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7. Mi hermano

Soñé que me sentaba a la mesa con una familia numerosa. Todos estaban en silencio delante de los platos, esperando al padre. Cuando llegó el cabeza de familia, me sentaron a su lado y hasta que él no comenzó a comer nadie probó bocado. Tomamos los alimentos sin decir nada, sólo se escuchaban los sonidos de sorber y masticar. El padre era un hombre muy serio y olía a sudor, y parecía que me protegía de ellos. Creo que era una familia de mineros, tenían las caras manchadas de hollín o grasa. La casa estaba sucia, era oscura y lúgubre, con las paredes de piedra basta y sin ventanas. Al terminar la cena hicimos todos el amor.

hermano66Me despertaron unos rayos de sol colándose por una rendija de la persiana. Alargué el brazo y noté que David no estaba a mi lado. Abrí los ojos poco a poco. Me di la vuelta y me desperecé. Me levanté, estaba completamente desnuda. Abrí la persiana. Estaba sola, y como mareada. El vestido de novia estaba allí preparado, en el fondo del vestidor. Sobre la mesilla habíamos dejado unas copas y una botella de Möet, un preservativo usado, unos Kleenex arrugados y David había escrito una nota que decía: “vuelvo enseguida...”. Tiré todo a la papelera del baño. Me miré en el espejo. Tenía unas tremendas ojeras. Me encontraba como aturdida. Abrí el bote de crema y me la esparcí por la cara dándome un masaje.

Miré el Iphone. Eran ya las once de la mañana. ¿Cómo había podido dormir tanto? Me dolía un poco la cabeza, como cuando mezclo Prozac y alcohol. Me puse la camiseta de hombreras de los Detroit Pistons, una braga culotte y salí de la habitación. No se oía ningún ruido. Era raro, ya era tarde y no quedaba mucho rato, teníamos que estar en el juzgado a las seis. Subí al piso de arriba, pero en la habitación de los niños no había ni rastro de Tarik ni de Hassan. Tampoco se escuchaba a la chica de servicio, que siempre daba el coñazo por las mañanas, pero no, no estaba. Subí al ático y me asomé a la terraza. El día era gris y plomizo. La urbanización respiraba la misma fría tranquilidad de siempre vista desde las alturas, una calma sólo rota por el leve rumor del motor de algún coche que entraba o salía de algún garaje. A lo lejos, sobre el cielo del centro de la ciudad, podía verse una especie de extraña espiral de humo ascendiendo al cielo entre el resto de la contaminación.

hermano8Bajé a la cocina. Mientras la máquinita de café me preparaba un capuccino miré a través de la cristalera del jardín de atrás. La hierba estaba toda mojada, el día era gélido, ese invierno estaba siendo uno de los más fríos que se recordaban en nuestra zona. Allí fuera estaba nuestro perro. Me miró con cara alegre y movió el rabo. Vino hacia la puerta con andares cansinos. Abrí y le acaricié. Nuestro precioso labrador cruzado con retriever, siempre con su cabecita tan suave y su cara lastimera. Un perro precioso, siempre compramos labradores porque son bonitos, serviciales y listísimos. Me empujó con la cabeza sobre las piernas para que le dejara pasar adentro, pero yo no quería. “No, Óscar, los perros tienen que vivir en el jardín, en la casa ensucian, los perritos en el Jardín, a tu caseta, cariño”, le dije mientras cerraba la puerta contra su cuerpo sin hacerle daño pero con firmeza. Se quedó allí inmóvil, mirándome a los ojos a través del cristal con carita de pena. Después se dio la vuelta y, cuando casi había llegado a su preciosa caseta, se agachó y comenzó defecar. Cuando terminó, se giró sobre sí mismo, olió la caca y empezó a lamerla. Me dio una arcada. Miré para otro lado.

Agarré el mando a distancia y encendí la tele de la cocina. Lo primero que escupió la pantalla fue el informativo de Telecinco. Imágenes de caóticas y rótulos rimbombantes, imágenes en movimiento, acontecimientos importantísimos sin duda. Los presentadores parecían muy alterados, intentaban poner caras serias, las imágenes daban alguna noticia trágica y violenta. Subí el volumen.

hermano2“....el individuo, descrito por los testigos como un varón de metro setenta y cinco y de unos sesenta años, ha entrado en el vagón de metro y a continuación ha ido disparando a quemarropa a todos los que estaban haciendo algo con el móvil, ya fuera hablando, chateando o escuchando música con los cascos. Todo ha sido muy rápido y no han tenido tiempo de reaccionar. Les ha disparado en la cara con una escopeta de caza que ha sacado de una bolsa de raquetas de tenis. Sólo ha habido dos supervivientes en el vagón, curiosamente los únicos que no portaban móvil, los cuales han relatado con horror la escalofriante escena. A continuación, el asesino ha abandonado el suburbano a la carrera, ha sido grabado por varias cámaras de seguridad en su huída. Unos veinte minutos después, parece ser que el mismo individuo ha entrado en la cafetería Starbucks del centro que citamos en la anterior intervención en directo. Iba acompañado por dos niños, dos pequeños con aspecto de magrebíes. Ha pedido dos cafés con leche descafeinados y dos Donuts para ellos, los ha dejado sentados y se ha marchado. Un empleado ecuatoriano de la cafetería, en estado de shock, nos ha relatado todo lo sucedido bañado en lágrimas. Cuando el camarero ha salido del local a sacar un unas cajas con basura ha mirado para atrás y ha podido ver a lo lejos cómo los dos niños, que tomaban café al lado de la cristalera del escaparate, han hecho explosión llevándose por delante todo el local, que ha saltado hecho añicos. Todo apunta a que el asesino habría sacrificado a sus hijos mediante algún tipo de explosivo adherido al cuerpo. Se sospecha que el terrorista islámico pueda haber sido también responsable del asesinato del director de cine David Rodríguez, al que un desconocido esta mañana ha disparado en la cara con una escopeta de caza cuando éste se disponía a salir de su portal. Fuentes de la policía nacional han señalado que los cartuchos utilizados en el atentado del metro y en el asesinato del cineasta coinciden en el calibre de los perdigones y en la marca, “La Perdiz”, que son los utilizados habitualmente por los aficionados al tiro de pichón...”.

Estaba paralizada y horrorizada. Tenía ganas de vomitar, y de gritar, pero no podía articular palabra. Cogí el teléfono fijo de la cocina. En el primer intento de marcar se me cayó al suelo. Quise marcar el 091, pero me equivoqué con los nervios y le di al dos, 092.

- Policía municipal, dígame.
- Hola, tengo que darles un aviso urgente....
- Si hace el favor, señora, estamos ahora mismo en situación de alerta, si no es algo muy muy importante le agradecería que llamara más tarde, estamos en plena emergencia generalizada...
- Es muy urgente, POR FAVOR, precisamente es por eso.
- Dígame su nombre y apellidos completos, por favor...
- Conchi Fernández de Córdoba y Salgado.
- Y bien... ¿Qué sucede? Dígame.
- QUE SÉ QUIÉN ES EL AUTOR DE LOS ATENTADOS DE ESTA MAÑANA....
- Por favor...., no se ande con bromas ni con chorradas, señora, éso es algo muy serio, y ya hemos recibido unas cuantas llamadas absurdas como la suya, como comprenderá...
- LE DIGO QUE SÉ QUIÉN ES....
- Tranquilícese y no grite, por favor. ¿Se refiere a los atentados del centro?
- SÍ, CLARO, obviamente, joder....
- Deme nombre y apellidos del sospechoso, por favor.
- No, sospechoso no, es el asesino, estoy segura, David Fernández de Córdoba y Salgado, por favor hagan algo urgentemente porque...
- ¿Es su hermano?
- No, es mi marido... mi pareja, digamos.... POR FAVOR.....
- Tranquilícese, bufffff. ¿Cómo sabe que es él? ¿Su marido es terrorista islámico? ¿Cómo va a tener su marido sus mismos apellidos, señora?
- No es mi marido, nos casamos hoy.... ehrrr, bueno, es que...
- POR FAVOR. Lo que hay que oír. Señora, si esto es una broma sepa que puede tener consecuencias penales, tenemos localizada su llamada y no está el horno para bollos esta mañana...
- Por favor, hágame caso, agente, DESALOJEN IKEA URGENTEMENTE, den el aviso, QUE SALGA TODO EL MUNDO DE ALLÍ CORRIENDO!!!!!!!!!!   
- TRANQUILÍCESE, SEÑORA, está usted muy alterada y no dice cosas coherentes... está usted jugando con fuego, me estoy enfadando de verdad con usted y...

hermano4Un estruendo se escuchó a los lejos. Colgué el teléfono. Subí corriendo a la azotea. El humo procedente del centro de la ciudad había dejado de brotar pero ahora, mirando hacia la izquierda, se podía observar un hongo de hollín grisáceo ascendiendo hacia el cielo que subía por detrás de la colina, seguramente procedente de la zona del parque comercial. Pocos instantes después de la deflagración, la urbanización volvió a quedar en silencio, en total calma tras la breve tempestad. Sólo el sonido del motor de la patrulla de seguridad privada, cuando pasaron haciendo la ronda habitual, interrumpió el placentero silbido que producían las ramas de las palmeras azotadas por el viento del invierno. Después, la puerta del garaje de un chalet de la acera de enfrente comenzó a abrirse automáticamente como por obra de fantasmas. Por la esquina apareció un Audi A6 negro, que se introdujo en la casa y tras su paso se cerró también automáticamente la boca tragacoches. No había, como siempre, ni una persona caminando por la calle.

Todo estaba, y está, vacío. Silencio. Silencio. Silencio. Bajé a la cocina y me preparé otro café. Sonó el teléfono. Lo cogí. Hicimos el amor. Cuando me estaba corriendo sonaron disparos y después se hizo otra vez el silencio.

6. Mi gato

David me tenía completamente anulada. Sara me lo repetía una y otra vez cuando salíamos de copas y el alcohol me hacía confesárselo todo. Yo no quería creerla, no era capaz de mirarme en mi espejo interior, pero lo que ella decía sobre nosotros era totalmente cierto. Si hubiese sido capaz de verlo antes, ella siempre dijo que David no era la persona adecuada para mi. Él era muy posesivo y no dejaba que aflorara mi verdadera personalidad. Yo siempre había sido una persona alegre y sociable, pero desde que me casé con él me había convertido en un ser aislado y anónimo, incapaz de desarrollar mis múltiples habilidades y dar respuesta a mis inquietudes.

gato4Mi psicólogo no paraba también de repetírmelo, que tenía que ser yo misma para ser feliz, no una prolongación de mi pareja. Yo intentaba con todas mis fuerzas vivir mi vida, ser independiente, encontrar la felicidad, pero la existencia en común con aquel ser me incomodaba, me fastidiaba, me estrangulaba como persona. David no se comportaba como un verdadero marido, como un hombre, era como un mueble más de nuestra casa. La situación empeoró cuando mi padre cortó la financiación a nuestro restaurante y a nuestra empresa de decoración de interiores. Nos dijo que estaba harto de perder dinero, que ya teníamos bastante para vivir bien, incluso varias vidas seguidas. Entonces David dejó de trabajar y comenzó a pasar mucho tiempo en casa. Era insoportable tenerlo todo el día a mi lado, cortándome las alas. Llegué a odiarle. Me daban ganas de pegarle un puñetazo y romperle las gafas. Vivíamos como dos compañeros de piso mal avenidos, sólo nos hablábamos lo necesario para resolver las incidencias domésticas. Pero en las reuniones familiares y de amigos manteníamos el tipo, todo era perfecto, siempre con una sonrisa de felicidad dibujada en nuestras caras.

Pasamos varios años sin hacer el amor. Él ni me miraba cuando me paseaba desnuda por la habitación antes de acostarnos, como si fuera invisible. Empezó a darme asco, me metía al water todas las noches para llorar y vomitar. Comencé a pensar incluso en que él era homosexual, que se había casado conmigo por interés. No en vano, siempre fue un tío muy amanerado y, como dice mi amigo Pelayo, un tío con pluma sólo puede ser italiano o maricón, y mi marido había nacido en Alicante. Aunque, todo hay que decirlo, Pelayo siempre barría para su casa cuando se trata de intentar separarme de David, porque él me había dejado claro muchas veces que me deseaba desde que nos conocimos cuando éramos compañeros de trabajo en la compañía de seguros  de su padre. Pobre Pelayo.

Llegó el día en que no pude más. Le dije a David que le quería (una mentira piadosa, no había ni amor verdadero, ni cariño, ni nada) pero que tenía que vivir mi vida, que más que una pareja ya sólo éramos dos amigos (otra mentira, también piadosa, la amistad es otra cosa), y que nuestros caminos debían separarse. Lloramos abrazados, pero cuando yo ya daba la batalla por ganada va y me suelta que no quería marcharse, que lucharía por mi con todas sus fuerzas. Respondí que o se marchaba de casa o que me suicidaría, que al día siguiente, cuando regresara de tomarse el vermut de mediodía, me encontraría atiborrada de Prozac sobre la cama o en la bañera con las venas de los brazos cortadas a lo largo (a lo ancho es sólo pedir ayuda, según dice mi psicólogo). Tras varios días sin hablarnos y presionándole por fin cedió. Pensé una buena táctica para echarle de mi vida. Le dije a Pelayo que viniera a mi casa y que le diríamos a David que desde la semana siguiente dejase la habitación matrimonial para que durmiéramos juntos mi amigo y yo, que yo quería probar cosas nuevas. Dicho y hecho, fue un remedio con efecto inmediato: David cogió a los niños a la mañana siguiente, los montó llorando sobre sus sillitas en el asiento trasero del Cayenne y desaparecieron despacio rodando por las calles vacías entre las lomas de la urbanización. Solté un suspiro de alivio mientras veía el coche alejarse y desaparecer entre los chalets. Arranqué el cable del teléfono de la pared y apagué el móvil. Pasaron días de tremenda soledad y descanso, sólo enchufaba el móvil para hablar con Sara o con mi psicólogo. Pelayo vino a visitarme varias veces, pero no le abrí la puerta.

gato6Entonces conocí a Oscar. Aquel viernes yo paseaba sin rumbo por una plazoleta desierta de la urbanización, cuando vi la caja de cartón con su nombre escrito en un lateral. Me asomé dentro y allí estaba él, mirándome con sus ojos azules como platos. Maulló, salió de un salto de su madriguera y se me restregó por las piernas con su pelo pelirrojo erizado. Repitió la operación un par de veces de cabeza a rabo, como mecánicamente. Primero lo acaricié un rato, estaba limpio y suave, al menos aparentemente, y no pude resistir la tentación de cogerlo en brazos. Y ya no pude separarme más de él, me embrujó con su mirada y sus habilidades  sociales felinas. Me lo llevé a casa. Él tomó rápidamente posesión de todo. Recorrió el salón y la cocina, subió las escaleras e inspeccionó los dormitorios. Saqué de la nevera un poco de sushi que me había sobrado de la noche anterior, se lo puse en un platito y subí a buscarlo. Estaba en la buhardilla, se había tumbado sobre los pies de  una cama. Ronroneaba y mullía sus uñas sobre la colcha con los ojos cerrados, vi que era feliz, y yo sentí también, por primera vez, la felicidad plena. Me tumbé junto a él.

Abrió los ojos y me miró. Se levantó y se restregó contra mis pies. Yo abrí las piernas, y entonces él avanzó un par de pasos y comenzó a lamerme con su lengua de corcho. Sabía hacerlo muy bien, mucho mejor que David, desde luego, porque me produjo un placer que nunca había sentido. Pasaba esa especie de piedra pómez blanda por mi sexo hasta hacerme estremecer y de vez en cuando se adornaba con pequeños mordisquitos con aquellos dientecillos, que provocaban en mi un dolor placentero. Cuando notó que yo ya estaba satisfecha, paró y volvió a dormirse. Yo ni me moví, me quedé dormida como un cesto, hacía años que no conseguía conciliar el sueño sin tomar pastillas, pero aquella vez dormí y dormí sin necesidad de ninguna. Cada vez que me despertaba Oscar abría los ojos al instante, notaba como por instinto que yo volvía a necesitarle, y repetía su acción entre mis piernas. Sólo interrumpíamos nuestra placentera rutina cuando él maullaba, entonces yo entendía al instante lo que él quería, bajaba a la cocina y servía un par de platitos de sushi, uno para mi y otro para él. Lo comíamos juntos y volvíamos a acostarnos y a hacer el amor.

gato2Estuvimos así hasta el martes por la mañana. El tiempo se había detenido en nuestra casa, la vida pasaba a nuestro lado como si la mierda del resto del mundo no nos importase absolutamente nada. Estaba acariciándole el cuello cuando detrás de una oreja le descubrí un bultito. Era una garrapata. Me vestí corriendo y bajamos al garaje. Cogimos mi Mini y pusimos rumbo a la clínica veterinaria de la urbanización de la lado, la que yo había visto al pasar cuando iba al Hypercor junto a la salida de la autopista. “24 horas, 365 días al año abiertos para su mascota”, recordaba que ponía en aquel cartel. Aparcamos en la puerta, la zona estaba desierta, sin un coche ni ninguna persona a la vista por ninguna parte, todos estaban metidos  en sus garajes o chalets respectivos. Me bajé con Óscar en brazos. Nos recibió una chica vestida con una especie de pijama azul y cara inexpresiva de atontada. Pasamos los tres a una especie de salita con una camilla en el centro. Ella comenzó a manosear con torpeza a Oscar, como con desgana, cosa que no me gustó nada, pero al gato sí parecía agradarle, se restregaba en su mano.

- Pues sí, aquí está, es una garrapata, y bien gorda. ¿Cómo se llama?
- Conchi Gotor.
- No digo usted, digo esta preciosidad.
- Ah, vale.... Óscar.
- ¿Óscar?
- Sí, Óscar....
- Lo pregunto porque es una gata....


Halley

Hacía muy poco que nos había salido pelo en los huevos, a algunos ni eso. En el año 1986 el cometa Halley hizo su periódica visita de rigor a la tierra. El sol de primavera comenzaba a lucir entre la contaminación de Madrid y las margaritas empezaban a brotar en la Dehesa de la Villa, pero a nosotros éso nos la traía bastante floja. Nuestros padres creían que éramos chicos sanos, que nos gustaba ir de acampada a los bosques para respirar aire puro. Ninguno habíamos militado en los Boy Scouts, ni en la OJE, ni en ningún movimiento nacional socialista de sodomitas parecido, y sentíamos un asco atávico, casi visceral, por todos ellos, por cualquier uniforme o símbolo de autoridad. Nos sentábamos en un banco en la calle y dejábamos pasar las horas hasta que se extinguían los días y los años. Parecía que el tiempo pasaba lento, muy despacio, que era eterno, pero en realidad aquellos pantanos estancados de existencia, aquellos días interminables, no fueron más que una micra de tiempo perdido dentro de la inmensidad de la mierda cósmica.

Fuimos a la antigua estación de autobuses de Palos de la Frontera a sacar los billetes para tomar rumbo hacia la sierra de Gredos. Esperamos una larga cola de pié sobre aquellos sucios pasillos donde había que defenderse como uno podía de los yonquis pedigüeños y de los malotes de ciudad. Teníamos el dinero justo y había que protegerlo a toda costa de aquel ejército de zombis que por la noche dormían recostados sobre cartones y a los que el humo de los autocares protegía del frío. Finalmente, conseguimos sacar aquellos pasaportes hacia la bucólica naturaleza. Despues, cogimos el Metro y todo quisqui se retiró a su casa a velar armas. Aquel viernes nos habían dado las vacaciones de semana santa y el sábado, a las nueve en punto de la mañana, nuestro pequeño y sucio ejército partiría camino de su peculiar guerra hacia el pueblo serrano de Piedralabes. Costó dormirse, daba miedo, escalofríos, sólo de pensar que ibas a pasar unos días en compañía de aquel grupo de personas jóvenes tan irresponsables y con tan temprana tendencia hacia las adicciones y la violencia omnímoda.

Me desperté tremprano, ansioso y excitado, y a los cinco minutos sonó el telefonillo con un largo y ensordecedor pitido. El Ramiro siempre llamaba así de fuerte, el hijo de puta. Ese espécimen era  extremadamente delgado y más bajo que yo. Tenía un problema glandular: su cuerpo segregaba poca testosterona porque sus testículos no se habían desarrollado bien. Lo compensaba con una mala leche muy superior a la todo el resto de la humanidad junta. El escuadrón de la muerte venía a buscarme. Bajé con mi macuto cutre casi tronchándome el espinazo. Echamos a andar en silencio, como famélica legión. Parecíamos la santa compaña camino de San Andrés de Teixido. Cogimos el metro en Estrecho, todos con cara de sueño y de mala hostia. En media hora llegamos a la estación y nos subimos al traqueteante autobús. El trayecto no fue largo, pero sí algo desagradable. Aquel troncomóvil olía a sobaco, a viejos asientos de sky y a los pedos que se tiraba sin rubor el Vicente. Nada más bajarnos en el pueblo, pusimos pasta entre todos y compramos tres cajas de litros de Mahou, que cargamos al hombro como si fuesen munición para una batalla, para resistir un largo asedio. Subimos por aquellos dos kilómetros de carretera empinada y llegamos a un enorme pinar donde plantamos las dos tiendas canadienses de cuatro plazas. En una dormiríamos los cinco que menos espacio ocupábamos. La cremallera de la puerta de aquel masificado habitáculo estaba rota por abajo, y al Ricardo, elegido por aclamación popultar para tal fin, iba a tocarle planchar la oreja junto a aquella ventilación natural sufriendo las inclemencias del relente sobre los riñones. Pensábamos que el Ricar era gilipollas porque pasaba absolutamente de todo lo divino y lo humano, sólo sabía reír, beber y hacer posturas mariconas de Taekwondo, arte marcial de la que era un experto. A su lado dormiría "el muñeco", de cuya condición sexual siempre habíamos dudado. Era un niño pera al que se le había muerto la madre de pequeño y a quien su familia había criado entre algodones y cariñitos, como si se fuese a romper. Le compraban todos los juguetes que deseaba y la ropa de marca. Íbamos a su casa más por su enorme Scalextric que por su compañía. Se llevó al campo, para fardar, su camiseta Adidas de la selección alemana. El Vicente se la quitó, se limpió con ella los granos de su repugnante cara manchados de fabada, y se la pasó por su maloliente y gaseosa entrepierna para vejar el orgullo del mimado Muñeco.

La alineación completa: Ramiro, el Pato, el Muñeco, el Vicente, David “el loco”, el Trapo, David “el gordo”, el Ricardo y un servidor. Habíamos comprado latas de fabada Litoral y magro de cerdo Apis suficientes para alimentar al sexto ejército del general Paulus. Nuestros macutos iban llenos de ropa cutre, zapatillas, botas de militroncho y armas blancas. Yo lucía en mi cinturón un cuchillo de monte de mi padre de más de un palmo de largo, y en el bolsillo un puñal mi abuelo con cachas rojas de los que llevan una hendidura en el filo para que entre aire en la herida de tu víctima. Pero la joya de la corona de nuestros cuchillos era el machete estilo Rambo que le habían regalado al Loco, afilado por las dos caras, que cortaba incluso el filo de un papel como si fuese chorizo. Al David le encantaba lanzarlo sobre cualquier tronco que se encontrase a su paso, tenía una gran habilidad clavándolo a distancia, y decía que soñaba con clavarlo algún día sobre un ser humano, y sabíamos que no mentía. Su hermano mayor, el Trapo, tenía fundado miedo de sus arrebatos violentos. Era más gracioso y simpático que su brother, también más débil, y no hacía más que recibir cada vez que había pelea fraticida. El Trapo era, además, un maestro jugando al fútbol, todo lo contrario que El Vicente, pero éste suplía su falta de habilidad deportiva con una fuerza y una elasticidad innatas, inversamente proporcionales a su escaso cerebro. El Vicente no se hablaba con su padre hacía años porque había caneado a su madre. Había mamado violencia. Nada más llegar al monte se hizo con una rama gorda de árbol que blandía ante nosotros amenazador. Más de uno se llevó aquellos días un gratuito palo en el lomo con aquella vara aunque, muy en el fondo, era su forma de demostrar cariño. Nadie se atrevía a acercarse a él, porque, además, daba asco que nos pusiera la mano encima por el tremendo acné que le agujereaba la cara y que nunca acababa de supurarle. El médico le había ordenado no comer chocolate, ni azúcar, para evitar la tendencia de su piel a formar granos de pus. Pero bastaba que alguien le prohibiera algo para que él lo deseara con más fuerza. Todas las tardes se escapaba de casa y se compraba un cuerno y una palmera de chocolate, que devoraba desafiante, como un león su presa, ante nuestras hambrientas miradas, sin dejarnos catar ni un trozo. Su cara parecía un mapa en tres dimensiones de los Cárpatos, y su espalda tenía más cráteres sobre su superficie que la cara oculta de la luna.

Nuestro equipo era el campeón del distrito bebiendo. El Ramiro se dejó, después de una de las borracheras, sus zapatillas Yumas fuera de la tienda. Llovió a cántaros aquella madrugada y esas playeras de “marca”, las de los domingos, se le calaron. No consiguió que se secaran en toda la semana y, desde entonces, sólo pudo calzarse unas Boomerang rotas de su hermano, lo único que había traído de repuesto, que le estaban dos números grandes. La tarde del lunes de pascua salimos a recoger leña para hacer la enorme fogata que prendíamos todas las noches, y yo metí mi pié izquierdo en un lodazal junto al río. Mis J´Hayber quedaron inservibles durante el resto de la expedición. Luis “el pato” tenía unos pies enormes, calzaba un cuarenta y cinco. Era una nulidad total y absoluta para practicar cualquier deporte, no tenía manos sino muñones y especulábamos que entre los dedos de sus pies crecían membranas, porque el cabrón nadaba más rápido que un salmón noruego. También le llamábamos “el mofeta”, porque su ropa olía siempre fatal. El Vicente decía también de él que era maricón. Nunca se cayeron bien, mutuamente. El Pato era tan buena gente que incluso daba asco el punto de cordura que aportaba al grupo, desentonaba entre tanto cafre carente de ética y sesera.

halley2Por las noches hacíamos expediciones al pueblo. Frecuentábamos “La Bode”, un bar donde exponían una oferta irresistible: dos jarras de moscatel al precio de una. Consumíamos aquel líquido dulzón del demonio hasta que no podíamos más y retornábamos a la zona de acampada haciendo eses por la cuesta arriba. Una noche, David “el gordo” quedó en coma etílico sobre el cauce del río y durmió la mona sin chaqueta sobre las piedras de la orilla. Horas más tarde despertó empapado y congelado. Nadie había reparado en su falta. Tuvo fiebre durante los dos días siguientes, pero se curó mezclando aspirinas del botiquín que había traído el Pato con abundante cerveza. Nos acostábamos al alba, cuando la hoguera de cada noche se extinguía, y nos levantábamos cuando la tremenda resaca nos lo permitía, al mediodía. Aquella mañana de jueves santo el Ramiro, el Vicente y yo nos despertamos más pronto. Abrimos una lata de magro de cerdo y nos la desayunamos acompañada de una tableta de chocolate de emergencia que yo había escondido en un bolsillo oculto de mi macuto. A lo lejos vimos aparecer, como en una alucinación colectiva, al padre del Muñeco y a su hermana mayor, que venían a hacernos una visita de cortesía para ver qué tal iban nuestros ejercicios espirituales campestres. Al ver nuestro poco aliñado aspecto, nuestros ojos colorados y nuestras caras amarillentas a causa de las repetidas intoxicaciones etílicas, quedaron impactados. Nos saludaron mirándonos como si fuéramos animales del zoo de la Casa de Campo, y preguntaron dónde estaba Marcos, “el Muñeco”. De repente, la cremallera de una de las tiendas se abrió y reptando a cuatro patas apareció el interfecto. Al escuchar la familiar voz de su hermana intentó ponerse en pié, pero su cabeza daba demasiadas vueltas, cayó al suelo con estruendo y de su boca, como un torrente, salió un líquido espeso mezcla de moscatel, cerveza y judías pintas. El Muñeco se excusó antes su familiares diciendo que algo le había sentado mal en la cena. Le creyeron, como siempre. El Trapo, el Loco y el Gordo aun se retorcían bajo un coma inducido en el interior de su tienda cuando la visita se largó. El Vicente apagó un cigarro sobre el doble techo para que respiraran mejor, y luego se tiró un pedo por el agujero.

Aquella noche llegó un montón de gente a acampar al pinar. Todos los viernes santos muchos jóvenes cachorros tenían por costumbre marcharse de sus chozas de la gran ciudad a la sierra de Gredos, para disfrutar de las drogas y el alcohol en un entorno natural . El Vicente conocía bien al tipo que plantaba siempre por aquellas fechas su campamento sobre una pequeña meseta a la izquierda del camino. En el macuto de aquel hombre se encontraba el nuevo objeto de deseo del Vicen, su recién descubierta pasión: el hachís culero marroquí. Habíamos puesto cada uno cuatrocientas pesetas para sufragar sabrosos blandos estupefacientes para todos. El Vicente fue el encargado, por iniciativa y mandato propios, para entrevistarse con el cutre dealer campestre. Le esperamos tres horas bebiendo cerveza caliente, tardaba más de la cuenta, demasiado. Se excusó diciéndo que le habían invitado a unos porros de propina por ser buen cliente. Regresó con los ojos inyectados en sangre y hasta las espinillas le habían cambiado de color del rojo al amarillento. Cogió un litro de birra y se lo bebió de un trago. Después dijo que se iba a cagar. Era un gran cagón, lo hacía tres veces al día. No apareció hasta la mañana siguiente. Al calor de la lumbre deseábamos que el Vicente se muriera en la profundidad del bosque y que su cuerpo fuese devorado por las alimañas. Cuando volvió se había fumado todo nuestro presupuesto para drogas él sólo, con nocturnidad y alevosía. Casi no se tenía en pié, parecía alucinado, más de lo habitual. Comenzamos a odiarle todos al unísono. El Loco dijo que le iba a matar. Nos fuimos a dar un paseo por el monte a mascullar nuestra inquina. Incitamos al Loco a la venganza. El Ramiro decía que prendiésemos fuego a la tienda mientras el Vicen dormía dentro. El Loco era el único con suficientes músculos, cojones e idiocia para enfrentarse a aquella mole de sebo y estupidez.

El Vicente y el Loco eran los más fuertes de la cuadrilla. Parecían, aparentemente, amigos, pero se tenían tremenda tiña en el fondo, como todos los humanos los unos a los otros. Regresamos al campamento. El majara del grupo despertó al Vicen de su sueño de gloria y hachís zarandeando la tienda de campaña. El Vicente se levantó atontado y, en cuanto asomó la jeta, nuestro querido Loco se abalanzó sobre él llamándole de hijo de puta para arriba y asegurando que le iba a rajar. Rodaron por el suelo agarrados como dos cerdos salvajes en pleno apareamiento. Los mirábamos alucinados y espectantes, queríamos ver sangre. Los habitantes de las tiendas aledañas no daban crédito a lo que estaban viendo, pero ni se atrevían a acercarse ante aquel duelo de puercos titanes. Tras atizarle una hostia en plena cara, por fin el David consiguió inmovilizar al Vicen en el suelo. De repente, agarró el machete de Rambo que llevaba al cinto, lo sacó de su funda y alzo su mano armada para tomar impulso. Cuando fue a lanzar la cuchillada sobre la cara del Vicente contuvimos la respiración por un instante. El agredido cerró los ojos esperando la muerte, pero el cuchillo se hundió en la tierra varios centímetros a la derecha de su cabeza en vez de en su rostro. A continuación, el Loco lo desenclavó, lo volvió a alzar y, cuando esperábamos otro ataque feroz, lo lanzó contra unos matorrales con todas sus fuerzas. Entonces se levantó de encima de su presa y se largó corriendo monte arriba espetando tremendos alaridos. “Mi hermano es gilipollas”, dijo el Trapo. “Y un maricón”, añadió el Ramiro.

halley3Al anochecer subí junto con el Trapo, el Ramiro, el Luis y David “el gordo” a un montículo sin árboles desde el que se divisaba todo el valle. El Trapo llevaba unos prismáticos legados por su difunto padre. Hacía una noche sin nubes y la luna creo recordar que se encontraba en cuarto menguante. Nos tumbamos en el suelo y fuimos pasándonos los prismáticos unos a otros apuntando hacia donde se encontraba el cometa. Se veía en el firmamento como una pulga con una pequeña cola blanca. El Halley era mucho ruido y pocas nueces, no nos explicábamos cómo semejante mierda de cometa había podido inspirar a tantos artistas y profetas del Apocalipsis, todos los fanáticos de la astronomía y la astrología se podían ir a tomar por el culo. Hacía frío esa noche en aquel monte perdido. David “el gordo” se había bebido los cuatro últimos litros que nos quedaban y dormía semiinconsciente al calor de su incipiente alcoholismo, un deporte que con los años ha llegado a dominar como un maestro. El Ramiro propuso que le dejásemos allí abandonado a ver si se moría de puta una vez de una pulmonía. El Ramiro tenía los huevos pequeños, pero muy mala follá. Ese domingo, como cada año, Dios resucitó de entre los muertos, o al menos eso cuentan. Y el lunes por la mañana regresamos todos, sanos y salvos, a nuestros domicilios. Ayer, desde mi ventana, pude ver al Trapo, a David “el loco” y a David “el gordo” tomando cañas en el bar de enfrente. El cometa Halley volverá a cruzarse con la Tierra en el año 2061.

<<El tiempo es decidido,
no suena su campana,
se acrecienta, camina
por dentro de nosotros,
aparece
como un agua profunda
en la mirada
y junto a las castañas
quemadas de tus ojos
una brizna, la huella
de un minúsculo rio,
una estrellita seca
ascendiendo a tu boca.>>
Neftalí Reyes.

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