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Las venas de Basquiat

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"No serás nada en este mundo a menos que hagas lo que quieras.

No planees nada, simplemente ve y hazlo."
Jack Kerouac

Anda despacio, pinta coronas en el hueco del ascensor. Vive despreocupado en un mundo sin esquinas. Calienta la sopa y dice: ¡AAAAAAAAAAAA! Huele a club nocturno, pintura acrílica y azúcar de caña. Le gusta ligar con chicos y chicas del Mudd Club, a los que invita a su estudio de la calle Great Jones y esnifa heroína con ellos de domingo a sábado. basquiat2Siempre alguna súper modelo de revista, siempre el olor metálico de la limo plateada aparcada en doble fila a punto del despegue. Sonríe para sus adentros Jean Michel Basquiat y peina en la cola de un verso su peinado rastafari, con la boca llena de cerillas, de su aliento se escapa un tufillo a queroseno, en cualquier instante ¡BOOOOM! y el pintor se descuelga del arnés mientras la ciudad palidece. Alguien a los lejos grita: ¡take a shelter! Con los pies descalzos es difícil esconderse, los profanadores de tumbas de Wall Street saben que es cierto. Pero silencio, parece que vuelve, como en una vieja y apestosa canción en tus labios, debe tener hambre,  perezosamente se levanta y pinta con el dedo indice sobre tela 60 x 60: ARROZ CON POLLO. Coleccionistas de arte de medio mundo se desgañitan por conseguir sus cuadros en tanto JMB, Orfeo Negro, les apuñala con un afilado: NOT FOR SALE. Después vuelve a precipitarse a la limo, a otro aeropuerto, a otra exposición en Milán, París o el Zaire, con las uñas de luto y un ejemplar de William Blake colgando de las solapas por entre las papelinas de opio. Smooth operator. Hay días en los que las dudas registran sus bolsillos y solo encuentran muerte. ¡AAAAAAAAAA! El paisaje se inclina hacia el sur en una habitación de hotel en Brooklyn, el pintor quiere que lo dejen en paz, los sudores se originan al mediodía sin evacuación posible. Mientras, la alcachofa de la ducha pierde agua, el teléfono sigue sonando, y basquiat3en el pasillo, el asesino del día de San Valentín afila sus cuchillos. Jean Michel se siente gris, un sempiterno dolor le extenúa, el dolor de la adicción, la invisible linea que decidió cruzar a pesar de las advertencias del personal. Cansado de escuchar;

¿Dónde están tus prodigios?


Sus ojos, siempre cambiantes como en una noria de amargura, se apagan con la llegada de la baja mar. Y he aquí, de repente, un buen día en el que su marchante contaba billetes y billetes de mil sobre una mesa de roble, se fue. Humo. Historia. Sus prodigios cubiertos por la sábana de la ambulancia, tenia la edad maldita, veintisiete. Era una mañana de agosto parcialmente nublada, según los  registros la humedad era superior a la media.

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