por la cintura, aprieto mis piernas contra él. Me penetra. Empieza a moverse con fuerza. Mi espalda golpea contra el borde moviendo el agua como un tsunami. Aparecen de la nada los tres tíos que estaban en el bar, desnudos. Son como bolas de grasa que hacen daño a la vista. Empiezan a masturbarse a coro. Y también veo cómo se acercan a nosotros el exsecretario de estado y su señora. Para no deleitarme con el espectáculo doy la vuelta y me pongo yo encima el tío cachas. Entonces noto una mano que me toca la espalda. Es ella, la puta gorda. La aparto suavemente y seguimos follando desbocados. Al minuto vuelvo a sentir otro roce. “No, no quiero, por favor, no me toques”, le digo a ella, que me sonríe. Pero acto seguido me acaricia una teta bajando hasta el pezón, que se me pone duro. Me giro y le quito la mano con fuerza.

- Vuelve a tocarme y te parto la cabeza de una patada, foca.
- Pero bueno, ¿tú quién te has creído para hablarme así?
- Eso, no le hables en ese tono a mi mujer.

El tío se acerca a mi con cara de enfado y me roza el hombro con la punta de los dedos. Le cojo con una mano del cuello y con la otra por los huevos. Le levanto hasta el borde del jacuzzi, emite un ruido gutural de dolor. El resto mira petrificado, ella se aparta a un lado con cara de león marino asustado por las orcas.

- Hijo de puta, no hables, no rechistes, no te muevas, no respires, o te arranco las pelotas de cuajo. Cuando alguien dice que no, es que no. Pero tú no entiendes eso, ¿verdad? Pues el dinero no lo puede todo, mamón. Puto ladrón de mierda. En la calle no valéis ni para tomar por culo, no me duráis ni un minuto ninguno. No me gusta la basura como tú, me los como por los huevos a bocados. Haría un favor al mundo matándote, pero te voy a joder más, te voy a dejar vivo para que tengas que seguirte follando a esa morsa que tienes por mujer hasta el fin de tus días.
…………………………………

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- César.
- Dime. ¿Qué tal ha ido?
- Están las fotos. Pero no estaba él sólo con una puta. Agárrate, ha ido con su mujer y un pinguero.
- Tócate los huevos. Casi mejor, joder un poco a esa zorra tampoco viene mal, putear a esos moralistas es un bello deporte que ayuda a vivir.
- He estado a punto de liarla….
- ¿Qué ha pasado?
- Casi le parto la cara, pero me han parado los del local. No te preocupes, ni me han reconocido ni se han dado cuenta de las fotos.
- Mañana me las pasas. Veremos cómo maniobrar con ellas. He llamado a Yélamos, pero no me coge el teléfono. Veremos a ver….
- Bueno, chao César. Te cuelgo y me voy para casa. No puedo más con mi vida por hoy.
- Chao, tesoro. Que descanses y sueñes con los angelitos. Si ves que no puedes dormir ni contando corderitos llámame y te leo un cuento.
- Me cuentas a ser posible uno con final en holocausto nuclear, así me alegras el día.

Noto algo raro en las bragas. Creo que me ha venido el periodo. Qué puta mierda es ser mujer, por mucho que digan que es maravilloso. Esos anuncios de compresas de la tele me repugnan. Somos las escoria de la creación, siempre sometidas y vapuleadas, y encima nos han dado el regalito de sangrar todos los meses. Si pudiera me hubiese extirpado los ovarios al cumplir los dieciocho. Pero el tiempo pasa, inexorable. Llegará el día en que deje de venirme la regla, y en vez de festejarlo me pondré triste. En vez de alegrarme porque sigo viva me entristecerá que el tiempo haya pasado. Siempre hay alguna razón para frustrarse, sea lo que sea, frustrados hasta la tumba. Todos frustrados menos Martina Klein, que sale siempre sonriente en los anuncios. Me gustaría que me la dejaran unos minutos, a solas las dos sobre un ring. Darle golpes hasta desfigurarle la cara, romperle todos los dientes de coneja feliz hija de puta que tiene. Y luego que rodara otro anuncio, de compresas o de alimentos infantiles. Que saliera mellada y sonriendo. Envejezco y estoy sola. Siempre he estado sola, y siempre lo estaré. Me gusta y lo odio. Siento un extraño asco por todo bicho viviente, pero al mismo tiempo una extraña conmiseración empática también por todas las podridas criaturas del planeta Tierra. Soy el blanco y soy el negro, no sé lo que son las escalas de grises. Un viejo cumplió los noventa y ocho. Le tocó la lotería, pero murió al día siguiente. Ahora se ha reencarnado en esa mosca que se posa sobre tu Chardonnay. Es irónico, todo es irónico. Todo es una ironía, una mierda de ironía.


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