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La niebla

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-No tiene bastante con nada, con nada. Éramos la pareja perfecta. Mi familia aportaba el rancio abolengo: militares de carrera. La suya el dinero: nuevos ricos resultado de un pelotazo inmobiliario. Nos casamos. Cuatrocientos invitados. Estábamos guapísimos. Viaje de novios por todo lo alto a las Seychelles. Nos compraron un dúplex en el centro, enorme, a todo lujo. Luego a ella se le antojó el chalet. Pero enseguida se le quedó pequeño y echó el ojo a la urbanización de lujo con barrera en la entrada vigilada por un guarda jurado, jardinero particular, limpiapiscinas, mayordomo y dos criadas filipinas. Una casa enorme. Convenció a su padre para comprarla, él nos decía a todo que sí. No tardó mucho en idear reformas variadas para su castillo. Aunque en realidad es su tela de araña, una araña fea y peluda. Quinientos ochenta metros construidos sobre veintitrés mil de parcela. Hizo construir una piscina cubierta en la planta baja con una máquina para nadar a contracorriente. Tiró todos los tabiques de la segunda para dejarla diáfana e instaló un ascensor para seis personas.  Después de decorar durante cinco años la casa con todo lujo de detalles, un día le dio porque todo estaba anticuado y la reformó de nuevo, de arriba a abajo, todo nuevo.  Organizábamos fiestas o comidas familiares en la que ella mostraba orgullosa su palacio. Poco a poco la gente dejó de venir aduciendo mil excusas absurdas. Nadie la aguanta, ni sus charlas ni su verborrea, ni sus delirios de diva, todos disimulan y huyen de ella a la primera oportunidad. Maldita ególatra. Yo he empezado a odiarla. Nunca me ha gustado lo más mínimo, pero ahora es que la tengo asco. Asco, mucho asco.
-Tienes que ignorarla, David, que no te afecte. Al fin y al cabo las mismas cosas que os unieron ahora os mantienen juntos. Y además están vuestros hijos.
-Nuestros hijos dices, madre mía nuestros hijos. Al mayor hace año y medio que no lo vemos, y es el que vive más cerca, en Estrasburgo, es asesor de un diputado europeo de ultraderecha. El mediano en Singapur tiene la excusa perfecta con la distancia y los agobios de trabajo frenético en la bolsa. Y no digamos la vaga de mi hija que vive en Fidji, que no sabemos ni su número de móvil, que no hace nada con su vida, un calco de la hija de Satanás de su progenitora. Se han largado los tres bien lejos para no soportar a su madre. No nos tienen ningún cariño. Sabemos que llaman por teléfono a Angelines, su nani filipina, Conchi la echó a la calle por sucia y ladrona.
-¿Qué tal la cicatriz, te escuece todavía?
-No, tú eres el remedio a todos mis males, mi analgésico. Anal-gésico.

niebla2David agarró a su acompañante por la cintura y lo colocó sobre la cama a cuatro patas. Comenzó pasándole la lengua por el cuello. Luego le lamió la axila derecha. Le lamió la espalda. Le lamió las piernas de arriba abajo. Le lamió la planta de los pies y los dedos. Le lamió de nuevo las piernas, ahora en sentido contrario. Le lamió el periné adornándolo con un pequeño mordisco. Le lamió el ano hasta llegar al colon ascendente. Repitió la operación de lamidos de nuevo dos veces más y, al terminar, se puso un preservativo rosa sabor fresa e introdujo su pene por aquel ano que tenía enfrente que se podía observar tan dilatado por el uso como si fuera la bandera de Japón.

Tras una serie de fuertes empellones, David sacó su miembro del orificio. Cogió una papelina que descansaba sobre la mesilla y esparció un poco del polvo blanco que contenía sobre el esfínter de su amante. Otra pequeña cantidad se la puso sobre el glande. Volvió a penetrarlo, esta vez con mayor fuerza, casi con saña. Los caderazos eran salvajes. Comenzó a darle cachetes sobre las nalgas, que se pusieron rojizas. Golpes cada vez más fuertes, hasta percutir con el puño cerrado. La violencia le llevó, como siempre, al clímax. Eyaculó. Cayeron rendidos cada uno a un lado de la cama. Herminio se quedó dormido unos minutos más tarde, pero David había esnifado demasiada cocaína y tenía los ojos como platos y sin somníferos jamás era capaz de conciliar ni un minuto el sueño.

Se levantó y abrió la puerta del camarote. Subió por la estrecha escalera hasta el salón principal. La imagen de la fiesta era ya decadente, próxima a su fin. La mayoría de la gente se había marchado a descansar y los pocos que quedaban dormían la mona en los sillones o sobre el mismo suelo, los cuerpos desnudos se apilaban sobre botellas de Möet vacías, cócteles derramados y restos de cocaína. Un negro con un tremendo pene fláccido colgaba inconsciente atado a una columna cual Jesucristo. El presidente del tribunal supremo dormía boca arriba sobre una improvisada barra de bar con una eyaculación aún visible sobre su cara. Y el almirante Melgar Bastarreche yacía bajo una mesa con el trasero en pompa sobresaliendo de él una especie de palo.

Le entraron ganas de vomitar a causa del balanceo y de los excesos. Salió a cubierta a intentar vaciar su estómago por la borda. Estaba amaneciendo. El mar lucía como una balsa de aceite mientras el enorme yate surcaba el Caribe con el piloto automático puesto. El Sol brotaba poco a poco frente a él reflejándose esplendoroso sobre el azul del mar. Apoyado sobre la barandilla de la proa, descansó observando la bellísima estampa. De repente surgió una pequeña neblina, una nube baja. El barco la atravesó. David comenzó a sentirse muy mal cuando respiró aquel aire húmedo. Olía extraño, le dejaba un sabor rancio en la boca. Comenzó a ahogarse, a no poder respirar. Le picaba todo el cuerpo, que parecía impregnado por una sustancia repugnante y pegajosa. Cayó al suelo. A duras penas se arrastró sin respiración hasta la puerta de la cubierta, entró y la cerró. Poco a poco recuperó el resuello. Pudo ver por las ventanas cómo dejaban la extraña nube atrás. Encontró un calzoncillo abandonado en el suelo con el que pudo secarse el cuerpo de aquella humedad viscosa. Fue recuperándose aturdido. El susto había pasado, algo extraño notaba dentro de su cuerpo, pero la normalidad retornó a su organismo. Bajó al camarote donde Herminio seguía en brazos de Morfeo. Se acostó junto a él. Cogió dos tranquilizantes del pastillero que tenía sobre la mesilla y los engulló a palo seco. A los pocos minutos se durmió. Tuvo un sueño erótico en el que aparecía una mujer con cabeza de cerdo e increíblemente aquello le excitó. Eyaculó sin darse cuenta entre sueños sobre las sábanas y sobre las nalgas de Herminio.

El yate atracó en La Habana. La fiesta había terminado con un agrio balance: se comentaba que un chapero había caído por la borda y nadie se había dado ni cuenta. Y a otro esclavo sexual se le tuvo que llevar una ambulancia directamente al hospital inconsciente, no se sabía si a causa de una sobredosis o si por las heridas de los latigazos. Varias decenas de coches de lujo recogieron a los participantes para transportarlos hasta el aeropuerto. Herminio y David durmieron durante el trayecto. El chófer les condujo hasta la puerta de autoridades, desde donde embarcaron en el avión con gran rapidez sin esperar cola alguna. Se repantingaron sobre los asientos. Despegaron. Cuando llevaban un rato volando, Herminio echó amorosamente una manta por encima de David. Luego introdujo su brazo por debajo y le bajó la bragueta echándole mano al pene, que batió con suaves movimientos bajo la improvisada tienda de campaña. Pero, tras dos minutos de zambomba, aquello no se levantaba ni a la de tres. En un alarde de valentía miró a ambos lados y, cuando nadie lo observaba, metió la cabeza bajo la manta e intentó felar el miembro de su compañero, pero no consiguió dureza alguna. Además, el pene tenía un sabor raro, un dulzor algo repugnante.  Desistió. David tenía cara de preocupación y casi jimoteaba.

-No me encuentro bien, ya ves, no me apetece.
-Vete al baño y ponte unas lonchitas de coca sobre el glande.
-No, de verdad que no, lo tengo ya en carne viva de tanto untarlo.
-¿Te duelen las cicatrices? Igual no has hecho bien la digestión, el médico te dijo que no te pasases con las ingestas, y nos hemos atiborrado de marisco y caviar.
-No, no es eso. Es como si estuviera incubando un virus tropical maligno.
-Exageras un poquitín, Deivid, sólo es cocaína y poppers mezclado todo con alcohol, esa es la explicación. Anda, duérmete otra vez.

niebla3Algo extraño había invadido su cuerpo. Continuaba sintiéndose pegajoso, como si no hubiera podido limpiarse la humedad que aquella niebla extraña que habían atravesado le había impregnado hasta los tuétanos. Desde ese momento una nebulosa le nublaba la cabeza, un run-run constante. Él, siempre tan despierto sexualmente, ni había tenido pensamientos libidinosos cuando el azafato, un joven plumífero gay delgadito y finamente musculado de barba bien recortada, le había servido la bazofia del almuerzo. Raro todo, muy raro. Siempre que veía a un jovencito así, y mucho más a un azafato de uniforme, se le producía una involuntaria erección. Sin embargo, y eso le asustó, cuando la típica azafata rubia, una potranca rubia alemana de metro setenta y cinco con un trasero sugerente y unos pechos abundantes, le sirvió su gin-tonic de pepino, David se la imaginó completamente desnuda mientras él la penetraba vaginalmente. Y nunca le habían gustado nada de nada las vaginas. Para el sexo con su esposa David recurría siempre a la cocaína, a la Viagra o a la imaginación de largos y gruesos penes.

Nueve horas interminables de vuelo pero, al fin, vislumbraron la madre patria por la ventanilla. Aterrizaron. Desembarcaron por la puerta VIP, donde les esperaban sus chóferes. Herminio se despidió con un beso con lengua hasta la campanilla. David sintió asco. Aquello no era ni medio normal. El Mercedes tomó la primera circunvalación, luego una autopista, luego a otra y por fin , tras la segunda rotonda a la derecha, llegaron a la puerta de la urbanización. El guarda jurado les abrió la barrera y saludó con la mano al chófer. En el interior el poblado no se divisaba, como siempre, ni un alma. Atravesaron los dos kilómetros y medio de empinadas cuestas y bajadas sin ver más que un criado filipino vestido de librea que sacaba de defecar a un pastor alemán. Todo parecía como bombardeado por una bomba de neutrones. La puerta del chalet se abrió automáticamente y entraron al garaje. David se apeó y subió en ella ascensor hasta el primer piso. En la cocina Ricarda se cuadró al verle llegar.

-¿Desea algo el señor? ¿Le caliento una lata? La señora me ha indicado que no se coma el sushi de la nevera.
-No, Ricarda, gracias.
-La señora ha insistido que cuando usted llegara no la molestara, me ha dicho que le dijera que tiene jaqueca.
-No te preocupes, no está el horno para bollos, me encuentro enfermo.
-¿Quiere que llame al médico?
-No no te preocupes. Puedes retirarte, voy a subir a mis aposentos a descansar. Puedes limpiar los azulejos, veo que están un poco sucios.

David abrió la nevera. Había treinta latas de Coca-Cola Zero y sushi del restaurante que le gustaba a Conchi. Bebió un trago de agua y se dirigió al ascensor. Apretó el botón del cuarto piso. Pero en el tercero un impulso le hizo dar al stop y bajarse en el tercero, en la puerta de las habitaciones de Conchi. Salió al descansillo. Llamó a la puerta. Tras unos instantes notó pasos al otro lado y Conchi abrió. Sólo llevaba puestas unas bragas culotte y una camiseta ajustada de Mango que le marcaba los pezones como escarpias.

-¿Qué quieres, David? Le he dicho a Ricarda que nos veríamos mañana, que no me llamases ahora, pero ni caso. Creo que voy a despedirla.
-Es que no me encuentro bien, Conchi. No sé qué me pasa.
-Ya me lo contarás con más tiempo, esta semana nos vemos un rato si quieres.

niebla4David notó que el cuerpo de Conchi le estaba excitando. Hasta ese momento la había visto como una morsa abyecta con boca de cloaca, pero de repente la cosa había cambiado. Tomó una bocanada de aire y se decidió. Pegó un fuerte empujón a su mujer que retrocedió a trompicones. Entonces él entró en los aposentos de Conchi, que no había pisado desde que hicieron el amor para concebir a su hija. La agarró de un brazo retorciéndoselo y la condujo por los pasillos hacia el dormitorio. Llegaron hasta la enorme cama con dosel. La lanzó  sobre el cochón con fuerza. Ella le miraba alucinada, aquello era inaudito. David se desnudó rompiéndo su propia ropa y se lanzó en plancha sobre su esposa. Tenía el pene como una estaca y, cuando se lo introdujo con fuerza dentro de la vagina, a ella se la notaba muy lubricada, empapada. Comenzó a dar caderazos y ella a gemir. Le pegó dos fuertes bofetadas que ella acogió con placer.

-Oh, síiiiiii, David, pero qué buenooooo. ¿Qué está pasando aquíiiiii? Pero qué buenooooo. Úntame un poco, hay en la mesillaaaaaaaaaaa, síiiiiiii.

Se la sacó de un golpe. Abrió la mesilla y estrajo una bolsita en la que había unos cuantos gramo de cocaína. Con un dedo le puso a Conchi una buenta cantidad sobre el clítroris y a sí mismo sobre el glande. Volvió a penetrarla sin miramientos. La abofeteó de derecha y de revés, de derecha y de revés. Ella se retorcía de placer. Le pegó un fuerte estirón de pelo y entonces Conchi tuvo un tremendo orgasmo. David se la sacó de nuevo de la vagina y eyaculó sobre la cara de Conchi un tremendo chorro de semen muy grumoso que al caerle sobre los ojos la cegó por unos instantes. Exhaustos, se acurrucaron cada uno sobre un lado de la cama. Poco a poco recuperaron el resuello. Mirando al techo Conchi le habló.

-No sé qué está pasando, David, pero por favor vete de mi habitación. Ha sido maravilloso, pero tengo que pensar seriamente en esto que ha sucedido, porque no lo entiendo. Pelayo está al llegar y si te ve aquí se va a enfadar. Por favor, no quiero repetirlo, vete a tus habitaciones.
-Ya me voy, no te preocupes, no he podido contenerme. Algo dentro de mí me está volviendo loco. No soy yo mismo.
-Eso cuéntaselo a tu psiquiatra, yo no estoy para esas cosas de hablar.
-Vale cariño.

David saltó de la cama, se puso los calzoncillos Calvin Klein y se dirigió hacia el ascensor. Subió a sus aposentos. Se miró en el espejo del vestidor. No se excitó mirando su propio cuerpo, como solía suceder. Se puso a llorar como un niño tumbado sobre su blanquísima cama.

Pasó tres días encerrado en su habitación, sin contestar ni al washap. Viendo en la tele Netflix como un mantra interminable. Ricarda le subía hamburguesas y patatas fritas del Burguer King que encargaba por teléfono, lo único que le apetecía comer. Algo había mutado dentro de él. Se masturbó varias veces viendo anuncios de prostitutas de una tele local. Puso varias veces películas de porno sado gay que antes le gustaban pero nada, ni una erección. Recibió un washap de Herminio.

“Hola, Estoy en el hospital. Me dolía mucho el estómago después de llegar de Cuba y me vine a urgencias. Me hicieron una radiografía y resulta que me pasa lo mismo que a tí, que tengo la vesícula biliar llenita de piedras, y me van a operar por laparoscopia. Mañana por la mañana estaré en casa, no te preocupes. Los dos vamos a tener unas bonitas cicatrices, pero creo que sobre la de la derecha me haré un tatuaje. He encargado que me atienda un enfermero guapísimo. Mañana hablamos”.

niebla5No sentía nada por Herminio, como por prácticamente ningún ser humano, pero habían tenido durante una temporada una sana relación sexual muy excitante. Sin embargo, ahora sentía asco al pensarlo, se imaginaba con el pene de él en la boca y le daban ganas de vomitar, a él, que felar era su deporte favorito, de toda la vida. ¿Qué estaba sucediendo? Se vistió y decidió ir a su psiquiatra. Bajó en el ascensor hasta el garaje. Cogió el Cayenne que estaba aparcado junto al Jaguar de Conchi, le apetecía conducir para despejarse. Condujo a través de las deshabitadas calles de las colinas de la urbanización hasta llegar a la entrada. Atravesó la barrera y llegó en pocos minutos a la autopista, en el séptimo desvío cogió la circunvalación y después se desvió hacia el centro ciudad. Llegó a su destino. Era una finca lujosa del centro. Entró al garaje abriendo con el mando a distancia que tenían los clientes. Descendió del coche y tomó el ascensor hasta el decimoctavo piso. Salió y atravesó el largo pasillo mirando por las ventanas que dejaban ver unas preciosas vistas de la ciudad. Llamó a la puerta G. Le abrió la enfermera con cara de idiota de siempre, aquella gorda desagradable de mediana edad que le echaba miradas de desprecio al entrar a la consulta. Le habló con su tono de autómata habitual, inexpresiva y seca.

-Hola, buenos días. ¿Tenía usted cita?
-No, pero quiero ver al doctor Candelas González, tengo derecho a ello si no le importa. ¿Está ocupado ahora?
-No, pero en una hora tiene otro paciente. Puede pasar, pero trate de abreviar, por favor. Espere que le anuncio.

Mientras ella avisaba por el interfono él atravesó el pasillo con paso firme y abrió la puerta de la consulta. Allí estaba Gabriel, con su pelo canoso, su coronilla calva y su cara de judío escapado de Treblinka. Llevaban seis meses sin verse desde que David le había dicho al psiquiatra que era un embaucador y un ladrón y que no pensaba dejar ni la cocaína ni el alcohol porque no le daba la real gana, y después había intentado agredirle antes de desmayarse a causa del acelerón que llevaba en el cuerpo tras consumir ocho gramos de polvo blanco cortado con polvos de talco para bebés en la fiesta de presentación de la exposición de los cuadros de la mujer del asesor de presidencia al que había conocido en una orgía.

-Hola, David. ¿Cómo estás? Siéntate en el diván y me cuentas.
-Ha sucedido algo, Gabriel, y tengo miedo, mucho miedo.
-Habla sin rubor. ¿Sigues enganchado, verdad? Tienes marcas en las aletas de la nariz.
-No, no es eso, Gabriel. Es algo mucho más simple, pero aterrador. He empezado a excitarme con las mujeres, con mi mujer, con ese ser infame. Pero no es sólo eso. No sé si es algo transitorio, pero ya no me atraen los hombres. Hace unos días estuve en una orgía en un yate en el Caribe. Creo que atravesamos una nube tóxica y desde entonces...
-No, no David, ahora sí que me estás alarmando de verdad. Por favor, quítate la camisa, quiero comprobar una cosa.
-Pero no quiero hacer el amor hoy, Gabriel, ¿es que no me entiendes? HE DEJADO DE SER HOMOSEXUAL. Y NO QUIERO.
-Por favor David, te repito que no es eso. Sólo quería comprobar una cosa. ¿Te han operado últimamente de algo el abdomen?
-Sí, me han quitado la vesícula hace mes y medio. Me dolía el estómago y el chófer me llevó a urgencias de un hospital público. Fue horrible. Ocho horas metido en un box hediondo rodeado de enfermeras horribles y lumpen hasta que me hicieron una ecografía y me dijeron que tenía la vesícula biliar llena de piedras, que tenían que operarme por el riesgo de pancreatitis aguda. Me metieron al quirófano, me quitaron esa bolsa verde asquerosa de dentro y en unas horas volví a casa. Tuve que compartir habitación durante doce interminables horas con un viejo agonizando y, lo peor de todo, con su familia que eran insoportables y olían a sudor.
-Ajá. Dios mío, todo se confirma. No vas a creer lo que voy a contarte, David, pero es absolutamente cierto. No eres el primero al que le sucede. Atiende a ésto. Las operaciones de vesícula se están multiplicando por cien en los últimos dos años. Antes ponían a la gente en tratamiento paliativo y sólo en casos graves operaban. Pero de Estados Unidos ha llegado un estudio que ha provocado una auténtica conmoción y a la par una conspiración sin precedentes. Descubrieron por casualidad experimentando con inmigrantes que a los pocos días de extirpar la vesícula biliar se produce una disminución en la segregación de ciertas hormonas y encimas que modifican ciertos comportamientos del cerebro en ausencia. Y en casi el cien por cien de los casos la orientación sexual de los pacientes cambia. Se comenzó a practicar sistemáticamente en la ciudad Baltimore seccionando el órgano a todos los homosexuales que acudían a consulta gástrica mediante la excusa de los susodichos cálculos biliares. Poco a poco la campaña se fue extendiendo a todo el país. Un alto cargo de sanidad de nuestro gobierno numerario del Opus Dei se enteró y, tras probar los efectos consigo mismo, ha implantado con la ayuda del CESID un protocolo aterrador para acabar con el lobby homosexual del país. Se rumorea que ya han operado a ciento cuarenta mil hombres, con éxito total en sus fines y que pretenden llegar a hacerlo con los nueve millones doscientos mil homosexuales que se calcula pueblan nuestro país. Esos fascistas dicen que quieren curar la homosexualidad, curar.... Se comenta también que el presidente del gobierno se ha operado de la vesícula hace tres semanas.
-Pero no puede ser. ¿Y es reversible? ¿Qué puedo hacer?
-Nada, lo siento. Recientemente he tenido que tratar un caso tremendo, el de un conocido banquero que, tras la operación, agredió a su mujer porque no quería hacer el amor con él y le pusieron una orden de alejamiento y sus hijos dejaron de hablarle. Se suicidó porque no aguantaba ser heterosexual. Te recomiendo que te adaptes. Si tu mujer no quiere relaciones contigo te recomiendo que contrates escorts para adaptarte a la nueva necesidad. No te preocupes, poco a poco tus amigos pasarán por tu mismo trance, en el ministerio tienen un gran presupuesto para este innoble fin. Uy, se está haciendo la hora, tenemos que terminar, tengo otro paciente.

David se puso a llorar como un niño. Gabriel le ofreció un manojo de kleenex de un paquete y a él lo empaquetó hacia fuera de la consulta con palmaditas en el hombro. Cogió el ascensor desconsolado y aturdido. Se subió a su coche y abrió la guantera. Afortunadamente allí había siempre una bolsita con cocaína. Se puso unas rallas con forma de pimiento sobre el salpicadero tiró de cuello sorbiendo a fondo. Pero ya casi ni le hacía efecto. Nada le hacía efecto. Vivía en aquel castillo de Kafka, en aquella prisión social, y ahora para colmo iba a tener que copular con mujeres y, lo peor de todo, posiblemente con Conchi. Un pensamiento le vino de repente. Se quitaría la vida en aquella playa cercana donde tanto había disfrutado, se adentraría en el mar y se ahogaría en aquel lugar en el que había hecho el amor por primera vez cuando era adolescente con su profesor de francés.

niebla6Tecleó en el GPS el nombre del sitio y, cuando la máquina localizó la ruta más corta, inició el camino hacia su lugar de descanso eterno. “Primera a la derecha. A continuación, a trescientos metros, tome el carril derecho y gire por la tercera en la rotonda. Manténgase a la derecha cien metros...”. Escuchó durante diez minutos las órdenes descritas por la aterciopelada voz femenina del aparato hasta que empezó a sentir que se estaba excitando. Comenzó a imaginar a la chica de la grabación desnudándose, abriéndose de piernas, recibiendo bofetadas con placer, dejándose penetrar con fuerza, sugiriéndole que le apagara un cigarrillo en las nalgas, suplicándole que le eyaculara en la cara hasta cegarla y después lamiéndole los restos de semen del glande.

Se desvió por una calle poco concurrida. Se desabrochó la bragueta. Adiós noches locas; hola, niebla heterosexual. Mientras escuchaba al dulce GPS comenzó a masturbarse. En pocos segundos eyaculó sobre el volante, el cuentakilómetros y el salpicadero. Paró en una gasolinera. Se bajó, compró un paquete de toallitas húmedas para bebé y limpió un poco las manchas grumosas con ellas. Se sentó de nuevo frente al volante. A lo lejos, a través de una niebla brumosa, podía verse la playa. Tomó el sentido contrario de la carretera. Sigiuó hasta la autopista, luego cogió la circunvalación y después se desvió por la zona de rotondas hasta la puerta de la urbanización. El guarda de la garita levantó la barrera sin saludarle ni hacer gesto alguno. David atravesó las despobladas calles subiendo y bajando las lomas hasta llegar ante la silueta de su enorme chalet. Se abrió la puerta del garaje automáticamente. Paró el coche. Salió del aparcamiento. Cogió el ascensor hasta el primer piso y entró la cocina. Ricarda se cuadró con un gesto casi militar ante él al verlo aparecer. David se excitó al instante.

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