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Cave canem

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Ahora que veo la muerte tan de cerca, ahora que las escenas de mi vida pasan delante de mis ojos como un relámpago, ahora que voy a atravesar la laguna Estigia, ahora que el buen Dios viene a buscarme, ahora que voy a disolverme como una lágrima en la lluvia, ahora que sé que voy a fenecer sin dilación, ahora recuerdo lo que fui y lo que pude ser.

Desde mi primer minuto en el planeta me sentí como un bicho raro. Nací dentro de una familia acomodada, pero no lo tuve fácil. Recuerdo mi primer día de colegio. No hablé con nadie, no me arrimé a nadie, todos me miraban raro. Pasaron las semanas, los meses, y todo seguía igual, pero también comenzaron a reírse de mí, primero a escondidas y luego abiertamente a la cara. Esas risas falsas me han acompañado siempre, sólo por ser diferente. Fui un solitario desde el principio de mi existencia. 

No me gustaba lo que a los demás niños, yo era distinto a todos. Amaba correr por el campo sin rumbo, jugar yo solo con cualquier cosa. Mis padres y mis abuelos me regalaban los juguetes más caros, pero yo no los usaba, ni los conservaba, los destrozaba en pocos días. Prefería una rama de un árbol a un mecano, una piña de pino piñonero a un balón de reglamento, revolcarme por la hierba que ver una película de esas de dibujos animados. Y yo era mucho más fuerte que los demás niños, era el más veloz de todos, el que más saltaba, el más rápido y el más resistente. Me envidiaban con saña, algunos me escupían. Nadar, eso sí, no se me daba del todo bien, tenía mi propio estilo caótico, pataleando con brazos y pies al mismo tiempo sin orden ni concierto. Intentaron corregir mi peculiar brazada, pero no hubo manera, me echaron de natación con cajas muy destempladas, decían que salpicaba mucho. Cuando era un pequeño alevín, un entrenador de fútbol me vio correr y creyó observar talento en mi, pero no era tal cosa, era sólo fuerza bruta, corría por el campo como un pollo sin cabeza, y también terminó por decirme que parecía un idiota y que me dedicara a otra cosa o que me fuera a jugar con la selección de Camerún. Gente cruel hay por todas partes en este mundo, gente repugnante que no tiene piedad ni de un pobre niño asustado y perdido. 

canem8Mis cinco hermanos también me observaban como a alguien extraño. Me pegaban, me despreciaban en público, me escupían. Mi padre, general del Estado Mayor de la Defensa, creía que yo era homosexual, y muy pronto dejó de prestarme atención y comenzó a lanzarme miradas de asco y desprecio, aunque también notaba cierta especie de envidia por su parte, porque yo era un ser libre y él, aunque fuera rico de tanto robar dinero del cuartel con sus amigos oficiales, no era más que un cateto esbirro del poder. Para él yo siempre he sido la oveja negra. Yo prefería quedarme en casa cuando iban todos juntos a cazar jabalíes o a monterías de ciervos con la alta sociedad. Para mi esos largos días de invierno. los que pasaba yo solo con la única compañía de los criados filipinos de nuestra enorme casa, esas jornadas leyendo a los clásicos al calor de la chimenea, eran el paraíso. Adoraba el silencio y nuestros criados tenían terminantemente prohibido hablar con nosotros,resultaba ideal no tener que soportar su charla insulsa y su extraño acento barriobajero. Mi madre tampoco me tuvo nunca mucho cariño y, tras fallecer en un accidente doméstico mientras limpiaba un rifle, mi padre contrajo matrimonio con una mujer venezolana con la que hasta el día de su muerte apenas crucé cuatro o cinco palabras, de desprecio la mayoría de las veces o advirtiéndola en una ocasión que ni se la ocurriera tocar mi Porsche Cayenne para ir de compras al centro. Era una mujer despreciable que se alojaba en un cuartucho de la cuarta planta de nuestro chalet y a la que mi padre no tocaba ni con un palo, sólo la utilizaba para lucirla en los actos sociales. 

Yo era mucho más inteligente y culto que los que me rodeaban, y eso marcaba una linea de divisoria imposible de franquear entre ellos y yo. No soportaba a aquella panda de incultos pueblerinos venidos a más. Cuando llegó mi adolescencia prefería leer buenos libros, escuchar música clásica y ver películas de autor a jugar con los otros chicos. A los once años me había leído casi toda la colección Barco de Vapor, que me marcó profundamente e hizo evolucionar mi mente hacia una inteligencia superior. El cine me fascinaba, sobretodo las películas antiguas de Eddie Murphy y las de Patrick Swayze, que mi padre guardaba escondidas en la estantería de su despacho. Me enfrascaba en la lectura de los clásicos de la literatura, Ruiz-Zafón y Paulo Coelho eran mis preferidos, me sumergía en sus obras lo mismo que al en el tocadiscos los viejos vinilos clásicos de mi madre de Richard Clayderman, Alejandro Sanz y Kenny-G.

Los años pasaban sin demasiados sobresaltos, conmigo sumergido en aquel letargo social. Y llegó aquel profesor nuevo de francés al colegio y desde el primer día no apartó su mirada de mi. Le encantaba enseñar, yo admiraba su vocación y su constante obstinación en hacernos entrar la letra. Me vio allí en el patio solo, corriendo como un bobo o jugando con una piedra, y pareció enternecerse. Se me acercó, me ofreció un chicle de menta. Me fascinó que alguien me hiciera caso, la soledad absoluta es dura. Durante meses, en los recreos, me habló de la vida y de Dios, que para él era el universo entero y la razón. Me gustaba escucharle aún sin entender nada, yo necesitaba atención y una figura protectora a mi lado, me fascinaba. Él vio en mi un compañero de viaje en medio de aquel antro represor. Una tarde, a la salida de clase, fui a buscarle a su habitación. Le llevé los que para mi son los dos mejores discos de la historia de la música clásica: Silhouette y Brazilian nights, de ese genio del saxofón que es Kenny-G. Cuando llamé a la puerta y abrió, una sonrisa se dibujó en su cara y yo fui feliz por un momento viéndole a él radiante, me gusta hacer el bien a las personas. Primero me lamió el pene, pero no consiguió que yo tuviera una erección, y después me penetró analmente causándome un gran dolor pero sin provocarme excitación alguna ni placer, lo que al final lo frustró mucho y, tras eyacular dentro de mi, me echó de la habitación no sin antes amenazar con matarme si contaba algo a alguien. No volvió a hablarme nunca más y yo me sentí muy culpable. Yo no quería sexo, sólo un amigo.

Fui siempre un incomprendido. No sacaba buenas notas, los profesore me tenían manía, no soportan a la gente superdotada que sabe más que ellos. Suspendí selectividad en junio y en septiembre. Mi padre me echó una gran bronca y amenazó con meterme en el ejército si no aprobaba al año siguiente. A mí no me hubiese importado alistarme, pero él creía que yo sentía terror hacia ello a causa de mi supuesta homosexualidad. Durante aquel año me preparé de nuevo para aquel terrible examen estudiando seis horas diarias. El resto del tiempo corría y paseaba por el campo. Salía de la urbanización y me adentraba en los páramos deshabitados que hay entre las autopistas de circunvalación del extrarradio de la ciudad. Me sentía bien encontrándome sólo esporádicamente con caminantes solitarios o con gente que paseaba a sus perros. Los primeros solían tomarme por lo que no era y me ofrecían sexo furtivo, cosa que me repugnaba. Sin embargo, me encantaba cruzarme con la gente que paseaba a sus simpáticas mascotas. Pedí a mi padre que compráramos un perro, pero se negó en redondo, me dijo que le daban asco, que si no tenía bastante con el personal de servicio para entretenerme, insinuando entre lineas que yo tenía sexo con el jardinero encargado de podar los setos de la linde oeste de nuestro terreno.

En uno de mis largos paseos conocí a Laura. La vi correr por el arcén de la circunvalación Oeste mientras yo paseaba por los campos aledaños. Me dio un vuelco al corazón, ella corría peligro en medio de aquellos nudos de autopista. Le hice señas para que viniera hacia mí. Se acercó con precaución, se notaba que estaba perdida y asustada. Poco a poco la convencí de que yo no era una amenaza. Le ofrecí unos lacasitos que llevaba en el bolsillo que se comió con voracidad, estaba hambrienta. Sentí una tremenda ternura hacia ella cuando me robó un beso en la boca cuando me agachaba para sentarme a su lado. Fue un flechazo. Tuvimos sexo tras unas matas intentando ocultarnos de las miradas de los coches que pasaban a lo lejos, aunque escuché a alguno tocar el claxon y uno frenó y se puso a gritarnos obscenidades, pero no paramos, no podíamos contener la pasión. Por primera vez en mi vida me sentí pleno. Ella llevaba un collar rojo con su nombre grabado. Me enamoré. Nos tumbamos bajo un árbol y pasado un rato volvimos a hacer el amor, de forma salvaje y pasional. Al anochecer me marché a mi casa, nos despedimos junto a la valla de la urbanización. No pude pegar ojo. Volví a buscarla al día siguiente corriendo pero no la encontré. Recorrí durante varias semanas los descampados cercanos, pero ni rastro de ella, se la había tragado la tierra. Pasados dos meses perdí la esperanza de volverla a ver, estaba muy triste, mi amor era profundo. Me compré un Lamborghini Murciélago para intentar olvidarla, mi padre vio el extracto que llegó del banco y se organizó una gran bronca en casa porque él nos tenía dicho que sólo compráramos coches alemanes. Me volví loco. Me bebí tres botellas Campari, esnifé tres gramos y medio de coca y puse mi deportivo a doscientos veinte por hora en la circunvalación para hacer explotar el radar de la Guardia Civil aposta y, tras rebasarlo quemando rueda, noté un golpazo en la parte delantera. Paré en el arcén. Había arrollado a un animal que yacía destripado y con la cabeza casi separada del cuerpo. Pero su cara, a pesar del violento atropello, seguía siendo bella, intacta. Era mi amor, Laura. La cogí en brazos manchándome toda la ropa con su sangre y la llevé a toda velocidad al Club de Campo para que la atendiese el veterinario de guardia. Pero no había nada que hacer, estaba muerta, tenía los intestinos, los riñones y un pulmón fuera de la caja torácica y tuve que llevar a limpiar a mano la tapicería del coche al día siguiente. En vez de tirar su bello cuerpo a un contenedor la llevé al taxidermista que disecaba las cabezas de corzo a mi padre y a mis hermanos. Dos semanas más tarde fui a recogerla, pero más que un pastor alemán ahora parecía un setter irlandés, la había dejado fatal, no se parecía ya en nada a Laura, era un esperpento de imitación digno del museo de cera, parecía hasta sonriente. Le pagué los tres mil Euros en efectivo y le dije al disecador que se podía meter aquello por donde le cupiese. 

canem2Finalmente, tras mucho esfuerzo, saqué un cinco y medio en selectividad. La nota sólo me permitía ser admitido para estudiar en la Universidad Europea, previo pago de unos miles de Euros. Me armé de valor y propuse a mi progenitor matricularme en veterinaria. Me contestó que ni hablar, que no pensaba tirar quince mil Euros al año para que yo me dedicara a meter el brazo hasta el hombro en el ano de las vacas. Tenía su parte de razón. Me dio a elegir entre matricularme en derecho o marcharme de casa. El primer día de clase me encontré allí a Conchi, la hija de Ramírez-Abejón, el capitán de corbeta amigo de toda la vida de mi padre. Ella me sonrió y se acercó a mi. Era una rebelde con aspecto de ramera, por eso me cayó bien. Me contó su vida, cosa que no me interesaba lo más mínimo, pero para ella supuso un gran alivio. Me contó sus problemas con la anorexia, la bulimia, la cocaína y el Prozac. Me contó su estado de insatisfacción sexual y vital permanente. Me contó lo mal que le sentaba mezclar whisky con litio. Me contó que un día se había despertado en un descampado completamente desnuda y con semen brotándola de la entrepierna. Se sentaba al lado mío en las clases y se arrimaba a mí dándome calorcito hasta que los profesores nos llamaban la atención. Una vez intento masturbarme dentro del aula mientras el profesor hablaba, pero no conseguí ponerme en erección. Me avergonzaba constantemente con insinuaciones sexuales. Me invitó a su cumpleaños, le puse excusas variadas por teléfono para no ir, y me preguntó que si yo era homosexual, cosa que negué con firmeza y que ella puso en duda a gritos. Entonces accedí a ir a su fiesta y ella se las arregló para meterme en su cama tras obligarme a consumir cocaína mezclada con éxtasis. Me lamió el pene hasta irritármelo sin que yo tuviera una erección, pero entonces me hizo tragarme una Viagra y me cabalgó encima hasta tener un fuerte orgasmo. Nos casamos al terminar la carrera, fue una boda con cuatrocientos setenta y cuatro invitados, muchos de ellos militares como nuestros padres. Uno de ellos, un tenientucho de corbeta, completamente borracho se me insinuó en los servicios y al yo negarme me preguntó si yo era homosexual como mi padre y mi suegro. Nos fuimos de luna de miel a Cancún.

Nuestro matrimonio mejoró mi vida ostensiblemente, me apartó de las miradas inquisitivas de la gente gracias a nuestra supuesta normalidad. Pero mi falta de erecciones y su consumo desaforado de Prozac, alcohol y sushi (tuvo una fuerte pancreatitis a causa de que sólo comía pescado crudo, y poco, y la mayoría lo vomitaba) nos hacía tener fuertes discusiones de pareja. Pasábamos semanas sin hablarnos, cada uno en una planta del chalet. Los negocios, sin embargo, nos iban de maravilla. Habíamos montado una asesoría jurídica con treinta abogados a nuestro cargo y llevábamos casos famosos cobrando elevadísimas minutas, sin prácticamente tener ni que ir a la oficina si no nos apetecía. Conchi contrató a Pelayo como becario. Entonces nuestro diálogo casi terminó. Empezamos a vivir como simples compañeros de piso que ni se hablan ni se respetan lo más mínimo. Yo me compré una perra bóxer preciosa, Adeline, pero era muy arisca, no le gustaba el sexo, y tampoco es que fuera muy cariñosa conmigo, además de que babeaba mucho en cuanto olía cualquier comida y lo manchaba todo. La sacaba a pasear por los enormes descampados que circundaban a la urbanización apartadísima a la que nos habíamos trasladado a vivir. Entonces conocí a Juan Pedro.

Un día, perseguidos por dos pittbulls que guardaban un vertedero de unos gitanos, Adeline y yo atravesamos una zona desconocida y dimos con aquel pequeño bosquecillo que no estaba vacío como el resto de parajes de los alrededores. Aunque el lugar estaba apartado y era de difícil acceso, estaba lleno de perros y sus amos paseando entre los pinos. Cuando menos era chocante, extraño, un lugar irreal, pero excitante. Desde el primer minuto me sentí bien allí, como en casa, en mi salsa. En un pequeño claro protegido de las miradas estaba Juan Pedro haciendo el amor con su perra Lily, con otro perro podenco llamado Toby y cuatro o cinco hombres se masturbaban alrededor observando la escena. Juan Pedro terminó de eyacular dentro de ella y, tras limpiarse el pene con un pañuelo, se me acercó sin ruborizarse lo más mínimo. Yo lo conocía de vista de los juzgados, era un conocido fiscal antidroga. En la vida cotidiana era un hombre muy tímido, como yo, pero allí estaba como pez en el agua, y me hizo de cicerone por el lugar. Me contó todo sobre aquel mundillo. Yo no estaba solo, éramos muchos y con mucha variedad de gustos, gente de todos los estratos sociales amante de los animales. Me dio una tarjeta con la dirección de una discoteca del centro, me insistió en que podía ir con mi perra.

Volví a casa. Me puse mi traje de Armani y Adeline y yo nos encaminamos a “Cave canem”. Conduje a toda velocidad, saltándome todos los radares, impaciente. En la puerta, flanqueada por dos corpulentos búlgaros con dos feroces doberman, nos esperaban Juan Pedro y su perra. Entamos en el local. En la primera planta había un bar cuya barra estaba rodeada de platitos para que las mascotas bebiesen, enternecedor. No teníamos sed, así que bajamos unas escaleras hasta un piso inferior donde perros y dueños corrían y bailaban el fox-trot sobre una enorme pista de baile. Mi excitación iba en aumento. Por allí pude distinguir a muchos personajes conocidos: presentadores de televisión, futbolistas, periodistas del corazón (había muchos), políticos, cantantes y hasta un presentador del Telediario. Uno de cada cuatro hombres son en realidad como nosotros y no se atreven a contarlo por temor a la reacción de sus familias, muchos están casados y con hijos pero en realidad solamente se excitan cuando ven algún can guapo o al oler a lo lejos algún ano de esta maravillosa especie descendiente directa del noble lobo. Juan Pedro cree que incluso el presidente del gobierno, varios ministros y uno de los jefes de la oposición lo son, no estamos en absoluto solos. Pero lo mejor estaba por llegar.

Descendimos hasta un segundo sótano iluminado con fuertes luces de neón que se reflejaba en las superficies blancas y daba a todo un aspecto fantasmagórico. Allí la gente hacía el amor con sus mascotas en total libertad, sin miedo al qué dirán, en parejas, en tríos y en grandes grupos. Algunos se masturbaban mientras olían el ano a los perros. Había heces por el suelo y algunas pieles de animales recién muertos y perros y humanos se revolcaban sobre ellas, en perfecta armonía y sin timidez. Un camarero llegó con una jaula y de ella obligaron a salir a un gato, que todos persiguieron hasta capturarlo y despedazarlo a mordiscos, y el ganador fue agasajado con un hueso de plástico, el ganador fue un conocido presentador de televisión. Un pequinés vomitó y su dueño se lo comió lamiendo incluso el suelo. Juan Pedro me contó que había filias y fobias para todos los gustos, que a unos les gustaban los perros grandes, a otros los pequeños, y que lo que más estaba de moda eran los canes peludos y los bull-dog. También me relató que efectivamente éramos muchos, una comunidad enorme pero que tradicionalmente había sido reprimida porque la sociedad era hipócrita y falsa. Era cierto teníamos derecho de ser libres y hacer lo que nos diera la gana mientras no hiciéramos daño a nadie. Yo pensaba ésto mientras un tipo a mi lado, uno de los mejores futbolistas del mundo, masticaba el zurullo recién defecado por un perro y mientras lo saboreaba tuvo una tremenda erección y eyaculó en un kleenex que luego dio de comer a un pastor alemán que pasaba por allí. He de confesar que la caca de algunos perros que sólo comen pienso sabe bien, a perejil, yo también la he probado.

Éramos perros presos dentro del cuerpo de hombres. Desde que nacimos lo habíamos sido pero esta sociedad absurda, abyecta e ingrata no nos aceptaba. Esta cultura intolerante, fóbica e irracional, es sobretodo una enorme prisión. Eso de que el hombre nace polimorfamente sexual y forja su conducta sexual a lo largo de la vida eligiendo con libertad la opción que más le apetece es una mentira enorme, la sexualidad viene en el ADN de cada uno como un mensaje divino. En realidad todo es sota, caballo y rey, el libre albedrío sexual es un cuento, una mierda, vamos. Charlé un rato con el dueño de un precioso husky que me contó que iban a organizar una manifestación para reclamar la legalización del matrimonio entre perros y humanos. Había que dejar la clandestinidad y darnos a conocer, "salir de la caseta", como ellos decían.

También hablé con un conocido cirujano plástico que Juan Pedro me presentó. Él reposaba en un sillón después de hacer felaciones a tres mastines y me contó que ya era posible cambiar de raza tras una operación. Que te implantaban pelo por todo el cuerpo y que mediante un acortamiento de extremidades, un alargamiento de orejas y un retoque genital acababas convirtiéndote en lo que tu alma realmente te marcaba. Pero la operación era muy cara, no lo cubría la seguridad social, costaba cuatrocientos mil Euros. Se me encendió una luz de esperanza. Por cuatro duros podía hacer realidad mis deseos.

Regresamos a casa aquella noche, yo al fin con ganas de vivir. Por una vez en mi vida tenía ilusión por algo. Aceleré a tope mi Masseratti por la circunvalación eufórico mientras escuchaba a Richard Clayderman en la radio a todo volumen. Me bajé del coche de un salto y subí corriendo por las escaleras hasta el tercer piso y busqué a Conchi para contarle el suceso extraordinario que me había sucedido, abrí la puerta de su habitación y allí estaba en pleno coito con Pelayo, que asustado se la sacó del ano de golpe haciéndola daño. Pelayo, se asustó al ver mi rostro invadido por la loca felicidad, huyó escaleras abajo y Conchi se encerró llorando en el water. A través de la puerta la expliqué que no se preocupara, que no pasaba nada, que yo ya sabía que ella tenía que satisfacerse libremente. Salió del baño. Había vomitado sushi. Nos sentamos en la cama. Entonces le conté mi idea de cambiar de especie. Le dije todo lo que pensaba, lo preso que me había sentido hasta entonces dentro de un cuerpo que no era el mío. Nos abrazamos y lloramos juntos, hombro contra hombro. Viva la liberación.

canem3Ella fue generosa. Me prometió su apoyo. Tenía que poner todas nuestras sociedades a su nombre por si algo me sucedía durante la operación, que tenía sus peligros, además de que después yo dejaría de existir como humano para vivir bajo su potestad. Ella me acompañaría en todo momento durante aquel trance. Llamé a Juan Pedro y él me puso en contacto con la clínica. Viajamos a Marbella, allí se encontraba. Era un lugar de máximo lujo. Pagamos los cuatrocientos mil Euros y firmamos los papeles de consentimiento de la operación, con los que me ponía en manos del destino. Mi cuerpo, generoso y cautivo, lo dí a los cirujanos, para la libertad. Tras un proceso hormonal y un estudio corporal a fondo, tres semanas más tarde me operaron. Gracias a las hormonas la voz se me había tornado más grave, no podía vocalizar, sólo gruñir y balbucear, y me estaba saliendo un pelo fuerte por todo el cuerpo, estilo Yorkshire Terrier, precioso. Entré en quirófano tras despedirme de Conchi.

Cuando me desperté sufría tremendos dolores, y por mucho que ladraba nadie me administraba calmantes. Conchi no estaba junto a mi lecho para reconfortarme. En los dos meses en que estuve convaleciente en la clínica estuve totalmente solo metido en una jaula en la que casi no cabía, haciéndome mis necesidades encima. Mi cuerpo estaba completamente vendado, entumecido y no podía andar ni casi controlar los esfínteres. El hedor allí era insoportable. Pasé hambre, sed, calamidades, llegué a comeme mis propias heces, y he de confesar que no me supieron del todo mal. Me fueron despojando de las vendas. Entonces entró un veterinario. Habíamos pasado a la segunda fase, ya no me verían más médicos, sólo veterinarios. La diferencia con el personal sanitario fue grande al cambiar de especie, ya que mientras los médicos suelen ser gente formada y profesional, los veterinarios en su mayoría son unos tuercebotas descerebrados con menos ciencia que Rappel un día de borrachera. El veterinario me contó sin ambages que la operación no había salido del todo bien, y que habían tenido que cortarme el pene y los testículos por orden expresa de mi dueña, o sea, de Conchi. Que mi nombre ya no era David, sino Rintintín, como ella había pedido expresamente que se dirigieran a mi desde entonces. Aquello empezó a escamarme, monté en cólera. Por muchos ladridos y aullidos que pegué no me hicieron ni caso. De hecho el veterinario me golpeó con un periódico enrrollado y como no me callaba con violencia me drogaron salvajemente hasta dejarme atontado, con la lengua fuera, sin poder moverme en medio de un charco de pis, caca y vómitos, que afortunadamente tras mi cambio radical me olían a gloria bendita.

Esta mañana por fin me dieron de alta y, tras todo ese largo tiempo de sufrimiento y soledad, sorprendentemente Conchi apareció por la clínica con Pelayo. Me recogieron con cara de asco y alguna que tora risita sarcástica. Yo casi no podía caminar aún. Pelayo me agarró con brusquedad del pellejo del cogote, me metieron en una jaula y me introdujeron en el maletero. A mi lado, en otra, pude oler a Adeline. Estaba muerta de miedo la pobre, se había cagado y meado dentro, ese olor me excitó, pero ya no iba a poder masturbarme jamás en lo que me quedaba de vida, gracias a Conchi. Condujeron unos kilómetros. Entonces pararon en la puerta de otra clínica veterinaria más modesta, bastante más, cutre diría yo. Nos sacaron de las jaulas y pasamos adentro. Adeline y yo nos resistimos con uñas y dientes a entrar, pero a base de patadas de Pelayo nos metieron dentro. Escuché a Conchi decir que quería que nos administrasen la inyección letal, a los dos. La veterinaria, una joven con cara de pazguata drogada, dijo que era lógico conmigo, que parecía muy enfermo, pero que la perra era muy joven para sacrificarla. Conchi insistió y le dijeron que no había problema, que ella era la dueña de los perros. Pasaron a Adeline a una salita contigua. Se despidió de mi con una mirada insípida hacia el vacío, como casi todas las suyas. Era fea, pero recordé sus felaciones a regañadientes. Diez minutos más tarde se abrió la puerta y sacaron a Adeline inerte, y pude ver cómo la introducían en una bolsa de basura. Después me metieron a mi en el mismo cuarto.

Me pusieron una vía intravenosa en la pata. Preguntaron a Conchi si quería acompañarme en mi final, pero pagó y dijo que no. Se marchó con una sonrisa en la boca. Acabo de hacerme pis y caca a causa del miedo. Por lo menos así dejaré en este mundo algo que todos os merecéis. Acaban de poner una jeringuilla gorda en el agujero de la vía. Poco a poco voy sintiendo la droga. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Está llegando el fin. La vida pasa delante de mis ojos. En el paraíso oleré todos los culos, masticaré heces de caballo y de otros perros, me revolcaré sobre pieles de animales muertos, comeré vómitos y romperé periódicos y zapatos a mordiscos sin que nadie me castigue. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me duermo.... La vida es sueño. Adeline, Adeline, voy  contigo, Adeline....


Mi congelador

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Conchi

Me desperté con nauseas y una ligera presión en la parte alta del pecho. La típica acidez nerviosa, en mí ya crónica. Al abrir los ojos pude ver el enorme ramo de flores apoyado sobre el galán de noche que utiliza David para sus chaquetas. Lo acompañaba una tarjeta que decía: “feliz cumpleaños, cariño, nos vemos esta noche”.  Me revolvía el estómago sólo el pensar que tenía que ir allí aquella mañana. Los veinte kilómetros a recorrer se me hacían una distancia infranqueable, parecían mil.

Me vestí de forma informal y bajé a la cocina. Tragué un omeoprazol acompañado de un vaso grande de agua, mi desayuno de todas las mañanas. Mientras bebía, observaba el vacío césped del patio trasero del chalet, inanimado sin mis dos preciosos perros. Accioné el botón de la puerta automática de sus dos jaulas y aparecieron allí a la carrera Laura y Oscar. La perra me vio a través del cristal de la puerta, puso aquella  preciosa cara como de sonreírme y movió el rabo espasmódicamente. Laura era una perra feliz. Entonces, aprovechando que ella se acuclillaba, llegó Oscar por detrás he hizo aquello. Me dio una arcada. Cogí lo primero que encontré a mano en un cajón, una espumadera grande, abrí la puerta y le pegué fuerte en el culo. Lo agarré del collar y a estirones lo metí en su jaula y cerré la puerta de un golpe. Luego metí a Laura en la suya, pagaron justos por pecadores, como siempre en la vida.

Pues sí, Laura era una perra feliz. La compramos en una tienda del centro. Tenía  unos ojos color marrón preciosos, pedigrí del bueno y había recibido un curso de disciplina canina en sus tres primeros meses de vida. En nuestro enorme patio de hermosa hierba ella fue feliz durante dos años. Un día la llevamos a vacunar y no estaba su veterinario de siempre, sino uno más joven. Nos dijeron que a José le  había  dado un infarto cerebral y que lo sustituiría Ramón, su hijo, que continuaba la saga familiar. José siempre nos había parecido algo gay. Ramón era mucho más progresista, nos sugirió que dejáramos de vez en cuando entrar en casa a Laura, que no limitásemos su hábitat al patio, que aquello podía deprimirla, y que sería bueno que criase alguna vez. No dejamos entrar a Laura más allá de las puertas de cristal de la cocina, pero sí que aprobamos que la inseminaran con esperma de algún perro campeón y tuviese una preciosa camada de cachorros. Durante la gestación contratamos a un chico de servicio para  ocuparse de todo lo relacionado con Laura. El parto  fue difícil, murieron dos cachorros, pero el tercero nació sano, era una preciosa bolita de pelo. Laura lo crió con esmero, se la veía plenamente feliz.

Cuando el perro cumplió un año sucedió aquello. Una mañana me levanté. Accioné la puerta de las jaulas y salieron al prado. Laura vino a saludarme al cristal de la puerta, pero entonces llegó su hijo Jonás por detrás e hizo aquello. No me dio tiempo a separarlos, empujé a Jonás con todas mis fuerzas, pero el mal ya estaba hecho, y él se revolvió y me mordió la mano abriéndome con sus colmillos una herida junto al pulgar derecho. Al instante Jonás recuperó la lucidez y se dio cuenta de que había hecho mal, y me lamió la cara y la herida como avergonzado y asustado. Unas lágrimas brotaron por mis  mejillas. Me curé la herida como pude, cogí al perro y lo introduje en el maletero de mi Cayenne. Conduje a toda velocidad por las serpenteantes calles de la urbanización llorando mientras lo escuchaba jadear atrás. Luego tomamos la carretera  y tras desviarnos por la segunda circunvalación llegamos  a la clínica veterinaria. Aparqué en la plaza de minusválido que tenían reservada para clientes en la puerta, llamé al timbre y Ramón me abrió la puerta al instante.

- Hola Conchi, ¿cómo estáis? ¿Qué le sucede a Jonás?
- Qué tal, Ramón. ¿Cómo está tu padre?
- Pues  está bien, la residencia es estupenda, parece un hotel de cinco estrellas. Dan un servicio excelente.
- Quiero sacrificar a Jonás.
- ¿Perdón?
- Lo que oyes.
- Pero, ¿por qué? Está muy saludable, y es precioso.
- Quiero sacrificarlo.
- Tú eres su dueña, pero que conste que me opongo, si no lo quieres  podrías darlo en adopción.

congelador4Le conté lo sucedido. Lo tumbó en la mesa del quirófano y le puso la vía en la pata. Mientras la droga le hacía efecto sus ojos se fueron apagando poco a poco, melancólicos. Me puse muy triste. Conduje hasta casa dando dos rodeos completo a la circunvalación. No quería entrar por la puerta y ver a Laura. Durante dos meses no pude ni verla, Ricarda, nuestra filipina interna de Ciudad Quezón, se ocupaba de abrir la puerta de su jaula y de darla el pienso. David me animaba, me enviaba flores todos los días sin falta se encontrase donde se encontrase, nunca se le olvidaba.

No puede coger mi Cayenne porque le había petado el turbo, tuve que coger el Audi, y odio los Audis. Conduje a toda velocidad, no quería llegar a aquel antro, pero era mejor que fuera lo más rápido posible. Aparqué, me puse la gorra y las gafas de sol y me dispuse a entrar entre toda la multitud que hacía cola. Me identificaron en la garita y abrieron los rastrillos, que después de atravesarlos se cerraron aterradoramente tras de mí. Pasé al locutorio y esperé unos minutos nerviosa. Entonces entró él, sonriente, como si no pasara nada, yo también le sonreí. Parecía más delgado, muy delgado, flaco que te cagas. Se sentó y acercó el auricular a la oreja.

- Hola cariño, cuánto tiempo.
- Hola papá.
- Tres años sin vernos ya...
- Feliz cumpleaños.
- Lo mismo digo, cariño. Tú y yo, el mismo día, somos como dos gotas de agua... ¿Qué tal todo?
- Dos gotas de agua en el mar....Pues muy bien, todo bien, estupendamente.
- ¿Y el carajaula?
- Papá... por favor.
- Es que no lo soporto.
- Vamos al grano, anda, resulta muy incómodo estar aquí...
- ¿Qué tal tu madre?
- Pues no la veo desde hace tiempo, pero está maravillosamente. La residencia es a todo lujo, cinco estrellas.
- Pero no recuerda nada...
- Creo que hace tiempo que se le borró todo de la cabeza.
- Pobrecilla.
- Bueno, ¿dónde está el número?
- Mira en tu móvil, te llegará a la una en punto. La cuenta es magra. Tendrás suficiente para abrir las dos clínicas en París, de sobra cariño... ¿qué dirás a los cabrones de tu familia política sobre el dinero?
- Ya sabes cómo son, papá, diré lo de siempre, que pedí un préstamo, que soy una emprendedora.
- No tienes que justificarte con esa gentuza. Ellos roban sin palancas y de día al estado. Los robarranchos esos no tienen que echarte nada en cara. No sé si sabes que tu suegro el general tiene un testaferro nuevo para surtir a la base de Rota todos los suministros.
- Lo sospechaba, el general se ha comprado un barco nuevo. Estás muy delgado.
- Cariño, tengo cáncer de páncreas... no te lo quería decir, pero creo que debes saberlo. Por eso te he dado este número de cuenta. Y no te preocupes, si me muero te harán llegar los otros dos que faltan.
- Bueno, creo que se acaba el tiempo, papá. Gracias por todo.
- Ve a ver a mamá, por favor.
- No sé si lo haré, me deprime mucho la residencia.

congelador2David

Mis dos incisivos delanteros superiores están relucientes, también es que son postizos, claro.  Me subía sobre la taza del water de mi casa para masturbarme, porque mi madre trataba de espiarnos por debajo de la puerta a ver qué hacía tanto rato dentro. Entonces mi padre se acercó sigilosamente y puso la oreja sobre la madera. Cuando escuchó el ruido característico del ñogo ñogo le pegó una patada que arrancó el pestillo de cuajo. El susto me hizo caer de boca contra el lavabo rompiéndome los piños delanteros. Mientras sangraba como un cerdo y recibía los correazos de mi progenitor decidí que yo sería dentista. Mi padre hubiera deseado que yo continuase la saga como ya habían hecho mis tres hermanos mayores y que me hubiese alistado en la marina. Pero, sinceramente, yo no me veía integrado en aquel ambiente...

Desarrollé antes que mis amigos, fui al que primero le salieron pelos en el  pecho y en los huevos. Comencé a juntarme con chicos más mayores. Me llevaban de putas. Yo tenía catorce años, pero aparentaba cinco más. Hacíamos cola fuera de la habitación y entrábamos de dos en dos a follar. Cuando tenía diecisiete comencé a juntarme con una pareja mayor que iba a clubes de intercambio. Eran antros lúgubres en los que encontraba algo fuera de lugar. Te exigían ir en pareja, y yo contrataba a una puta para que me acompañara.

Entonces comencé a hacer tríos con otra pareja madura, un matrimonio de treinta y tantos años. Un día, mientras yo me la follaba a ella, él comenzó a chuparme los huevos. Me gustó. Me dejé hacer. Y me los siguió chupando una y otra vez, en su casa, en la mía, y en clubes de intercambio. Hasta que empezamos a ir los dos solos a hoteles y a fiestas de las de sólo hombres.

Un día mi mejor amigo me llamó a mi casa. Me dijo que si podía pasarse a tomar una copa. Mis padres se habían ido de vacaciones, yo estaba sólo. Le dije que sí, que nos la tomaríamos en mi piscina. Cuando abrí les vi llegar a los dos juntos, a él y a su novia. Nos metimos en la piscina. Entre risas de los tres, ella se puso a bucear. Me bajó el bañador y comenzó a chupármela. ¿Qué coño era aquello? El quería encasquetármela. Era una tía insoportable. A mi me gustaba él, no aquella zorra. Yo follaba con ella mirándole a él, él nos miraba por un espejo. No hay cosa que más me joda que esa clase de tipos. Empecé a ir con él a fiestas en locales gays. Pero nos cobraban muy caro las copas, así que empezamos a organizar orgías en nuestras casas. En la primera orgía éramos siete tíos. Terminé por reunir a cincuenta una vez en la bodega del chalet de mis padres. Se me empezó a ir el asunto de las manos. La novia de mi amigo comenzó a llamarme todos los días, de forma enfermiza. Quería verme a toda costa, fornicar conmigo. Yo ponía mil excusas. Le dije hasta que no podía venir a mi casa porque siempre llevaba tacones y me iba a rallar el suelo. Ella me contestó que se pondría zapatillas si yo quería. Hasta que no se fue de Erasmus no me dejó en paz.

Había asistido a mil orgías cuando tenía veintitrés años, pero nunca había ido a una sauna. Dicho y hecho, cuando terminé la carrera, para celebrarlo me fui a la sauna más conocida del centro de la ciudad. Entré a una sala en la que sólo se veían manos, pies, pollas y culos al aire, de varias decenas de hombres. Entonces uno levantó la cabeza y era el presidente del colegio de odontólogos, el que acababa de entregarme el título. Salí por el pasillo y lo escuche´correr detrás de mi. Me dijo que por favor no contara nada, que no quería que se enteraran ni su mujer ni sus tres hijos. Le dije que yo era una tumba, pero que si en mi pueblo alguien me decía que me habían visto en una sauna yo sabría quién había sido...

Organizamos una fiesta de casados en un chalet de una urbanización de lujo. Más de cien tíos sedientos de polla que llevarse a la boca. Entró por la puerta Borja, el hijo del general Romero, muy risueño, pero de pronto le cambió la cara. Salió corriendo. Me puse los pantalones a toda prisa y lo alcancé a la salida del chalet. Le pregunté qué le pasaba. Me contestó que el tío que se la estaba chupando a aquel conocido arquitecto que había en la fiesta era su cuñado, el marido de la hermana de su mujer, José Carlos Postigo, teniente de fragata.

Me fui a un congreso de odontología con Manuel. Cualquier cosa era buena para alejarnos de aquella ciudad. Un congreso de odontología es casi siempre lo mismo: asistes a charlas absurdas, después comes como un león y por la noche, tras las copas, te vas a follar al hotel con el primero que pillas. Pero aquel congreso no fue como los anteriores ni como los posteriores. Estábamos sentados sufriendo una charla y pensando en las musarañas, cuando la vi dos filas más adelante. Me sonrió. Durante un descanso charlamos. Era simple, sin doblez. Yo le gustaba, saltaba a la vista. Era perfecta para mi. Se lo conté a Manuel y le pareció una idea magnífica. Ya era hora de dejar de ser la oveja  negra, estaba hasta los cojones de ser el malo de la familia, era el momento de ser uno más. Ahora Conchi y yo poseemos una cadena de cuarenta y tres clínicas odontológicas de ámbito nacional que están en vías de expansión por Europa. Manuel y yo nos dedicamos a pasar la mayor parte del año acrecentando la fama de nuestra cadena por congresos, mientras que Conchi administra nuestro imperio del diente con mano de hierro desde casa. Manuel y yo siempre nos reímos cuando él recita el refrán, el único cierto de toda la sabiduría popular de nuestro país, el único dicho realmente útil: hombre casado con fea, o la tiene pequeña o cojea.

congelador5Mi congelador

Atravesé los tres desagradables controles de seguridad y salí como alma que lleva el diablo de aquel lugar. Subí al coche y conduje un poco al azar por la circunvalación, sin rumbo. Algo se me había removido por dentro. Pensé en mis padres, en mi familia. Mi padre se marchó a Alemania a trabajar, con una mano delante y otra detrás. Se instaló en Goslar, cerca de Hannover, para trabajar de sol a sol en unas plantaciones de patatas. Vivía en un barracón sin agua caliente con otros cuarenta tipos y trabajaba siete días a la semana. Al cabo de cuatro meses le dieron una tarde de domingo libre y se fue con un amigo a emborracharse a una taberna para emigrantes que había a las afueras del pueblo. Ese día conoció a mi madre. Ella trabajaba en la limpieza de una fábrica y planchando sábanas para las casas de los alemanes. Trabajaron durante cinco años a este ritmo e hicieron algo de dinero con varios pluriempleos. Entonces volvieron al pueblo de mi padre. Se casaron. Nací yo. Mi padre compró una tierra con el dinero que había ganado. Arriesgó, pero salió bien. La vendieron al poco tiempo al triple de su precio. Con lo ganado compró con unos conocidos más tierras. Fue comprando y vendiendo, y siempre lo hizo bien. Fue haciendo dinero, y dinero. Nos construimos un chalet de tres plantas a las afueras del pueblo, pero al poco tiempo nos mudamos a una urbanización a las afueras de la ciudad. Entonces le hicieron la primera inspección de hacienda, y lo detuvieron. Fue un escándalo, pero salió al poco tiempo. Y siguió comprando, y vendiendo. Nos mudamos a otra urbanización, y a otra, y finalmente a otra con garitas a la entrada.

Me matriculé en odontología en la mejor facultad privada. No aprobaba ni a la de tres, nunca he valido para estudiar. Pero mi padre sabía muy bien que aquello era un mero trámite para después montar una cadena de clínicas, y consiguió que aprobara a su manera. Y siguió comprando, y vendiendo tierras, y comprando, y vendiendo. Y en un congreso de odontología me propusieron para un premio por joven emprendedora, y allí, en la primera fila, estaba él sentado, David. Era guapo, parecía un príncipe. Le pedí a un amigo que nos presentara. Fue un flechazo. Estábamos hechos el uno para el otro.

Nos casamos por todo lo alto y fuimos de viaje de novios cinco días a Cancún. David pasa poco tiempo en casa, va a muchos congresos con Manuel, nuestro amigo y hombre de confianza, para publicitar nuestras clínicas. Mientras, yo me ocupo del día a día de nuestras empresas, aunque tenemos gente muy preparada trabajando para mí que me hace las cosas muy fáciles.

Atravesé las dos circunvalaciones y llegué a la urbanización. El guarda de la garita de entrada tiene prohibido relacionarse con los propietarios y siempre está escondido detrás de una ventana en la que el cristal es un espejo. Me abrió la barrera y subí una vez más por aquellos dos kilómetros de calles serpenteantes desiertas de humanidad. ¿Dónde estaría toda la gente ese domingo por la mañana? ¿Se habrían marchado fuera o estarían todos detrás de los altos muros de sus chalets? Abrí la puerta automática de mi casa y entré. Sobre la puerta del garaje había pegado un sobre con un lazo grande rosa. Era de David, claro:

“Cielo, nos ha surgido un imprevisto y esta tarde Manuel y yo partiremos a Barcelona, ya te contaré, vuelvo el martes. Ahí tienes tu regalo, lo que tu querías. Gracias por ser tú”.

Al fondo del garaje estaba mi regalo de cumpleaños. Un congelador nuevo enorme. Antes teníamos otro, una especie de arcón pequeño, pero se había estropeado, y con muchos kilos de marisco dentro, se habían podrido todas aquellas delicias del mar con las que deleitábamos a la familia de David cuando venían a comer en grupo, o en tropel militar, los fines de semana. Ahora podríamos comprar media marisquería del Carrefour de la circunvalación y siempre estaríamos preparados para las visitas. Me gustaba la idea de tener uno tan grande. Pero, por otro lado, me puse de mal humor al verlo. Me entraron ganas de vomitar. Entré al lavabo pequeño del sótano y vomité cuatro hilillos con la cabeza metida en el water. Pasé a la cocina a beber algo. Me puse un vino blanco y saqué de la nevera el sushi que había sobrado de la cena del día anterior. Estaba feliz y triste al mismo tiempo, mi cuerpo se encontraba en una especie de estado de frío-calor permanente. Necesitaba hablar con alguien. Abrí las puertas automáticas de las jaulas de los perros, que corrieron hacia mi. Salí por la puerta de la cocina y me puse a acariciar a Laura su preciosa cabecita, era un ser maravilloso. Entonces, aprovechando que Laura se acuclillaba llegó Óscar por detrás y volvió a intentar hacer aquello tan repugnante.

congelador6Me dio un ataque de ira, tenía mucho odio contenido aquel día dentro de mi cuerpo a punto de estallar. Agarré a Óscar con fuerza del collar y lo arrastré por la cocina reprendiendo su actitud. Le bajé a rastras las escaleras del garaje, abrí el maletero del asqueroso Audi y lo arrojé dentro de él. Arranqué el coche y salí. Le escuchaba rascar y ladrar dentro del maletero. Recorrí la urbanización, que seguía desierta, y salí a la carretera, luego atravesé las dos circunvalaciones, me desvié según indicaba el GPS y llegué a la clínica veterinaria. Saqué a Óscar del maletero a tirones, lo arrastré del collar hasta la puerta y llamé al timbre. Me abrió una chica con cara de alelada, Ramón no estaba. Entramos a una salita y ella subió al perro sobre una mesa de quirófano.

- ¿Qué tal? ¿Qué le pasa a esta ricura?
- Quiero sacrificarlo.
- Perdón....
- Lo que oyes. No puedo soportar las cosas que hace...
- Pero.... mira, aquí tengo vuestra ficha. Veo que sacrifiscásteis a otro perro, no creo que sea motivo suficiente para hacerlo, esta preciosa criatura no lo merece...
- Eso no es asunto tuyo. Si quieres llama a Ramón, él me atiende siempre y comprenderá el caso. Si tiene el día libre no importa, pagaré lo que sea, me espero...
- Pero.... no, si no es eso. Es que es demencial. No creo que Ramón quiera practicarle al pobre Óscar una eutanasia tan cruel.
- Ya lo ha hecho otras veces...
- Ramón es mi marido, señora, está en casa, no creo que quiera sacrificar a un pobre perro solamente porque copula con su perra. Es algo corriente, los machos siguen su instinto sexual y no distinguen a sus madres cuando han crecido, es de cajón...

Siempre había pensado que Ramón, el veterinario, era bastante gay.

- A ver.... NO ES COPULACIÓN, SE COME LA CACA DE LAURA CADA VEZ QUE LA VE, Y YO NO PUEDO SOPORTAR VERLO, ME ENTIENDE. No copulan, se come la caca.
- ¿Qué alimentos le da?
- Siempre pienso, como Ramón y el padre de Ramón siempre me aconsejaron, que los perros no probaran nunca la comida humana para que no la desearan.
- Ahora lo entiendo. Es que el pienso que recomendamos lleva perejil, y como no comen nada con sabor ese olor les atrae instintivamente, y la caca de la perra contiene ese olor. La coprofagia en estos casos es algo natural... ¿De verdad quiere sacrificarlo por ésto? Puede darlo en adopción, a mucha gente no le importa verles hacer eso... lo acogerían con gusto.

Tumbó a Óscar sobre la camilla. Sus ojitos se fueron apagando como los de un ángel vicioso mientras me miraba fíjamente. Se me escapó una lágrima. Pagué y me marché. Cogí la primera circunvalación. Paré en el Carrefour nuevo, donde tienen esa estupenda sección gourmet. Compré varios kilos de marisco congelados, cigalas, gambas, gambones y langostinos. También varias bandejas de sushi y sashimi. Fui a cargar todo en el maletero, pero descubrí que Óscar se había cagado dentro, y tuve que colocar toda la compra sobre los asientos de atrás.

Dos semanas más tarde, salí por la mañana al centro de la ciudad a hacer unas compras. Quedé con Pelayo para comer en un precioso restaurante japonés y él  me propuso, como siempre, ir a unos apartamentos de lujo por horas a hacer el amor. Yo me negué, también como siempre. Seguí de compras toda la tarde. Al regresar a casa Ricarda me dijo que se había habido una avería y se había ido la luz varias horas, que todo lo que guardábamos en el congelador se había podrido, incluso los cinco kilos de angulas que me habían traído de la pescadería el día anterior. Monté en cólera con Ricarda, la amenacé con despedirla. Subí a mi habitación y me masturbé. Cuando me estaba corriendo pensé que lo que había que comprar era un generador eléctrico independiente para emergencias.

David cumplió los años en noviembre. Le regalé una bici de triatlón bastante bastante cara. Él y Manuel se han aficionado últimamente a ese deporte y se pasan los días entrenando, corriendo, con la bici o en la piscina. También compiten en muchas carreras populares, David ha bajado de los seis minutos por kilómetro.

Argentinos y cantautores

cantautores1

Sobre el cenicero de cristal descansaba un humeante porro tamaño trompeta. Juan Moro jugaba a la Play-Station con los altavoces de la tele a punto de estallar, de estruendo en estruendo ensordecedor.  La buhardilla entera rezumaba olor a hachís por sus cuatro puntos cardinales. De vez en cuando, de la boca del Moro salían algunos improperios dedicados a los personajes del juego y su rechoncho cuerpo, mezcla de hinchado culturista y joven farlopero, votaba con indignación sobre el asiento. ¿Cómo habría ido a parar ella a allí? Era algo tan inexplicable y delirante como la Teoría de Cuerdas. ¿Cómo una persona de gustos y sensibilidad tan refinados descansaba en ese momento sobre la cama de aquel joven camello de medio pelo?

-Juan. Juan. JUAN. ¡JUAAAAAAAAAANNNNNNNNNNNNN!.

Gritar no era suficiente. Juan no escuchaba, era imposible, la insoportable musiquita de aquel engendro de diversión se lo impedía. Amparo, en pelotas sobre el lecho no conyugal, se estaba indignando por momentos ante la falta de atención de su amante bandido. Sobre la mesilla, junto la enorme cama de dos por dos metros con espejo perpendicular sobre el techo, su bolso reposaba confiado. Amparito se retorció hasta engancharlo, rebuscó dentro de él y sacó del fondo un ejemplar de “Le Monde Diplomatique” requetedoblado. Se puso a hacer que leía con cara de concentración y mala hostia, pero no consiguió concentrarse en la lectura, no se sabe si por la indignación ante la ausencia de cariño, por el ruido ensordecedor o por lo insoportable que suele resultar esa especie de estomagante diario cultureta que trataba de escudriñar.

Tras el sonido de una explosión que removió hasta los cimientos del adosado, una frase metálica emitida a tres mil decibelios por los bafles de la tele (“GAME OVER. YOU´RE DEAD, MOTHERFUCKER”) dio por finalizada la partida. El silencio se hizo. Entonces  Juan Moro se levantó del sillón y se dirigió enfilado, como circulando sobre raíles, hacia la mesilla de noche. “¿Qué tal, preciosa?”. Amparo no hizo ni puto caso a la frase zalamera, ni levantó la mirada del papel. Juan abrió el cajón más bajo y sacó una cajita metálica con la tapadera imitando al nácar. De su interior extrajo una especie de cucharilla y con ella, escarbando como un escarabajo pelotero sobre la hez, rascó una miajica del polvo blanco de los dioses que habitaba en el fondo del receptáculo. Su hábil mano moldeo sobre la mesilla tres suntuosas lonchas con forma de pimiento morrón dispuestas como ambrosía. “¿Quieres, cariño?”. Como no hubo respuesta a la pregunta el puto “moro” no tuvo miramientos en insuflar por su nariz mediante tres certeros sorbetones toda aquella cara maravilla. Cuando terminó de ponerse, corrió hacia el otro extremo de la habitación, donde había una máquina semiprofesional de pesas sobre la que se sentó y comenzó a hacer espasmódicos ejercicios para fortalecer pectorales.“Uno dos, ufffffffffffff, ufffffffffffffff, uno dossssssss, arrrrrrrrrrffffffff”. Al cuarto de hora de esfuerzo sobrehumano se cansó y, sudando como un pollo, dejó la máquina de tortura y tomó dirección hacia el catre. Cogió de nuevo la cajita y sacó con la uña un par de bolitas blancas que se introdujo una por cada agujero de la napia; remató la jugada frotándose las encías con el polvillo sobrante. A continuación, con un gesto atlético, se lanzó sobre la cama ejecutando un salto con gran estilo Foxbury-Flop; al caer sobre la mullida superficie provocó que Amparo rebotase un palmo por encima del colchón como si fuese la niña de “El exorcista” en plena levitación. Juan apoyó la cabeza sobre su mano, con el codo recostado sobre el colchón, y se quedó mirándola con una sucia sonrisa sobre la cara.

-¿Qué tal preciosa? ¿Te diviertes?

Amparo dejó el sesudo periódico y contestó a tan filosóficas cuestiones con gesto de encontrarse francamente molesta.

– Juan, tío, llevo aquí una hora tumbada y tú ni puto caso. ¿Vas a parar en algún momento? Tío, es que es como hablar con una pared.
– Follar con una pared, diría yo, jeje.
– No me hace gracia.
– No creo que sea para tanto, coño, te quedaste transpuesta y a mí me es muy difícil estarme quieto más de cinco segundos seguidos, ya sabes. Hazte un porro, anda…
– Juan, no; no voy a fumar más de esa mierda. Parece que no te das cuenta de que te estás matando poco a poco. Tienes la cabeza vacía.
– La vida es así de dura, pequeña, jeje.
– No sé qué estoy haciendo aquí contigo, siempre es lo mismo. Ayyyyy, y no me toquessss la cara, estás sudando como un cerdo, qué ascooo… Es que no te entiendo, ¿a ti sólo te importa jugar a esa mierda y meterte rayas hasta explotar, ¿es que no te preocupa nada más? ¿Es que te suda los cojones lo que yo piense o lo que haga con mi vida?  ¿Te importo algo? Responde…
– Tienes un culo estupendo, cariño…

cantautores2Amparo, “amparanoica” para los amigos (nótese la malvada vuelta de tuerca que algunos le dieron al nombre de la cantante clónica imitadora de Manu Chao),  nació y se crió en Aranjuez como una niña rara, rara, rara. Ciento cuarenta y nueve en los test de inteligencia del colegio y, sin embargo, gilipollas. Creció con un buen culo, con unas buenas tetas, con bella carita de princesa rubia, con muy buenas notas, todo sobresalientes, matrículas y algunos notables; una hembra con grandes aspiraciones, pero por el contrario no había en este mundo un ser humano capaz de aguantar a una niña tan mamahuevos, pedante y respondona. Amparo, “amparanoica” para los amigos, nunca destacó por su simpatía, sí por su dislexia, su desprecio por el prójimo y su mala leche. Amparo contaba a quien quisiese escucharla que los niños de su clase la apedreaban porque no jugaba con ellos y se dedicaba a leer en el patio; se devoró toda la colección “Barco de vapor” durante aquellos años de ostracismo mientras le llovían risas y mamporros. Los demás se descalabraban en sus juegos infantiles y ella soñaba con hadas y países encantados de pacotilla, en ser la salvadora del mundo. No era capaz de mezclarse con los humanos de su alrededor, pero no por diferente, sino porque se creía tocada directamente por la mano de los dioses, pensaba que era superior al resto de aquella infecta especie humana, los miraba con desprecio y repugnancia desde su pedestal, conectaba su walk-man y se abstraía de tanta vulgaridad escuchando las preciosas tonadas de los Hombres G que tanto la gustaban. Mirándose al espejo podía observar a una elegida para la gloria entre toda aquella cuadrilla de energúmenos, un diamante en medio de aquella descomunal mierda; jamás, se juró a sí misma a los once años, jamás rozaría su piel con ninguno de aquellos seres inferiores. Sin embargo, la contradicción y la aporía humanos son y, desde que tuvo la primera regla, comenzó a necesitar imperiosamente la presencia de un macho junto a ella, para dominarlo y manipularlo, no para follárselo, que era algo aparentemente demasiado primitivo para su intelecto, sino más bien para joderle la existencia en venganza hacia su especie. Desde muy niña le contaba sus penas a un psicólogo sobre cuyas zarpas la condujo su madre, que era una profesora de primaria neurasténica obsesionada con lo mala que era la televisión para los niños. Amparo se volvió adicta a esa especie de alcahuetes fingidores especialistas en escuchar poniendo cara de salvapantallas interesado. Algunos de estos nobles profesionales hacían dibujitos en sus cuadernos mientras escuchaban los delirios de grandeza de tan excelsa criatura. Y cuando fue creciendo sus terapeutas pensaron en varias opciones de tratamiento para ella: unos deseaban matarla mientras asfixiándola con una bolsa de plástico la sonreían, , mientras otros se hacían pajas por las noches fantaseando con su cuerpo desnudo empalado.

Los test de inteligencia fueron inventados por los sesudos ingenieros del ejercito de Estados Unidos para encontrar soldados perfectos, para separar el grano de la paja y hallar al más rápido en reaccionar ante el peligro, al que montase el fusil con los ojos vendados y a quien siguiese órdenes sin pensar que para ello tenía que destripar algún que otro humano de rebote. Amparo resolvía los estúpidos de estas pruebas como si fuesen sencillas sopas de letras, poseía una gran rapidez mental, una sobresaliente habilidad con el razonamiento abstracto y absoluta incapacidad para todo lo demás. Su pensamiento más habitual era lo imbéciles que eran sus amigos, su familia y conocidos por no poder resolver los sudokus tan supersónicamente como lo hacía ella. Tener un cociente intelectual alto alimenta mucho el ego y jode la vida de muchas personas cuyas existencias transcurren creyendo las mentiras fabricadas por otros. Amparo, “amparanoica”, era la reina de las flores. Competía con su hermano a ver quien leía más rápido un libro. Su record está actualmente en devorarse en un día “Las partículas elementales” y “La posibilidad de una isla” de Houellebecq, de un tirón y sin comer. En su casa se sentía como un pájaro enjaulado, tenía que ver mundo. Se puso a trabajar de peluquera para ganarse unas perras mientras estudiaba en la universidad su gran pasión: la carrera de psicología. Quería especializarse en comportamiento infantil. A los diecinueve se marchó a vivir con un pobre chaval. Duraron juntos casi un lustro. Ella era celosa hasta la extenuación. Él era un cantautor argentino charlatán que se ganaba la vida en la madre patria repartiendo flyers por la zona de Huertas los fines de semana. Le vigilaba como una perra en celo, espiaba a escondidas sus llamadas y mensajes del móvil. Si salían y él apartaba la vista de su culo, ella se ponía hecha una furia al llegar a casa y le decía a voces, para que se enterara todo el vecindario, que era un cabrón, un hijo de puta y un maltratador psicológico. Hasta cinco veces le echó de casa, pero al poco tiempo le pedía que volviera, le decía que no podía vivir sin él. Durante la última de aquellas dolorosas separaciones, en la que ella le acusó de mirar a otras sin su consentimiento, Adrián, el ínclito novio, tuvo que mudarse por unos días a casa de su mejor amigo. Aquellas noches le contó toda aquella tortura a Víctor, el compañero de fatigas oriundo de Mar del Plata que le acompañaba con el contrabajo cuando cantaban por algunos garitos del centro a cambio de unas migajas de euro. Vic se ofreció a mediar en aquella disputa con Amparo, prometió que quedaría con ella para explicarla que Adri era un tipo fiel y de fiar como ya quedaban pocos, que no debía preocuparse por todas aquellas zorras que les rondaban por la noche buscando guerra, que podía confiar en él. El jueves de la semana siguiente Adrian acudió a su domicilio conyugal a recoger algo de ropa interior, porque después de una semana expulsado por la vía rápida de aquel “Gran Hermano” que vivía con la “psicoloca” ya no le quedaba ni un calzoncillo limpio. Entró sin hacer ruido y cuando abrió la puerta del dormitorio rumbo al cajón de su ropa interior se sorprendió al encontrar dos personas en pelotas sobre el catre. Una de ellas era Amparo, la otra Víctor. Amparo comenzó a gritar presa del pánico y a negar la mayor, diciendo que aquello no era lo que parecía, mientras que Adrian golpeaba con el canto de un cajón del aparador la cabeza de Vic, que sangró profusamente por la frente hasta que media hora después una ambulancia escoltada por dos policías municipales consiguió evacuarle de aquel infierno en la tierra.

Amparo terminó la carrera en la Universidad Autónoma con un sobresaliente de media. Acto seguido se presentó a unas plazas para psicóloga de instituto que se habían convocado por comunidades autónomas. Estudió y estudió mientras se follaba a una decena de argentinos y de cantautores, o de argentinos cantautores, daba igual el orden de las palabras, eran las únicas personas lo suficientemente sensibles para entenderla. Además, por alguna extraña razón, eran con los únicos que se le mojaba la entrepierna. Y decidió poner tierra de por medio respecto a su escoria de familia y amigos, con dos ovarios. Se presentó a las oposiciones por la Comunidad Valenciana. La muy puta obtuvo una de las cinco mejores calificaciones de la promoción de loqueros. Eligió la plaza que ofrecía un instituto de enseñanza secundaria en Villena, un pueblo precioso y tranquilo cerca del mar y apartado del mundanal ruido, o al menos ella construyó esa imagen bucólica del lugar en su mente. Allí de nuevo vio la luz: conoció a Giusepe, un cachas profesor de gimnasia nacido en Buenos Aires de madre española y abuelos italianos que había emigrado a España gracias a la doble nacionalidad huyendo de la crisis y el corralito. Fornicó con el menda musculitos una temporada de forma cansina y hastiada, hasta que él se largó un jueves por la mañana sin decir ni pío y no volvió. Ella le dejó mensajes en el móvil rogándole que volviera, asegurándole que era el hombre de su vida. Para frenar la depresión del post amor se apuntó a clases de yoga en un centro cultural. Rápidamente, casi sin darse cuenta, se quedó prendada del gurú profesor, un tipo alto, con una preciosa melena rubia llena de largas rastas y que siempre vestía de blanco inmaculado. MJ era una especie de mezcla entre Bob Marley, Raví Shankar y el Dalai Lama, pero mucho más demagogo si cabe que estos tres personajes juntos, todo un record. MJ la sorbió el seso con facilidad, también el sexo, se folló a la psicóloga en los servicios del centro cultural después de una clase. Los chillidos que ella pegaba los escuchó hasta el conserje. Luego al profesor de yoga le tocaría finiquitar su relación de tres años y medio con L, un asunto algo más éticamente peliagudo para un buenrrollista como él. Le contó el sermón, a sabiendas mentiroso, de que había llegado el momento de ser independiente y no tener roles de pareja. A ella se le cortó la regla en aquel mismo instante de la impresión.

MJ se mudó dos días más tarde a casa de Amparo, que todavía no era “amparanoica” para él. Tras las tres primeras semanas de coitos salvajes, Amparo comenzó, a la chita callando, a controlar la vida y aspiraciones de MJ. Empezó a criticar el estilo de vida del profe de yoga y a calificar de putas descerebradas para arriba a sus alumnas. Le decía que aquello era una mierda, una gran mentira, que no era más que gimnasia de mantenimiento para putas y que él sólo usaba su elasticidad para ejercer el poder mental sobre las pueblerinas con la intención de cepillárselas. Amparo dejó de frecuentar sus elásticas clases y le montaba pollos cuando regresaba a casa. Más tarde comenzaron los insultos aderezados con rabietas histéricas. A la octava semana le lanzó un cuchillo de cocina de punta a la cabeza. Una tarde de noviembre MJ terminó sus clases y se dirigió hacia su cubil. Al doblar la esquina de su calle pudo ver cómo de su ventana salían objetos voladores no identificados. Sobre la acera descansaba casi toda su ropa de colorines hippys hecha girones,  su ordenador portátil desvencijado y su shitar partido por la mitad. Removió aquellos bártulos con estupor y pena mientras los vecinos le miraban desde las ventanas. Preso de la ira subió las escaleras de tres saltos hasta el segundo piso, abrió con fuerza la puerta, era el momento de pedir explicaciones a aquella pirada. Ella salió de la cocina y se abalanzó sobre él a grito pelado diciéndole que era un pedazo de hijo de la gran puta cabrón de mierda. MJ esquivó un puñetazo, pero una segunda hostia le impactó en un pómulo, y Amparanoica aprovechó su aturdimiento para golpearle con una figurita de buda de bronce sobre la coronilla y para morderle con fuerza canina en el brazo con que él intentaba parar los golpes. Una ambulancia se llevó a MJ al centro de salud y un coche de la policía municipal a Amparo al cuartelillo de los pitufos. “No había quien sujetase a esta hija de la gran puta”, comentaba muy serio uno de los agentes del orden dentro del automóvil patrullero. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y alrededores. MJ fue catalogado como un puto líder espiritual entre los lugareños de la zona, mientras que a ella la consideraban una zorra loca de atar. Amparo cogió un tren, sin avisar ni en el trabajo ni a sus caseros, y partió de regreso hacia dónde se cruzan los caminos y el mar no se puede concebir, retornó fugitiva a la ribera del Manzanares con las trompas de Falopio entre las patas.

cantautores4Amparanoica tardó en levantar cabeza. Sus amigos no daban crédito a su tan temprano retorno desde aquel destino campestre soñado. Muchos se reían a sus espaldas y se alegraban de que fuese tan desdichada; los progres gafapastas de los que ella se rodeaba suelen ser especialmente crueles y envidiosos. Amparo decidió que tenía que probar cosas nuevas. Pensó que lo más lógico después de todas aquellas vicisitudes con los cabrones de los hombres era hacerse lesbiana. Empezó a autoconvencerse de que la atraían las mujeres. Curiosamente había encontrado un trabajo escribiéndole los discursos a una secretaria de estado del Ministerio de Igualdad, todo era una premonición. Una noche salió por Chueca con dos de sus compañeras de trabajo y, tras media docena de copas, acabó en la cama con ambas. Los daiquiris y mojitos comenzaron haciendo aquello soportable para su estómago, a pesar de que aquel par de leñadoras estaban en totalmente en contra de la depilación. Se autoconvenció de que era una experiencia maravillosa y pudo poner la lengua sobre la entrepierna de su primera partenaire, que se estremeció de placer. Las dos bollos no se habían visto en semejante hito en sus putas vidas, nunca habían tenido a una tía sumamente buenorra sobre su cama. Al arrimarse a las inglés de la segunda Amparo se dio cuenta de que lo suyo no era el conejo con tomate, ni el blody Mary. Salió corriendo y vomitó sobre la tapadera del water todos los daiquiris y la escalibada con castañas de la cena, no le dio tiempo a abrir el ojo de buey fecal. Se vistió a toda velocidad y se largó sin dar explicación dejando sobre el inodoro todas aquellas hieles malolientes. Amparanoica fue la comidilla de todo el gabinete ministerial, aquel par de zorras contaron el incidente hasta al conserje. Ella dejó de frecuentar Chuecaa, que tampoco era lo suyo, y regresó a sus tiempos del Buho Real y el Café Libertad.

Amaparo dijo de nuevo: “buenos días tristeza”; aunque, gracias al Dios de Hegel, al de Spinoza o al de Marx, el invierno pasa pronto para los ingenuos mortales. Aquella primavera se enamoró perdidamente del cantautor Juan Felipe Silva, un lanudo y bardudo cantante que formaba gracioso dúo cómico asincopado con el guitarrista uruguayo afincado en Alcobendas Mauricio Lavado. Mauri la odiaba, pensaba que era una pedante insoportable. Ella admiraba hasta caérsele la baba a Felipe y odiaba al destripaterrones sudamericano. Amapro pidió una y mil veces a Felipe que se fueran a vivir juntos, que iniciasen un proyecto vital en común. Quería ser feliz a su lado y comer perdices. Intentó, con añagazas, quedarse preñada de él, pero era demasiado listo con la marcha atrás. Amparanoica comenzó a odiar a las tías que iban a verles actuar, a esas borregas que les aplaudían con cara de imbéciles. Un día le tiró una copa encima a una, otro llamó zorra voz en grito en medio del Libertad a otra. JuanFe no podía más y la dijo que no quería verla más, que era perjudicial para él. Amparo le dejó cuarenta y tres mensajes en el buzón de voz del móvil llorando y diciéndole que volviese a su lecho, que iba a cambiar. No obtuvo respuesta. Encolerizada se vengó tirándose a Mauri Lavado en los lavabos del Buho Real un jueves que él acompañaba a la guitarra al pedazo de hortera insoportable de Tontxu. Éste se lo contó todo a JuanFe aquella misma noche y, tras el primer estupor, ambos rompieron en una sonora carcajada. “Cacho puta”, le dijo Juanfe. Mauri consiguió el año pasado una plaza de conserje en el ayuntamiento de Buitrago de Lozoya. Juanfe continúa trabajando como ingeniero de producción en Repsol. Mauricio Lavado hace meses que no toca la guitarra, mientras que a Juan Felipe Silva, en una revisión médica rutinaria de empleados de su empresa multinacional, le fue detectada una hepatitis C en fase avanzada y se encuentra a la espera de un donante de hígado que le salve la vida.

(PRIIIIIIIIIIIIIIIIII, PRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII—– PRI, PRI, PRI,—- PRI, PRI, PRI, PRI—- PRI, PRIIIIIIIIIIIIIIIIIII). El pito del portero automático, dirigido por el dedo esquizofrénico de una persona que reclamaba que le abrieran urgentemente la puerta del chalet, entonaba esa musiquita acompasada que anima desde las gradas al Real Madrid, esa cancioncilla que acaba con un sonoro grito de: ¡¡¡¡¡¡¡¡MADRID!!!!! Un segundo después sonó (PRI, PRI- PRI, PRI PRI. ) esa tonada cuyos acordes acompañan a la simpática letra de la coplilla: hi-jo-de-puuu-ta. Pero Juan no se dejó desconcentrar de la faena, pegó un par de empujones espasmódicos más y sus huevos explotaron como en un torrente. Tomó aire, descabalgó de aquellos cuartos traseros, escupió un potente salivazo sobre el cenicero y se fue con los huevos colganderos hacia el telefonillo, que seguía tronando.

-¿Quién essssss?
-Juan, soy yo, vengo a por lo mío.
-Vaya momento, coño, Norber; espera que te abro.

El Moro pulsó el botón de abrir la puerta del patio de su adosado. Norberto entró y le esperó junto a los escalones del interior sentado en una sillita de jardín. Juan se puso unos pantalones cortos de thai-boxing y bajó a la cocina. Retiró una tabla del rodapié de debajo del fregadero y sacó un paquetito requeteenvuelto en cinta de embalar. Al abrir la puerta blindada vio allí fuera a aquel puto madero escolta de Urdangarín, vestido impecablemente con traje de Armani y corbata, aguardándole mientras se fumaba un peta.

-Te dije que vinieras mañana, Bertín.
-Lo siento tío, es que me han llamado y salimos muy temprano para Estados Unidos. Y Bertín se lo llamas a tu puta madre, jeje.
-Bertín Osborne. ¿Adónde os marcháis, otra vez a Nueva York?
-No, me han dicho que a Aspen, a no sé que rollos de una fundación de niños de no sé  que hostias podridos por la enfermedad. Luego el cabrón aparecerá cinco minutos y se irá a esquiar. Y se deja aquí a la parienta y a los niños del maiz, qué morro tiene.
-Que me aspen, qué lejos te llevan tus jefes, cabrón. Él a esquiar y tú a hacerte nevaditos ¿Y te vas a llevar todo esto, mamón?
-Tranquilo, a nosotros no nos registran, no pasamos ni aduana ni hostias en vinagre.
-Siempre os la podéis meter la farlopa en el orto, pero no dejes que te la huelan los cabrones de los perros. ¿Vais los tres? Con esto tenéis para un regimiento…
-Viene conmigo el Rogelio y Andrés, seguro que no va a sobrar, el Andrew no puede vivir sin meterse unas lonchas, si lo supieran en la brigada…

-¡Ehhhhhh, Manolo, no te salgas, vuelve padentro, cabrón!

Manolo, el perro pitbull (todos los perros se parecen a sus amos) de Juan Moro, aprovechaba cualquier resquicio para escaparse, y en cuanto observó la puerta del patio entreabierta vio el cielo abierto para salir a aterrorizar al vecindario. Juan salió tras él a la calle, descamisado y descalzo. Norber le siguió riéndose al observar tan pintoresco cuadro. En ese momento doblaba la esquina un coche de los municipales. El Moro los saludó al pasar y ellos le devolvieron efusivamente el gesto por la ventanilla. Cuando desaparecieron por el fondo de la calle Juan se tocó los huevos con la mano en señal de desprecio hacia aquellos facinerosos guardianes del orden.

-¿Y estos hijos de puta no te dan la lata de vez en cuando?
-Qué va, tío, son buenos clientes, y yo les hago un buen precio. Reciprocidad creo que lo llaman, hoy por ti mañana por mí. Son unos hijos de puta, pero el negocio es el negocio.
-A mí me dan asco los pitufos, son la puta escoria de la humanidad. Bueno, tío, yo me piro, que te vaya bonito.
-Que no te detengan con eso, que te llevan a Alcatraz con tu jefe.
-Descuida. Te haré propaganda en el cuerpo de marines maderos.
-Gracias por la propaganda amigo.

cantautores5Juan se despidió lanzándole un besito con la manita extendida como si le enviase un soplido de amor. Encerró en el garaje al cabrón huidizo de Manolo y subió las escaleras dando botes por los escalones hasta la buhardilla. Allí estaba Amparo, desnuda, recostada de medio lado sobre el catre, fumándose un porro de maría y fingiendo que veía muy interesada un capítulo de “Redes” en la tele. Habitualmente no comprendía la mayoría de las cosas de las que hablaba Punset con aquella cuadrilla de pirados a los que visitaba, pero lo que importaba por encima de todo era proclamar a los cuatro vientos que le gustaba aquel programa tan científico y maravillosamente gafapasta. Además, a ella le ponía mucho el chinito Miguel Jo-Lee cuando hacía sus inefables intervenciones dando noticias chorra sobre supuesta ciencia.

Juan se acercó y la acarició los cachetes del pandero como muestra de amor y comprensión.

-¿Dónde lo habíamos dejado, cariño?
-Juan, esto no puede seguir así.

Una lágrima de cocodrilo brotó del ojo de Amparito, había que hacer notar cierto perenne descontento existencial. Al mismo tiempo, otro líquido comenzaba a chorrear despacio entre los finos carrillos de su culo. Se limpió ese caldo de la vida con la sábana mientras gimoteaba. Juan cambió de canal la caja tonta y puso una cadena de videos musicales cutres, subió el volumen hasta que retumbaron las paredes y simuló un baile sexy delante de ella. Después se preparó una raya, y le siguió otra, y otra, y otra, y se fumó un porro, y otro, y otro. Y al rato volvieron a follar, y ella se volvió a correrse mientras él le pellizcaba los pezones hasta hacerla daño. Y luego ella lloró otra vez. ¿Qué coño estaba haciendo allí con aquel tipo que ni tocaba la guitarra ni tenía acento porteño? ¿Qué se le había perdido a ella en aquel infecto pueblo de Valdemoro?

-Juan, quiero tener un hijo.
-Y yo tres.
-Es mi reloj biológico, que marca la hora.

Juan Moro se tiró un pedo. Le gustaba el olor de sus propios gases. Buenos días, tristeza. Buenos días, tristeza. Buenos días, tristeza.


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