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Rock this town

No recuerdo qué día de la semana era, sólo que fue a principios de abril. Me despertó el insufrible timbre del teléfono a la una del mediodía. Salté de la cama con la boca seca como una alpargata vieja; la cabeza me daba vueltas como si viajara en una máquina centrifugadora del tiempo y casi me caigo al suelo a causa de un repentino mareo. Ataviado sólo con unos raídos gayumbos del Alcampo muy poco a la moda salí al pasillo y descolgué aquel teléfono que echaba chispas. Al otro lado del auricular una nerviosa voz, rasposa y jadeante, esperaba con ansiedad mi respuesta:

- Síiiiiiii????????????….
- Hola tío, ¿has leído el periódico? Se ha muerto Kurt Cobain. Tío, me he quedado helado cuando lo he leído, dicen que se ha suicidado, que se ha pegado un tiro, no me lo puedo creer tío…
- Pues creételo, coño, pero no hables tan a gritos o me desmayaré…
- Me he quedado helado tío, helado…
- Pues deshiélate. Joder, yo estoy hecho una puta braga, me voy a morir también, como el Kurt, vaya jodida resaca que tengo, cago en Dios…
- Si potas hazlo para otro lado, no me manches. ¿Estuviste ayer con el cabrón del Cule?
- Sí, al salir de clase. Menos mal que tú te fuiste a buscar a Mamen, hiciste buena elección para tu salud. Estuvimos hasta las cuatro y media por los bares de Moncloa, de lo sucedido después tengo una nebulosa mental y acabo de despertarme en mi cama, no sé cómo coño he llegado hasta aquí, pero de algún modo regresé a mi puta casa…Pufff, tengo unas ganas de potar tremendas, me he contenido de hacer el volcán en la cama varias veces…
-Joder, qué puto asco das, ¿Y El Cule?
- Pues no sé, tío, en algún momento de la noche el hijo de puta despareció, como hace siempre, creo que cogió un taxi que pasaba y me dejó despidiéndose a la francesa.
- Pues yo le he llamado a su casa y no ha aparecido todavía.
- No te preocupes, hoy curraba, seguro que cuando me dejó se marchó al puticlub y luego ha empalmado con el trabajo, se iría directamente al bar sin pasar por su puta casa, ya sabes cómo es el cabrón.
- No creo que las negras le hayan dejado quedarse más que una hora en la cama, hora y cuarto como mucho, a esa hora están petadas de clientela y al bar no entra hasta las ocho.
- Pues habrá hecho tiempo por la calle, no sé.
- Espero que aparezca hoy por clase, tiene que traerme el trabajo que le dejé de Gótico y mañana es la fecha límite para entregárselo a la puta de La Coja, me cago en la puta madre que la parió.
- Si no se lo damos mañana no creo que ya nos lo coja la puta Coja, nos tiene un asco que no nos puede ni ver. Jeje, espero que el Cule no lo haya copiado al pié de la letra, como hace siempre, porque como note que son iguales el tuyo y el suyo te veo en septiembre o matriculándotela otra vez el año que viene.
- No me fío de ese cabrón, es capaz de todo, luego sube al despacho de la tía como otras veces y se pone a llorar pidiendo y yo me tengo que aguantar la puta risa en su cara. Y el hijo de puta sale partiéndose el rabo porque le han creído las súplicas y se fuma un porro tan campante, pero a mí me hace pasar el acojone por su culpa como siempre. Hijo de puta.


El Cule, el Míguel y yo compartíamos equipo de fútbol en la liga de la universidad, Los Mascarrajas. El Cule era un enano cabrón con gran toque de balón, un experto en el uno contra uno. Yo ostentaba el record de expulsión más rápida en la historia del torneo. En un duelo contra nuestros eternos rivales, Los Discípulos de Sodoma, tras el saque de centro inicial  recibí el balón y un bigardo garrulo de aquella infame escuadra futbolera intentó quitármelo dándome una patada. El esférico salió fuera de banda. Efectué el saque manual entregándole el balón a sus pies, me miró sorprendido ante tal regalo, pero tras recibirlo me abalancé sobre él a ras de suelo y lo derribé con un barrido estilo Bruce Lee en “El furor del dragón”. Sólo habían transcurrido treinta segundos de juego. El árbitro me expulsó y salió corriendo del campo. El Cule salió tras él pero no pudo darle caza. El tipo al que yo había lesionado se retorcía sobre el suelo, mientras a uno de sus compañeros otros tres tíos le sujetaban como niñas para que no intentase partirme la cara. Aquel campeonato conseguimos clasificarnos entre los cuatro primeros para jugar el play-off final. En la primera eliminatoria quedamos emparejados con el equipo de los chicos que dirigían el club deportivo de nuestra facultad. Nos frotamos las manos, demasiado bonito para ser cierto, nos caían como el puto culo, teníamos unas ganas tremendas de matarlos. Eran las tres de la tarde de un jueves del mes de mayo, y saltamos a la cancha como barracudas oliendo la sangre de una presa. Las primeras dos entradas fueron asesinas. A los cinco minutos El Miguel marcó un golazo desde fuera del área y lo celebramos haciendo gestos obscenos con nuestras entrepiernas a los suplentes del equipo contrario. Faltando tres minutos para el descanso El Cule se enciscó con uno que le había robado el balón, le persiguió por la banda y le pegó una hostia tremenda por detrás haciéndole añicos el peroné. El chaval estuvo tres meses escayolado. El Cule fue expulsado, tuvimos que sujetarle entre cuatro para que no currase al árbitro y en la segunda parte nos metieron cinco chicharros como cinco putos soles. Se nos quedó cara de gilipollas y esa noche nadie folló con ninguna animadora, en realidad no teníamos animadoras.

Nuestras existencias mundanas no eran edificantes. Vivíamos la mitad del tiempo en el bar de la Facultad y durante la otra mitad de nuestro periodo de formación  universitaria era preferible que no entrásemos a clase, porque dentro no parábamos de hablar, de molestar y de amenazar de muerte a los alumnos que se sentaban en las primeras filas cuando nos chistaban para que callásemos las sucias bocas. Nadie que no fuera de nuestro grupito era capaz de mirarnos a la cara, ya fuera por miedo o por puro asco. Sorprendentemente no suspendí ningún examen durante los cinco años que permanecí en aquel lugar, con el mérito añadido de que nunca estudié más de diez minutos seguidos ninguna asignatura; era una carrera de mentira, inventada para tenernos ocupados un rato, para que las niñas listas se hicieran las sensibles y con el mísero objetivo de que algunos estudiosos de la nada ganasen un alto jornal. Asistíamos a clase borrachos o fumados, nos reíamos a carcajadas en sus caras y no eran capaces ni de afearnos la conducta. En el fondo, el resto de alumnos y profesores eran tan patéticos como nosotros mismos; aunque de forma diferente, todos éramos la misma masa mierdera de chulos y pedantes.

Al Cule le quedaban tres asignaturas para terminar la puta carrera. Como no estudiaba absolutamente nada, tenía el cerebro de mosquito y consumía más alcohol y drogas que los cinco Rolling Stones juntos, parecía imposible que fuera capaz de licenciarse. A Latín de primero, en la que ya iba por la quinta convocatoria, me presenté por él. Sudé mucho durante aquellas dos horas haciendo un examen entre un grupo de personas que sabían perfectamente que yo estaba cometiendo un delito de suplantación de personalidad; me observaban de reojo, pero nadie dijo esta boca es mía. Al segundo parcial de Románico, la única asignatura en la que una vez iniciado el examen no te dejaban a la gente salir del aula hasta que finalizase y te miraban el DNI, El Cule acudió con un auricular colocado bajo las greñas de la oreja derecha mientras nosotros, escondidos en el Citröen AX  del Miguel al otro lado de la ventana, le dictábamos las respuestas mediante un Walkie Talkie. Tras todos aquellos desaguisados a tan inútil personaje sólo le quedaba un obstáculo para concluir la licenciatura: la asignatura de Estética, impartida por el malparido y caradura catedrático Chueca Cromales. El Cule volvió a jugar con fuego al no mirarse los apuntes ni por el forro antes del examen, y en la lista final su calificación fue de un cuatro pelado, suspenso en toda regla. El día de la revisión subimos los tres a la planta 11, donde se encontraba su despacho del señor Chueca. Yo me quedé fuera mirando por una ventana desde la que se divisaba la sierra de Madrid, refulgente desde aquellas alturas de Cuidad Universitaria. A la izquierda, se podía ver también el Palacio de la Moncloa, donde por aquel entonces Felipe González se dedicaba jugar al billar con sus amigotes, a plantar bonsáis y a hundir al país en la crisis económica de principios de los noventa. El Miguel y El Cule salieron al cuarto de hora del despacho. El interfecto suspendedor se limpiaba los ojos, empapados por el llanto, con un pañuelo de tela sobre el que se dibujaban sus iniciales en letras mayúsculas: JC. Mediante el típico gesto de golpearse el canto de una mano con la palma de la otra me encomendaron a darnos el piro. Nos encaminamos a las escaleras y, en pleno descenso desde las alturas del edificio “Caja de cerillas”, comenzaron a partirse el culo de risa. El Míguel relataba jocoso: “tío, qué historia le ha contado al Chueca. El hijo de puta le ha dicho que para presentarse a las oposiciones para Policía Nacional tenía que tener hasta tercero de la licenciatura, que para ello sólo le faltaba por aprobar su asignatura, que aquel suspenso le iba a joder la vida y que sus padres le iban a matar, incluso ha insinuado que iba a suicidarse, que había comprado cinco cajas de Optalidones para tragárselos todos mezclados con whisky. ¿Cómo se puede tener tanto morro? De repente el cabrón se ha puesto a llorar como una magdalena y el tipo le ha dicho que no se preocupara, que le subía la nota a un cinco, que estuviera tranquilo, increíble…” . Increíble pero cierto. Aquel tipo subhumano, el que poco tiempo más tarde fue nombrado por el consejo de ministros director del Museo del Prado, ese gordo sapientísimo con cara de estreñido cuyas clases sonaban a puro paripé y a absoluta tomadura de pelo colectiva, aquella bola de sebo escondía debajo de su capa insulsa superficial  a una buena persona (al mismo tiempo que a un crédulo gilipollas). Llegamos al bar y El Cule se prestó a invitar. Al rato llegó nuestro amigo Nacho Capillas, apodado “Norm Petterson” a causa de su incipiente alcoholismo. Nos bebimos cinco minis para celebrarlo y Norm se quedó después con otra gente para beberse tres o cuatro más. Hace un par de años me enteré que Norm había muerto de un ataque al corazón corriendo la San Silvestre Vallecana.

Kurt Cobain se había pegado dos tiros para no tener que soportar nunca más a la zorra hija de la gran puta de Courtney Love. Fue una decisión a todas luces acertada. El Míguel se hacía pajas viendo el video en el que la viuda de Cobain cantaba “Celebrity skin” mientras se sacaba las tetas del vestido. El Cule siguió trabajando en el bar de su cuñado y frecuentando en compañía de su colega El Samba el puticlub de las negras, que luego fueron sustituídas por ecuatorianas pasadas de kilos en las nalgas y finalmente por chinas enanas amarillentas. El Míguel estuvo saliendo cuatro años con Mamen y lo dejaron después de que él se enteró que ella se estaba trajinando al mismo tiempo a un profesor y a varios alumnos de la facultad de filosofía. El Cule se parecía a Lee Rocker, ahora está calvo. A principios del siglo XXI montó un bar a medias con El Samba, pero a los seis meses dio de quiebra  porque ambos metían mano a la caja; tuvo que volver a currar, con las orejas gachas, en el garito de su cuñado. El Míguel conduce desde hace lustros un taxi a medias con otro tipo, explota la noche de los viernes y el resto de semana las mañanas; libra los miércoles, durante los que pilota el pelas de un viejo que ese día acude a diálisis.

- Te voy a dejar tío, la cabeza me da vueltas. ¿Te vas a pasar luego a la salida por el bar?
– No lo sé tío, igual un rato si me escapo de la clase de La Coja. Pero luego he quedado con Mamen, mis padres están en Galicia y hay que aprovechar…
- pa folgar…
- Uno que puede…Ten cuidado no manches de devuelto toda la alfombra de tu madre como el otro día, jeje.
- Que te den por el miguelito, Miguelito…(clonc, pi, pi, pi, pi)

………………………………………………………………………….

<<Brandy oxidado en un vaso de diamante.
Todo parece estar hecho de sueños.
El tiempo está hecho de miel, poco a poco, dulcemente.
Tan sólo los tontos saben qué significa.
Tentación, tentación, tentación.
Oh, tentación, tentación. No puedo resistirlo.
Sé que ella está hecha de humo.
Pero he perdido  mi camino.
Sabe que estoy sin un duro.
Así que tengo que jugar.
Tentación, tentación, tentación.
Oh, tentación, tentación. No puedo resistirlo.
Rosa holandés y azul italiano.
Está esperándote allí.
Mi voluntad ha desaparecido.
Ahora mi confusión, está muy clara.
Tentación, tentación, tentación.
Ohhh, tentación, tentación.
No puedo resistirlo.>> (Tom Waits)


Mi hermano

Soñé que me sentaba a la mesa con una familia numerosa. Todos estaban en silencio delante de los platos, esperando al padre. Cuando llegó el cabeza de familia, me sentaron a su lado y hasta que él no comenzó a comer nadie probó bocado. Tomamos los alimentos sin decir nada, sólo se escuchaban los sonidos de sorber y masticar. El padre era un hombre muy serio y olía a sudor, y parecía que me protegía de ellos. Creo que era una familia de mineros, tenían las caras manchadas de hollín o grasa. La casa estaba sucia, era oscura y lúgubre, con las paredes de piedra basta y sin ventanas. Al terminar la cena hicimos todos el amor.

hermano66Me despertaron unos rayos de sol colándose por una rendija de la persiana. Alargué el brazo y noté que David no estaba a mi lado. Abrí los ojos poco a poco. Me di la vuelta y me desperecé. Me levanté, estaba completamente desnuda. Abrí la persiana. Estaba sola, y como mareada. El vestido de novia estaba allí preparado, en el fondo del vestidor. Sobre la mesilla habíamos dejado unas copas y una botella de Möet, un preservativo usado, unos Kleenex arrugados y David había escrito una nota que decía: “vuelvo enseguida...”. Tiré todo a la papelera del baño. Me miré en el espejo. Tenía unas tremendas ojeras. Me encontraba como aturdida. Abrí el bote de crema y me la esparcí por la cara dándome un masaje.

Miré el Iphone. Eran ya las once de la mañana. ¿Cómo había podido dormir tanto? Me dolía un poco la cabeza, como cuando mezclo Prozac y alcohol. Me puse la camiseta de hombreras de los Detroit Pistons, una braga culotte y salí de la habitación. No se oía ningún ruido. Era raro, ya era tarde y no quedaba mucho rato, teníamos que estar en el juzgado a las seis. Subí al piso de arriba, pero en la habitación de los niños no había ni rastro de Tarik ni de Hassan. Tampoco se escuchaba a la chica de servicio, que siempre daba el coñazo por las mañanas, pero no, no estaba. Subí al ático y me asomé a la terraza. El día era gris y plomizo. La urbanización respiraba la misma fría tranquilidad de siempre vista desde las alturas, una calma sólo rota por el leve rumor del motor de algún coche que entraba o salía de algún garaje. A lo lejos, sobre el cielo del centro de la ciudad, podía verse una especie de extraña espiral de humo ascendiendo al cielo entre el resto de la contaminación.

hermano8Bajé a la cocina. Mientras la máquinita de café me preparaba un capuccino miré a través de la cristalera del jardín de atrás. La hierba estaba toda mojada, el día era gélido, ese invierno estaba siendo uno de los más fríos que se recordaban en nuestra zona. Allí fuera estaba nuestro perro. Me miró con cara alegre y movió el rabo. Vino hacia la puerta con andares cansinos. Abrí y le acaricié. Nuestro precioso labrador cruzado con retriever, siempre con su cabecita tan suave y su cara lastimera. Un perro precioso, siempre compramos labradores porque son bonitos, serviciales y listísimos. Me empujó con la cabeza sobre las piernas para que le dejara pasar adentro, pero yo no quería. “No, Óscar, los perros tienen que vivir en el jardín, en la casa ensucian, los perritos en el Jardín, a tu caseta, cariño”, le dije mientras cerraba la puerta contra su cuerpo sin hacerle daño pero con firmeza. Se quedó allí inmóvil, mirándome a los ojos a través del cristal con carita de pena. Después se dio la vuelta y, cuando casi había llegado a su preciosa caseta, se agachó y comenzó defecar. Cuando terminó, se giró sobre sí mismo, olió la caca y empezó a lamerla. Me dio una arcada. Miré para otro lado.

Agarré el mando a distancia y encendí la tele de la cocina. Lo primero que escupió la pantalla fue el informativo de Telecinco. Imágenes de caóticas y rótulos rimbombantes, imágenes en movimiento, acontecimientos importantísimos sin duda. Los presentadores parecían muy alterados, intentaban poner caras serias, las imágenes daban alguna noticia trágica y violenta. Subí el volumen.

hermano2“....el individuo, descrito por los testigos como un varón de metro setenta y cinco y de unos sesenta años, ha entrado en el vagón de metro y a continuación ha ido disparando a quemarropa a todos los que estaban haciendo algo con el móvil, ya fuera hablando, chateando o escuchando música con los cascos. Todo ha sido muy rápido y no han tenido tiempo de reaccionar. Les ha disparado en la cara con una escopeta de caza que ha sacado de una bolsa de raquetas de tenis. Sólo ha habido dos supervivientes en el vagón, curiosamente los únicos que no portaban móvil, los cuales han relatado con horror la escalofriante escena. A continuación, el asesino ha abandonado el suburbano a la carrera, ha sido grabado por varias cámaras de seguridad en su huída. Unos veinte minutos después, parece ser que el mismo individuo ha entrado en la cafetería Starbucks del centro que citamos en la anterior intervención en directo. Iba acompañado por dos niños, dos pequeños con aspecto de magrebíes. Ha pedido dos cafés con leche descafeinados y dos Donuts para ellos, los ha dejado sentados y se ha marchado. Un empleado ecuatoriano de la cafetería, en estado de shock, nos ha relatado todo lo sucedido bañado en lágrimas. Cuando el camarero ha salido del local a sacar un unas cajas con basura ha mirado para atrás y ha podido ver a lo lejos cómo los dos niños, que tomaban café al lado de la cristalera del escaparate, han hecho explosión llevándose por delante todo el local, que ha saltado hecho añicos. Todo apunta a que el asesino habría sacrificado a sus hijos mediante algún tipo de explosivo adherido al cuerpo. Se sospecha que el terrorista islámico pueda haber sido también responsable del asesinato del director de cine David Rodríguez, al que un desconocido esta mañana ha disparado en la cara con una escopeta de caza cuando éste se disponía a salir de su portal. Fuentes de la policía nacional han señalado que los cartuchos utilizados en el atentado del metro y en el asesinato del cineasta coinciden en el calibre de los perdigones y en la marca, “La Perdiz”, que son los utilizados habitualmente por los aficionados al tiro de pichón...”.

Estaba paralizada y horrorizada. Tenía ganas de vomitar, y de gritar, pero no podía articular palabra. Cogí el teléfono fijo de la cocina. En el primer intento de marcar se me cayó al suelo. Quise marcar el 091, pero me equivoqué con los nervios y le di al dos, 092.

- Policía municipal, dígame.
- Hola, tengo que darles un aviso urgente....
- Si hace el favor, señora, estamos ahora mismo en situación de alerta, si no es algo muy muy importante le agradecería que llamara más tarde, estamos en plena emergencia generalizada...
- Es muy urgente, POR FAVOR, precisamente es por eso.
- Dígame su nombre y apellidos completos, por favor...
- Conchi Fernández de Córdoba y Salgado.
- Y bien... ¿Qué sucede? Dígame.
- QUE SÉ QUIÉN ES EL AUTOR DE LOS ATENTADOS DE ESTA MAÑANA....
- Por favor...., no se ande con bromas ni con chorradas, señora, éso es algo muy serio, y ya hemos recibido unas cuantas llamadas absurdas como la suya, como comprenderá...
- LE DIGO QUE SÉ QUIÉN ES....
- Tranquilícese y no grite, por favor. ¿Se refiere a los atentados del centro?
- SÍ, CLARO, obviamente, joder....
- Deme nombre y apellidos del sospechoso, por favor.
- No, sospechoso no, es el asesino, estoy segura, David Fernández de Córdoba y Salgado, por favor hagan algo urgentemente porque...
- ¿Es su hermano?
- No, es mi marido... mi pareja, digamos.... POR FAVOR.....
- Tranquilícese, bufffff. ¿Cómo sabe que es él? ¿Su marido es terrorista islámico? ¿Cómo va a tener su marido sus mismos apellidos, señora?
- No es mi marido, nos casamos hoy.... ehrrr, bueno, es que...
- POR FAVOR. Lo que hay que oír. Señora, si esto es una broma sepa que puede tener consecuencias penales, tenemos localizada su llamada y no está el horno para bollos esta mañana...
- Por favor, hágame caso, agente, DESALOJEN IKEA URGENTEMENTE, den el aviso, QUE SALGA TODO EL MUNDO DE ALLÍ CORRIENDO!!!!!!!!!!   
- TRANQUILÍCESE, SEÑORA, está usted muy alterada y no dice cosas coherentes... está usted jugando con fuego, me estoy enfadando de verdad con usted y...

hermano4Un estruendo se escuchó a los lejos. Colgué el teléfono. Subí corriendo a la azotea. El humo procedente del centro de la ciudad había dejado de brotar pero ahora, mirando hacia la izquierda, se podía observar un hongo de hollín grisáceo ascendiendo hacia el cielo que subía por detrás de la colina, seguramente procedente de la zona del parque comercial. Pocos instantes después de la deflagración, la urbanización volvió a quedar en silencio, en total calma tras la breve tempestad. Sólo el sonido del motor de la patrulla de seguridad privada, cuando pasaron haciendo la ronda habitual, interrumpió el placentero silbido que producían las ramas de las palmeras azotadas por el viento del invierno. Después, la puerta del garaje de un chalet de la acera de enfrente comenzó a abrirse automáticamente como por obra de fantasmas. Por la esquina apareció un Audi A6 negro, que se introdujo en la casa y tras su paso se cerró también automáticamente la boca tragacoches. No había, como siempre, ni una persona caminando por la calle.

Todo estaba, y está, vacío. Silencio. Silencio. Silencio. Bajé a la cocina y me preparé otro café. Sonó el teléfono. Lo cogí. Hicimos el amor. Cuando me estaba corriendo sonaron disparos y después se hizo otra vez el silencio.

Mi gato

David me tenía completamente anulada. Sara me lo repetía una y otra vez cuando salíamos de copas y el alcohol me hacía confesárselo todo. Yo no quería creerla, no era capaz de mirarme en mi espejo interior, pero lo que ella decía sobre nosotros era totalmente cierto. Si hubiese sido capaz de verlo antes, ella siempre dijo que David no era la persona adecuada para mi. Él era muy posesivo y no dejaba que aflorara mi verdadera personalidad. Yo siempre había sido una persona alegre y sociable, pero desde que me casé con él me había convertido en un ser aislado y anónimo, incapaz de desarrollar mis múltiples habilidades y dar respuesta a mis inquietudes.

gato4Mi psicólogo no paraba también de repetírmelo, que tenía que ser yo misma para ser feliz, no una prolongación de mi pareja. Yo intentaba con todas mis fuerzas vivir mi vida, ser independiente, encontrar la felicidad, pero la existencia en común con aquel ser me incomodaba, me fastidiaba, me estrangulaba como persona. David no se comportaba como un verdadero marido, como un hombre, era como un mueble más de nuestra casa. La situación empeoró cuando mi padre cortó la financiación a nuestro restaurante y a nuestra empresa de decoración de interiores. Nos dijo que estaba harto de perder dinero, que ya teníamos bastante para vivir bien, incluso varias vidas seguidas. Entonces David dejó de trabajar y comenzó a pasar mucho tiempo en casa. Era insoportable tenerlo todo el día a mi lado, cortándome las alas. Llegué a odiarle. Me daban ganas de pegarle un puñetazo y romperle las gafas. Vivíamos como dos compañeros de piso mal avenidos, sólo nos hablábamos lo necesario para resolver las incidencias domésticas. Pero en las reuniones familiares y de amigos manteníamos el tipo, todo era perfecto, siempre con una sonrisa de felicidad dibujada en nuestras caras.

Pasamos varios años sin hacer el amor. Él ni me miraba cuando me paseaba desnuda por la habitación antes de acostarnos, como si fuera invisible. Empezó a darme asco, me metía al water todas las noches para llorar y vomitar. Comencé a pensar incluso en que él era homosexual, que se había casado conmigo por interés. No en vano, siempre fue un tío muy amanerado y, como dice mi amigo Pelayo, un tío con pluma sólo puede ser italiano o maricón, y mi marido había nacido en Alicante. Aunque, todo hay que decirlo, Pelayo siempre barría para su casa cuando se trata de intentar separarme de David, porque él me había dejado claro muchas veces que me deseaba desde que nos conocimos cuando éramos compañeros de trabajo en la compañía de seguros  de su padre. Pobre Pelayo.

Llegó el día en que no pude más. Le dije a David que le quería (una mentira piadosa, no había ni amor verdadero, ni cariño, ni nada) pero que tenía que vivir mi vida, que más que una pareja ya sólo éramos dos amigos (otra mentira, también piadosa, la amistad es otra cosa), y que nuestros caminos debían separarse. Lloramos abrazados, pero cuando yo ya daba la batalla por ganada va y me suelta que no quería marcharse, que lucharía por mi con todas sus fuerzas. Respondí que o se marchaba de casa o que me suicidaría, que al día siguiente, cuando regresara de tomarse el vermut de mediodía, me encontraría atiborrada de Prozac sobre la cama o en la bañera con las venas de los brazos cortadas a lo largo (a lo ancho es sólo pedir ayuda, según dice mi psicólogo). Tras varios días sin hablarnos y presionándole por fin cedió. Pensé una buena táctica para echarle de mi vida. Le dije a Pelayo que viniera a mi casa y que le diríamos a David que desde la semana siguiente dejase la habitación matrimonial para que durmiéramos juntos mi amigo y yo, que yo quería probar cosas nuevas. Dicho y hecho, fue un remedio con efecto inmediato: David cogió a los niños a la mañana siguiente, los montó llorando sobre sus sillitas en el asiento trasero del Cayenne y desaparecieron despacio rodando por las calles vacías entre las lomas de la urbanización. Solté un suspiro de alivio mientras veía el coche alejarse y desaparecer entre los chalets. Arranqué el cable del teléfono de la pared y apagué el móvil. Pasaron días de tremenda soledad y descanso, sólo enchufaba el móvil para hablar con Sara o con mi psicólogo. Pelayo vino a visitarme varias veces, pero no le abrí la puerta.

gato6Entonces conocí a Oscar. Aquel viernes yo paseaba sin rumbo por una plazoleta desierta de la urbanización, cuando vi la caja de cartón con su nombre escrito en un lateral. Me asomé dentro y allí estaba él, mirándome con sus ojos azules como platos. Maulló, salió de un salto de su madriguera y se me restregó por las piernas con su pelo pelirrojo erizado. Repitió la operación un par de veces de cabeza a rabo, como mecánicamente. Primero lo acaricié un rato, estaba limpio y suave, al menos aparentemente, y no pude resistir la tentación de cogerlo en brazos. Y ya no pude separarme más de él, me embrujó con su mirada y sus habilidades  sociales felinas. Me lo llevé a casa. Él tomó rápidamente posesión de todo. Recorrió el salón y la cocina, subió las escaleras e inspeccionó los dormitorios. Saqué de la nevera un poco de sushi que me había sobrado de la noche anterior, se lo puse en un platito y subí a buscarlo. Estaba en la buhardilla, se había tumbado sobre los pies de  una cama. Ronroneaba y mullía sus uñas sobre la colcha con los ojos cerrados, vi que era feliz, y yo sentí también, por primera vez, la felicidad plena. Me tumbé junto a él.

Abrió los ojos y me miró. Se levantó y se restregó contra mis pies. Yo abrí las piernas, y entonces él avanzó un par de pasos y comenzó a lamerme con su lengua de corcho. Sabía hacerlo muy bien, mucho mejor que David, desde luego, porque me produjo un placer que nunca había sentido. Pasaba esa especie de piedra pómez blanda por mi sexo hasta hacerme estremecer y de vez en cuando se adornaba con pequeños mordisquitos con aquellos dientecillos, que provocaban en mi un dolor placentero. Cuando notó que yo ya estaba satisfecha, paró y volvió a dormirse. Yo ni me moví, me quedé dormida como un cesto, hacía años que no conseguía conciliar el sueño sin tomar pastillas, pero aquella vez dormí y dormí sin necesidad de ninguna. Cada vez que me despertaba Oscar abría los ojitos al instante, notaba como por instinto que yo volvía a necesitarle, y repetía su acción entre mis piernas. Sólo interrumpíamos nuestra placentera rutina cuando él maullaba, entonces yo entendía al instante lo que él quería, bajaba a la cocina y servía un par de platitos de sushi, uno para mi y otro para él. Lo comíamos juntos y volvíamos a acostarnos y a hacer el amor.

gato2Estuvimos así hasta el martes por la mañana. El tiempo se había detenido en nuestra casa, la vida pasaba a nuestro lado como si la mierda del resto del mundo no nos importase absolutamente nada. Estaba acariciándole el cuello cuando detrás de una oreja le descubrí un bultito. Era una garrapata. Me vestí corriendo y bajamos al garaje. Cogimos el Mini rojo y pusimos rumbo a la clínica veterinaria de la urbanización de la lado, la que yo había visto al pasar cuando iba al Hypercor junto a la salida de la autopista. “24 horas, 365 días al año abiertos para su mascota”, recordaba que ponía en aquel cartel. Aparcamos en la puerta, la zona estaba desierta, sin un coche ni ninguna persona a la vista por ninguna parte, todos estaban metidos en sus garajes o chalets respectivos. Me bajé con Óscar en brazos. Nos recibió una chica vestida con una especie de pijama azul y cara inexpresiva de atontada. Pasamos los tres a una especie de salita con una camilla en el centro. Ella comenzó a manosear con torpeza a Oscar, como con desgana, cosa que no me gustó nada, pero al gato sí parecía agradarle, se restregaba en su mano.

- Pues sí, aquí está, es una garrapata, y bien gorda. ¿Cómo se llama?
- Conchi Gotor.
- No digo usted, digo esta preciosidad.
- Ah, vale.... Óscar.
- ¿Óscar?
- Sí, Óscar....
- Lo pregunto porque es una gata....


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