a propos

Nimodo

El otro día escuché a José Luis Garci decir que resulta indiscutible que los tiempos están mudando, que estamos cambiando de época y que, si bien la Literatura ya ha empezado a dar cuenta de ello, todavía queda por aparecer la película que lo haga. Carlo Pizzati (Ginebra, 1966) nos regala en ésta su segunda novela (tras la publicación de Criminàl [Fbe Edizioni] en 2011) su particular visión sobre la manera en que se está verificando dicho cambio de época en un mundo que conoce a la perfección: el periodismo. Por otro lado, si los periodistas se encuentran entre aquéllos mejor colocados y con más vocación de referir cómo están las cosas, se podrán Vds. imaginar que el autor, cumpliendo con el primer mandamiento de lo que debe representar una obra literaria, ha sobrepasado con creces la mera ambición de presentar la actualidad del periodismo con un relato al que se ha entregado en cuerpo y alma y donde se nos antoja imposible deslindar realidad de ficción.

nimodo8Nimodo podría ser perfectamente el trasunto novelado del guión de una 'road movie' del mismo título que podría, a su vez, ser considerado también y a la francesa 'un film à thèse' como un milhojas en el que cada estrato se corresponde con un nivel de lectura.

Así, pues, tendríamos, como capa superior del pastel, la peripecia de dos periodistas y una activista revolucionaria por toda una serie de países de Iberoamérica. Este estrato está perfectamente articulado y muestra cuánto domina Pizzati la técnica narrativa. Digamos que es el nivel responsable de hacernos reír, llorar, lamentarnos y disfrutar de las distintas situaciones en la que los protagonistas se ven envueltos. Lo que nos engancha a querer saber más y más sobre lo que será de ellos al cabo del relato.

En un piso inmediatamente inferior, conocemos aspectos de la conspícua realidad socio-política de América del Sur (Mesoamérica incluída), ese continente con forma de corazón. Un corazón que sigue latiendo ante la incomprensión del entendimiento europeo y ante lo que el autor se esfuerza por huir de la toma de partido previsible o fácil.

Al mismo nivel y entremezclándose con el 'ingrediente' anterior, Pizzati relata el devenir de los medios de comunicación -de la prensa escrita en especial- enfrentados a una inevitable reconversión por causa de la irrupción de las tecnologías de la información y la telecomunicación.

nimodo2En la base de nuestro milhojas, el autor deja entrever a través de su protagonista principal quién cree que es, qué es lo que busca en la vida, cómo no le gustaría acabar. En el fondo, todo lo que una persona debería preguntarse, mirándose a sí mismo a los ojos, cuando se encuentra en el centro de su existencia después de haber vivido una vida percibida como plena.

Ni modo (en dos palabras) es su respuesta. Lo mejor -y lo peor- es que hay que aprender a hacerla nuestra. Si les he resultado demasiado críptico y quieren saber a lo que me refiero, no les va a quedar más remedio que leer Nimodo*. No se arrepentirán.

(*) Nimodo, está publicado por Feltrinelli en formato libro electrónico. Por ahora, sólo en italiano:
http://www.amazon.com/Nimodo-Italian-Carlo-Pizzati-ebook/dp/B00R23KGLQ/ref=asap_bc?ie=UTF8


Thomas Bernhard

Hay escritores cuya apabullante grandeza arruina el porvenir a toda una multitud de debutantes. Se trata de autores cuyo estilo es de un tal magnetismo que genera ejércitos de imitadores que, incapaces de aproximarse al nivel del modelo, permanecen por siempre jamás sumidos en la amargura. Mas no en la suficiente amargura como para que se conviertan en unos Thomas Bernhard. Entre los más conocidos culpables de este delito literario figuran el inevitable García Márquez, el preciosista Kundera, el inalcanzable Borges y, en la provincia llamada Italia, Italo Calvino. Y hoy me entero de que también existen imitadores de Paulo Coelho.

Pocos, sin embargo, tan peligrosos como lo fue y lo sigue siendo Thomas Bernhard. En los 'fabulosos' años '80 ya se insinuaba la moda de leer sus últimas novelas; a decir de la crítica, las más conseguidas y maduras. Esos monólogos suyos hipnotizantes, sin punto y aparte; esa austropatía característica en la que basta sustituir su propia nación de pertenencia; todo esto apareció de golpe como una potente y desgarradora liberación. Bernhard es un 'libertador' de consciencias. Sobre todo, de la consciencia burguesa que él criticaba. Esa misma consciencia que empuja a seguir las modas literarias, por ejemplo. Del mismo modo en que Fellini es adorado por la burguesía democristiana de la postguerra porque denuncia con soñadora elegancia sus defectos y sus contradicciones; de igual modo que Nanni Moretti es idolatrado por la burguesía conservadora que quiere ser bohemia y de izquierdas porque parodia sus tics, así nos regala el Gran Austríaco todo el hastío que nos provocan las sofocantes convenciones sociales, en especial si vivimos inmersos en el humillante ámbito político-periodístico-artístico-cultural que de sobra conocemos.

¡Pero cuánto habría odiado estas palabras Thomas Bernhard! ¡Y cuánto y con qué brío habría destruido a su autor, con la precisión característica de su inmisericorde y, por ende, lúcida mirada! Reavivemos, pues, su memoria.

El mayor insulto para Thomas Bernhard era recordar su nacimiento, un 9 de febrero de 1931, en Heerlen, Holanda. "Odio los libros y los artículos que empiezan con una fecha de nacimiento. Detesto con toda el alma los libros y los artículos que adoptan una aproximación biográfica y cronológica; esto me parece del peor de los gustos y, a la vez, el procedimiento menos intelectual que exista."

thomas2Así que, para seguir siendo displicentemente cronológicos, la primera cosa que deben Vds. saber es que el apellido Bernhard, como recuerda Gitta Honegger en su bien documentada biografía, fue el primer accidente que alejó a Thomas de su familia, en vez de aproximarlo. Su verdadero abuelo era un escritor de nombre Johannes Fraumbichler. Su abuela, en realidad, se había casado con Karl Bernhard, pero tuvo de Fraumbichler una hija a la que di huye en 1940 a Alemania donde se suicida inhalando gas.iezaja a la que diumbichler. Su abuela, en realidad, se habcumentada bioó el apellido de su cornudo y legítimo marido. Herta Bernhard, hija pues ilegítima, se fue a trabajar a Holanda como señora de la limpieza y fue allí donde, en 1931, dió a luz a Nicolaas Thomas Bernhard, hijo ilegítimo también de un carpintero que no lo reconoce y que huye en 1940 a Alemania donde se suicida inhalando gas. En 1936, la madre de nuestro Thomas se casa y tiene dos hijos. Así que Thomas es el único de la familia que se queda con el apellido de la madre puesto que su padrastro se niega a adoptarlo y a cederle el apellido. Con el tiempo, el conflicto madre-hijo se intensifica. Mandan, entonces, al niño a un colegio para 'niños difíciles' de Turingia y, posteriormente, a un hospicio católico para chicos en Salzburgo.

No nos sorprende, entonces, que, rodeado por tanto odio y siendo considerado como 'el bastardo', para Bernhard, el auténtico núcleo de su familia sea y será siempre su verdadero abuelo, aquel soñador, anárquico y bisexual Johannes Fraumbichler que se pasó la vida buscando el éxito y fracasando en su intento de convertirse en un gran escritor (y ello a pesar de una exitosa opera prima). Los pocos años que Thomas pasó en su compastrofe para quien lesulta ser siempre una catntes de raumbichler) y sobre el que Bernhara exitosa y rdadero abuelo, aquel soñadoñía se le antojan una especie de paraíso de la memoria.

Casi todos los escritos de nuestro autor, como sostiene Tim Parks de NY Review of Books, tienen como eje un personaje monomaníaco obsesionado por el triunfo (algo que recuerda a Fraumbichler) y sobre el que Thomas Bernhard modela su propio carácter. Ya sea en lo que se refiere a la perfección intelectual de El Sobrino de Wittgestein como en lo que atañe a los paralizantes fracasos de La Caldera, el protagonista resulta ser siempre una catástrofe para quien se acerca a él y lo acaba siendo para sí mismo.

Thomas deja abandona la escuela a los dieciséis años para hacer de mozo en una tienda de alimentación, lo que no le impide apuntarse a clases particulares de canto (quizá inspirándose en el duende artístico de su abuelo). Los sueños de convertirse en tenor se ven abortados a sus dieciocho años por una tuberculosis que tardará dos años en curarse en un hospital. Y mientras que Bernhard está a punto de morir, los que fallecen de verdad son su madre y su idolatrado abuelo. Esto lo sume en una profunda y larga depresión de la que consigue emerger decidido a recobrar plenamente la salud. Y a conquistar el mundo... con la ayuda de una nueva amiga que tiene treinta y seis años más que él.

thomas9Durante sus paseos nocturnos prohibidos en el hospital, Bernhard conoce a su protectora y futura pigmalión: Hedwig Stavianicek, viuda heredera de una famosa marca de chocolate. La millonaria presenta, pues, a la más encopetada sociedad austríaca a nuestro joven de diecinueve años, frágil, determinado y con la cara llena de granos. Éste empieza luego a colaborar como crítico cultural en dos periódicos de Salzburgo y se convierte en una auténtica piedra en el zapato de una sociedad que refutaba o eludía su papel en el Holocausto. A través de una crítica teatral rayana con el histerismo se gana su primer pleito por difamación y, de paso, conquista la fama. Ahora los periódicos hablan de él. Una vez abandonado el periodismo cultural, explora la interpretación teatral y descubre su mejor papel: el de viejo cascarrabias. Es en este momento cuando acaba por integrarse completamente en la vanguardia austríaca. Seduce por igual a hombres y mujeres (aunque no sexualmente, a lo que parece) pero provoca algún que otro estrago emotivo aquí y allá. Cada vez que se pone fea la cosa, se refugia en casa de la 'tía Stavianicek'. Odia a Austria pero en esto es en lo que más austríaco resulta ser (uno de los pocos puntos en común entre austríacos e italianos). Algunos paisanos lo acusan de ser un Nestbeschmutzer, un 'ensucia-nidos'.
"El pasado del Imperio de los Augsburgo es lo que constituye nuestra identidad. En mi caso, esto quizá sea, incluso, más visible que en otros y se manifiesta en una relación de amor-odio por Austria. Ésta es la clave de todo lo que escribo."

Sin embargo, Bernhard es perfectamente consciente de que la escritura no puede cambiar la sociedad que critica sin que ello no entrañe algún tipo de remordimiento. Y piensa, bien al contrario, que el artista es cómplice de los espectáculos de tres al cuarto. "La imaginación es una expresión del desorden; debe ser así", dice el pintor en Hielo.

thomas6En este punto, me limitaré a transcribir el principio de tres de sus novelas, cuyo estilo no precisa de mayores loas:

- "En mil novecientos sesenta y siete, en el Pabellón Hermann de la Altura Baumgartner, una monja que desempeñaba con encomiable esmero su labor de enfermera me dejó sobre la cama Perturbación, el libro recién publicado que yo había escrito un año antes en el 60 de la rue de la Croix de Bruselas. Pero no tuve ni siquiera las fuerzas de asir el volumen, habiéndome despertado como lo hice hacía unos minutos de una anestesia total que había durado varias horas y durante la cual los médicos me habían abierto el cuello para poder extraerme de la caja torácica un tumor como un puño." (El Sobrino de Wittgenstein).

- "Un suicidio largamente premeditado, pensé; no un acto repentino, fruto de la desesperación. También Glenn Gould, nuestro amigo y el mayor virtuoso del piano en este siglo, aguantó sólo hasta los cincuenta y un años, pensé al entrar en la tasca. Sólo que no se ha quitado la vida como Wertheimer sino que se ha muerto, como quien dice, 'de muerte natural'."
(El que sucumbe).

- "Con la que en mi pulmón llamaron sombra, una sombra había bajado de nuevo a mi existencia. 'Grafenhof' era una palabra funesta, en Grafenhof primaban de manera exclusiva y con perfecta impunidad el médico jefe, su asistente y el asistente de éste, amén de las condiciones, tremendas para un joven como yo, de un sanatorio público para tuberculosos." (El Frío).

Los libros de Bernhard tienen un éxito internacional. Y Bernhard gusta ya sea en su faceta de autor teatral como en las de novelista y autor de relatos breves. Es prolífico y acaba siempre por caer en esa contradicción creativa que lo caracteriza y que oscila entre la profunda necesidad de expresarse y la obsesiva pulsión hacia un supremo aislamiento. Es precisamente esta bipolaridad lo que lo convierte en una de las voces más memorables de la literatura europea.

Los últimos días de su vida los pasa aislado, recluído tras los altos setos de un viejo caserón campestre de la pedanía de Obernathal, en Austria. Al otro lado transcurre la provinciana vida del pueblo y los adultos lo utilizan como simbólico espantajo de niños. Él se ríe amargamente de la inutilidad de quien escribe: "¿Por qué aplauden?", se pregunta al comprobar cómo los burgueses disfrutan de sus espectáculos contra la burguesía, pero también contra la 'intelligentsia'; contra todo, al fin y al cabo. El 12 de febrero de 1989, pocos días después de cumplir cincuenta y ocho años, sabiendo que se iba a morir de distintas enfermedades del corazón y los pulmones, se suicida ingiriendo una sobredosis de medicamentos. "Cualquier cosa es ridícula si se la compara a la muerte."

thomas4Leer a Bernhard procura la intensa impresión de ser capaz de saborear, en el escueto y artificiaespacio de unas creaciones literarias irrepetibles, el el verdadero cuadro de las contradicciones que presiden nuestras vidas. El mundo es horrendo y las cavilaciones que dan cuenta de este horror non dejan hueco para el mínimo optimismo. Sin embargo, los mecanismos inventados para transmitir el desastre en el que vivimos no dejan por ello de ser hilarantes.

En esto es en lo que consiste el genio de Bernhard. Escuchen Vds. al viejecito protestón hacer trizas todo lo que vean y conozcan hasta conseguir hacer que desaparezca por completo la gran 'Matrix' que nos rodea.

Al final, "el salto ágil y repentino del poeta-filósofo" (I. Calvino a propósito de Cavalcanti) les hará romper a reír.
Del mundo, de nosotros mismos, de la gran Comedia.


Javier Krahe

El otoño pasado, cuando en Madrid todavía se podía pasear por la noche en mangas de camisa, caminábamos atravesando la hiperiluminada Puerta del Sol a media noche y, en ese momento, casi mágico, en sentido contrario le vimos aparecer a lo lejos, resplandeciente, como un ectoplasma inmaterial en medio de este mundo de carne y hueso (“spirit in the material world”, como la canción de The Police hecha materia). Caminaba ese flaco Quijote imperturbable entre la masa, con sus vaqueros claros y su camisa blanca a rayas finas azules, esa que utiliza como infalible capa de invisibilidad. La gente no le ve, pero Krahe brilla en la oscuridad, como fluorescente, como un Cristo cocinado a fuego lento, redentor irredento. Atravesó la plaza mimetizado como un elemento arquitectónico más del paisaje, haciendo sombra con su estrecho talle a la estatua de Carlos III y se diluyó por la calle Carretas, seguramente hacia Huertas a trasegar líquido venenoso en algún bar y a fumarse (sospechamos por la tos crónica que fuma bastante) unos cuantos cigarritos, alguno de ellos “de la risa”.

Krahe está curtido en mil batallas y ha ganado, gracias al tiempo, un millón de guerras. Insulta mejor que nadie a los poderosos y se ríe de lo sagrado a mandíbula no vatiente, casi sin que se le note el sarcasmo. Es el más irónico y el más escéptico homo sapiens que puebla esta ciudad permanentemente adormilada tras una sonrisa Profidén. Se ganó sus galones de mariscal de campo entre los cínicos al ser vetado en televisión por el pedazo de mierda de Felipe González, el megalómano y traidor “Señor X”, con el que Cuervo Ingenuo nunca firmará la pipa de la paz por mucho oro y moro que se le ofrezca. Luego quisieron quemarle en una pira por aquel divertimento de “Cocinar un Cristo”, pero pelear contra esos asquerosos para Krahe es sólo cuestión de echarse un poco de desodorante por las mañanas para apartarlos como a fantasmas.



Javier Krahe es una estrella del rock. Él es el rock and roll, y puede mirar de frente a Keith Richards y a Chuck Berry sin pestañear, y si se pintara la cara de negro podría codearse con los músicos del Cotton Club, sin desmerecer. Es Brassens y Moustaki reencarnado, “Le métèque” de hueso y piel. Él es Madrid como pocos lo son. Sólo a él le he visto actuar un número de veces que no puedo contar, todas como si fuese la primera, a él y a Burning, los dos pilares de lo “nuestro” que nos quedan vivos. Si lees ésto y no te gustan los que cito vete a vivir a otra ciudad o, mejor, suicídate, nos harías un favor.



Las grabaciones perpetradas por el buen cabronazo de Javier se quedan cortas para que alguien se haga una idea de la verdadera dimensión del personaje. Él es de esos que se crecen hasta agigantarse en el escenario, es un actor genial del método (“método Krahe patentado”) un histrión de tal calibre que cuando nació se rompió el molde, y un bailarían que supera con creces a Nureyev en cuanto le da la gana de mover los pies. Los diez Euros que se pagan en el Galileo por verle son una miseria que se entrega más que pagarse, Krahe no necesita ni quiere ganar dinero, que le den al sucio metal, va sobrado. Hay tristes espectáculos por doquier en Madrid, de vergüenza ajena, por los que no se cortan en pedir 20 pavos al personal. Pedidle crowdfunding a vuestros siete padres, amiguitos. Krahe es un espectáculo minimalistas puro por el que pagaría mucho más de lo que él, displicente ante el money money y el artisteo, pide. Krahe es el “Circo del sol” él sólo.

krahe2Y “él” son también “ellos”, son cuatro. Sobre el escenario, durante la ópera “Krahe”, constituyen la banda perfecta, sin ruidosas Stratocaster, Telecaster o Lespaul, sin orquesta sinfónica, no hace puta falta, porque son artesanos de los instrumentos y de la voz a la antigua usanza, no necesitan estridencia para ser músicos de rock, ni chaqué para ponerse clásicos cuando lo desean. Javier López de Guereña y Fernando Anguita son el perejil perfecto para todas las salsas cínicas de Krahe, se mezclan con él como peces bomba en el agua aportando hasta los cantos de las sirenas si se tercia en los coros. A ellos se suma Andreas Prittwitz, el flautista de Hamelin. No suelen gustarme los barroquismos de viento pero, en este caso, el músico aporta un toque sutil único al conjunto.

Krahe cruza con más estilo que nadie Nuñez de Balboa para ir a comprar sellos de Nigeria a la Plaza Mayor. Y algún día escalará el Everest mientras se fuma un cigarro hablando con su amigo el Yeti. Y continuará explicando la Odisea de Homero en apenas tres minutos a su auditorio, con bastante más gracia que el puto griego aquel. Aunque él sabe de sobra que es un mentiroso redomado, que en realidad todo en este mundo sí que se reduce a follar, por mucho que lo niegue.


lanochemasoscura