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Odio y heces

J odiaba las clases, odiaba a los profesores, odiaba a los alumnos de todas las edades, incluso odiaba a las pizarras y a las putas tizas. Si todos se hubieran muerto en un atendado terrorista él hubiera sido feliz. Los otros niños le machacaban, le pegaban, le vejaban, le insultaban. J no cagaba nunca en el colegio, y rara vez meaba, se las arreglaba para aguantarse hasta casa, ya que le daban arcadas sólo de pensar en entrar en aquellos repugnantes wáteres adornados con tan penetrante hedor a orín y a humanidad infantil. Salía de su casa a las ocho de la mañana y regresaba a las cinco y media de la tarde, la tortura era larga. Durante ese lapso de tiempo, su cuerpo no se vaciaba de líquidos más que mediante el sudor y la excreción nasal. Gracias a la práctica de tan escatológico deporte y al paso inquebrantable de los años, que siempre al humano le añade diabólica experiencia, J consiguió un tremendo control de sus esfínteres, su recto se convirtió en una válvula de acero infranqueable para las heces fecales, una habilidad desarrollada con el tiempo de forma inversamente proporcional a su actual facultad de controlar la eyaculación, reto que nunca llegó a superar ni con entrenamiento duro a base de masturbación compulsiva estilo mandril.

Gracias a ese supremo esfuerzo, a ese trabajo de Hércules de entrenamiento anal, J podía hacer sonar sus intestinos con la habilidad de un maestro de la gaita, era un auténtico genio interpretando bellas melodías al estilo de las de Carlos Núñez con el suave pero bizarro viento de metano que expulsaban sus nalgas al relajarse. Era capaz de conseguir un cuesco de aceptable sonoridad cada quince segundos sin esfuerzo, y repetir esa flatulenta operación durante horas sin desfallecer ni acudir a urgencias del hospital. J es en la actualidad claramente comparable en cuanto a pedos con Usain Bolt en el atletismo. Si el esprinter jamaicano es capaz de correr los cien metros lisos en nueve segundos y sesenta y nueve centésimas, J es capaz de convertir una lata de fabada litoral en novecientos sesenta y nueve malolientes pedos en cien minutos, y todo ello sin la necesidad de perder el tiempo en un gimnasio ni la de maltratar su cuerpo con pesas, Winstrol o anabolizantes.

odio2J estaba enamorado de una niña calientapollas de su clase, ML, que ni se dignaba a mirarle. La relación de J con las mujeres siempre ha sido un “quiero y no puedo”. Las hembras por aquel entonces no reparaban más que en los delincuentes juveniles y en los viriles repetidores, únicos machos a los que dejaban magrear sus inmaduros cuerpos tumbadas sobre el césped de los míseros parques del extrarradio. J se masturbaba compulsivamente pensando en ella y, una tarde, consiguió la cifra récord de ocho eyaculaciones. Luego tuvo que pasar la fregona con energía sobre el suelo de su cuarto, aprovechando el rato en que su madre bajó a tirar la basura, para mitigar las agrias manchas con las que había adornado el parquet. Con el paso de los años, esas enormes cantidades de semen vertido por sus testículos acabó corroyendo la madera de tal manera que sus progenitores tuvieron que cambiarla primero por Sintasol y más tarde por tarima flotante.

La carne es tan débil como la mente. Los sentimientos muchas veces brotan como un torrente incontenible. Y J perdió la cordura una mañana, ya que durante el recreo le contó a un supuesto amigo suyo, R, que le gustaba ML, que estaba locamente enamorado de ella. Relató cómo soñaba con ella desnuda, cómo pensaba en un futuro en el que se casaban por la iglesia, cómo fantaseaba con penetrarla sin anticonceptivos para dejarla embarazada durante el primer coito para que ella no pudiera separarse ya nunca de él. “Amigo” es sin duda una palabra con "sentido", pero sin "referencia" real, como diría el hijo de puta de Wittgenstein después de que su mujer le pusiera los tochos. “Nunca te fíes de nadie, no te fíes de mí...”, afirmaba Herodes Agripa al emperador Claudio, su supuesto mejor amigo, en una novela pestiño de Robert Graves.

ML parecía que ni veía a J. Pero dos semanas más tarde de la charla con R, se le acercó por sorpresa Jesús Cerdá, un matón repetidor tres años mayor que él y compañero suyo en séptimo curso de EGB. J creyó que le iba a llamar maricón y a pegarle, como hacía siempre, pero éste, entre sollozos, le relató que la chica por la que bebía los vientos J le había confesado a él, mientras hacían el amor bajo un pino piñonero del parque sito junto a las vías del tren de Alcorcón, que estaba loquita por J, y que ella no se había corrido durante aquel polvo con la excusa de que sólo podía alcanzar el orgasmo pensando en J. ML le había suplicado llorando a Jesús que por favor que no la pegase más y que hablara con J para hacerle llegar sus sentimientos, que no podía decirle aquello en persona porque le daba vergüenza que sus amigas la vieran con uno de los feos del colegio. Jesús pidó a J, ante la sorpresa de éste, que si la amaba de verdad como él acudiera al cine del barrio aquel sábado por la tarde, a la sesión de las siete, y que dentro, en la última fila, se encontraría ML con él. A J le dio un vuelco el corazón aquel martes, y hasta el sábado no se le levantó el nabo ni para hacerse una paja, todo por amor, también por algo de acojone, pero sobretodo por amor. Tenía mariposas en el estómago que le impedían estudiar, excitarse o comer. Soñaba con dormir con ella pero, sorprendentemente, no con que se la chupara hasta eyacular, él se había vuelto noble y limpio de repente. Llegó el sexto día de aquella semana y J se acicaló, se vistió con unos pantalones Levi´s de imitación del rastrillo del San José de Valderas, se calzó unas Nike Wimbledon de su hermano que le estaban dos números grandes y se embadurnó hasta casi provocarle el vómito la cara y hasta sus partes con la colonia Brummel de su padre. Se marchó al cine nervioso como un flan Dhul, fantaseando en cómo sería aquello del amor real, el de carne y hueso.

Llegó diez minutos antes de comenzar la sesión. Le daba vergüenza entrar sólo al cine, pero le echó huevos por una vez en su sucia vida y se adentró con paso firme en la sala, poblada en ese momento por viejos desocupados, gordos pajilleros metemano sin amor, indigentes en busca de calor y chicos bravucones con sus novias pechugonas intentando magrearlas o meterles la polla en la oscuridad. Echaban un suculento programa doble: “Los liantes” y “El lago azul”. Se sentó, vigilando a un lado y a otro, en guardia, ya que contaba la leyenda que unos choros le habían robado los pantalones de marca a un chaval durante una proyección y el pobre infeliz había tenido que volver a su casa en calzoncillos.

J Aguantó las casi cuatro horas en soledad, esperando a su amada, que nunca apareció por el lugar. Al menos pudo tirarse sus habituales ventosidades a gusto, sin miedo al rechazo de su Julieta ni al qué dirán, porque el hedor de fondo de la tela raída de las butacas y el de los meados resecos, que brotaba de los baños del fondo de la sala, amortiguó de forma eficaz el olor de los cuescos. La sesión doble terminó. J estaba cabreado y triste a partes iguales. ¿Qué le habría sucedido a ML? ¿La habrían prohibido salir sus padres? ¿Estaría enferma? ¿Le habría bajado el periodo de la emoción? A la salida, nada más atravesar las puertas de cristal, se dio cuenta de que todo era, en realidad, una burla. Pudo observar a Jesús Cerdá y a tres más de los hijos de puta de sus compañeros, incluido R, en la acera de enfrente descojonándose al verle. Le llamaron maricón y gilipollas a gritos para que toda la gente lo escuchase. Le siguieron casi hasta su casa mofándose de él, incluso le dieron tres collejas que le dejaron el cogote color papaya. Cuando ya casi había llegado a su morada, Jesús le adelantó, se puso frente a él, le empujó, después le pegó un puñetazo en las costillas y le llamó mierda carcajeándose, e insinuó que si quisiera se follaba a su madre, que era también una puta cerda. Le dijo a las claras que se iba a llevar hostias hasta en el carnet de identidad hasta que él se hartase, y que a ML no le gustaban los maricas, que a la chica en cuestión se la follaba todo Dios menos él. Delante de todos, mientras J estaba en el suelo, le escupió e hizo ademán de mearle encima. Afortunadamente se aburrieron y se marcharon. Humillado subió a su casa. Su padre vio las manchas del pantalón que se había hecho al caer al suelo y un arañazo que tenía en la cara y le castigó sin paga dos semanas.

odio4Las risas en clase siguieron hasta final de curso, y las hotias en su contra también, cíclicamente, día sí y día también. Una tarde se cruzó con ML y sus amigas en un pasillo del colegio y ellas le llamaron maricón. Años más tarde, J, enchufado por su hermano mayor, consiguió trabajo en un periódico de tirada nacional, y en la actualidad cobra más de dos mil euros de sueldo por casi no hacer nada. J mató las tardes de adolesciencia y soledad en su habitación escuchando los discos de Pink Floyd y de los Eagles de su brother, fingiendo que era un tipo sensible y que amaba la música de los grupos dinosaurio de los 70. J se sigue masturbando compulsivamente, incluso en los servicios de su trabajo, incluso después de follar con su mujer, incluso, a veces, excitándose con los anuncios de putas de los canales de televisión local. J sólo se quiere a sí mismo, a los demás les pueden dar por el culo. J tiene que fingir todos los días de su vida que siente algo positivo por alguno de los restantes habitantes del planeta tierra. J caga todos los días dos veces en el trabajo. J dice que ha leído a Jules Renard, sospecho que es una puta mentira, aunque él afirma con convicción fingida que siempre dice la verdad, incluso cuando miente. J cree vivir en el país del cinismo, pero hace siglos que traspasó la delgada linea de la hipocresía. J pidió a su madre que le adelantase la herencia de su padre cuando éste murió.

Jesús Cerdá palmó de sobredosis el 9 de marzo de 1994. Tenía sólo ocho dientes y decía que era feliz. J también es feliz.

<<Pelo de Zanahoria, las nalgas apretadas, los talones bien plantados, se echa a temblar en las tinieblas. Son tan espesas que se cree ciego. De pronto una ráfaga lo envuelve como un paño helado, para llevárselo. ¿No hay zorros y hasta lobos echándole el aliento en los dedos, junto a las mejillas? Por lo visto, lo mejor es precipitarse hacia las gallinas con la cabeza adelante para agujerear las sombras. Tanteando, coge el gancho de la puerta. Al ruido de sus pasos las gallinas, asustadas, se agitan cloqueando sobre sus perchas. Pelo de Zanahoria les grita:  -¡Callaos ya, soy yo!>> “Pelo de zanahoria”, Jules Renard.


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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Enorme relato, tragicómico como la vida misma. Lo mejor (y lo peor) que tiene es que parece, como mínimo, verdad.
    Otro ratito hurgando en las miserias humanas o, como titularía un autor del Siglo de Oro, De cómo lo vivido no nos enseña a ser mejores.

    de Getafe, Madrid, Spain
lanochemasoscura