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Arrebato

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"¿Quién ha visto alguna vez un niño que intenta apresar en su mano un rayo de sol?"

    -Luis Cernuda

Despliego mis alas negras de ángel caído sobre la Gran Vía. La estudiante polaca que sigue mis pasos desde hace más de dos décadas, inmortaliza el instante con su cámara Super 8. Son las dos de la madrugada y se supone que vamos tras la búsqueda de la esencia creativa con la inexactitud propia de un rodaje de guerrilla. Un cúmulo de vehículos permanecen atascados en la linde del semáforo averiado, para desesperación del soñoliento guardia urbano que en vano se desgañita intentando poner orden. Prostitutas de Montera y Desengaño sacuden caderas congeladas por entre los coches, proxenetas las observan con el contador puesto en marcha, siempre en marcha. Adolescentes pasan de largo cantando y bebiendo licor en vasos de plástico mientras un sin techo llora en la puerta del Primark y, sus lagrimas, parecen esferas de vidrio como en una vieja fotografía de Man Ray. arrebato4Trato de mantener la calma pero es difícil, el ruido es tan insoportable que necesitaría cien vidas para hacerte comprender como me siento. Últimamente mi cabeza no funciona con claridad, las marcas en los brazos me ayudan a recordar que una vez sí lo hizo, pero ahora no, definitivamente no. Mantengo mi centro de gravedad masticando torpemente un sándwich de mortadela, quien lo puso en mi mano lo desconozco: es fácil perderse por un laberinto de dudas. En mi caso la adicción resuelve todas, aunque a veces siento que...

Son las dos y cuarto de la madrugada, la estudiante polaca está cambiando el rollo a la cámara, esperamos pacientemente frente al edificio de Telefónica. Según el guión nos dirigimos a la plaza de Los Cubos, según el guión, sufriré una conmoción al llegar y tendré que ser ingresado, según el guión, el plano sera capturado en gran angular. Mientras seguimos esperando por la estudiante polaca, alguien pone en mi mano una lata de cerveza que bebo de un trago, al otro lado de la acera una joven vietnamita vende sopa de fideos sobre un mostrador de cartón, un cineasta en ciernes aparece estrangulado en el interior de su casa mientras esperamos, según el informe policial, el cineasta era un gran aficionado a mi cine. En este momento los detectives de medio Madrid sopesan interrogarme.

¿Iván Zulueta? « Presente», Iván, la cámara está lista, podemos continuar.

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Son las dos y media de la madrugada, bajamos por la Gran Vía y por el camino nos asaltan una banda de nazarenos a golpe de navaja. La estudiante polaca y buena parte del equipo se llevan un buen susto, por suerte, los nazarenos son generosos y nos permiten conservar la cámara. Tomo un Trankimazin e improviso la escena 24 sin guión, pues también se lo han llevado, parado frente al cine Capitol ejecuto una performance a base de movimientos espasmódicos y sonidos guturales. Entro en trance, por así decirlo, hasta que la estudiante polaca rompe mi concentración con una serie de vehementes aplausos que me impiden continuar.

Son las dos y cuarenta y ocho de la madrugada, llegamos a la plaza de España. Por el camino han pasado cosas que he olvidado y prefiero no recordar, algo me dice que debo estar preparado para algo malo, economizo sentimientos antes de la explosión. Siento nauseas y procuro no manchar mis botas al vomitar, el olor a cabezas de pescado de mis tripas me devuelve el contacto áspero y frio de la noche madrileña. Se adhiere a mi desesperación, inhabilita los anhelos pasados de una pronta recuperación  que pocos esperarrebato2an ya. De pronto, la estudiante polaca me da un golpecito en el hombro indicando que debemos continuar, miro al resto del equipo, estoy descorazonado y ellos lo saben, es evidente, pero sigo, adelante, siempre adelante.

Tres de la madrugada. Escena 25: Iván frente a los rascacielos de la plaza de los Cubos. Émulo a un Eusebio Poncela envejecido, los surcos de mi rostro anuncian el contenido trágico de la obra. Llegó el momento, pero antes, el joven andrógino del equipo de vestuario, meritorio según tengo entendido en una película de Almodóvar, se afana en cubrir el collage  de mi cara con unas estrambóticas  gafas de sol.  No digo nada, ya no importa, dentro de muy poco el fotograma rojo se encargara de ponernos a todos en nuestro sitio, quedaremos absortos frente al arrebato. «¡Acción!» grita la estudiante polaca, doy una ligera calada al cigarro que alguien se tomo la molestia de colocar en mis marchitados dedos, luego avanzo por los pasillos de un edificio hasta llegar a una puerta marcada con una cruz. Por las rendijas de la puerta se escapa un halo de luz roja, al entrar descubro el proyector de Will More en el lugar exacto de hace treinta y seis años. Intacto. Listo para ser utilizado. Me acerco al proyector con más temor que satisfacción, sin reparar demasiado en el resto de la habitación que, como ya dije está bañada en luces rojas. Un segundo antes de poner el aparato en marcha y desaparecer por completo, echo un último vistazo a la estudiante polaca y al resto del equipo, me miran de hito en hito, no pierden detalle, al meritorio de Amodóvar le van a saltar los ojos de las cuencas. Siento la presión de mis pies sobre la tierra, levanta miles y miles de emociones que desprecian este esfuerzo mío por definirlas. Enciendo el proyector. La habitación desaparece con un chasquido así de grande, universos extracorpóreos nos envuelven, languidezco y sin embargo, tengo la certeza de estar invocando por primera vez en mucho tiempo a mi fiel amiga, la inspiración.

En el festival de cine de San Sebastián la película recibe los galardones de mejor fotografía y montaje, para sorpresa de todo el equipo, incluida la estudiante polaca que, en su discurso de agradecimiento, olvido con inocente descuido pronunciar mi nombre.


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