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La historia de la noche (VII)

7. La llamada

Todo había empezado unas veinticuatro horas antes… Ahora se encontraba delante de una niña y se estaba comiendo su corazón.

Marvin, era su nombre artístico, por llamarlo de algún modo.

Medium a domicilio Marvin Volensko, titulado por la Universidad de Ciencias Paranormales de Stonehenge (UCPS), con registro mercantil 868/F situado en un domicilio particular de la ciudad de Oviedo.

Contaba con un consultorio telefónico de los que echan el tarot las veinticuatro horas del día, que simplemente dirigía pero que no tenía que atender personalmente y le reportaba ingresos suficientes para sobrevivir holgadamente. También era dueño de otra línea paranormal, donde le llegaban casos especiales de apariciones, exorcismos y sucesos extraños en general, pero que sonaba mucho más de vez en cuando y que atendía personalmente. Alguna vez incluso descolgaba el teléfono para hacer colaboraciones en algún programa de radio o televisión. Pero Jiménez del Oso le había hecho mucho daño en este sentido.
Su relación con el cuerpo de policía había sido algo turbia ,pues solo se le consultaba en casos raros, y la mayoría le consideraban un farsante, un cuentista o un saca cuartos. Le habían detenido alguna vez por timo, aunque las causas se habían sobreseído todas. Pensaba con convicción que si alguien quería pagar por algo en lo que deseara creer ese no era su problema.



A las 00.01 sonó el teléfono de su mini-apartamento.
-¿Si?
-Hola Marvin soy yo. Ha entrado algo en la comisaría. Tienes que venir y verlo con tus propios ojos. Me parece que te puede interesar. Ahora no puedo hablar más, hay gente por aquí…

Marvin ya había recibido llamadas así anteriormente. Su amigo en el cuerpo le había extraviado alguna vez objetos de algún caso a cambio de dinero o favores. Nada que nadie fuese a notar si desaparecía. Especialmente en los llamados casos raros o sin reclamo. El método era sencillo, un objeto pequeño medianamente interesante aparecía en el informe para luego desaparecer de él y del cuarto de pruebas. Marvin se hacía con el objeto por su interés paranormal. Podía pertenecer a un muerto, y usarse para contactar con él. O simplemente era una especie de fuente de poder inmanente al objeto en sí, que podía aprovecharse para hacer hechizos o canalizar energías a posteriori. Una especie de vampirismo energético extraído de fallecidos en circunstancias violentas. Sin embargo, sus favoritos eran aquellos que pertenecían a víctimas de violación, debido a la carga sexual acumulada en el objeto. Además, en esos casos  la víctima estaba con vida y sufría un profundo trauma que le hacía vulnerable a la extracción energética mientras no se recuperase psicológicamente. Y esto en algunas ocasiones podía durar toda la vida. Entre los objetos más famosos que tenía en su poder se encontraban una pulsera del famoso violador de los túneles y un mechero del pirómano de Chamartín.

Por el matiz de la voz en la llamada, debía ser algo grande. Algo más interesante de lo normal. Había notado en su voz cierto tinte de nerviosismo. Ya era hora de que algo bueno le hiciera saltar de la cama a horas intempestivas.

Condujo por las desiertas calles de Madrid, era domingo y todo el mundo se preparaba para el lunes recogiéndose en sus casas. Esta soledad, que solo conoce el noctámbulo, le encantaba disfrutarla a Marvin mientras conducía bajo la atenta mirada del Madrid mágico.

Su compinche le esperaba fuera. Fumaba un cigarrillo en la esquina de la comisaría.

- ¿Lo tienes?
- ¡Aquí no!, es un poco más grande de lo normal, ven conmigo, lo he dejado en el coche antes.
Se podía observar como un chorro de sudor le bajaba por la frente mientras el agente apagaba nerviosamente el cigarrillo bajo su zapato como queriéndolo enterrar.
- Me vas a deber un favor muy grande Marvin -sonreía de placer en una mueca ostentosa de regocijo–. ¡Lo que te tengo preparado, vale al menos el triple de lo normal!

Su entusiasmo era evidente.

Marvin lo miraba intrigado mientras andaban frenéticamente hacia el coche.

- Lo tengo en el maletero. Una vuelta de llave y … ¡Voila! ¡Aquí lo tienes! ¿Qué te parece? ¿No te lo había dicho?
- Creo que te has superado, tienes razón. ¿A quién pertenece?
- Es la mano de un hombre que la ha perdido en un accidente de tráfico. El hombre ha fallecido y fíjate, aún conserva el anillo en el dedo meñique -El agente empezó a reír histriónicamente-. 
– Además no tiene familiares conocidos, es ¡búlgaro! Y el cuerpo ya ha sido deportado a su país de origen. El formol y el frasco corren de mi cuenta. ¿No te lo he dicho? ¿Soy el mejor o no soy el mejor? Si no fuera porque eres maricón, te diría que me dieras un beso, esta vez me lo merezco…

Marvin, miraba entusiasmado aquella mano sumergida en formol y el anillo que le daban ese toque siniestro. Era de lo más escabroso y fetichista que había visto nunca.

- ¡Me lo llevo!, ya te pagaré lo convenido y un extra, ¿o quieres un favor por esto? Tú me dices.
- Toma, mételo en esta caja que te he preparado, no vaya a verte alguien.
- ¡Gracias guapo! ¡Me piro!

relato71

Marvin salió corriendo con su regalito entre los brazos. Aquella caja contenía una fuente de poder poco usual, y él lo sabía. La montó en el coche en la parte delantera del copiloto con sumo cuidado mientras regresaba a casa.

La reliquia podía igualarse a la de algunos santos que aún se guardan en las iglesias y que murieron en circunstancias violentas convirtiéndolos en mártires y santos. Por si eso no fuera poco, además su reliquia estaba en formol y se conservaría en mucho mejor estado que aquellas y durante mucho más tiempo. Tenía un tesoro  y, además, estaba el anillo. Esto era aún más especial, pues después de extraerlo de la mano y usarlo podría volver a cargarlo insertándolo de nuevo en el dedo muerto.
Cualquiera vería de forma equívoca que alguien llevara una mano cortada en formol dentro del coche, aunque estaba bien visto e incluso valorado cuando esto se hacía en un lugar de culto religioso. La puta sociedad, no distingue cuando le lavan el cerebro. O así lo veía él.

Llegó a casa y puso la reliquia en un lugar preferente fuera del alcance de las miradas o visitas. Estaba deseando probar el anillo así que lo extrajo del dedo y se lo puso. Era un anillo de metal barato, aunque tenía, eso sí, un bonito sello del que no entendía muy bien su significado, pero poco le importaba. Lo realmente importante era el poder que ahora fluía a través de él y que podía aprovechar.

Se marchó a celebrarlo. A estas horas lo mejor era ir a “Black and White”. Un bar de copas de Chueca donde podía encontrar chaperos. Los que más le gustaban eran los de tipo machito, heterosexuales que se vendían por unos pavos pero que en realidad no eran homosexuales, solo lo hacían por sacar un extra. Estos sólo daban y nunca recibían, “los muy generosos” les denominaba él en su broma personal.

Ya cuando llegó había unos cuantos fuera apoyados en los coches. "¡Los de siempre!, tengo que entrar", pensó. Uno intentó abordarle, pero un simple "hoy no..." fue suficiente.

"¡Buenas noches!", le saludó el portero, reconociéndole y abriéndole la puerta. A la derecha, los baños y la planta baja, pasaba de drogas. A la izquierda asientos, mesitas, y doblando la esquina de la barra "¡la pista de baile!". Le encantaba ver la exhibición de chaperos bailando obscenamente mientras en el mercado de carne se hacían las pujas. Los viejos se sentaban y los miraban hasta que éstos les abordaban. El truco estaba en no mirar demasiado fijamente a ninguno que no te interesara, o de lo contrario no te lo podrías quitar de encima en toda la noche.

Es cierto que en el mundo homosexual no necesitaba pagar para tener sexo, pero le daba morbo hacerlo.

Después de una hora allí no vio nadie que le convenciese, había pasado el rato, pero decidió marcharse a “La Nuit”, allí por lo menos había espectáculo de Drags además del de los chaperitos monos, quizá algo más afeminados, pero sin vello y de pieles suaves. No estaba lejos, así que se acercó andando. El local daba pena, apenas 10 clientes y una vieja drag metiéndose con un grupo de tres amigos repetidores. Los domingos eran siempre un día flojo. Pasó directamente al baño, pero estaba vacío. Definitivamente esta no era su noche.

“Tony2”, era un piano bar que aglutinaba todo tipo de variedades, no solo maricones. Allí la gente cantaba y escuchaba música mientras a ritmo de “Blue moon” cambiaban de turno los tres pianistas de la noche, que hacían las delicias de los asistentes atendiendo sus peticiones para arrancarse a cantar. Una forma de entretenimiento refinado sacada de un recuerdo de tiempos caducos.

Sonaba un cambio cuando entraron los problemas por la puerta. Un santero haitiano le había reconocido desde el fondo del saloncito justo cuando entró acompañado por dos mulatas. Santiago Dipré era además un estafador de alto nivel. En los timos que solía perpetrar estafaba varios cientos de miles de una sola vez, dejando sólo el rastro de una casa alquilada llena de pétalos de rosa y una desaparición más que repentina.

Pero Dipré tenía poder, Marvin podía sentirlo y muchos lo sabían. Contrataban sus habilidades en el mercado negro, así como él mismo lo hacía para el otro bando de manera más que denostada. Dipré, usaba el poder del sacrificio de los vivos sin ningún escrúpulo, no se limitaba a gallinas o cerdos. Se decía de él que usaba humanos en sus rituales negros, asunto por supuesto “indemostrable” para la policía. Incluso se rumoreaba que se comía la carne de los muertos para que el poder pasase a él. También utilizaba drogas alucinógenas o enajenadoras que convertía en zombis a aquellos a los que se las administraba, del tipo de la burundanga y  otras más desestabilizadoras, de las que hacen perder la cabeza para siempre por culpa de la intoxicación. Le daban igual, la vida o la muerte, no tenía escrúpulos para conseguir sus objetivos.

Era un ser muy peligroso, y ahora se encontraba en el mismo espacio que Marvin, que se encontraba como una rata encerrada en una jaula. Y en vez de “Blue moon”, escuchaba “Blood moon”. "¿Qué coño hacía alguien como Dipré en un sitio como este?", se preguntaba.

"¡Maaaaaarvin!" Dipré llevaba un traje blanco que contrastaba con su tez morena, una camisa de satén violeta y una reluciente cadena de oro con una cruz en el centro. "Marvin Volensko..." Parecía que escupiera el nombre al pronunciarlo.
- Qué bien que te encuentro, mariquita. Quiero que hagas algo para mí. De… conocedor a conocedor. Pero antes ven, que te invite a una copa.
Ambos fueron a la parte delantera del local, ahí había mesas más íntimas donde se podía charlar.
–¡Chicas, id un momento a escuchar el piano y divertíiiios!

Tenía la costumbre de arrastrar las sílabas de las palabras, parándose en las vocales, le daba un aire  de lo más hipócrita. Si añadimos el marcado acento francés se convertía en una percepción de lo más empalagosa. O así se lo parecía a Marvin.

-Ven Marvin, sé que tienes mano en la policía y me vas a conseguir algo que está ahí…información.
-Busco el cuerpo de alguien que desapareció hace un tiempo, un chino pederasta que me debía algo y aún no me lo ha pagado, Xian Wo Lao, aunque todo el mundo lo conocía por “Caalos” como él lo pronunciaba, “Carlos Wo Lao” fue el nombre español que le dieron cuando obtuvo aquí la residencia. Es posible que esté muerto, pero quiero saber su paradero, aunque sea el del cadáver, mon ami.
-¿Y cómo se supone que debo conseguir esa información, Santiago?
-Sé que tienes amigos en la policía, y si tu no lo puedes hacer, quizá ellos si puedan. Pero te conviene hacerlo si no quieres tener problemas con tus reliquias.
- Veo que tienes un anillo nuevo especial, seguro que te sientes de lo más reconfortado por ello. Pero eso no te protegerá de nosotros y lo sabes. Puedes encontrarme a través de la tienda, ya sabes dónde, espero noticias tuyas, joli

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Dipré se marchó con las mulatas. Marvin se quedó allí, con un oscuro sabor en la boca. La noche se había torcido del todo. La celebración personal se había convertido en un encargo y de lo más complicado. Por si fuera poco, se había granjeado un enemigo poderoso además de problemas con la policía. Toda una noche para ser seducido por el diablo en persona. Nada bueno podía salir de aquello. Por un lado, no podía entrar en la comisaría y preguntar abiertamente por un chino pederasta desaparecido. Su amigo en el cuerpo sabría de pruebas que hubieran entrado o salido, quizá encontraría algo ahí, pero tampoco le podía pedir que investigase el asunto, su relación no iba encaminada en ese sentido y podía ocasionar preguntas que desvelaran lo que hacían. Tenía que meditarlo cautelosamente y pensar en una solución que le sacara del atolladero en que le acababan de meter. Y lo era seguro, no podía desatender la petición de Santiago. Aquello no era una petición, era una amenaza y podría conducirle a la muerte o a algo peor. Ya no tenía ganas de terminarse su copa, ni de escuchar a más idiotas cantando corridos mejicanos y otras gilipolleces. La noche había perdido el encanto con que empezó. Y se había tornado tan amarga como la angostura de su old fasion.

Había un agente en el cuerpo que no tenía escrúpulos y que quizá le podría ayudar. Le miraría como un bicho raro, pero quizá, aun así, le ayudaría.

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