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La historia de la noche (I)

(1). Tratado de escatología submarina

No siento nada. Me siento en el wáter y no siento nada. Mi hijo caga enfrente de mí sobre su orinal al mismo tiempo que yo, mientras devora un trozo de roscón duro de la semana pasada. Se mezclan los olores de la mierda y del dulce navideño, una orgía de aromas. Come como un animal salvaje devorando a su presa, como si fuese su último día en la tierra.  Ya hace dos años que le conozco y sigo sin sentir nada por él. Sé que tengo que defenderle,  cambiar mi vida por la suya si es preciso, pero de ahí a sentir algo hay un largo trecho. Por mi hija mayor, de cinco años, tampoco siento absolutamente nada. Cuando era apenas una bebita de poco más de un año, un día se me ocurrió bañarme con ella. La metí en el agua caliente a mi lado e inmediatamente se cagó dentro de la bañera, y todo el aroma del agua impregnó mi piel y me llegó hasta el tuétano, hasta lo más profundo del óxido de mis huesos. Y por su madre siento menos, si cabe. Después del parto le cambió el metabolismo y se convirtió en un anoréxica insoportable. Pasó de tener unas curvas voluptuosas a atesorar una tremenda mala hostia agresivo-compulsiva. El yoga y el psicólogo hicieron el resto, se pudrió su cuerpo y jodieron su mente. No siento nada. Y no sé si quiero ya sentir algo. Ni siquiera puedo decir que siento odio. Simplemente es una indiferencia absoluta guardada en lo más profundo del más profundo pozo de mi corazón. Es la mejor de las vacunas y el peor de los cánceres, todo al mismo tiempo. Me da igual lo que os pase. Me tumbo en la cama y trato de que transcurra un día tras otro, hacia ninguna parte. No os deseo ni el bien ni el mal, sino todo lo contrario, mis sentimientos hacia todos vosotros son de una infinita gama de grises. Son las siete y media de la mañana, y no siento nada.

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