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Invierno en Róterdam

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<<Puede que Gregory Corso sea el poeta más grande
de Norteamérica, y se está muriendo de hambre en Europa.>>
               
    -Allen Ginsberg

Esta ciudad es como una prostituta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en tus brazos y unir tu aliento con el suyo. Cinco minutos después, te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Algo parecido deben sentir los pescadores que cubren el Mosa cuando llegan a puerto, la sensación de haber sido estafados. Soy testigo del acontecimiento todas las mañanas, invierno3desde mi cochambrosa habitación alquilada contemplo el puerto y espero que vuelvas. Compartir esta sensación de tedio sin ti no es lo mismo. Me pregunto, desarmado como estoy, que estarás haciendo, si te encuentras bien y si pasas las horas contemplando la bahía. Yo sigo aquí intentando descifrar el enigma de la poesía, atravesando laberintos espirituales que conecten mis versos. Aunque cada vez llegan menos señales del otro lado. Recuerdo tu voz en cafeterías de otoño diciendo: La poesía alimenta el alma pero no llena la nevera Gregory. Recuerdo hacer la vertical y alguna pirueta de evasión que nos ayudara a escamotear la cuenta, mientras tú te reías y el camarero no nos quitaba el ojo de encima. La mescalina corría por nuestras deshilachadas venas con mordiscos de gigante, y Frisco alumbraba con su exorbitante dinamo toda la costa del pacifico.

¿Por qué será que envejezco en invierno?

A los tulipanes les sigue llamando la atención la soga que sobresale de mi gabardina, miran contrariados, no entienden que en esta vida ni la muerte nos espera, todo llega a la carrera y yo me caracterizo por ser un tipo preparado. Desde mis tiempos en el penal conservo el instinto de no dejar nada al azar. Mis pensamientos acumulan una docena de piojos, a pesar de eso las azoteas sonríen a mi paso bajo esta luz de invierno que todo lo alcanza, a mi lado pasan hombres refunfuñando en cuyos rostros toda esperanza parece haber muerto. Con esa expresión de última hora con la que se pretende comunicar tantas cosas les mire y les dije: Adiós. 

Me sumergí en el viejo café de la esquina, aquel que conserva un samovar antiquísimo, aproveche la ocasión de tomar una taza de té con las últimas monedas de reserva, a esta hora, los jardines y las plazas se han estilizado según la luz de Vermeer. invierno2Yo enciendo un cigarro y me bautizo con mis lagrimas, luego llamo a cobro revertido a mi conciencia para a la postre desabrochar la gabardina y dejar que salgan los murciélagos.

¿Róterdam, entiendes?

Diles que sigo estirando el presente con una danza macabra en los zapatos, diles que los días pasan esperando la aurora, diles que hay veces en los que temo volver pero, casi al instante, lo olvido. Diles...

No temas, conservo el secreto que me diste y la botella de agua ardiente, aunque sigo escribiendo como si el cañón de un revolver me apuntara en la sien. Es el precio que pago para no olvidar que estoy al borde del desalojo, generalmente estos apéndices no son buenos consejeros de la inspiración. No me avergüenza morder el asfalto, el problema lo tendrán las musas para encontrarme en una dirección sin inquilino.

Bajare la escotilla con un verso entre los dientes y el saxo tenor de un dios del bop. Acaríciame doll en tanto me sube por la barriga, ¿puedes sentirlo?
relámpagos en el corazón, sacudidas eléctricas que aglutinan todo en lo que creí, muerto hoy, y tan perenne entonces. Siento que se acerca el final y no cualquier final, esta vez nos sale redondo y todos sonríen... luego me despierto y no hemos ganado.

Apaga la luz Róterdam, no es necesario que nos deslumbres con tu resignación, somos tan solo niños perdidos que volvemos a casa, como gatos, maullando por entre los callejones, con la esperanza malograda de antemano, aceptando sin equívocos un hogar desolado.

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