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La historia de la noche (I)

(1). Tratado de escatología submarina

No siento nada. Me siento en el wáter y no siento nada. Mi hijo caga enfrente de mí sobre su orinal al mismo tiempo que yo, mientras devora un trozo de roscón duro de la semana pasada. Se mezclan los olores de la mierda y del dulce navideño, una orgía de aromas. Come como un animal salvaje devorando a su presa, como si fuese su último día en la tierra.  Ya hace dos años que le conozco y sigo sin sentir nada por él. Sé que tengo que defenderle,  cambiar mi vida por la suya si es preciso, pero de ahí a sentir algo hay un largo trecho. Por mi hija mayor, de cinco años, tampoco siento absolutamente nada. Cuando era apenas una bebita de poco más de un año, un día se me ocurrió bañarme con ella. La metí en el agua caliente a mi lado e inmediatamente se cagó dentro de la bañera, y todo el aroma del agua impregnó mi piel y me llegó hasta el tuétano, hasta lo más profundo del óxido de mis huesos. Y por su madre siento menos, si cabe. Después del parto le cambió el metabolismo y se convirtió en un anoréxica insoportable. Pasó de tener unas curvas voluptuosas a atesorar una tremenda mala hostia agresivo-compulsiva. El yoga y el psicólogo hicieron el resto, se pudrió su cuerpo y jodieron su mente. No siento nada. Y no sé si quiero ya sentir algo. Ni siquiera puedo decir que siento odio. Simplemente es una indiferencia absoluta guardada en lo más profundo del más profundo pozo de mi corazón. Es la mejor de las vacunas y el peor de los cánceres, todo al mismo tiempo. Me da igual lo que os pase. Me tumbo en la cama y trato de que transcurra un día tras otro, hacia ninguna parte. No os deseo ni el bien ni el mal, sino todo lo contrario, mis sentimientos hacia todos vosotros son de una infinita gama de grises. Son las siete y media de la mañana, y no siento nada.

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relato encadenado 1

Juan Sans deja a sus dos hijos en sus respectivos aparcamientos matinales para niños, véase colegio de primaria y escuela infantil. Conduce su coche a casi ciento ochenta por la M-30 haciéndose fotos en todos los radares, le divierte ver los flasazos eléctricos por el retrovisor. Escucha el “Danubio azul” a todo volumen en su nave espacial. Detiene el coche delante de la puerta de la jefatura de la policía nacional de Canillejas. El madero de la garita lo reconoce al instante, abre la puerta y, al pasar, le saluda con una sonrisa simpática y un gesto militar. Sale del ascensor en la tercera planta y en la puerta del despacho contiguo una secretaria le sonríe.

- Buenos días, Juan, ¿cómo estás? César te está esperando.
- Gracias Candela.
- ¿Qué tal los niños?
- Pues muy bien. Alejandra con otitis. Pero bien, todo bien.
- Hacía mucho que no te pasabas por aquí. A ver si nos llamas un día y nos tomamos algo, por los viejos tiempos…
- No sé, cariño, ya ni creo en la energía kundalini….
- No hay que ser tan negativo, Juan.

Abrió la puerta. Allí estaba. Algo más calvo y más gordo, y con la sonrisa puesta, como siempre. César Argote, el tío al que todos odian en la profesión, o casi todos, porque Juan Sans no le odia, Juan Sans no odia a nadie.

- ¿Cómos estás, cabrón? Dichosos los ojos.
- Cuánto tiempo sin hablar, César, comisario Argote, el del gran pene o cipote.
- Déjate de coñas. ¿Un cigarro?
- ¿Se puede fumar?
- Se puede hacer lo que nos salga de los cojones, incluso matar a alguien.
- Bueno, ¿y para qué me quieres con tanta urgencia? Me he dejado la cal viva en el maletero, por si la necesitas.
- Pues te he llamado con urgencia porque le ha sucedido algo grave a una persona que conoces. En el fondo lo que tenía que pasar.  Hace dos semanas encontraron un cuerpo sin brazos, piernas ni cabeza en la playa de Oropesa. Varón, raza blanca, un metro setenta y cinco, con el torso clavado  en el suelo por el pecho, castrado y con un bate de beisbol metido en el culo. Imposible identificarlo con claridad. Sólo llevaba puestos dos calcetines largos rojos y blancos sobre los muñones de las patas. Pero dos días más tarde recibimos una caja en jefatura con una cabeza envuelta en una bufanda del Rayo Vallecano, ésta sí inconfundible, y con la polla del anterior cuerpo en la boca.
- Joder, Hugo.
- Si, tío, el pobre “Ladilla”.
- Hostia puta. Pero en el fondo no me extraña. El rollo de las infiltraciones en grupos es muy peligroso. Aunque no me encaja que los Bukaneros del puto Rayo se lo hayan cargado de esa manera, por muy posturitas cutres que sean.
- Él se opuso a introducirse en ese grupo para estudiar a la ultraizquierda, decía que era demasiado fácil y casposo para su curriculum.
- Pienso lo mismo. Demasiado obvio y chapucero el asesinato. Algo apesta ahí. Pero podríamos sospechar de cincuenta mil personas, era el tío con más enemigos acérrimos de toda España incluso incluyéndote a ti, infiltrado en las mafias de las discotecas, en las tramas de corrupción inmobiliaria, en la Casa Real….. enemigos muy poderosos….
- Ahí te quiero ver, para eso te he llamado. Sólo hay una persona con la suficiente sangre fría, desprecio del peligro y falta de escrúpulos para investigar esta muerte. Además, yo creo que eras el único hombre en el mundo que no despreciaba a Hugo, que no sentía odio por él. Él te apreciaba, y lo sabes.
- No puedo decirte que yo lo apreciara a él. Hemos pasado muchos ratos juntos, pero aprecio, lo que se dice aprecio, no le tenía…. Y tú mucho menos desde el lío que tuvo con tu exmujer.
- No quiero ni oír hablar de ese tema. Ojala se muera esa hija de la gran puta. Te doy vía libre para hacer lo que te salga de los cojones, pero  averigua qué ha pasado. Por alguna razón el CSID me está presionando para que aclare el tema, me han insinuado que si no lo hago me van a relevar de este cargo, y yo no sobreviviría ya fuera de asuntos internos, todos me odian. Tú eres la única persona que no me tiene gato, sólo confío en ti. Ten cuidado. Aquí tienes una VISA oro con gastos abiertos y este sobre con documentación falsa en regla, por si lo necesitas; y estos quince mil en efectivo.
- Vale, en fin.  No quisiera yo líos con fondos reservados, que conste.
- Tranquilo, es dinero negro como el carbón, directamente del bolsillo del CESID, con olor a caca de serie. Y pisa el acelerador todo lo que quieras, tu coche sigue registrado como “inmune” en tráfico.

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Salgo por la puerta de la sede de "maderolandia central". El de la garita me saluda al abrirme. Entonces imagino que un meteorito se estrella sobre el edificio y yo lo veo arder desde lejos, con todos dentro. Unos asoman por las ventanas pidiendo socorro y se lanzan al vacío implorando clemencia divina. Otros salen a la calle corriendo con los uniformes de madero en llamas mientras que la gente que pasea alrededor ríe y aplaude observando el espectáculo. Pero incluso fabricando esa visión onírica que en la realidad siempre he deseado sigo sin sentir nada, por nada ni por nadie.

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