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Cave canem

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Ahora que veo la muerte tan de cerca, ahora que las escenas de mi vida pasan delante de mis ojos como un relámpago, ahora que voy a atravesar la laguna Estigia, ahora que el buen Dios viene a buscarme, ahora que voy a disolverme como una lágrima en la lluvia, ahora que sé que voy a fenecer sin dilación, ahora recuerdo lo que fui y lo que pude ser.

Desde mi primer minuto en el planeta me sentí como un bicho raro. Nací dentro de una familia acomodada, pero no lo tuve fácil. Recuerdo mi primer día de colegio. No hablé con nadie, no me arrimé a nadie, todos me miraban raro. Pasaron las semanas, los meses, y todo seguía igual, pero también comenzaron a reírse de mí, primero a escondidas y luego abiertamente a la cara. Esas risas falsas me han acompañado siempre, sólo por ser diferente. Fui un solitario desde el principio de mi existencia. 

No me gustaba lo que a los demás niños, yo era distinto a todos. Amaba correr por el campo sin rumbo, jugar yo solo con cualquier cosa. Mis padres y mis abuelos me regalaban los juguetes más caros, pero yo no los usaba, ni los conservaba, los destrozaba en pocos días. Prefería una rama de un árbol a un mecano, una piña de pino piñonero a un balón de reglamento, revolcarme por la hierba que ver una película de esas de dibujos animados. Y yo era mucho más fuerte que los demás niños, era el más veloz de todos, el que más saltaba, el más rápido y el más resistente. Me envidiaban con saña, algunos me escupían. Nadar, eso sí, no se me daba del todo bien, tenía mi propio estilo caótico, pataleando con brazos y pies al mismo tiempo sin orden ni concierto. Intentaron corregir mi peculiar brazada, pero no hubo manera, me echaron de natación con cajas muy destempladas, decían que salpicaba mucho. Cuando era un pequeño alevín, un entrenador de fútbol me vio correr y creyó observar talento en mi, pero no era tal cosa, era sólo fuerza bruta, corría por el campo como un pollo sin cabeza, y también terminó por decirme que parecía un idiota y que me dedicara a otra cosa o que me fuera a jugar con la selección de Camerún. Gente cruel hay por todas partes en este mundo, gente repugnante que no tiene piedad ni de un pobre niño asustado y perdido. 

canem8Mis cinco hermanos también me observaban como a alguien extraño. Me pegaban, me despreciaban en público, me escupían. Mi padre, general del Estado Mayor de la Defensa, creía que yo era homosexual, y muy pronto dejó de prestarme atención y comenzó a lanzarme miradas de asco y desprecio, aunque también notaba cierta especie de envidia por su parte, porque yo era un ser libre y él, aunque fuera rico de tanto robar dinero del cuartel con sus amigos oficiales, no era más que un cateto esbirro del poder. Para él yo siempre he sido la oveja negra. Yo prefería quedarme en casa cuando iban todos juntos a cazar jabalíes o a monterías de ciervos con la alta sociedad. Para mi esos largos días de invierno. los que pasaba yo solo con la única compañía de los criados filipinos de nuestra enorme casa, esas jornadas leyendo a los clásicos al calor de la chimenea, eran el paraíso. Adoraba el silencio y nuestros criados tenían terminantemente prohibido hablar con nosotros,resultaba ideal no tener que soportar su charla insulsa y su extraño acento barriobajero. Mi madre tampoco me tuvo nunca mucho cariño y, tras fallecer en un accidente doméstico mientras limpiaba un rifle, mi padre contrajo matrimonio con una mujer venezolana con la que hasta el día de su muerte apenas crucé cuatro o cinco palabras, de desprecio la mayoría de las veces o advirtiéndola en una ocasión que ni se la ocurriera tocar mi Porsche Cayenne para ir de compras al centro. Era una mujer despreciable que se alojaba en un cuartucho de la cuarta planta de nuestro chalet y a la que mi padre no tocaba ni con un palo, sólo la utilizaba para lucirla en los actos sociales. 

Yo era mucho más inteligente y culto que los que me rodeaban, y eso marcaba una linea de divisoria imposible de franquear entre ellos y yo. No soportaba a aquella panda de incultos pueblerinos venidos a más. Cuando llegó mi adolescencia prefería leer buenos libros, escuchar música clásica y ver películas de autor a jugar con los otros chicos. A los once años me había leído casi toda la colección Barco de Vapor, que me marcó profundamente e hizo evolucionar mi mente hacia una inteligencia superior. El cine me fascinaba, sobretodo las películas antiguas de Eddie Murphy y las de Patrick Swayze, que mi padre guardaba escondidas en la estantería de su despacho. Me enfrascaba en la lectura de los clásicos de la literatura, Ruiz-Zafón y Paulo Coelho eran mis preferidos, me sumergía en sus obras lo mismo que al en el tocadiscos los viejos vinilos clásicos de mi madre de Richard Clayderman, Alejandro Sanz y Kenny-G.

Los años pasaban sin demasiados sobresaltos, conmigo sumergido en aquel letargo social. Y llegó aquel profesor nuevo de francés al colegio y desde el primer día no apartó su mirada de mi. Le encantaba enseñar, yo admiraba su vocación y su constante obstinación en hacernos entrar la letra. Me vio allí en el patio solo, corriendo como un bobo o jugando con una piedra, y pareció enternecerse. Se me acercó, me ofreció un chicle de menta. Me fascinó que alguien me hiciera caso, la soledad absoluta es dura. Durante meses, en los recreos, me habló de la vida y de Dios, que para él era el universo entero y la razón. Me gustaba escucharle aún sin entender nada, yo necesitaba atención y una figura protectora a mi lado, me fascinaba. Él vio en mi un compañero de viaje en medio de aquel antro represor. Una tarde, a la salida de clase, fui a buscarle a su habitación. Le llevé los que para mi son los dos mejores discos de la historia de la música clásica: Silhouette y Brazilian nights, de ese genio del saxofón que es Kenny-G. Cuando llamé a la puerta y abrió, una sonrisa se dibujó en su cara y yo fui feliz por un momento viéndole a él radiante, me gusta hacer el bien a las personas. Primero me lamió el pene, pero no consiguió que yo tuviera una erección, y después me penetró analmente causándome un gran dolor pero sin provocarme excitación alguna ni placer, lo que al final lo frustró mucho y, tras eyacular dentro de mi, me echó de la habitación no sin antes amenazar con matarme si contaba algo a alguien. No volvió a hablarme nunca más y yo me sentí muy culpable. Yo no quería sexo, sólo un amigo.

Fui siempre un incomprendido. No sacaba buenas notas, los profesore me tenían manía, no soportan a la gente superdotada que sabe más que ellos. Suspendí selectividad en junio y en septiembre. Mi padre me echó una gran bronca y amenazó con meterme en el ejército si no aprobaba al año siguiente. A mí no me hubiese importado alistarme, pero él creía que yo sentía terror hacia ello a causa de mi supuesta homosexualidad. Durante aquel año me preparé de nuevo para aquel terrible examen estudiando seis horas diarias. El resto del tiempo corría y paseaba por el campo. Salía de la urbanización y me adentraba en los páramos deshabitados que hay entre las autopistas de circunvalación del extrarradio de la ciudad. Me sentía bien encontrándome sólo esporádicamente con caminantes solitarios o con gente que paseaba a sus perros. Los primeros solían tomarme por lo que no era y me ofrecían sexo furtivo, cosa que me repugnaba. Sin embargo, me encantaba cruzarme con la gente que paseaba a sus simpáticas mascotas. Pedí a mi padre que compráramos un perro, pero se negó en redondo, me dijo que le daban asco, que si no tenía bastante con el personal de servicio para entretenerme, insinuando entre lineas que yo tenía sexo con el jardinero encargado de podar los setos de la linde oeste de nuestro terreno.

En uno de mis largos paseos conocí a Laura. La vi correr por el arcén de la circunvalación Oeste mientras yo paseaba por los campos aledaños. Me dio un vuelco al corazón, ella corría peligro en medio de aquellos nudos de autopista. Le hice señas para que viniera hacia mí. Se acercó con precaución, se notaba que estaba perdida y asustada. Poco a poco la convencí de que yo no era una amenaza. Le ofrecí unos lacasitos que llevaba en el bolsillo que se comió con voracidad, estaba hambrienta. Sentí una tremenda ternura hacia ella cuando me robó un beso en la boca cuando me agachaba para sentarme a su lado. Fue un flechazo. Tuvimos sexo tras unas matas intentando ocultarnos de las miradas de los coches que pasaban a lo lejos, aunque escuché a alguno tocar el claxon y uno frenó y se puso a gritarnos obscenidades, pero no paramos, no podíamos contener la pasión. Por primera vez en mi vida me sentí pleno. Ella llevaba un collar rojo con su nombre grabado. Me enamoré. Nos tumbamos bajo un árbol y pasado un rato volvimos a hacer el amor, de forma salvaje y pasional. Al anochecer me marché a mi casa, nos despedimos junto a la valla de la urbanización. No pude pegar ojo. Volví a buscarla al día siguiente corriendo pero no la encontré. Recorrí durante varias semanas los descampados cercanos, pero ni rastro de ella, se la había tragado la tierra. Pasados dos meses perdí la esperanza de volverla a ver, estaba muy triste, mi amor era profundo. Me compré un Lamborghini Murciélago para intentar olvidarla, mi padre vio el extracto que llegó del banco y se organizó una gran bronca en casa porque él nos tenía dicho que sólo compráramos coches alemanes. Me volví loco. Me bebí tres botellas Campari, esnifé tres gramos y medio de coca y puse mi deportivo a doscientos veinte por hora en la circunvalación para hacer explotar el radar de la Guardia Civil aposta y, tras rebasarlo quemando rueda, noté un golpazo en la parte delantera. Paré en el arcén. Había arrollado a un animal que yacía destripado y con la cabeza casi separada del cuerpo. Pero su cara, a pesar del violento atropello, seguía siendo bella, intacta. Era mi amor, Laura. La cogí en brazos manchándome toda la ropa con su sangre y la llevé a toda velocidad al Club de Campo para que la atendiese el veterinario de guardia. Pero no había nada que hacer, estaba muerta, tenía los intestinos, los riñones y un pulmón fuera de la caja torácica y tuve que llevar a limpiar a mano la tapicería del coche al día siguiente. En vez de tirar su bello cuerpo a un contenedor la llevé al taxidermista que disecaba las cabezas de corzo a mi padre y a mis hermanos. Dos semanas más tarde fui a recogerla, pero más que un pastor alemán ahora parecía un setter irlandés, la había dejado fatal, no se parecía ya en nada a Laura, era un esperpento de imitación digno del museo de cera, parecía hasta sonriente. Le pagué los tres mil Euros en efectivo y le dije al disecador que se podía meter aquello por donde le cupiese. 

canem2Finalmente, tras mucho esfuerzo, saqué un cinco y medio en selectividad. La nota sólo me permitía ser admitido para estudiar en la Universidad Europea, previo pago de unos miles de Euros. Me armé de valor y propuse a mi progenitor matricularme en veterinaria. Me contestó que ni hablar, que no pensaba tirar quince mil Euros al año para que yo me dedicara a meter el brazo hasta el hombro en el ano de las vacas. Tenía su parte de razón. Me dio a elegir entre matricularme en derecho o marcharme de casa. El primer día de clase me encontré allí a Conchi, la hija de Ramírez-Abejón, el capitán de corbeta amigo de toda la vida de mi padre. Ella me sonrió y se acercó a mi. Era una rebelde con aspecto de ramera, por eso me cayó bien. Me contó su vida, cosa que no me interesaba lo más mínimo, pero para ella supuso un gran alivio. Me contó sus problemas con la anorexia, la bulimia, la cocaína y el Prozac. Me contó su estado de insatisfacción sexual y vital permanente. Me contó lo mal que le sentaba mezclar whisky con litio. Me contó que un día se había despertado en un descampado completamente desnuda y con semen brotándola de la entrepierna. Se sentaba al lado mío en las clases y se arrimaba a mí dándome calorcito hasta que los profesores nos llamaban la atención. Una vez intento masturbarme dentro del aula mientras el profesor hablaba, pero no conseguí ponerme en erección. Me avergonzaba constantemente con insinuaciones sexuales. Me invitó a su cumpleaños, le puse excusas variadas por teléfono para no ir, y me preguntó que si yo era homosexual, cosa que negué con firmeza y que ella puso en duda a gritos. Entonces accedí a ir a su fiesta y ella se las arregló para meterme en su cama tras obligarme a consumir cocaína mezclada con éxtasis. Me lamió el pene hasta irritármelo sin que yo tuviera una erección, pero entonces me hizo tragarme una Viagra y me cabalgó encima hasta tener un fuerte orgasmo. Nos casamos al terminar la carrera, fue una boda con cuatrocientos setenta y cuatro invitados, muchos de ellos militares como nuestros padres. Uno de ellos, un tenientucho de corbeta, completamente borracho se me insinuó en los servicios y al yo negarme me preguntó si yo era homosexual como mi padre y mi suegro. Nos fuimos de luna de miel a Cancún.

Nuestro matrimonio mejoró mi vida ostensiblemente, me apartó de las miradas inquisitivas de la gente gracias a nuestra supuesta normalidad. Pero mi falta de erecciones y su consumo desaforado de Prozac, alcohol y sushi (tuvo una fuerte pancreatitis a causa de que sólo comía pescado crudo, y poco, y la mayoría lo vomitaba) nos hacía tener fuertes discusiones de pareja. Pasábamos semanas sin hablarnos, cada uno en una planta del chalet. Los negocios, sin embargo, nos iban de maravilla. Habíamos montado una asesoría jurídica con treinta abogados a nuestro cargo y llevábamos casos famosos cobrando elevadísimas minutas, sin prácticamente tener ni que ir a la oficina si no nos apetecía. Conchi contrató a Pelayo como becario. Entonces nuestro diálogo casi terminó. Empezamos a vivir como simples compañeros de piso que ni se hablan ni se respetan lo más mínimo. Yo me compré una perra bóxer preciosa, Adeline, pero era muy arisca, no le gustaba el sexo, y tampoco es que fuera muy cariñosa conmigo, además de que babeaba mucho en cuanto olía cualquier comida y lo manchaba todo. La sacaba a pasear por los enormes descampados que circundaban a la urbanización apartadísima a la que nos habíamos trasladado a vivir. Entonces conocí a Juan Pedro.

Un día, perseguidos por dos pittbulls que guardaban un vertedero de unos gitanos, Adeline y yo atravesamos una zona desconocida y dimos con aquel pequeño bosquecillo que no estaba vacío como el resto de parajes de los alrededores. Aunque el lugar estaba apartado y era de difícil acceso, estaba lleno de perros y sus amos paseando entre los pinos. Cuando menos era chocante, extraño, un lugar irreal, pero excitante. Desde el primer minuto me sentí bien allí, como en casa, en mi salsa. En un pequeño claro protegido de las miradas estaba Juan Pedro haciendo el amor con su perra Lily, con otro perro podenco llamado Toby y cuatro o cinco hombres se masturbaban alrededor observando la escena. Juan Pedro terminó de eyacular dentro de ella y, tras limpiarse el pene con un pañuelo, se me acercó sin ruborizarse lo más mínimo. Yo lo conocía de vista de los juzgados, era un conocido fiscal antidroga. En la vida cotidiana era un hombre muy tímido, como yo, pero allí estaba como pez en el agua, y me hizo de cicerone por el lugar. Me contó todo sobre aquel mundillo. Yo no estaba solo, éramos muchos y con mucha variedad de gustos, gente de todos los estratos sociales amante de los animales. Me dio una tarjeta con la dirección de una discoteca del centro, me insistió en que podía ir con mi perra.

Volví a casa. Me puse mi traje de Armani y Adeline y yo nos encaminamos a “Cave canem”. Conduje a toda velocidad, saltándome todos los radares, impaciente. En la puerta, flanqueada por dos corpulentos búlgaros con dos feroces doberman, nos esperaban Juan Pedro y su perra. Entamos en el local. En la primera planta había un bar cuya barra estaba rodeada de platitos para que las mascotas bebiesen, enternecedor. No teníamos sed, así que bajamos unas escaleras hasta un piso inferior donde perros y dueños corrían y bailaban el fox-trot sobre una enorme pista de baile. Mi excitación iba en aumento. Por allí pude distinguir a muchos personajes conocidos: presentadores de televisión, futbolistas, periodistas del corazón (había muchos), políticos, cantantes y hasta un presentador del Telediario. Uno de cada cuatro hombres son en realidad como nosotros y no se atreven a contarlo por temor a la reacción de sus familias, muchos están casados y con hijos pero en realidad solamente se excitan cuando ven algún can guapo o al oler a lo lejos algún ano de esta maravillosa especie descendiente directa del noble lobo. Juan Pedro cree que incluso el presidente del gobierno, varios ministros y uno de los jefes de la oposición lo son, no estamos en absoluto solos. Pero lo mejor estaba por llegar.

Descendimos hasta un segundo sótano iluminado con fuertes luces de neón que se reflejaba en las superficies blancas y daba a todo un aspecto fantasmagórico. Allí la gente hacía el amor con sus mascotas en total libertad, sin miedo al qué dirán, en parejas, en tríos y en grandes grupos. Algunos se masturbaban mientras olían el ano a los perros. Había heces por el suelo y algunas pieles de animales recién muertos y perros y humanos se revolcaban sobre ellas, en perfecta armonía y sin timidez. Un camarero llegó con una jaula y de ella obligaron a salir a un gato, que todos persiguieron hasta capturarlo y despedazarlo a mordiscos, y el ganador fue agasajado con un hueso de plástico, el ganador fue un conocido presentador de televisión. Un pequinés vomitó y su dueño se lo comió lamiendo incluso el suelo. Juan Pedro me contó que había filias y fobias para todos los gustos, que a unos les gustaban los perros grandes, a otros los pequeños, y que lo que más estaba de moda eran los canes peludos y los bull-dog. También me relató que efectivamente éramos muchos, una comunidad enorme pero que tradicionalmente había sido reprimida porque la sociedad era hipócrita y falsa. Era cierto teníamos derecho de ser libres y hacer lo que nos diera la gana mientras no hiciéramos daño a nadie. Yo pensaba ésto mientras un tipo a mi lado, uno de los mejores futbolistas del mundo, masticaba el zurullo recién defecado por un perro y mientras lo saboreaba tuvo una tremenda erección y eyaculó en un kleenex que luego dio de comer a un pastor alemán que pasaba por allí. He de confesar que la caca de algunos perros que sólo comen pienso sabe bien, a perejil, yo también la he probado.

Éramos perros presos dentro del cuerpo de hombres. Desde que nacimos lo habíamos sido pero esta sociedad absurda, abyecta e ingrata no nos aceptaba. Esta cultura intolerante, fóbica e irracional, es sobretodo una enorme prisión. Eso de que el hombre nace polimorfamente sexual y forja su conducta sexual a lo largo de la vida eligiendo con libertad la opción que más le apetece es una mentira enorme, la sexualidad viene en el ADN de cada uno como un mensaje divino. En realidad todo es sota, caballo y rey, el libre albedrío sexual es un cuento, una mierda, vamos. Charlé un rato con el dueño de un precioso husky que me contó que iban a organizar una manifestación para reclamar la legalización del matrimonio entre perros y humanos. Había que dejar la clandestinidad y darnos a conocer, "salir de la caseta", como ellos decían.

También hablé con un conocido cirujano plástico que Juan Pedro me presentó. Él reposaba en un sillón después de hacer felaciones a tres mastines y me contó que ya era posible cambiar de raza tras una operación. Que te implantaban pelo por todo el cuerpo y que mediante un acortamiento de extremidades, un alargamiento de orejas y un retoque genital acababas convirtiéndote en lo que tu alma realmente te marcaba. Pero la operación era muy cara, no lo cubría la seguridad social, costaba cuatrocientos mil Euros. Se me encendió una luz de esperanza. Por cuatro duros podía hacer realidad mis deseos.

Regresamos a casa aquella noche, yo al fin con ganas de vivir. Por una vez en mi vida tenía ilusión por algo. Aceleré a tope mi Masseratti por la circunvalación eufórico mientras escuchaba a Richard Clayderman en la radio a todo volumen. Me bajé del coche de un salto y subí corriendo por las escaleras hasta el tercer piso y busqué a Conchi para contarle el suceso extraordinario que me había sucedido, abrí la puerta de su habitación y allí estaba en pleno coito con Pelayo, que asustado se la sacó del ano de golpe haciéndola daño. Pelayo, se asustó al ver mi rostro invadido por la loca felicidad, huyó escaleras abajo y Conchi se encerró llorando en el water. A través de la puerta la expliqué que no se preocupara, que no pasaba nada, que yo ya sabía que ella tenía que satisfacerse libremente. Salió del baño. Había vomitado sushi. Nos sentamos en la cama. Entonces le conté mi idea de cambiar de especie. Le dije todo lo que pensaba, lo preso que me había sentido hasta entonces dentro de un cuerpo que no era el mío. Nos abrazamos y lloramos juntos, hombro contra hombro. Viva la liberación.

canem3Ella fue generosa. Me prometió su apoyo. Tenía que poner todas nuestras sociedades a su nombre por si algo me sucedía durante la operación, que tenía sus peligros, además de que después yo dejaría de existir como humano para vivir bajo su potestad. Ella me acompañaría en todo momento durante aquel trance. Llamé a Juan Pedro y él me puso en contacto con la clínica. Viajamos a Marbella, allí se encontraba. Era un lugar de máximo lujo. Pagamos los cuatrocientos mil Euros y firmamos los papeles de consentimiento de la operación, con los que me ponía en manos del destino. Mi cuerpo, generoso y cautivo, lo dí a los cirujanos, para la libertad. Tras un proceso hormonal y un estudio corporal a fondo, tres semanas más tarde me operaron. Gracias a las hormonas la voz se me había tornado más grave, no podía vocalizar, sólo gruñir y balbucear, y me estaba saliendo un pelo fuerte por todo el cuerpo, estilo Yorkshire Terrier, precioso. Entré en quirófano tras despedirme de Conchi.

Cuando me desperté sufría tremendos dolores, y por mucho que ladraba nadie me administraba calmantes. Conchi no estaba junto a mi lecho para reconfortarme. En los dos meses en que estuve convaleciente en la clínica estuve totalmente solo metido en una jaula en la que casi no cabía, haciéndome mis necesidades encima. Mi cuerpo estaba completamente vendado, entumecido y no podía andar ni casi controlar los esfínteres. El hedor allí era insoportable. Pasé hambre, sed, calamidades, llegué a comeme mis propias heces, y he de confesar que no me supieron del todo mal. Me fueron despojando de las vendas. Entonces entró un veterinario. Habíamos pasado a la segunda fase, ya no me verían más médicos, sólo veterinarios. La diferencia con el personal sanitario fue grande al cambiar de especie, ya que mientras los médicos suelen ser gente formada y profesional, los veterinarios en su mayoría son unos tuercebotas descerebrados con menos ciencia que Rappel un día de borrachera. El veterinario me contó sin ambages que la operación no había salido del todo bien, y que habían tenido que cortarme el pene y los testículos por orden expresa de mi dueña, o sea, de Conchi. Que mi nombre ya no era David, sino Rintintín, como ella había pedido expresamente que se dirigieran a mi desde entonces. Aquello empezó a escamarme, monté en cólera. Por muchos ladridos y aullidos que pegué no me hicieron ni caso. De hecho el veterinario me golpeó con un periódico enrrollado y como no me callaba con violencia me drogaron salvajemente hasta dejarme atontado, con la lengua fuera, sin poder moverme en medio de un charco de pis, caca y vómitos, que afortunadamente tras mi cambio radical me olían a gloria bendita.

Esta mañana por fin me dieron de alta y, tras todo ese largo tiempo de sufrimiento y soledad, sorprendentemente Conchi apareció por la clínica con Pelayo. Me recogieron con cara de asco y alguna que tora risita sarcástica. Yo casi no podía caminar aún. Pelayo me agarró con brusquedad del pellejo del cogote, me metieron en una jaula y me introdujeron en el maletero. A mi lado, en otra, pude oler a Adeline. Estaba muerta de miedo la pobre, se había cagado y meado dentro, ese olor me excitó, pero ya no iba a poder masturbarme jamás en lo que me quedaba de vida, gracias a Conchi. Condujeron unos kilómetros. Entonces pararon en la puerta de otra clínica veterinaria más modesta, bastante más, cutre diría yo. Nos sacaron de las jaulas y pasamos adentro. Adeline y yo nos resistimos con uñas y dientes a entrar, pero a base de patadas de Pelayo nos metieron dentro. Escuché a Conchi decir que quería que nos administrasen la inyección letal, a los dos. La veterinaria, una joven con cara de pazguata drogada, dijo que era lógico conmigo, que parecía muy enfermo, pero que la perra era muy joven para sacrificarla. Conchi insistió y le dijeron que no había problema, que ella era la dueña de los perros. Pasaron a Adeline a una salita contigua. Se despidió de mi con una mirada insípida hacia el vacío, como casi todas las suyas. Era fea, pero recordé sus felaciones a regañadientes. Diez minutos más tarde se abrió la puerta y sacaron a Adeline inerte, y pude ver cómo la introducían en una bolsa de basura. Después me metieron a mi en el mismo cuarto.

Me pusieron una vía intravenosa en la pata. Preguntaron a Conchi si quería acompañarme en mi final, pero pagó y dijo que no. Se marchó con una sonrisa en la boca. Acabo de hacerme pis y caca a causa del miedo. Por lo menos así dejaré en este mundo algo que todos os merecéis. Acaban de poner una jeringuilla gorda en el agujero de la vía. Poco a poco voy sintiendo la droga. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Está llegando el fin. La vida pasa delante de mis ojos. En el paraíso oleré todos los culos, masticaré heces de caballo y de otros perros, me revolcaré sobre pieles de animales muertos, comeré vómitos y romperé periódicos y zapatos a mordiscos sin que nadie me castigue. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me duermo.... La vida es sueño. Adeline, Adeline, voy  contigo, Adeline....


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