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Morrissey, the boy with the thorn in his side

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¡Desdichado aquel que no ha deseado furores de tragedia, que no se sabe  de memoria estrofas de amor, para repetírselas bajo el claro de la luna!
Gustave Flaubert

Una lluvia fina azota el viejo Manchester anunciando el trueno y el súbito choque acerado de aguas libres contra cárceles de cemento. El humo  industrial y traslúcido de las fabricas sobresale por encima de las ilusiones de un pueblo, el obrero, condenado a una máquina de acero. Como en una película de Fritz Lang, el pueblo avanza soñoliento en rigurosa fila india hacia lo inevitable. Oigo sus cansados zapatos pisotear sueños de juventud con una canción trágica entre los dientes, canción que se eleva entre la muchedumbre con un zumbido perenne. Desde su habitación azul el joven Morrissey contempla ingrávido la escena, se ha tomado un respiro de lecturas incandescentes de, mil y una noches enfrentado al insomnio sobre un lecho de vídeo tapes. Con la cola de un cigarro en los labios, descorre las cortinas de un oscuro pasado, consintiendo que el aire frío y masculino inunde cada palmo de su habitación azul. La cabeza da vueltas, se ha pasado la noche en vela resolviendo una ecuación generacional, sin probar bocado, sin eyacular. Leyendo a oscuras los versos sagrados, conjugando  galimatías seniles, hablando a las paredes a media voz para al final, levantarse escupiendo azul. Ocupando, en suma, cada partícula de espacio libre de su imaginación. El joven Morrissey ha trazado un plan, le ha puesto nombre y, no, no es Smith, es más grande, mejor que un riff de Johnny Marr, en definitiva; su raison de plus para abandonar la trinchera en la que vive sumergido e iniciar la revuelta. Una revuelta amplificada a través de las ondas. Por supuesto ellos lo negaran, le llamarán falso mesías, egocéntrico, y si les preguntas, dirán que prefieren seguir conectados a la máquina de acero que abrir sus brazos a un joven de oscuras intenciones.
 
How can they look into my eyes
And still they don't believe me
How can they hear me say those words
And still they don't believe me...
And if they don't believe me now
Will they ever believe me?

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Suena la sirena. Centenares de obreros se dirigen cabizbajos a sus hogares grises, a sus cenas sumamente miserables, a sus tristes recuerdos enmarcados en colores ocres. Mientras, el joven Morrissey vuelve a la carga, sus manos manchadas en tinta descargan sobre un lienzo con rabia ¿podéis verlo?. Inmaculado. ¿Quién podrá detenerle? Cuando entra en este estado de éxtasis, es capaz de cualquier cosa. Argumentos no le faltan: los jóvenes de Manchester no ven el sol, no leen los periódicos, no escuchan las canciones de los New York Dolls. Viven presos en una cárcel  unidimensional al amparo de sus anacrónicos progenitores que, temerosos,
aíslan a sus hijos de los influjos de la luna.  El joven Morrissey aguarda su oportunidad, escribe profundo un manifiesto que promueve el cambio sobre un papiro de más de mil años.  El joven Morrissey confunde las bocales de tal forma que su ortografía adquiere un aire infantil, ¿la revolución será infantil? No, la revolución será o no será, pero los jóvenes prevalecerán.

morrissey4Escribió el joven Morrissey con letras de graffiti en las paredes de la facultad de letras, ahora, además de los atemorizados progenitores le buscan las autoridades.  El joven Morrissey debe darse prisa y tirar el misil a tiempo. Manchester reclama venganza.

And when you want to live
How do you start?
Where do you go?
Who do you know?

Se hace de noche. Manchester duerme, los gatos trastean la comida por los callejones, las sirenas de policía suenan tras la pista del homicida, las aves nocturnas apuran el último café antes de volver a apostar todo al negro. Una hipnótica calma parece adueñarse del lugar, la lluvia cesa y por un momento podríamos olvidarnos del fuego y, creer en nosotros mismos tal como hemos sidos concebidos. Sin embargo en el 384 de Kings Road el sonido de unos vinilos de grupos impronunciables, nos recuerda que en algún lugar, no muy lejano, el fuego prevalece.

Voy a cerrar los ojos y apagar la luz, convencido, de que en la habitación azul de un puñado de inclasificables jóvenes, el incendio de la revuelta crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece y crece.

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