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Velocidad

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Jose Antonio Romerales, Romerales para los amigos, conduce su moto a 160 por la carretera de Andalucía. 170, 180, la puta moto no da para más. Una Honda 500 es poca burra para Romerales, pero no se puede comprar otra porque tiene que dar de comer a las bocas de tres mierdas de hijos, tres mil euros de pensión cada mes que sirven también para alimentar los vicios de la zorra de su ex mujer. En la recta que va desde Valdemoro hasta el cruce con la siempre vacía autopista de San Martín de la Vega, “de la verga” para los amigos, Josean sería capaz de adelantar incluso a Valentino Rossi, a Kevin Schwantz o a Randy Mamola, se conoce al dedillo desde los baches hasta las cagadas de paloma que esconde el asfalto de la zona. En el bolsillo de la chaqueta lleva doscientos pavos en cocaína y sesenta en hachís que Juan Moro le ha despachado amablemente en su adosado de Valdemoro. Además, el joven deeler le ha invitado, como a todo buen cliente, a unas lonchas de escama buena y a unos petas ricos ricos durante las tres horas que ambos han pasado jugando juntos como posesos a la Wii en la choza de Juan, ciento ochenta minutos pegando raquetazos ficticios al aire con las mandíbulas desencajadas. Cuando era joven a Josean le iba mucho más la mescalina, aquella adicción resultaba mucho más asequible para el bolsillo que la actual, pero en cuanto uno pasa de los treinta se aburguesa, y no digamos a los cuarenta y tres, que son las vueltas alrededor del infecto sol que lleva dadas el señor Romerales. velocidad2La edad ablanda los gustos y el cerebro al más pintado. Antes escuchaba a los Pistols y a The Damned a todas horas, ahora sólo sintoniza los programas culturetas de Radio 3, sus preferencias musicales se han refractado irremisiblemente hacia la putrefacción. A Romerales le espera en casa “la flaca”, Mamen, y es posible que con una sartén en la mano para darle de hostias, instrumento que maneja tan diestramente como el violín con el que imparte clases en la escuela de música de Aranjuez. La media hora que Josean le pidió para comprar tabaco como permiso penitenciario en su relación  se ha convertido en una tarde-noche entera de farra. Cuando Romerales sale a la calle a agenciarse cualquier cosa suele suceder que regresa horas más tarde con los ojos colorados, pero el se excusa diciendo que ese aspecto sospechoso es porque arrastra una conjuntivitis crónica, no vayan a pensar mal. Aunque a “la flaca” esos retrasos ya no la pillan de susto, no puede ocultar que la cabrean como a una mona en época de apareamiento. Un día de éstos cogerá sus cuatro bragas y sostenes requeteusados, preparará su atillo y el mamón no volverá a verla más el pelo, ni el de la cabeza ni el del pubis. La extraña pareja vive en amor y compañía en un adosado de San Martín, bien equipado con piscina comunitaria, garaje y Termomix. A Josean le gusta mucho la comida cocinada en ese aparato inservible e inexplicable, hace tiempo que se ha vuelto casi vegetariano, come más hierbajos al cabo del mes que un conejo de monte, lo que le provoca un constante flato y gases intestinales suficientes como para rellenar el Hindemburg y tres zeppelines más si se pone a ello. Mamen está hasta el toto de deglutir verde. Si no fuera porque es tan bueno en el catre le iba a aguantar su puta madre, pero es que, además, no va mal armado que digamos. “Vaso de tubo Romerales”, dice que le apodaban los de su barrio, por razones obvias, pero para su desgracia en los sex-shops no venden el molde de su pene en silicona como hacen con el de Nacho Vidal, las reproducciones de su polla no son, injustamente, las primeras en la lista de ventas de los cuarenta principales del consuelo solitario femenino. Josean se dedica al trabajo artesanal de cerrajería y forja, lleva desde que tiene uso de razón dándole mazazos al hierro como le enseñó su padre, y ya empieza a tener el lomo encorvado de tanto cargar quincalla sobre las espaldas. El médico le ha dicho que como en lo sucesivo no se cuide va a acabar caminando como Quasimodo, ya que los discos vertebrales entre la L1 y la L2 los tiene más aplastados que una mierda debajo de un zapato. Doce horas diarias currando como un mamón, jodiéndose la vida y la salud, para que todo el chorro de dinero que labran sus hábiles manitas se vaya al sumidero como si fuera agua corrompida, sin disfrutarlo.

“Joder, joder, joder, joder, joder….” Tremendo frenazo, la rueda de atrás se levanta, la de delante se clava en el asfalto, gracias Dios que inventaste los frenos de disco. A la entrada del pueblo los cocodrilos se esconden, en plena bajada, apostados entre la maleza, como si la carretera fuese el río Nilo en las cercanías del lago Victoria. Romerales los huele, huele a la pasma desde chico, no en vano se crió en Villaverde Alto corriendo delante de las fuerzas del orden, y es capaz de frenar la moto en un baldosín, como si bailara un chotis sobre dos ruedas, cuando los intuye. Durante su adolescencia se juntaba con algunas malas compañías, con esas jóvenes promesas que robaban coches por el barrio y los conducían a toda leche hasta estamparlos contra una farola o quemarlos en cualquier descampado del extrarradio matritense. Si su padre le pillaba frecuentando aquel selecto círculo de amistades le medía el lomo con tres correazos bien dados para que entendiera que aquello no era plan. De esos compañeros de correrías pocos sobreviven hoy. Unos se hicieron yonquis, otros choros a secas, otros aluniceros, algunos simples chaperos y los más camellos de baja estofa. La esperanza de vida era notablemente inferior en el Villaverde de los ochenta que en Vietnam del Nortre en los sesenta, y eso que en el sur de Madrid los B-52 no bombardeaban con NAPALM y el único tóxico “Exfoliante naranja” que la CIA habría podido esparcir allí era la maloliente agua que reptaba sinuosa por el Manzanares. A Josean le pusieron a trabajar a los catorce en un taller de coches, y ahora puede desmontar un motor pieza por pieza como quien lava. Le gustaba mucho arreglar bugas, pero su progenitor pronto lo fichó a la fuerza para la cerrajería, y se jodió el invento. Uno no puede hacer siempre lo que le viene en gana en esta vida, le dijo papi. A cambio, le enseñó a ser uno de los mejores artesanos de Madrid en lo suyo, a malear el hierro como si de goma de mascar se tratase. Si no fuera por su cabezita loca, con esas manos de artista Romerales sería un millonario respetado de La Moraleja. Josean si que es un buen compañero del metal, no los momias de los eisidisi ni los mamones de los aironmaiden.

Un sargento de la benemérita le da el alto. Brum, brum, la moto se para tras dos ruidosos acelerones que Josean vierte en la cara de su amigo de verde. Los bastones reflectantes de los picoletos deslumbran bajo esta noche sin luna del fin del verano. “Buenas noches, esto es un control rutinario de documentos y alcoholemia. ¿Me permite los papeles de la motocicleta?, por favor. Gracias. Perfecto. El carnet de conducir, por favor. Muy bien. Gracias. Señor Romerales, venía usted un poco deprisa, pero no tenemos radar aquí, se va a librar por esta vez, pero no debería conducir así por su seguridad y la de todos. velocidad4A ver, coja aire todo el que pueda y sople por el tubito hasta que yo le diga. Le advierto que el caramelo de menta que acaba de meterse en la boca no hace nada para disimular la alcoholemia, que es pura leyenda eso de que reduce el índice en sangre. A ver, sople, sople, sople, sople, no pare, no pare, vaya, ha parado antes de tiempo. A ver…, dos con cuatro. Le voy a pedir que repita la prueba porque está usted justo en el límite y no ha soplado del todo bien”. Josean siempre había odiado a las fuerzas del orden público, quizás por ser símbolos de autoridad, esa autoridad que él se pasa por sistema por el forro de los cojones. De joven, en los años de la movida madrileña, Romerales fue un punky de los que iban al Rockola a ver a los UK SUBS. Rock and roll, alcohol, gachises y mescalina por un tubo eran la salsa de su vida. Su careto sale de fondo en algunas fotos de García Alix, con su perenne sonrisa de colgado. Una vez los rockers de Malasaña casi lo matan de una paliza gratuíta de esas que daban a los “guarros” sólo por ser “guarros”; le rompieron tres dientes y le patearon el culo hasta jartarse. Gajes del oficio, no guardaba rencor de los del tupé. Pero sí un visceral e innato odio a la pasma, eso es lo que siempre había sentido, y al ejército, y a los pitufos, y a los picoletos, y hasta su puta madre en pelotas.

Uniformes, uniformes, odiaba todos los uniformes, le traían malos recuerdos. Recuerdos de aquella mañana que hacía un frío del carajo en el patio del Conde Duque. El sorteo de la mili, los quintos de aquel puto año ochentero. Acudió a esa pantomima con el Satur, el tío más hábil del mundo haciendo puentes en los coches (fallecido en un accidente hace un par de años al caerse su vehículo desde el paso elevado del Puente de los Franceses), en un coche chorado. Se fumaron un par de porros delante de la puerta, sin desayunar. Le habían contado a Josean que a un noventa por ciento de los que entraban en caja les tocaba destino en su región militar. No había miedo a irse lejos, a ser secuestrado durante un año por aquellos hijos de puta con gorra, no fear, no future, good save the queen. El bombo dio varias vueltas y una mano inocente sacó una bolita. Repartieron octavillas con los destinos asignados. Por orden de la autoridad militar competente debería marcharse a Ceuta a mediados de marzo del año siguiente a una sección especialmente dura de Infantería de Marina. Un punko en infantería de marina, ¿sobreviviría? Le habían dicho que había mucha droga en Ceuta, y putas moras muy baratas. Algo es algo, dijo un calvo. Su padre se alegró nada más conocer adonde le enviaría la madre patria, iban a hacerle un hombre de verdad, a meterle en vereda.

Nadie fue a despedirle al tren camino del sur. Se llevó tres mudas limpias, un bocadillo de caballa y un huevo gordo de hachís que olía a culo de moro regalo de sus colegas. Se rapó la cabeza al cero como le habían aconsejado para no tener problemas con el rasurado del cuartel. Aun así nada más llegar un peluquero gordo con pinta de maricón le volvió a pasar la maquinilla a capón. Compartiría camareta durante trescientos sesenta y cinco días con nueve tíos cerdos, todo un plato de gusto para cualquiera. Enseguida comenzó la instrucción, con el Zetme arriba y abajo todo el puto día ya hiciese frío o calor. Pero Romerales era un máquina. Corría como un gamo, reptaba como una serpiente, saltaba como un chimpancé asustado. Sus superiores se quedaban con la boca abierta. Batió todos los récords en la pista americana de entrenamiento de la base casi sin despeinarse, como si fuera un Richard Gere carabanchelero en “Oficial y caballero”, y todo ello a pesar de que era uno de los que más porros, alcohol y speed consumía dentro del lóbrego cuartel. Cuando a los demás se les salían los pulmones por la boca del esfuerzo Josean aun trotaba gozoso, sin aparentar cansancio alguno, como cochino talaverano disfrutando del barro de su chonera. “Pollardales”, le llamaban muchos en su compañíaa, por la enorme polla de la que hacía gala en las duchas colectivas. Era una fuerza de la naturaleza en todos los aspectos, saltaba a la vista. Pronto se hizo el recluta predilecto del teniente Horcajada Schwartz. Siempre le colocaban el primero de la fila del destacamento para desfilar, le asignaban las mejores raciones del rancho, e incluso se rumoreó que iban a presentarlo a los Campeonatos Europeos de Atletismo Militares. Horcajada le invitaba a sentarse a su mesa en el comedor con los suboficiales, se mostraba con él paternal y campechano, no tan sumamente cabrón y bastardo sádico como con los demás. Aquel veterano militar de porte distinguido al estilo Millán Astray le decía sin rubor a Romerales que admiraba su portentosa planta de atleta, que si por él fuera le recomendaría para entrar en la academia de oficiales cuando acabase la mili, ya que su fuerza y actitud serían un gran ejemplo para el ejército español, tan de capa caída en aquellos decadentes primeros años de la democracia. En septiembre se llevaron al regimiento de maniobras a Zahara de los Atunes, harían un ejercicio de desembarco. El día D por la mañana saltaron como ladillas en celo de las pasarelas de las lanchas y estuvieron correteando por las playas todo el día, gastando munición de fogueo hasta aburrirse emulando a los aliados al abalanzarse contra las defensas hitlerianas del muro Atlántico. Pero aquello no eran ni la ventosa Normandía ni las sangrientas arenas de la mítica Omaha. Cuando cayó el sol, la tropa se retiró a unas raídas tiendas de campaña a planchar la oreja sobre el duro suelo. velocidad5Por suerte Josean, gracias a su ganado rango de mesías hercúleo de la infantería, tendría el privilegio de dormir en la tienda del teniente sobre un desvencijado colchón, pero al menos era un colchón. Estaba cansado y pronto se entregó a los brazos de Morfeo. Soñó con mujeres desnudas y coches veloces, como siempre. Pero, de repente, una extraña sensación le despertó sobresaltado. Alguien se había tumbado en la cama a su lado, sentía el calor húmedo que desprendía y un hedor mezcla de sudor y aliento a coñac en el cogote. ¿Sería aquello un sueño? No, no lo era, y tampoco era Raquel Welch la que estaba empezando a besarle en el cuello y a tocarle el mugriento culo. Romerales reunió fuerzas, se dio la vueltacon un giro brusco  y lanzó de un patadón a aquel bulto sospechoso fuera de la cama. El cuerpo de su visitante de catre cayó al suelo produciendo un estruendo como el de un fardo de estiércol cuando estrella sobre tarima flotante Quick Step. Encendió su linterna y, al apuntar hacia el misterioso individuo, pudo ver que era el teniente Horcajada, que se levantaba del suelo dolorido y jurando en arameo. “No es lo que parece, coño”, decía. Romerales se vio invadido por un arrebato de cólera homicida. Pasó los seis sucesivos meses cautivo en una prisión militar, encerrado en la celda de uno de aquellos temidos castillos para reclutas díscolos. Lo de vivir a pan y agua no era broma, allí ni se comía ni se bebía otra cosa, y mear y cagar no se hacía fuera del tiesto, sino en un cubo. Fractura de pómulo, de los huesos propios de la nariz y tres incisivos superiores arrancados de cuajo; esguince cervical y desprendimiento de dos costillas. Ese fue el parte médico que el hospital militar hizo público en el juicio contra Josean. La cara del teniente había quedado peor que la de Chet Baker después de negarse a pagar la heroína a su camello. Romerales pasó de héroe militar de pacotilla a licenciarse con deshonor. “Me cago en la puta que parió a la patria y al color rojigualdo”, afirmó Romerales mirando desafiante al cielo el día que salió del humillante presidio.Enrique Horcajada Schwartz falleció en 2003 de cirrosis hepática complicada por varices esofágicas sangrantes. A la cremación del cadáver no asistieron ni su mujer ni ninguno de sus seis hijos. Los operarios del tanatorio sacaron parte de sus cenizas del horno para meterlas en la urna de turno, seguramente mezcladas con las de otros difuntos, porque el horno se limpiaba de pascuas a ramos, luego las empaquetaron en un caja y se la entregaron a unos empleados de SEUR. Dos días más tarde, otro operario de la misma empresa llamó a la puerta de una casa. Romerales abrió la puerta. Le entregaron una carta certificada y el paquete. Romerales tiró la caja directamente a un contenedor. Romerales se compró la moto con los Euros que le dejó en testamento Horcajada, aparte de unos cuantos gramos de coca. También le dejó una casa en Benidorm, pero los hijos del teniente pleitearon contra la decisión de su padre y todo el legado volvió a su cauce familiar.

Josean, mientras espera, tararea para sus adentros, en lo más recóndito e inaudible para los demás de su cerebro: “mescalina soy feliz, cuando estás dentro de mí. Y siempre que me besas, en la boca o en la nariz, haces que me vuelva loco, no puedo parar de reír . Mescalina, mi amor”. “A ver, vuelva a soplar, sople, sople, sople, no pare, sople, sople, pare, gracias…. Bien, dos con cuatro. No supera el límite. Pero tenga cuidado, está usted a punto. Aquí tiene sus papeles, gracias por su colaboración. Por cierto, el seguro le caduca dentro de veinte días, recuerde su renovación. Hasta luego, caballero”. (“Que te den, gilipollas”). El amoto arranca. 20, 30, 40, Josean se desvía por la rotonda junto a la cementera, los picoletos le pierden de vista. 90, 100, 120, 140, velocidad7callejeando por San Martín como si fuese Ángel Nieto por las curvas de Assen. La semana pasada cambió las pastillas de freno en el garaje de casa y al salir a trabajar por la mañana  casi se mata en la primera rotonda, en el desvío hacia Arganda; las pastillas nuevas hay que calentarlas antes de darle gas a la puta burra. Las putas rotondas, todo son rotondas, quién coño inventaría las rotondas.140, 140, 150…no va más la mierda de moto. Frenazo en la puerta del adosado, quemando neumático, levantando la rueda de atrás otra vez, mañana sin falta hará un caballito cuando se pire al taller. La mandíbula parece que se le va a desencajar, la cabeza va a mil por hora, entra por la puerta y “la flaca”, que no es tonta, huele que va puesto a una legua. Le pega unos gritos a Romerales, “¿qué horas son éstas, mamón de mierda? Seis horas esperando. Un día cuando vuelvas te vas a encontrar tu puta casa ardiendo y a mí no me ves más, cabrón”. Es una suerte que en el vacío no se propague el sonido, el craneo, cuanto más vacío, mucho mejor, por un oído entra, por el otro sale,  es una de esas cosas simples que te hacen la vida más feliz. Romerales se quita la ropa, toda la ropa. Abre la puerta de la cocina que da al patio interior, también la reja antichoris que hay detrás, y del patio sale por un pequeño portillo a la piscina comunitaria, en pelotas, qué más da, son las dos de la madrugada, nadie va a estar mirándole la tremenda minga a esas horas, y el que lo haga que disfrute. “La Flaca” observa la escena, en silencio, desde el umbral de la madriguera adosada. Hace un agradable fresco, corre una ligera brisa que agita los huevos colganderos de Romerales. Venus brilla al fondo como un farol medio fundido, y en la lejanía se escucha al camión de la basura que pone rumbo por enésima vez hacia la incineradora de Rivas. Josean se lanza de cabeza al agua desde el borde de piedra marronacea, emulando a Ramón San Pedro sobre la roca, bucea durante unos metros y segundos después saca la cabeza de las profundidades abisales como una nutria del Lozoya. Se pone en pié dentro del agua, tambaleándose quizás por la fuerza de las olas. “Está muy buena el agua, cariño, tírate, coñíoooo….”. Mamen le hace un gesto con el dedo medio extendido. Junto a Romerales brotan del agua unas burbujas  que, cuando explotan sobre la superficie, huelen a gas metano. Las judías pintas guisadas en la Termomix mezcladas con porros pudren las tripas a cualquiera. No fear, no future, fucking god save the queen…

<<La llanura infinita y el cielo su reflejo.
Deseo de ser piel roja.
A las ciudades sin aire llega a veces sin ruido
el relincho de un onagro o el trotar de un bisonte.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto: no hay tambores
que anuncien su llegada a las Grandes Praderas.
Deseo de ser piel roja..>>


Niu Yor, Niu Yor

niuyor1

– Si me tocase la lotería compraría un castillo con una gran finca alrededor, donde cupiesen todos mis amigos y los familiares a quien quiero. Después construiría una gran cúpula de cristal alrededor y lo aislaría del mundo exterior herméticamente. En tercer lugar lanzaría tres mil bombas de neutrones sobre el resto del planeta y exterminaría a todo el resto del personal, sin tocar ningún objeto ni paisaje, eso sí, todo matar a la gente, a secas….
– Pues yo creo que no es eso lo que harías… sí, comprarías un castillo enorme, pero no lo llenarías con tus amigos y familiares, sino con putas. Putas blancas, negras y amarillas, de todos los colores y tallas, tías con grandes tetas y pequeñas, unas pocas con culos king size y otras  con respingones traseros, también con algún travelo para aderezar, pero sobretodo muchas putas, putas, putas… y luego tirarías la gran bomba y todos a tomar por el culo, incluso tu mujer y tus mellizos. Todos muertos con dolor, mucho dolor. Y muchas putas todo el rato durante el resto de tu puta vida, putas…
– Rogelio, eres un hijo de puta, gracioso, pero un hijo de puta en resumidas cuentas….
– Anda, duérmete y deja de taladrarme con chorradas. ¿Qué te has tomado hoy? O, mejor: ¿cuánto te has tomado, cabrón?

Norber giró la cabeza hacia el otro lado para no ver el careto de Rogelio y cerró los ojos. Los asientos comenzaron a vibrar mientras aquel aparato alado corría por la pista de Barajas, hasta que el piloto tiró de la palanca adecuada y el pájaro de metal se elevó hacia el infecto cielo gris.  Aviones plateados rozando los tejados. Mujeres en pelotas comiéndote las idem. El valium mezclado con White Label hizo efecto a conciencia. A los pocos minutos de despegar Norber se entregó a un placentero sueño, mitad violento, mitad  pornográfico, como eran todos sus sueños cuando estaba dormido o despierto. Una turbulencia le despertó en lo mejor, justo cuando en su calenturienta mente penetraba con el cañón de su pistola a una mujer con la cara de Elena Anaya y el cuerpo de Carmen Electra. Miró su Rolex de imitación y, maldición, todavía quedaban más de dos horas de vuelo. A su lado Rogelio roncaba con la boca abierta, babeando. En la fila de delante se podía ver, brotando como una seta sobre el reposacabezas, la testa de pepino del bigardo Urdangarín, su objetivo a proteger. Había una azafata  rubia y otra morena. La rubia era una nórdica con cara de pasa estreñida; pero a la morena, uffffff…la morena, se le adivinaban unas tetas bien gordas debajo del traje azulón de chaqueta. Norber observó los culos de ambas mientras circulaban por el estrecho pasillo cerrando las portezuelas de los equipajes y empujando el carrito de la comida. El pandero de la rubia no estaba mal. Pensó en penetrarlas por detrás hasta que chillaran como perras. Miró otra vez el reloj, maldición: todavía una hora y cuarenta y cinco minutos para llegar al puto aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, y sin poder fumar. Sacó su Ipod del bolsillo de la chaqueta y se colocó los cascos. Continuó escuchando el audio-libro de “El señor de los anillos”:

  -“los horcos observaron cómo Frodo y su gordo criado ataban a Golum a un árbol y lo violaban; luego llegó Gandalf, que primero se escandalizó ante tal escena de sexo interracial, pero que acabó cascándosela sobre el pobre desdichado en plan bukake….”

(“La literatura es siempre un puto coñazo, escrita o hablada, embrutece al más pintado”), pensó. Se levantó del asiento y tomó rumbo hacía el baño. En la zona de servicio, junto a los mingitorios, la azafata rubia le miraba con una sonrisa sobre el rostro más falsa que un duro de madera.

– Senioor, pergdone, le recuerdo, como ya le dije a su compañego, que no se puede fumarrr en los lavabos, senioor. Está prohibido, perdone senioor.
– No te preocupes, seré bueno, sólo voy a hacer mis necesidades. Estaré dentro, por si me necesitas para algo…
– Grasssias seniorrr…

La servicial rubia hablaba cristiano con el mismo acento que David Beckham. Norberto entró en el baño, cerró la puerta y se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro. Rebuscó en un bolsillo y sacó una cajita. Hurgó un poco dentro de ella y extrajo el maravilloso polvo blanco. Con la uña del dedo índice se introdujo un tirito en cada fosa nasal. Repitió la operación un par de veces. Luego se levantó, alzó la tapa, se bajó la bragueta y echó una mínima meada de color rojizo. Escupió un gargajo, tiró de la cadena y el líquido se evacuó por el agujero con un ensordecedor ruido, hacia el espacio infinito. Al abrir la puerta la puta azafata seguía allí, con aquella sonrisa de cartón, esperando a que saliese; al ver que no brotaba humo del cagadero le miró a los ojos con satisfacción. Norber sacó el paquete de tabaco de su bolsillo.

-¿Tienes fuego, rubia?
-¿Pergdón, seniorr?
-Nada, era una broma. ¿Me podrías llevar un White Label doble y un vaso de agua al asiento dieciocho, por favor?
– Naturralmente seniorrr.

Como estaba muy acelerado y no sabía cómo matar el tiempo, volvió a encender el Ipod con el audio-libro de Tolkien:

-“… Sauron estrechó a Legolas entre sus brazos y se fundieron en un beso con lengua. Pero cuando el señor oscuro desnudó completamente al elfo descubrió que éste no tenía pilila, sino una estrecha y placentera rajita…”.

Después de tres lingotazos dobles y dos incursiones más al angosto baño, el avión comenzó a descender hacia tierra. El aterrizaje se produjo sin novedad. Los pasajeros yankis, como es hortera costumbre, aplaudieron cuando el avión posó sus ruedas sobre la pista. Cuando el aparato se detuvo del todo, los integrantes de la comitiva del duque salieron los primeros por el pasillo, a toda prisa, como si fueran un desfile de maniquíes de Emidio Tucci y Ray-Ban.

– Adíos seniorrrr, adíos seniorrrr..
– Adiós, guapa.
– Adiós rubia.
– Bueno, eso de guapa, Norb…
– Tiene un buen culo, y punto…

Atravesaron las salas de control de inmigración por una puerta lateral para personalidades mientras cientos de personas hacían cola para ser cacheados, interrogados y casi humillados sexualmente por los policías encargados del filtro para guiris. En el aparcamiento VIP les esperaban cuatro enormes coches y una decena de motoristas impecablemente uniformados. El séquito arrancó a toda velocidad apartando el colapsado tráfico a su paso. Al poco rato, a lo lejos, comenzó a vislumbrarse la silueta de Nueva York, esa ciudad adonde los esnobs de medio mundo acuden, como las moscas a la mierda, para sentirse felices y superhombres. Cruzaron uno de aquellos monumentales puentes y se introdujeron por las tripas de Manhattan. Llegaron en un suspiro a Park Avenue, pero no pararon en la puerta del Waldorf Astoria, sino que los coches bajaron al aparcamiento subterráneo. Rogelio, Sistach y Norber hicieron una inspección ocular del terreno: todo despejado. Tomaron uno de los ascensores junto al Duque y a Montoro Cuesta, y el resto de adláteres subieron en otro.

El ascensor subió deprisa y frenó en seco. A Norber se le revolvió un poco el estómago. Las puertas se abrieron en el piso dieciséis y todos salieron en tropel por el pasillo. Un botones esperaba en la puerta de una habitación, la abrió y Urdangarín se introdujo raudo por ella. El resto quedó al otro lado del umbral. Montoro Cuesta carraspeó y comenzó la habitual charla:

– Bueno, pues ya estamos. Sin novedad, la cosa va a ir como siempre, ya sabéis. Ahora un turno con dos, Sistach en puerta y Rogelio en el hall de ascensores. Norber descansa hasta por la mañana, que le veo con mala cara. A las ocho y media cambio, acudimos al acto con dos agentes locales de cobertura y Norber. La habitación de descanso está más abajo, es la 1453. Ya sabéis, cincuenta dólares de límite para cada comida en la habitación y la línea de teléfono abierta, podéis llamar a casa sin problemas. Para cualquier incidencia tenéis a Rosa Cueto en el ala derecha de la suite, en la lista tenéis su número. Rosa….

Rosa Cueto, de pie como un poste a la izquierda de Montoro, permanecía escondida bajo su sombrerito verde. Cuando el calvo engominado terminó aquella perorata, ella tomó la palabra:

– Encantada de volver a trabajar con vosotros. Como ya sabéis voy a sustituir otra vez a Blanco Pedersen con el protocolo, estoy a vuestra disposición las veinticuatro horas.
– Muy bien, pues entonces todo claro. Norber, a descansar, toma la tarjeta-llave, vosotros a lo vuestro. A trabajar.

Cada mochuelo se fue hacia su olivo. Rogelio y Norber tomaron rumbo hacia el hall de ascensores con paso cansino.

– Puta gorda inaguantable con sombrero.
– Se cree muy lista la hija de puta. Con lo bien que estábamos con Pedersen protegiendo al puto cojo. Seguro que la lorzas la liará estos días, le dará un bajón de azúcar o un ataque de ansiedad como es costumbre. A ver si se recupera pronto el “Pedorsen” cabrón. Nos ha jodido con lo del infarto, coño…
– ¿Es verdad que la foca te tiró los tejos otra vez?
– Calla, sólo de imaginármelo me dan escalofríos. Esa cerda rompeespinazos, qué asco. Aunque no me extraña que vaya pegando “tiros” por ahí, con el calvo cabrón de marido que tenía la muy puta… por cierto, hablando de cabrones, tengo una cosa para ti.
– ¿Algo de farlopa? Ya tengo, no te preocupes, bendita valija diplomática, le he pillado al puto Moro una nievecita cojonuda, es un carero el cabrón, pero tiene todo muy fresquito y muy rico.
– No coño, no, no es farlopa, es algo mucho mejor. Toma anda, para que no te pase lo de la última vez.

Rogelio le deslizó una tarjetita sobre la mano. Un rectángulo de cartón negro con una silueta de mujer en la parte superior y un texto debajo con el siguiente lema: “Constantinopla. Spanish Escorts. Bellas chicas espanyolas a su hotel hablando espanyol”.

– Rogelio, no me jodas…
– Tranquilo, éstas sí que van a gustarte. Llama, no te van a defraudar, me las ha recomendado el Sistach, que es como el Harry Putter de los burdeles, sabe mucho del tema. Y no tienes que hablar guachi guachi, que ellas dominan el español.
– Espero que sea así…cabrón, paso de guarras chinas, estoy hasta los cojones de orientales con final feliz…
– Vas a disfrutar más que cuando corres tus putos biatlones. Follar con profesionales es mucho mejor que el deporte, desengáñate, coño…

niuyor2Mientras la puerta del ascensor se cerraba, Rogelio se despidió de  Norber con una sonrisita cómplice y el dedo índice de la mano derecha apuntándole como si fuese una pistola. Unas plantas más abajo estaba la habitación 1453. Una habitación simple, con una cama grande, tele enorme, aparato de música para acoplar el Ipod y ventanales desde los que podían divisarse las luces perfectas de Park Avenue. Pero, ¿para qué coño quería él observar Park Avenue? Que le den por culo a Park Avenue, pensó. Abrió el baño y estaba impoluto, blanco como la patena, con una bañera tamaño piscina olímpica. Se quitó la ropa y se quedó completamente desnudo, después se sentó en el water y expulsó una tremenda bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki a la vez, en su mayoría líquida, que manchó toda la taza. Tiró de la cadena, pero ni tocó la escobilla, le daban mucho asco las escobillas. Salió del baño y se quedó mirando su cuerpo reflejado en el espejo de la puerta del armario: completamente depilado, pectorales perfectos, brazos y piernas de acero, polla gorda, todo un macho. Se agachó e hizo veinte flexiones de brazos sobre el suelo, resoplando, ufff, ufff. Luego volvió a mirarse en el espejo tensando el pecho. Se sentó sobre la cama y sacó la cajita de la farlopa. Fabricó dos lonchas sobre la mesilla y se las introdujo hasta el cerebro con un resoplido de búfalo. Abrió el mueble-bar, examinó con atención el surtido y sacó dos botellitas de J.B que se bebió de dos tragos. Regresó al inodoro, le volvieron a dar retortijones, otra vez bomba explosiva. Al salir hizo otras diez flexiones. Puso la tele, cambió de canal hasta que dio con uno que hablaban en mexicano y lo puso a un volumen aceptablemente muy alto. Se metió otras dos pequeñas rayitas rascando con la uña un lateral de la cajita. Intentó hacerse una paja, pero no había forma de correrse, estaba demasiado acelerado y allí no había ni un estímulo erótico festivo que llevarse a la entrepierna. La polla se le ponía enorme, pero como insensible.

De repente, entre el griterío de la tele, sonó el timbre del teléfono.

(PRIIIIIIIIIIIIII, PRIIIIIIIIIII, PRIIIII)
– ¿Sí?
– ¿Qué haces?
– ¿Qué quieres, gilipollas?
– Tío, ha sido plantar mis almorranas sobre la silla y al minuto ha salido Sistach a decirme que la gorda quería verme en el recibidor de la habitación.
– Jo, jo, j o.
– Entro y la puta gorda carasapo me dice a bote pronto que si me gustó el regalo del amigo invisible de las navidades. Y la respondo: “es que no tengo tocadiscos, Rosa”.
– Rogelio, es que en tu “cara A” tienes pinta de intelectual, siempre callado y educado, prudente y servicial. No sueles dejar ver la realidad, que eres un inculto descerebrado, y así te luce el pelo, se te arriman todas las frikis del mundo.
– ¿Para qué quiero yo un disco en vinilo del Lou Reed? No me sirve ni para limpiarme el culo. Y me dice: “entonces no te gustó el <<Teik no Prisoners>>”; subrayé la canción <<Peil blu ais>> en la carátula, por tus ojos…”.
– Te quiere follar, qué le vamos a hacer jojojo, ojitos azules, jojojo. Me parto.
– Quiere invitarme a cenar a su casa, a la guarida del elefante marino, está sola desde que echó a patadas al putero de su marido por follarse a una becaria del periódico.
– Mira, Rogelio, tú te lo has buscado, que te den, y déjame en paz de una puta vez que tengo que dormir. (CLONC)

Colgó el teléfono sonriendo al imaginarse a Rogelio plantado con el auricular en la mano. A continuación volvió a descolgar, sacó la tarjeta que su compañero le había dado y marcó el teléfono que venía impreso en ella. Tras dos tonos una extraña voz le respondió al otro lado de la linea.

– Guud nait, Constantinopla Escorts.
– Ehhhhhhhh, hola.
– Buienas noches cabaierrro. Escorts a su servicios en espanyol.
– Hola, buenas noches, gud nait. Quería que me enviaran a una acompañante al Waldorf Astoria, habitación mil cuatrocientos cincuenta y tres.
– Cuáles son sus gustooss, seniorrr. ¿Blond, brunet, morrena, chainise….?
– No, no, chinas no, quiero una chica que hable español, hispana o española, a ser posible con grandes pechos.
– ¿French, griego, tai, sado?…
– Un poco de todo… pero que hable español.
– Muy bien, seniorrr. Serrán dosientos dolars más forty por taxi. ¿Okey?
– Me parece bien. Waldorf Astoria, habitación mil cuatrocientos cincuenta y tres. ¿Okey?
– Okey, seniorrr, en treinta minits será ahí Dolores. Gracias por contar con Constantinopla, gud bai… (colgó el teléfono).
– Gud bai, zorra…

Pulsó el botón de colgar, y cuando escuchó que volvía a dar tono se puso a marcar otro número. Después de cuatro pitidos alguien lo cogió.

– ¿Sí?
– Hostia, Juan, me he equivocado de número, perdona, he marcado el tuyo por inercia pero quería marcar el de Nuria, como se parecen tanto tu teléfono y el de mi mujer….
– Jajajajajaja, no te preocupes, tío, tranquilo. Estoy en una fiesta chill out. ¿Quieres algo? ¿Ya te has ventilado lo que te pasé? Eres un hacha.
– No, no quiero nada, gracias. Ha sido una simple equivocación. ¿Qué hora es ahí?
– Las dos menos cuarto de la mañana. Joder, por cierto, ¿sabes lo que me ha pasado? ¿Sabes a quién me he follado esta tarde? A la zorra de la psicoloca que me presentaste el mes pasado. Me llamó para pillarme tres gramos y acabamos en su camita. Qué pedazo de guarra, tío. Me ha pedido hasta que la atizara con la hebilla del cinturón. Y tengo la polla irritada de tanta succión…
– No me jodas, qué hija de puta.
– Es que ya sabes, El Moro donde pone el ojo pone la polla.
– Es que la muy zorra no hace más que ponerme excusas para no follar, hasta me metí en su cama hace unas semanas cuando la llevé a su casa borracha, pero no hubo manera…
– Pues ya sabes, traga…
– En fin, gracias tío, y perdona por brasearte…
– Con Dios…

Norberto volvió a colgar y compulsivamente a marcar un nuevo número, esta vez sí el de casa, la neurona de la memoria estaba atascada pero no se iba a equivocar de nuevo.

– Diga…
– Hola, cariño, ¿no estabas dormida?
– Hola Norb, no, no me podía dormir y estaba viendo la tele. Madre mía, ya son casi las dos. ¿Qué tal, todo bien? ¿Habéis ido al final con la gorda?
– Sí hija, sí. La puta gorda. Y está con el chocho que hace ventosa con Rogelio, furor uterino de morsa…
– Ya te dije que le hacía ojitos. Pobre Pedersen, imagino que sigue fastidiadillo. Por cierto, ha llamado Rojas, que le llames si vas a ir al biatlón de Becerril de la Sierra el día 23, dice que va a competir allí toda “Maderolandia”.
– ¿Qué tal los mellizos?
– Puf. Menudo día. Cuando han salido del cole me he dado cuenta de que Alejandro tenía una especie de moratón en un lado de la cara. Me ha dicho que otro niño le había pegado. He vuelto a entrar a hablar con la ticher a ver qué había pasado, la he echado una bronca por no estar atenta, que es la cuarta vez que el niño vuelve del colegio herido. Y va la tía y me suelta que ha sido su hermano quien le ha pegado, que Alejandro le ha vuelto de decir a Nicolás lo de “ay Nicolasa, mira que guasa”, y Nicol le ha soltado un puñetazo que se ha oído el ruido del impacto al otro lado del patio. Ella me ha contado que Alejandro se pasa la vida riéndose de Nicolás con los otros niños, que no le extraña nada que Nico esté harto de su hermano.
– Pues yo no tengo la culpa, tú fuiste la que tuvo la ocurrencia de ponerle ese nombre tan moñas. Y el otro seguro que no es hijo mío, Alejandro es una mariquita mala, mala, mala. Tiene que ser de un espermatozoide de otro, además es tan poco agraciado el mamón… no se parece a mi ni en el blanco de los ojos, moreno, agitanado y feo como pegarle a un padre.
– El que fijo que sí es hijo tuyo es Nicolás, Norber, es el crío más torpe, más necio y más bruto que he visto en mi puñetera vida. Ya podemos ponernos las pilas con él, no va a aprobar ni la religión. Se ha pasado la tarde viendo la misma película del pato Donald en inglés una y otra vez, en bucle, y eso que no entiende una papa del idioma, no ha calado en él el bilingüismo del cole como en su hermano.
– Pero es guapo. ¿Qué llevas puesto?
– Pues el pijama, ¿qué voy a llevar?

Norber comenzó a empalmarse despacio. Empezó a tocarse con la mano izquierda, luego cambió el auricular de mano y se la agarró con la derecha. Aquello iba tomando forma.

– ¿Sólo el pijama? ¿Nada más debajo?
– No seas cerdo, anda. ¿Qué estás haciendo?
– Viendo la tele, como tú…¿Puedo pedirte una cosa?
– ¿Qué?
– Hazte una paja pensando en mi.
– Tú estás loco. Yo no hago esas cosas.
– Desnúdate y hazte una paja.
– Que no quiero.
– Métete un dedo.
– Métetelo tú.
– Joder, cómo está el patio.
– Mira, ahora voy a quitar la tele y me voy a dormir…, y tú haz lo mismo. Cuando vuelvas ya te daré lo que tú quieres. Anda. Te quiero, cielo. Vete a la camita.
– Vale, ahora voy.
– Un besito.

niuyor4Ella colgó. El paupérrimo inicio de erección que había conseguido se bajó de sopetón. Norber se preparó una pequeña rayita sobre la mesilla de noche. La absorbió como si su nariz fuese un sumidero a reacción. Continuó frotándose el nabo, pero nada, aquello no subía. Agarró su móvil y miró la libreta de direcciones. Después volvió a descolgar el teléfono de la mesilla y se puso a marcar. Mientras lo hacía le entraron otra vez retortijones, y ganas de vomitar. Dejó el teléfono y se fue corriendo hacia el baño. No le dio tiempo a llegar, vomitó como pudo dentro de una papelera que había debajo de una especie de cómoda-escritorio. La mitad de la papilla se salió fuera. Cuando se le calmaron los sudores y el mareo sacó la funda de la almohada y limpió torpemente el charco que había formado con sus hieles; luego tiró el pobre trapo de satén sobre una esquina de la habitación. Sacó una Coca-cola del mueble bar y se la tomó de un trago. Luego destapó otra botellita de J.B y también la engulló por la cañería de su esófago. Volvió al teléfono y se puso de nuevo en acción.

– Digaaa.
– Que putón que eres.
– Joder, Norber, ¿qué horas son estas? Me has despertado, qué susto. ¿Qué pasa?
– Pasa que eres una guarra.
– Mira, no quiero follar contigo, ni en directo ni por teléfono. Sabes de sobra lo que me ha costado reconocer que soy lesbiana, ahora no hay marcha atrás. Una pena que no tengas tetas.
– Pero si te has follado al puto Juan, al Moro de los cojones, que me he enterado, no me vengas con monsergas, coño. ¿Tiene Juan Moro, ese puto camello de Valdemoro, tetas? Ni lesbiana ni pollas. No me gusta que me tomen el pelo con esos rollos, puedo parecer subnormal, pero no lo soy.
– Mira, tío, déjame en paz, ¿vale? Vete con la culo estrecho de tu mujercita y pasa de mi. (CLONC)

El ruido de colgar de golpe el auricular le llegó hasta el cerebelo y perforó su inservible hipotálamo. Pensó que la psicoloca era una hija de puta, pero que estaba buena y que la próxima vez no se escaparía viva, aunque fuera se la iba a follar a punta de pistola. Subió el volumen de la tele y se puso a cambiar de canal compulsivamente, setenta y un canales de mierda yanki. Se paró un rato en uno de teletienda en el que salía una rubia tetona probando un aparato de gimnasia. Pero al poco tiempo el anuncio se acabó y apareció otro spot con George Foreman anunciando una parrilla eléctrica. En ese momento su corazón debía estar alcanzando los dieciocho de tensión arterial, y así no había manera, quizás fumándose un porro disminuiría la taquicardia, pero en aquella ocasión ninguno de los tres escoltas había comprado ni hachis ni marihuana para el viaje, menuda putada. Qué aburrimiento, qué mierda de vida. Volvió a empuñar el teléfono, aporreó una vez más las teclas con saña hasta casi hacer agujeros sobre ellas con sus dedos.

– ¿Quién es?
– Hola, Mamen.
– Te dije que no me llamaras nunca aquí, y… son las dos de la mañana, joder.
– ¿Te he pillado durmiendo? ¿Está Romerales a tu lado?
– No, no estaba durmiendo. Romerales lleva desde las ocho de la tarde encerrado en el garaje cambiando las pastillas de freno a la moto y al coche, tiene la puerta atrancada y ni siquiera ha salido para cenar. Da gracias que no está en la cama, porque si te pilla llamándome va hasta donde quiera que estés y te revienta la cabeza a palos.
– No lo dudo. Pobre psicópata. ¿Qué llevas puesto, Mamen?
– Déjame en paz, Norber, ya hablaremos. No me llames más a casa que nos la jugamos con este mamón. Si quieres mañana quedamos en el Formula1 de Pinto a mediodía.
– No puedo, cielo, ahora mismo estoy en Niu Yor protegiendo al Duque. Estoy desnudo encima de una cama de hotel pensando en ti.
– ¿Y se empalma el Duque de Palma?
– Ja, ja y ja, qué graciosa eres. ¿Qué llevas puesto?
– Niu yor, Niu yor… eso llevo puesto.
– Oigo unos golpes de fondo.
– No son psicofonías, son martillazos, martillazos a las dos de la mañana. No sé qué coño lleva haciendo ahí dentro cuatro horas. Aunque por lo menos está en casa y no rondando a la muerte o a la cárcel. Cada día que Romerales sigue vivo es como un regalo de Dios…
– Una condena más bien. ¿Llevas bragas?
– Sí, las llevo puestas en la cabeza.
– Tócate un poquito, piensa que estoy aquí, empalmado…
– Espera un momento.
– ¿Qué haces?
–  Voy hacia el garaje con el inalámbrico.
– …..
– Espera, estoy bajando las escaleras…
– Pero, ¿qué coño…?

– (POM, POM POM POM POM). ROMERALES, ABRE, TE LLAMAN AL TELÉFONO.
– …… ¿QUIÉN COÑOS ES? SON LAS DOS DE LA MAÑANA. DÉJAME
EN PAZ, JODER, TENGO QUE ACABAR ESTO.
– ES NORBER, QUE QUIERE HABLAR CONTIGO, ABRE, ABREEEEE.
– DILE QUE LE DEN MUCHO POR EL CULO (POM POM POM POM POM).
– GRACIAS POR TU COMPRESIÓN, CARIÑO (POM POM POM POM POM).

– Ya ves, no quiere hablar contigo.
– Estás loca. Como se entere de algo a ti te descuartiza y a mi me tira al arroyo Culebro con una piedra al cuello.
– Eso te iba a decir, si desaparezco buscad mi cadáver ahí, en el canal del Tajo, o en la explanada de enfrente del campo de tiro de Perales del Río. Va mucho por allí con Juan Moro, yo creo que tienen algo entre manos con el encargado del lugar, con los putos pistoleros.
– Bueno, quítate la ropa, anda, cielo…

(CLONC) Mamen colgó el aparato de golpe. La escasa erección que había conseguido se vino abajo como la torre sur del World Trade Center tras la envestida de Mohamed Atta con su planeador. (prriiiii, priiii, PRIIIIIIII, PRIIIIIII). El timbre del teléfono volvió a sonar a los pocos segundos como un fenómeno paranormal. (PRIIII, PRIIIIIIII, PRIIIIIII) Lo dejó sonar más de veinte veces, pero alguna mente obtusa continuaba insistiendo al otro lado (PRIIII, PRIIII, PRIIIII). Posó el Ipod sobre el lector y seleccionó de nuevo el audiolibro. (PRIIII,PRIIII, PRIIIIII, PRIIIIIIIIIII). Pero el pitido seguía ahí, como un taladro. Descolgó y se quedó en silencio.

– ……………
– Tío….
– Joder, Rogelio, no me dejas descansar, hijo de puta….
– Tío, es que la zorra de la gorda me ha llamado para que vaya a su cuarto….
– No me jodas.
– Sí, acaba de entrar en el baño, te estoy llamando desde su teléfono. Un polvo es un polvo, y la voy a meter la pistola por el culo al mismo tiempo que me la follo.
– Descárgala primero, o mejor no lo hagas y quítale el seguro cuando esté dentro. Eres un terrible ser, Rogelio. ¿Y quién coño está haciendo guardia?
– En los ascensores nadie, Sistach está en la puerta, él me cubre. ¿Te queda algo de farla? Me he dejado la que me queda en el equipaje, y estaría bien untarla el potorro con nieve, como si fuera el Mont Blanc.
– Te he visto asaltar naves ardiendo más allá de la Cañada Real, Rogelio, he visto brillar rayos “C” en la oscuridad cerca de la Puerta del Sol. Todos esos momentos se ven superados, se perderán como el agua sucia en la depuradora de La China. (TOC, TOC, TOC, TOC). Es hora de morir, Rogelio. Están llamando a la puerta, que te den…

(TOC, TOC, TOC) Norber cogió un albornoz del baño y se lo puso, bien atado a la cintura. Abrió la puerta. Se quedó ojiplático, al otro lado del umbral había una china de menos de metro sesenta. Bajo un pequeño, cortísimo y ceñido vestido negro se le adivinaba un liguero y  unas enormes tetas de silicona. La “cara de limón” le sonrió y sacó la lengua pícaramente.

– Jelou. Mai neim is Dolorres. ¿Cómo está ustez? Vengo de agensia, seniooorrr.
– Joder, dije española, no china, coño. Estoy hasta la polla de orientales…. Sistach… qué hijo de puta…. Anda, pasa…

Norber se desató el albornoz y lo dejó caer al suelo mientras ella atravesaba la puerta. De fondo se mezclaban el sonido de la televisión y el Ipod, que berreaba a todo volumen el último capítulo de “El señor de los anillos”.

-” Bilbo Bolsón atravesó bosques y montañas después de la batalla. Llegó a La Comarca y pudo ver cómo sus campos y aldeas habían sido arrasados. Se sentó en la puerta de la que había sido su casa y exclamó mientras se encendía un cigarro: <<qué bien huele el Napalm por la mañana, huele a…VICTORIA….>>”


Yoga

Cae la tarde en el interior de una alquería abandonada, en medio de un lugar perdido de la mano de Dios del levante español. Pentáculos, esvásticas y manchas de meado adornan las paredes, seguramente restos de alguna rave clandestina pasada. Entre la penumbra y el chú chú de un breve Lumigás, un grupo de personas forman en círculo ataviadas con sotanas blancas confeccionadas con harapos del mercadillo. El centro de tan fantasmal compaña lo ocupa un tipo de mediana edad que hace las veces de improvisado sacerdote. A sus pies descansa, tumbada en el suelo, una moza que no supera los dieciséis, que expulsa como una perra rabiosa o en celo espumarajos por la boca. “El poder de cristo te obliga, el poder de cristo te obliga”, chilla el iluminado animando al resto a imitarle. La muchacha sigue vomitando restos de lo que parecen Mentos con Coca Cola. En un momento dado de la ceremonia, el jefe del cotarro llama a MJ aparte, y le dice solemnemente: “sigue tú, que ya estás suficientemente preparado, la dejo en tus manos. Yo voy a descansar, que estoy agotado psíquicamente”. MJ se emociona, llega al éxtasis, se le saltan las lágrimas, al fin una respuesta, un premio, el final de un camino. Su vida pasa delante de sus ojos en un flash-back borroso, las drogas ingeridas aceleran su mente hacia el pasado, que brota como un torrente entre la herrumbre del cerebro.
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yoga2MJ nació llamándose R en Getafe, un infecto pueblo perdido justo en el centro geométrico de la península Ibérica. Desde pequeño destacó entre la masa como un niño introvertido, huraño y mal encarado, pero para sus padres era un angelito rubio. Sacaba buenas notas en el cole, casi todo sobresalientes, algún notable, muy pocos bienes y ningún suficiente. Cuando le llegó la edad de merecer, R empezó a dejarse el pelo largo y a hacerse heavy del metal. Se parecía físicamente a Joaquín Cortés, y sus compañeros le apodaban Joaquín Corteza. Más tarde, se dio cuenta que ese era un camino, tanto en el terreno del musical como en el de la danza, erróneo. Al acabar el BUP, R fue impulsado por su familia a cursar los estudios de económicas. Durante dos años no le fue mal, pero se aburría como una mona al estar rodeado todo el puto rato de tanto niñato subnormal engominado y de tanta pija tonta gilipollas, se sentía un extraño entre aquella maraña de mierda. Aquella no era la senda, estaba claro. Un día, de repente, se salió de una clase que impartía Peces Barba, el puto gordo marica Peces en persona, y ya nunca más volvió a la universidad. También intervino en aquella decisión de deserción que tenía retortijones de tripa y necesitaba ir al excusado. Después de mucho pensar en qué coño hacer con su vida, R conoció a L, una jovencita ligera de cascos amiga de unos heavys amigos suyos de cuando veraneaba en Alicante con sus padres. L se había pasado por la piedra ya a los dos conocidos de R, que eran hermanos mellizos, y no hizo ascos en ningún momento a la ocasión de fornicar con R, aunque ella era más bien de las de calentar sin quemar en aquel entonces.

R y L se hicieron inseparables. Iban de acá para allá siempre juntos, siempre en comandita, daban un poco de asco. Se apuntaron juntos a yoga. R comenzó a ver un sentido a la vida en aquello. Tenía mucha elasticidad, le gustaba el misticismo recalcitrante y gritaba el ohm como ninguno, lo tibetano iba a ser lo suyo. Se empapó de la cultura oriental mediante libros y videos, asistió a charlas y clases de los mayores expertos a un módico precio y dejó de hablarme cuando le dije que el Dalai Lama me parecía un dictador religioso sodomita de extremo oriente. R pasó el examen de maestro en yoga sin dificultad, y se convirtió de repente, gracias a su desaforada energía espiritual, en un nuevo ser, en MJ. Renació de sus cenizas. Se hizo ovolactovegetariano al instante, comenzó a mirar al resto del mundo como si fueran escoria, tiró a la basura sus discos de Iron Maiden y compró todos los de George Harrison. L quedaba maravillada cada vez que el ahora MJ intentaba levantar tres ladrillos atados con una cuerda con la única fuerza de su escroto. Vale, esto último son sólo imaginaciones mías, pero no lo descarte el lector. El nuevo ser ahora llamado MJ propuso a L trasladarse juntos a un pueblo en el que habitaban unos compadres de espíritu suyos, el lugar ideal donde podrían dar rienda suelta en libertad a su amor y montar juntos un centro de yoga y encauzamiento de las energías mentales. L flipó ante una idea tan maravillosa, alejarse del mundanal ruido en brazos de su espídico galán, ya que Madrid les parecía a ambos un nido de banalidad y fútil porquería, una mierda, vamos.

yoga4L y su celestial MJ llegaron al pueblo y alquilaron un local enorme por tres duros. Cubrieron el suelo con esterillas compradas en los chinos y se afanaron en colgar por las calles carteles que rezaban “Escuela tibetana MJL”. La gente les señalaba por la calle, porque los forasteros suelen levantar la murmuración y animan el intrascendente cotarro pueblerino, sobretodo si tienen pinta de no lavarse mucho. La escuela de nobles artes del Transhimalaya se llenó con facilidad hasta la bandera de marujas buscando elasticidad post embarazo y de pseudo modernos de aldea a la caza de pillar cacho con las gachises asistentes. El negocio marchaba viento en popa. Las lugareñas, embelesadas por aquel profesor melenudo que siempre vestía de blanco, corrían a pedir consejo a MJ hasta para saber cómo mitigar mejor los dolores de regla.

Pasa el tiempo, ese hijo de puta con forma de reloj. Navidades. MJ se comió cuatro trozos de roscón, dos con nata y dos del seco, casi sufrió una alferecía rosconera. Su familia política le miraba anonadada. Los preceptos religiosos del ovolactovegetarianismo no le impedían comerse toda la masa azucarada que le saliese de los cataplines. El hermano de L le regaló a su cuñado dos camisetas estampadas con enormes ohms sobre el pecho, una verde fosforito y otra naranja butano, muy vistosas. El padre de ésta, su suegro, le obsequió con un reproductor de MP3 de un giga, para que pudiera abstraerse del mundanal ruido escuchando a Raví Shankar o a George “qué pacífico soy” Harrison. Después del café y el orujo, MJ bajó a la perra a mear a la calle y aprovechó para fumarse un petardo; siempre es bueno guardar las apariencias, a los padres no suelen gustarles las drogas; se tiró un buen rato sentado en un banco del parque tomando el fresco y haciendo tiempo, ya que convivir mucho rato con una familia que no es la de uno suele convertirse en un coñazo insoportable. El resto de la tarde, transcurrió relajada. Cuando el sol iba a ponerse L y MJ se despidieron y pusieron rumbo al este, hacia el reborde de la cloaca mediterránea. Durante las cuatro horas que duró el trayecto casi ni cruzaron palabra. Él conducía abstraído en la infinitud mientras ella dormitaba o liaba porros, los encendía con desgana y se los pasaba al chófer. Hacía tiempo que su comunicación era más bien plana, el sexo también. Fornicaban mecánicamente de pascuas a ramos, MJ necesitaba eyacular poco gracias al yoga, al menos en presencia de ella. Los últimos meses él se había dedicado a esquivar lo máximo posible la compañía de su partenaire, que le hastiaba, le aturdía, le encocoraba. L se sentía como una mierda seca, la casa se le caía encima, todo el día sola, tumbada en el sillón viendo la tele mientras MJ se dedicaba a frecuentar a sus discípulas.

Y es que una  sus yogalumnas miraba con ojos especialmente golosos a MJ. Era una chiqueta joven y risueña, de contorneadas caderas y grandes tetas turgentes. MJ comenzó a observarla con ojos de carnero degollado por Buda. Estaba muy buena. Le encantaban su karma desenfadado y su culillo pinturero. L ya no le satisfacía sexualmente por aquel entonces. Follaban de pascuas a ramos del calendario hindú, y de mala manera, ya que ella lo hacía siempre con una irritante desgana. Y la mansión de los Plaf de la pareja se caía a cachos, y no sólo anímicamente. MJ nunca había mostrado gusto por hacer las tareas del hogar, y L, sumida en aquella depresión no coital, no estaba por la labor de fregar. Además, los muros de aquella prisión necesitaban una urgente capa de pintura, el otrora palacete del yoga lucía ahora desconchones por todas partes, metáforas del desastre marital que se les venía encima. L le había dado una tarde un ultimatum: o adecentaba la choza o ella no aguantaría más allí. Pero MJ, altivo y orgulloso, respondió a sus exigencias marchándose a pintar el despacho de “la psicóloga”, su citada yogalumna “favorita”. Llegó, le propinó dos capas de brochazos beige sobre las paredes y otras dos blancas en los techos; luego se fumaron un porro king size juntos y charlaron amigablemente sobre el karma hasta las dos de la mañana. Esa noche MJ decidió que aquello tenía que cambiar.

yoga5Pero seguimos en ruta post-navideña. La tarde-noche del día de Reyes no iba bien. Llegaron al pueblo, un punto perdido en medio del levante español en mitad del triángulo de las Bermudas que forman Elda, Petrer y Villena, cansados y aturdidos por el hachís. Era ya noche cerrada y L se dispuso a meterse en el catre sin mediar palabra, como siempre, sin paja ni coito, ni nada de nada. Pero, sorpresa sorpresa, sin anestesiar y en frío el hasta entonces mudo MJ le dijo que nada de irse a la piltra, que tenía que hablar con ella. Se sentaron en dos raídas sillas de paja de la cocina y le soltó aquella perorata que L todavía recuerda frase a frase. “No quiero que sigas siendo mi pareja, quiero olvidarme de los roles tradicionales, vivir la vida yo sólo, sin ataduras, quiero que te marches, sin rencores, sin resentimiento. Sigue tu camino y sé feliz”. “Eres un hijo de la gran puta…”, contestó L, que se encerró dando un portazo en la habitación. “Yo creo que deberías marcharte a buscar tu destino, sin rencores, sería mucho mejor para ti”, le gritó desde MJ desde el otro la de la puerta, después se encendió un porro para relajarse. La noche fue de aupa. MJ durmió en el sillón, y L no pegó ojo sumida un mar de lágrimas de frustración. A la mañana, siguiente hicieron una repartición rápida de objetos y bienes, . MJ tenía prisa. Él se quedaría con el coche, un Citröen Xsara nuevecito que el padre de L les había sacado a precio de saldo del concesionario en el que trabajaba. Ella se haría cargo de la perra, ya que a MJ se le hacía muy dificultoso bajarla a cagar cuatro veces al día a causa de sus apretados horarios laborales. Los dos gatos, Shiva y Visnú, permanecerían con su padre putativo humano, los gatos son compatibles con el yoga porque cagan en casa. L metió en la maleta dos pares de bragas de cuello alto que había comprado en el mercadillo de Villena, dos sujetadores talla melón temprano muy usados, un par de sucios jerséis de hippie dados de sí, tres o cuatro fotos y salió por la puerta rumbo a la estación de autobuses. Miró hacia atrás, pero no vio la silueta de MJ en la ventana. El viaje se hizo eterno. Ponían “El club de los poetas muertos” en el video del autocar y el trayecto fue especialmente insoportable en compañía del gilipollas de Robin Williams haciendo el idem. L cogió carretera y manta hacia casa de sus progenitores. Dos días más tarde una nueva joven, la levantina AR, se plantó con su atillo en casa de MJ y tomó posesión como nueva ocupante del catre del gurú del pueblo.

Cuando L llamó al telefonillo de su casa su padre respondió flipado al escuchar su voz. Al verla subir por las escaleras con aquella cara desencajada se quedó mirándola como si viese a un espectro del más allá. “¿Qué coño haces aquí, L?”. La hija rompió en una tremenda rabieta sobre los brazos de su progenitor y casi se desmayó. Cosas de chiquillos, pensó él. A cuatrocientos kilómetros de aquella escena, en ese mismo instante, MJ lamía con pasión el culo en pompa de “la psicóloga” y la juraba amor eterno; ambos pensaban que sus karmas estaban unidos por el destino a través de las reencarnaciones. “La psicóloga”, hasta la fecha, sólo follaba sistemáticamente con argentinos y cantautores, pero había decidido que desde aquel instante se uniría a tan selecto club de fornicadores la figura de los profesores de yoga.

AR era pasiva agresiva. Enseguida MJ se dio cuenta de que era una mosquita muerta, que de las aguas aparentemente mansas me libre Krisnha, que de las bravas ya me libro yo. En vez de dejarle la libertad deseada ella le hacía un marcaje estilo Gentile para que no arrimase cebolleta a sus conciudadanas. Si a MJ se le escapaba una miradita furtiva hacia algún culo durante una sesión de yoga MJ le montaba un pollo de cojones. De los dichos a los hechos, AR comenzó a insultarlo cada día con mayor fiereza mientras le daba pescozones y bofetadas, lo acusaba de infiel, de cabrón y de malparit. Una noche le partió un shitar que había costado cien mil pesetas de las de antes en la cabeza. Durante una cena con sus discípulos, AR se presentó de improviso en el restaurante y le arreó una patada en los huevos a MJ que demostró a las claras a sus correligionarios que él no era un ser con ilimitada resistencia física al dolor como ellos hasta entonces creían. AR le perseguía día y noche, mañana y tarde, como una lapa, como polla al culo, desenfrenada y enfermizamente enchochada. Una tarde MJ salió a echar gasolina al carro. A su regreso encontró la casa revuelta y destrozada. Su ropa había sido lanzada a una acequia, y el televisor reposaba en la acera después de salir como un Sputnik por la ventana. Horas más tarde la policía local le hizo una visita con una denuncia por maltrato psicológico en la mano. AR pidió una orden de alejamiento, lo que dio un respiro a MJ, pero ésta le llamaba por teléfono una media de doce veces al día pidiéndole perdón o chillando, y se presentaba a horas intempestivas aporreando la puerta berreando a veces que le amaba o a veces que iba a pagar a unos moldavos amigos suyos para que lo matasen.

yoga6Ay amigo, qué cabrón es el destino. Llegó, como pedo en el viento, la explosión inmobiliaria, la gran burbuja de gas mostaza ladrillero. Todo lo construido comenzó a cotizarse por las nubes en la Comunidad Valenciana, hasta en los huertos donde crecía alegre la bachoqueta se hicieron chalés adosados. Los dueños del local y el piso de alquiler de MJ le subieron la renta el doble. Después de un tiempo, como efecto resacoso de tanta ambición, explotó la pompa de jabón constructora y sobrevino la puta crisis inmobiliaria. Al mismo tiempo, en un efecto dominó desconcertante, los alumnos perdieron repentinamente el interés por el yoga. Los mozos y mozas del pueblo, impulsados por sus problemas monetarios, recuperaron viejas tradiciones que en el pasado les mantenían en forma, sustituyeron al caro yoga. Para mantener las carnes prietas nada mejor que correr delante del toro embolado o lanzarse carcasas de petardos a la cabeza unos a otros, eso si que atrae al buen karma. MJ no cubría gastos. Dejó el local y llegó el momento en el que no pudo continuar pagando la casa. Sólo dos chicos gays y el tonto del pueblo seguían acudiendo a sus clases; la pobreza, como una no deseada vendedora a domicilio de Avón, había llamado a su puerta. Se vio obligado a pedir asilo en casa de unos amigos que había conocido impartiendo su elástica disciplina, unos alumnos ejemplares y creyentes como pocos en el mundo de la espiritualidad. En cuanto llegó a su choza se sintió arropado. B y ML eran muy buena gente, allí se respiraba buen rollo. Le llevaron con ellos a unas sesiones de tantra blanco, luego a unas de tantra rojo, y le presentaron a todos sus amigos con los que habían constituido la comunidad Gaya, destinada a transmitir la energía positiva y a librar de lo negativo al mundo. Limpiaban casas de poltergeist, ahuyentaban fantasmas, echaban fuera al mal que habitaba en estado puro en los cuerpos humanos. MJ comenzó a darse cuenta de que el camino del yoga estaba equivocado, que él en realidad era otro elegido por las fuerzas telúricas para guiar a los habitantes de la tierra hacia la luz. B y ML le dijeron: “muy bien MJ, ahora sientes lo que nosotros sentimos, el brillo resplandeciente de Gaya, bienvenido al club”. MJ fue borrando los oscuros recuerdos pretéritos gracias a la meditación, al ayuno y a los excesos con el hach. La felicidad invadía al fin todos los poros de su cuerpo. La libertad absoluta reinaba ebria en su alma como Juan Carlos I en el palacio de la Zarzuela.

L atravesó una época terrible. En los dos últimos años de su vida había perdido todos los amigos y las raíces que en el pasado tenía en la ciudad. Su odiado Madrid era ahora una puta mierda aun mayor en soledad; el túnel del tiempo hacia el pasado que vivió en ese momento le hizo pensar incluso en el suicidio. En más de una ocasión intentó tragarse un frasco de Clonazepán entero, pero siempre le había sido muy difícil introducirse incluso medio Gelocatil por el gaznate, le daban arcadas y acababa potando la cena. También sopesó la opción de cortarse las venas, pero, imaginando el dolor que aquello debía producir, finalmente decidió dejárselas largas. Su hermano le buscó un trabajo temporal en la fábrica de John Deere de Getafe, ensamblando tractores. Ella siempre había sido muy hábil en los trabajos manuales, la seleccionaron enseguida. La cadena de montaje era una ocupación ideal para no pensar, y pagaban un buen sueldo. Los empleados se comportaban como autómatas, ocho horas seguidas apretando tornillos durante las que paraban cinco minutos de cada dos para mear o fumar. En aquellos breves recreos L comenzó a conocer en profundidad al lumpen proletariado que habitaba por aquellas latitudes. La mayoría eran tipos y tipas prisioneros del sistema de hipotecas y préstamos bancarios, jóvenes nihilistas dedicados a vivir la vida a veinte por hora con la sensación de que lo hacían a cien; formaban un ejército de sombras aparentemente vivas que luchaban por sobrevivir sin saber por qué, como si poblaran una kafkiana película con ramalazos industriales de Peckimpah. En los servicios de la fábrica había más restos de cocaína que durante un fin de semana en la puerta de un after. Los machos del lugar comenzaron a tirar los tejazos sobre L como si fueran Napalm. “¿Por qué no?”, pensó ella mientras se tiraba en su coche a un rudo mozalbete cuya pierna derecha lucía un decorativo tatuaje con una esvástica en el centro. Follar con descerebrados era la mejor manera de limpiar la mancha de la mora que le había dejado MJ. Poco a poco se acabó pasando por la piedra a media cadena de montaje, incluso picó alto haciéndoselo con dos de los encargados, uno de ellos cuarentón, casado en segundas nupcias y con dos hijos adolescentes. Ellos le contaban sus infectas vidas mientras se fumaban el cigarrito de después del casquete, les encantaba que L escuchase sus penas con atención. Los miembros de aquella piara se pirraban por un revolcón con L, porque tenía doble premio, sexual y psiquiátrico, todo de una tacada, era la mujer perfecta. Pero no sabían, incautos, que ella lucía la sonrisa en la boca y los ojos de interés como un salvapantallas protector; mientras mantenía las apariencias, en el post apareamiento pensaba en lo mierda que era la puta existencia y en lo maravilloso que sería que un día, de repente, el sol explotase y abrasara aquella bola de estiercol y oxígeno que es el planeta tierra.

yoga7El contrato de seis meses de tractorlandia se acabó, pero prometieron que volverían a llamarla muy pronto si la economía iba bien. El infecto tiempo, el que todo lo mata y todo lo cura, pasó como un zurullo flotando rápido sobre un río. L tuvo que buscarse la vida. Hizo un curso de masajista CCC y otro de profesora de pilates intensivo de diez días, y en un mes envió mil doscientos curriculums por todo Madrid y alrededores. En una clínica de Orcasitas que funcionaba con licencia de peluquería le hicieron una prueba. Dio un masaje linfático al dueño-jefe e impartió una clase de pilates a tres mujeres premenopáusicas del barrio en una sala multiusos clandestina que tenían en el sótano. Al día siguiente, firmó el contrato de ochocientos diecisiete euros brutos mensuales a cambio de cuarenta horas semanales. Los días continuaron su marcha inexorable. Una tarde se presentó un cliente peculiar, un profesor de esquí por horas de la estación de La Pinilla al que le molestaba una contractura muscular en el nervio ciático que se había hecho cortando jamón en casa de su madre. Chus entró a la salita, se bajó los pantalones, se quitó zapatos y calcetines y se lanzó sobre la camilla como un fardo. L pudo observar que le faltaban dos dedos centrales del pié derecho y  el pequeñín del izquierdo. Además, su cuerpo atesoraba más cicatrices que un ecce homo; una era claramente de una operación de rodilla y otra, sobre el costado, parecía de un transplante de riñón clandestino de lo fea que era. Hablaron por los codos durante aquella cita laboral. Chus, Chuchi para los amigos, se dio tres sesiones más de masaje y pidió que fuesen infligidas por las manos de L. Había una extraña conexión entre los dos y quedaron clandestinamente aquel fin de semana. Chus la invitó a una excursión con raquetas de nieve en Navacerrada. Fue un fácil trayecto, pero el profesor de esquí y montañero resbaló mientras se lanzaban nieve en un ventisquero y se produjo un esguince de tobillo de grado 2. L acudió a su casa a darle un masaje gratuito sobre aquella malograda extremidad, se puso sus mejores galas para tal evento, pero no hubo sexo, sólo charlaron de montañas.

Chuchi era un gran amante de la naturaleza y de las novelas de Stephen King. L soñaba con liarse con él y comer perdices, con tener tres hijos juntos y llamarles Montaña, Río y Árbol. Quedaban para desayunar, comer y cenar, y para hacer excursiones, pero no conseguía follar con él. L dejó de fornicar compulsivamente con otros, ya no la ponían en absoluto otros machos. Gracias a unos ahorrillos que fue amasando con los masajes, todo a base de gastarse menos que un ciego en novelas, invirtió tres mil euracos en una promoción de pisos en Berzosa de Lozoya. Pensaba todos los días en una vida en común con su montañero sobre las faldas de la sierra de Guadarrama, al calor de una chimenea. Una mañana acudió al Centro de Terapias Sport Relax a trabajar y se encontró un precinto de sanidad que bloqueaba la puerta. Llamó por teléfono durante una semana al dueño, pero de éste no se volvió a saber nada. El muy cabrón adeudaba a sus empleados mensualidad y media cuando sanidad le echó el guante. La crisis planetaria comenzó a ser galopante y en John Deere se fabricaban muchos menos tractores; los beneficios de la fábrica bajaron un diez por ciento, por lo que sus bienintencionados directivos planificaron un ERE en el que despidieron a un veinticinco por ciento de la plantilla. Por supuesto nunca volvieron a llamar a L para trabajar con ellos. Se le estaba acabando el paro y no encontraba nada en el mercado, las colas en el INEM eran kilométricas. La constructora de la urbanización Berzosa de Lozoya Resort and Golf quebró y dejó a sus inversores con un palmo de narices y una patada en los huevos o los ovarios, según el caso; el dueño del chiringuito inmobiliario emigró a un país desconocido de América Latina con los beneficios de aquellos terrenos que, en realidad, nunca dejaron de ser rústicos.

yoga8A finales de octubre, cuando L estaba a punto de desistir de la vida, a un tris de lanzarse sobre las vías del cercanías cuando el tren pasase por la estación de Getafe Centro, vio un anuncio pegado con celo sobre una farola: “Se necesita personal para elaborar cestas de navidad, acudir con DNI o tarjeta de residencia en vigor. Abstenerse personas en situación ilegal”. Aquel mismo día firmó un contrato por obra de seiscientos ochenta y un euros brutos más horas extras al mes. Por la noche había quedado con Chus para cenar en el restaurante chino de los bajos del aparcamiento de la Plaza de España, el mejor comedero cara de limón del mundo. Cuando él se dirigió a mear a los lavabos del aparcamiento contiguo (en ese restaurante no tienen retretes propios), L introdujo unos escasos gramos de speed en la Coca-Cola del esquiador, como el que ataca con todo lo que le queda en el campo durante la prórroga de un partido. Chuchi era radicalmente abstemio de drogas y alcohol, por lo que el subidón fue de tal calibre que tuvo que llevárselo a casa al borde de la taquicardia. Vomitó sobre la alfombrilla de la furgoneta de L todas las empanadillas chinas, los vermicelli y el pastel de año nuevo que había deglutido. Pararon delante de la casa de su madre, pero él no podía subir a su lar, seguía colocado hasta las trancas. L tenía ganas de llorar hasta secarse por dentro. De repente Dios se apareció y Chus le plantó un fogoso muerdo en todos los morros, le metió la lengua hasta la campanilla. Ella no se lo podía creer, condujo a toda velocidad hasta un descampado, pasaron al asiento de atrás y allí consumaron el acto. Costó que él se empalmara, quién sabe si por efecto del alucinógeno, pero ella quedó plenamente satisfecha, su sueño se había cumplido. Los cristales de las ventanillas estaban totalmente empañados. Con las tetas todavía al aire, L se lió un porro para festejar tan deseado evento llevado a cabo. Chus se desperezó poco a poco. Mientras ella apuraba las primeras caladas, su taciturno hombre le espetó, sin anestesiar y en crudo: “el ocho de diciembre me marcho siete meses a escalar a los Andes, aprovechando el verano austral”. L se atragantó con el humo del chocolate marroquí y tosió como una abuela con enfisema a causa de la impresión.
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El ruido de las arcadas de la cría poseída por Belcebú despierta de repente a MJ de ese trance místico, lo aparta al fin de esa oleada de olvidadas imágenes. Abraza fuertemente a la enferma del alma para transmitirla su energía, la coge en su regazo y le susurra al oído dulces oraciones dedicadas a las fuerzas telúricas de la madre tierra. Mientras tanto, el gurú de MJ, el sumo sacerdote de aquel acto salvador, sale del herrumbroso barracón, se aleja unos metros entre los matojos, se baja pantalones de pintor, blancos como la nieve, y se ponr en cuclillas. Enciende un Ducados mientras sus intestinos crepitan y evacuan su contenido a gusto. Paladea el humo saboreándolo lentamente. Luego, agarra una piedra del polvoriento suelo para limpiarse, se sube los pantalones, apura el cigarrillo hasta el filtro y lo aplasta con la alpargata contra el suelo. ¿Hay algo mejor en el mundo que fumarse un cigar mientras se defeca? Tras el relajo, toma rumbo de nuevo hacia la casa. Tararea "My sweet lord" por el caminito. Carraspea en la puerta para aclarar la voz y traspasa el umbral gritando: “Dios es mi señor, y yo te digo, ¡sal fuera de ella, maldito, sal fuera de ella, sal fuera de ella!”. Ahora la chica expulsa por la boca una especie de sustancia mezcla entre serrín y ron miel con gas. Cada minuto que pasa, el olor a porro mitiga más el hedor a orín. MJ, mientras estrecha entre sus brazos a la poseída, no puede evitar excitarse, ni tampoco por unos instantes, asociando inconscientemente una imagen fugaz a esa erección inoportuna, pensar en L. Oh, dulce señor, dulce señor del bien y del mal, oh mi dulce señor.


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