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Tres días antes de Jesucristo

Salió por la puerta de los juzgados de Plaza Castilla con una mala hostia de cojones. Hacía frío húmedo fuera, rasca de típica de la zona norte del “foro”; un ligero viento mugriento, mezcla de contaminación y neblina invernal, flotaba fétido sobre el sucio Madrid, la ciudad donde casi nunca nieva pero que cala hasta los huesos, o hasta los huevos. La estampa era típicamente prenavideña: gente corriendo entre la lluvia ácida de la Castellana a pié, en moto o en coche, rumbo a restaurantes infestados de liendres en busca de comidas de empresa o camino de casas plagadas de ratas sonrientes donde aparentar felicidad. Romerales tomó dirección norte, hacia el Vips de Mateo Inurria, lugar donde poder beberse un café reparador escuchando música de ascensor en medio de una atmósfera algo más aséptica que la callejera, para intentar calmarse y no matar a algún transeúnte inocente.

Entró en el antro capitalista. Se sentó en un taburete de una minibarra y pidió un café de 3,50 Euros. Sacó el móvil del bolsillo y marcó el teléfono de Mamen. En la imagen del avatar-icono de ella en la lista de contactos se la podía ver enseñando un pezón al levantarse el tapatetas del bikini.

- Hola. ¿Qué tal ha ido todo, bicho?
- Mal....
- Joder, ¿qué ha pasado?
- Nada, que el hijo de puta del juez ha desestimado el reducir la asignación económica. Nos quedamos con los dos mil cuatrocientos pavos. Yo no sé lo que voy a hacer, - cariño... no han estimado ninguna de mis alegaciones.
- Cabrones. Pero la culpa no es sólo de la zorra de tu exmujer, es que tiene cojones que tú aceptases en su día esas condiciones imposibles, ya sabes lo que pienso, Josean.
- Ya lo sé, cielo, ya lo sé. Estoy hundido. A perro falco todo son pulgas, o garrapatas como mis hijos.
- Te juro que yo cogía una escopeta y me iba para la casa. Estás manteniendo a tus churumbeles, a la zorra y a su novio. Les prendía fuego a lo bonzo....
- Ufffffffffffff.....¿Qué tal la reunión?
- Pues mucho cantamañanas, como siempre. Chorradas varias.
- Típico de los del 15-M, no sé qué te sorprende. Saluda a Raúl y a Felipe de mi parte, diles que no faltaremos a la manifa, llueva o nieve....
- Raúl está por aquí, dice “fight the power” para tí, Romerales. Venga, anímate. Ya no pueden embargarte nada, ahora que se busquen la vida, a ver si los desahucian...
- Ya.... bueno, enfin... me voy para allá. Igual me entretengo un rato comprando algún regalo por el camino, no sé.
- Quiero una bufanda roja, no se te olvide. Navidad, navidad, puta navidad, Romerales...
- Ya... bueno, hasta luego.

tresdias2Apuró el caro café y salió del VIPS. Cogió Agustín de Foxá hacia la estación de Chamartín. Le jodía coger el cercanías, pero tenía la moto estropeada. Se la había dejado a Hassan en el taller pirata del Cobo Calleja, por suerte allí reparan todo a mitad de precio, y además se pillan unas bellotas de polen excelentes. Se lió un porro antes de entrar a la estación, le pegó un par de caladas profundas, apagó la punta y lo guardó en una cajetilla de tabaco. Después miró el tablero electrónico. Un tren dirección Aranjuez partiría en siete minutos. Lo tomaría, se bajaría en Pinto, y luego tendría que coger un autobús hasta el puto fin del mundo, San Martín de la Vega. Desde que habían clausurado la estación-pelotazo de San Martín, construida para el supuesto éxito del ruinoso Parque Warner, el pueblo tenía unos accesos infernales. Pero era barato vivir allí, un adosado con piscina comunitaria setecientos cincuenta Euros. En la puta aldea habían terminado muchas personas escupidas por los precios astronómicos de la capital, los eternos desterrados. Barato, pero el pueblo era horroroso, rodeado de yeseras, árido y mal comunicado, una verdadera mierda pinchada en un palo en medio de la nada.
Romerales hizo tiempo en los servicios. Entró, se sacó una bolsita transparente del bolsillo, esparció un poco de escama y esnifó un par de lonchas sobre su cartera de piel falsa de hippie. Tragó aire a pulmón y con ello consiguió acelerarse y, al mismo tiempo, calmar el demonio que llevaba siempre dentro.

Bajó al anden. El contraste de temperatura con el exterior le hizo dar un respingo de tiritera. El tren tardó poco en llegar. Subió los escalones de un salto y se sentó en una silla de las que dan la espalda a la ventana. El convoy procedía de la zona de la sierra, sus pasajeros, pijos pastel bien maqueados en su mayoría, contrastaban claramente con los de la zona Sur de Madrid a los que más tarde se dirigiría el cercanías. Arrancaron con un sonido seco, como un crujido. Enfrente de él, una rubia vestida con pantalones beige ajustados y un jersey verde claro pulsaba su teléfono móvil con frenesí. Estaba buena, se entreveían unas tetas gordas y un cuerpo bien trabajado en pilates o cualquier mierda por el estilo. Un par de minutos después Romerales sintió la inercia del freno, porque estaban llegando a Nuevos Ministerios. La rubia levantó la vista del teléfono y se levantó dando un respingo con rapidez. Hizo ademán inconsciente de introducir el móvil en su bolso mientras se ponía el abrigo, con tan mala suerte que éste, sin que ella lo viera, cayó sobre el asiento. A Josean no le dio tiempo a decir ni palabra. Las puertas se abrieron y la rubia salió corriendo chocando con tres chavales que entraban, y que rápidamente ocuparon el asiento de ella y otros dos que había libres a los lados.

Uno de ellos, un gordito rapado con un tatuaje en el cuello, vio el aparato abandonado al posar su culo sobre el reposadero.

- Mira lo que hay aquí, joder, un puto Iphone, la hostia JAJAJJAJAJAJA ya tengo regalo de navidades.
- Hostia puta, qué suerte, Alex, cabrón...
- Debía ser de esa rubia que casi me tira, que se joda y baile JEJJEJEJEJE. 

Romerales se levantó como con un resorte en el culo mirándoles con cara de asesino. Los tres críos le doblaban en tamaño pero, a pesar de ser algo retaco y ya cuarentón, Josean imponía, por sus maneras y movimientos típicos de mamón de barrio, algo de respeto. Los huevos gordos, entre unos tíos y otros, aunque los individuos sean de diferente edad o clase social, se adivinan a distancia. Se paró delante del gordito.

- A ver, morsa, ¿no te da vergüenza quedarte con algo que no es tuyo?
- ¿Pero qué dice este viejo?
- No sé, le picará algo...
- Ese MÓVIL NO ES TUYO, CABRÓN. Ya estáis devolviéndolo. Os salís y lo dejáis en la taquilla. Seguro que no os gustaría que os lo hicieran a vosotros, hijos de puta...
- Ehhhhh, no te cantées abuelo....

Romerales agarró del cuello al más dicharachero, que al estar sentado se encontraba en posición de inferioridad. Los tres niños duros de la zona sur se quedaron blancos, estupefactos, cagados de miedo. De nada servía hacerse el malote si de repente surgía de la espesura de la jungla un tío que pronunciaba las frases mágicas como si tuviera todas las muelas picadas. Romerales, efectivamente, no tenía ni una muela sana alguna en la boca, eran todo endodoncias; unas se le habían roto a causa de las caries, otras por endodoncias mal aconsejadas, y de remate alguna que otra había desaparecido a hostias.

- No me haces puta gracia con eso de abuelo, ¿estamos, HIJO DE PUTA?
- Bueno, bueno, tranquilo, coño...
- Ni tranquilo ni hostias, ¿VALE? He dicho que lo devolvéis, me cago en Dios y en su puta madre...
- Joder, pues toma y lo devuelves tú, no te jode...
- Que te repito QUE NO ME HABLES EN ESE TONO, niñata.

El tren se detuvo de repente en la puta estación Sol-Vodafone. El que llevaba el móvil se lo puso en una mano a Romerales que aflojó al instante el lazo a su presa. Los tres se levantaron, abrieron la puerta pulsando el botón verde y salieron como cuando un alma que lleva al diablo pegado al culo. El resto de pasajeros, que observaban la escena cobardemente, sin hacer nada, alegraron sus caras de forma repentina y uno de ellos comenzó a aplaudir. Le siguió el resto palmeteando y se escuchó entre la clá algún “bravo”, y algún “con dos  cojones, sí señor”. Una mujer mayor se acercó a Josean, le dio un beso en la mejilla y le espetó:

- Con tres o cuatro como tú este país cambiaba. Feliz navidad, hijo.

tresdias3Romerales asintió agradecido, y un poco avergonzado. Nunca nadie le había aplaudido en público, más bien le habían reprendido unas cuantas veces. Se quedó pensativo. La marcha se reanudó y en menos de un suspiro el tren volvió a frenar, se acercaban a Atocha. Josean se levantó cuando iban a detenerse, la gente le miraba, no le quitaban ojo. Descendió del convoy. Apretó el paso por las escaleras, traspasó los tornos de salida sin detenerse en las taquillas. Se dirigió hacia la entrada del Metro de la estación. Observó que no había ningún guarda jurado, ni a derecha ni a izquierda. Pegó un bote y saltó uno de los torniquetes de entrada al suburbano madrileño. Un tren llegaba ruidoso. Corrió, las puertas se abrieron y se introdujo en él.

Dirección Pinar de Chamartín. De nuevo en aquella dirección, ahora en la Línea-1 del Metro. Atocha. Antón Martín, Tirso de Molina. Sol. Gran vía, Tribunal, Bibao, Iglesia, Ríos Rosas, Cuatro Caminos, Alvarado, Estrecho y, finalmente, Tetuán. El trayecto pasó como en un agujero de gusano. Romerales corrió escaleras arriba, salió a la calle Bravo Murillo, al Tetuán sin ley que tan bien conocía. Allí al lado estaba el Cash Converters. Tres moros hacían guardia en la puerta, intentaron pararle para ver qué llevaba e intentar comprárselo a bajo precio, pero los miró con cara de mala  hostia y se apartaron. Entró en la zona de ventas de la sórdida tienda de segunda mano. La suerte le venía de cara ese día de principio a fin, porque, cosas rara, no había cola.

- Hola, buenos días. Qué raro que no haya nadie aquí, siempre que vengo toca esperar un rato, y siendo navidades...
- Es que ha pasado la Policía Nacional a mirar unos datos y curiosamente se ha marchado todo el mundo que había esperando, fíjate qué casualidad, qué suerte tienes, macho.
- Ya. Bueno, yo te traía este Iphone. Espera que le saco la tarjeta SIM.
- Parece que está bien conservado.
- No tengo la caja, pero está liberado y sin una rayita...
- ¿Cuánto pides?
- Trescientos cincuenta, es último modelo. Casi sin estrenar, es que me han regalado otro...
- Lo siento pero sólo puedo darte ciento sesenta, como mucho.
- Joder, no me fastidies, si este vale nuevo más de quinientos, no me intentes hacer el lío, anda.
- Te digo que no puedo. Mira, puedo darte ciento ochenta, ni un pavo más.
- Doscientos o me piro y se lo vendo a un moro de los de la puerta, y me la suda lo que me dé...
- Errrrrr, venga, okey. Tú ya tienes ficha aquí, déjame tu DNI para meter los datos y ya está. Nou problem.

Le soltaron cuatro billetes de cincuenta. Estaba contento. Cruzó Bravo Murillo por mitad, sorteando los coches, eufórico. Bajó por la calle Huesca hasta llegar a Infanta Mercedes. Giró a la izquierda y unos metros más allá se introdujo en un portal. Romualdo, el portero, le saludó. Llamó al ascensor y subió al quinto. Tocó al timbre de la puerta "D". Abrió una mujer madura china fea como pegar a un padre con un gorro de Papá Noel tiñoso sobre la cabeza.

- Hola, ¿cómo estás? ¿Vacaciones de navidad?
- Hola. ¿Está por aquí Yu-li?
- Sí, en la puerta cuatro. Ciento ochenta la hora, ya sabes.
- Vale. Voy para allá.
- ¿Quieres la falopa de siempre tabién?
- No, gracias, no llevo suficiente. Tengo sólo veinte.
- Por veinte eulos te pongo una layita, venga...
- Gracias, Susi, eres un sol...

Traspasó la puerta cuatro. Allí estaba Yu-li, una muchacha oriental de nacionalidad y edad indefinidas, entre los quince y los cincuenta años, vestida con una horrible ropa interior roja y con un gorro de Papá Noel sobre la cabeza tan mugriento o más que el de su jefa.

- Hola, Felipe. ¿Cómo está?
- Muy bien, cariño. Por aquí otra vez, a hacerte una visita.

La chica se desnudó casi sin mediar más palabras. Felipe-Josean se sacó los pantalones a trompicones. Ella le agarró el ciruelo y se lo metió en la boca. Tras un minuto de mete-saca extrajo el miembro de entre las caries de sus dientes color plátano pocho y él eyaculó sobre su cara macilenta con gran potencia. Sobre la parte blanca del gorro de ella cayó una gota de semen espeso que se distinguió de la tela sucia a causa de un pequeño hilillo de sangre que contenía.

- Feliz navidad, Yu-li, -dijo Romerales mientras se calmaban sus graznidos de placer-.


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