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Mi congelador

congelador1

Conchi

Me desperté con nauseas y una ligera presión en la parte alta del pecho. La típica acidez nerviosa, en mí ya crónica. Al abrir los ojos pude ver el enorme ramo de flores apoyado sobre el galán de noche que utiliza David para sus chaquetas. Lo acompañaba una tarjeta que decía: “feliz cumpleaños, cariño, nos vemos esta noche”.  Me revolvía el estómago sólo el pensar que tenía que ir allí aquella mañana. Los veinte kilómetros a recorrer se me hacían una distancia infranqueable, parecían mil.

Me vestí de forma informal y bajé a la cocina. Tragué un omeoprazol acompañado de un vaso grande de agua, mi desayuno de todas las mañanas. Mientras bebía, observaba el vacío césped del patio trasero del chalet, inanimado sin mis dos preciosos perros. Accioné el botón de la puerta automática de sus dos jaulas y aparecieron allí a la carrera Laura y Oscar. La perra me vio a través del cristal de la puerta, puso aquella  preciosa cara como de sonreírme y movió el rabo espasmódicamente. Laura era una perra feliz. Entonces, aprovechando que ella se acuclillaba, llegó Oscar por detrás he hizo aquello. Me dio una arcada. Cogí lo primero que encontré a mano en un cajón, una espumadera grande, abrí la puerta y le pegué fuerte en el culo. Lo agarré del collar y a estirones lo metí en su jaula y cerré la puerta de un golpe. Luego metí a Laura en la suya, pagaron justos por pecadores, como siempre en la vida.

Pues sí, Laura era una perra feliz. La compramos en una tienda del centro. Tenía  unos ojos color marrón preciosos, pedigrí del bueno y había recibido un curso de disciplina canina en sus tres primeros meses de vida. En nuestro enorme patio de hermosa hierba ella fue feliz durante dos años. Un día la llevamos a vacunar y no estaba su veterinario de siempre, sino uno más joven. Nos dijeron que a José le  había  dado un infarto cerebral y que lo sustituiría Ramón, su hijo, que continuaba la saga familiar. José siempre nos había parecido algo gay. Ramón era mucho más progresista, nos sugirió que dejáramos de vez en cuando entrar en casa a Laura, que no limitásemos su hábitat al patio, que aquello podía deprimirla, y que sería bueno que criase alguna vez. No dejamos entrar a Laura más allá de las puertas de cristal de la cocina, pero sí que aprobamos que la inseminaran con esperma de algún perro campeón y tuviese una preciosa camada de cachorros. Durante la gestación contratamos a un chico de servicio para  ocuparse de todo lo relacionado con Laura. El parto  fue difícil, murieron dos cachorros, pero el tercero nació sano, era una preciosa bolita de pelo. Laura lo crió con esmero, se la veía plenamente feliz.

Cuando el perro cumplió un año sucedió aquello. Una mañana me levanté. Accioné la puerta de las jaulas y salieron al prado. Laura vino a saludarme al cristal de la puerta, pero entonces llegó su hijo Jonás por detrás e hizo aquello. No me dio tiempo a separarlos, empujé a Jonás con todas mis fuerzas, pero el mal ya estaba hecho, y él se revolvió y me mordió la mano abriéndome con sus colmillos una herida junto al pulgar derecho. Al instante Jonás recuperó la lucidez y se dio cuenta de que había hecho mal, y me lamió la cara y la herida como avergonzado y asustado. Unas lágrimas brotaron por mis  mejillas. Me curé la herida como pude, cogí al perro y lo introduje en el maletero de mi Cayenne. Conduje a toda velocidad por las serpenteantes calles de la urbanización llorando mientras lo escuchaba jadear atrás. Luego tomamos la carretera  y tras desviarnos por la segunda circunvalación llegamos  a la clínica veterinaria. Aparqué en la plaza de minusválido que tenían reservada para clientes en la puerta, llamé al timbre y Ramón me abrió la puerta al instante.

- Hola Conchi, ¿cómo estáis? ¿Qué le sucede a Jonás?
- Qué tal, Ramón. ¿Cómo está tu padre?
- Pues  está bien, la residencia es estupenda, parece un hotel de cinco estrellas. Dan un servicio excelente.
- Quiero sacrificar a Jonás.
- ¿Perdón?
- Lo que oyes.
- Pero, ¿por qué? Está muy saludable, y es precioso.
- Quiero sacrificarlo.
- Tú eres su dueña, pero que conste que me opongo, si no lo quieres  podrías darlo en adopción.

congelador4Le conté lo sucedido. Lo tumbó en la mesa del quirófano y le puso la vía en la pata. Mientras la droga le hacía efecto sus ojos se fueron apagando poco a poco, melancólicos. Me puse muy triste. Conduje hasta casa dando dos rodeos completo a la circunvalación. No quería entrar por la puerta y ver a Laura. Durante dos meses no pude ni verla, Ricarda, nuestra filipina interna de Ciudad Quezón, se ocupaba de abrir la puerta de su jaula y de darla el pienso. David me animaba, me enviaba flores todos los días sin falta se encontrase donde se encontrase, nunca se le olvidaba.

No puede coger mi Cayenne porque le había petado el turbo, tuve que coger el Audi, y odio los Audis. Conduje a toda velocidad, no quería llegar a aquel antro, pero era mejor que fuera lo más rápido posible. Aparqué, me puse la gorra y las gafas de sol y me dispuse a entrar entre toda la multitud que hacía cola. Me identificaron en la garita y abrieron los rastrillos, que después de atravesarlos se cerraron aterradoramente tras de mí. Pasé al locutorio y esperé unos minutos nerviosa. Entonces entró él, sonriente, como si no pasara nada, yo también le sonreí. Parecía más delgado, muy delgado, flaco que te cagas. Se sentó y acercó el auricular a la oreja.

- Hola cariño, cuánto tiempo.
- Hola papá.
- Tres años sin vernos ya...
- Feliz cumpleaños.
- Lo mismo digo, cariño. Tú y yo, el mismo día, somos como dos gotas de agua... ¿Qué tal todo?
- Dos gotas de agua en el mar....Pues muy bien, todo bien, estupendamente.
- ¿Y el carajaula?
- Papá... por favor.
- Es que no lo soporto.
- Vamos al grano, anda, resulta muy incómodo estar aquí...
- ¿Qué tal tu madre?
- Pues no la veo desde hace tiempo, pero está maravillosamente. La residencia es a todo lujo, cinco estrellas.
- Pero no recuerda nada...
- Creo que hace tiempo que se le borró todo de la cabeza.
- Pobrecilla.
- Bueno, ¿dónde está el número?
- Mira en tu móvil, te llegará a la una en punto. La cuenta es magra. Tendrás suficiente para abrir las dos clínicas en París, de sobra cariño... ¿qué dirás a los cabrones de tu familia política sobre el dinero?
- Ya sabes cómo son, papá, diré lo de siempre, que pedí un préstamo, que soy una emprendedora.
- No tienes que justificarte con esa gentuza. Ellos roban sin palancas y de día al estado. Los robarranchos esos no tienen que echarte nada en cara. No sé si sabes que tu suegro el general tiene un testaferro nuevo para surtir a la base de Rota todos los suministros.
- Lo sospechaba, el general se ha comprado un barco nuevo. Estás muy delgado.
- Cariño, tengo cáncer de páncreas... no te lo quería decir, pero creo que debes saberlo. Por eso te he dado este número de cuenta. Y no te preocupes, si me muero te harán llegar los otros dos que faltan.
- Bueno, creo que se acaba el tiempo, papá. Gracias por todo.
- Ve a ver a mamá, por favor.
- No sé si lo haré, me deprime mucho la residencia.

congelador2David

Mis dos incisivos delanteros superiores están relucientes, también es que son postizos, claro.  Me subía sobre la taza del water de mi casa para masturbarme, porque mi madre trataba de espiarnos por debajo de la puerta a ver qué hacía tanto rato dentro. Entonces mi padre se acercó sigilosamente y puso la oreja sobre la madera. Cuando escuchó el ruido característico del ñogo ñogo le pegó una patada que arrancó el pestillo de cuajo. El susto me hizo caer de boca contra el lavabo rompiéndome los piños delanteros. Mientras sangraba como un cerdo y recibía los correazos de mi progenitor decidí que yo sería dentista. Mi padre hubiera deseado que yo continuase la saga como ya habían hecho mis tres hermanos mayores y que me hubiese alistado en la marina. Pero, sinceramente, yo no me veía integrado en aquel ambiente...

Desarrollé antes que mis amigos, fui al que primero le salieron pelos en el  pecho y en los huevos. Comencé a juntarme con chicos más mayores. Me llevaban de putas. Yo tenía catorce años, pero aparentaba cinco más. Hacíamos cola fuera de la habitación y entrábamos de dos en dos a follar. Cuando tenía diecisiete comencé a juntarme con una pareja mayor que iba a clubes de intercambio. Eran antros lúgubres en los que encontraba algo fuera de lugar. Te exigían ir en pareja, y yo contrataba a una puta para que me acompañara.

Entonces comencé a hacer tríos con otra pareja madura, un matrimonio de treinta y tantos años. Un día, mientras yo me la follaba a ella, él comenzó a chuparme los huevos. Me gustó. Me dejé hacer. Y me los siguió chupando una y otra vez, en su casa, en la mía, y en clubes de intercambio. Hasta que empezamos a ir los dos solos a hoteles y a fiestas de las de sólo hombres.

Un día mi mejor amigo me llamó a mi casa. Me dijo que si podía pasarse a tomar una copa. Mis padres se habían ido de vacaciones, yo estaba sólo. Le dije que sí, que nos la tomaríamos en mi piscina. Cuando abrí les vi llegar a los dos juntos, a él y a su novia. Nos metimos en la piscina. Entre risas de los tres, ella se puso a bucear. Me bajó el bañador y comenzó a chupármela. ¿Qué coño era aquello? El quería encasquetármela. Era una tía insoportable. A mi me gustaba él, no aquella zorra. Yo follaba con ella mirándole a él, él nos miraba por un espejo. No hay cosa que más me joda que esa clase de tipos. Empecé a ir con él a fiestas en locales gays. Pero nos cobraban muy caro las copas, así que empezamos a organizar orgías en nuestras casas. En la primera orgía éramos siete tíos. Terminé por reunir a cincuenta una vez en la bodega del chalet de mis padres. Se me empezó a ir el asunto de las manos. La novia de mi amigo comenzó a llamarme todos los días, de forma enfermiza. Quería verme a toda costa, fornicar conmigo. Yo ponía mil excusas. Le dije hasta que no podía venir a mi casa porque siempre llevaba tacones y me iba a rallar el suelo. Ella me contestó que se pondría zapatillas si yo quería. Hasta que no se fue de Erasmus no me dejó en paz.

Había asistido a mil orgías cuando tenía veintitrés años, pero nunca había ido a una sauna. Dicho y hecho, cuando terminé la carrera, para celebrarlo me fui a la sauna más conocida del centro de la ciudad. Entré a una sala en la que sólo se veían manos, pies, pollas y culos al aire, de varias decenas de hombres. Entonces uno levantó la cabeza y era el presidente del colegio de odontólogos, el que acababa de entregarme el título. Salí por el pasillo y lo escuche´correr detrás de mi. Me dijo que por favor no contara nada, que no quería que se enteraran ni su mujer ni sus tres hijos. Le dije que yo era una tumba, pero que si en mi pueblo alguien me decía que me habían visto en una sauna yo sabría quién había sido...

Organizamos una fiesta de casados en un chalet de una urbanización de lujo. Más de cien tíos sedientos de polla que llevarse a la boca. Entró por la puerta Borja, el hijo del general Romero, muy risueño, pero de pronto le cambió la cara. Salió corriendo. Me puse los pantalones a toda prisa y lo alcancé a la salida del chalet. Le pregunté qué le pasaba. Me contestó que el tío que se la estaba chupando a aquel conocido arquitecto que había en la fiesta era su cuñado, el marido de la hermana de su mujer, José Carlos Postigo, teniente de fragata.

Me fui a un congreso de odontología con Manuel. Cualquier cosa era buena para alejarnos de aquella ciudad. Un congreso de odontología es casi siempre lo mismo: asistes a charlas absurdas, después comes como un león y por la noche, tras las copas, te vas a follar al hotel con el primero que pillas. Pero aquel congreso no fue como los anteriores ni como los posteriores. Estábamos sentados sufriendo una charla y pensando en las musarañas, cuando la vi dos filas más adelante. Me sonrió. Durante un descanso charlamos. Era simple, sin doblez. Yo le gustaba, saltaba a la vista. Era perfecta para mi. Se lo conté a Manuel y le pareció una idea magnífica. Ya era hora de dejar de ser la oveja  negra, estaba hasta los cojones de ser el malo de la familia, era el momento de ser uno más. Ahora Conchi y yo poseemos una cadena de cuarenta y tres clínicas odontológicas de ámbito nacional que están en vías de expansión por Europa. Manuel y yo nos dedicamos a pasar la mayor parte del año acrecentando la fama de nuestra cadena por congresos, mientras que Conchi administra nuestro imperio del diente con mano de hierro desde casa. Manuel y yo siempre nos reímos cuando él recita el refrán, el único cierto de toda la sabiduría popular de nuestro país, el único dicho realmente útil: hombre casado con fea, o la tiene pequeña o cojea.

congelador5Mi congelador

Atravesé los tres desagradables controles de seguridad y salí como alma que lleva el diablo de aquel lugar. Subí al coche y conduje un poco al azar por la circunvalación, sin rumbo. Algo se me había removido por dentro. Pensé en mis padres, en mi familia. Mi padre se marchó a Alemania a trabajar, con una mano delante y otra detrás. Se instaló en Goslar, cerca de Hannover, para trabajar de sol a sol en unas plantaciones de patatas. Vivía en un barracón sin agua caliente con otros cuarenta tipos y trabajaba siete días a la semana. Al cabo de cuatro meses le dieron una tarde de domingo libre y se fue con un amigo a emborracharse a una taberna para emigrantes que había a las afueras del pueblo. Ese día conoció a mi madre. Ella trabajaba en la limpieza de una fábrica y planchando sábanas para las casas de los alemanes. Trabajaron durante cinco años a este ritmo e hicieron algo de dinero con varios pluriempleos. Entonces volvieron al pueblo de mi padre. Se casaron. Nací yo. Mi padre compró una tierra con el dinero que había ganado. Arriesgó, pero salió bien. La vendieron al poco tiempo al triple de su precio. Con lo ganado compró con unos conocidos más tierras. Fue comprando y vendiendo, y siempre lo hizo bien. Fue haciendo dinero, y dinero. Nos construimos un chalet de tres plantas a las afueras del pueblo, pero al poco tiempo nos mudamos a una urbanización a las afueras de la ciudad. Entonces le hicieron la primera inspección de hacienda, y lo detuvieron. Fue un escándalo, pero salió al poco tiempo. Y siguió comprando, y vendiendo. Nos mudamos a otra urbanización, y a otra, y finalmente a otra con garitas a la entrada.

Me matriculé en odontología en la mejor facultad privada. No aprobaba ni a la de tres, nunca he valido para estudiar. Pero mi padre sabía muy bien que aquello era un mero trámite para después montar una cadena de clínicas, y consiguió que aprobara a su manera. Y siguió comprando, y vendiendo tierras, y comprando, y vendiendo. Y en un congreso de odontología me propusieron para un premio por joven emprendedora, y allí, en la primera fila, estaba él sentado, David. Era guapo, parecía un príncipe. Le pedí a un amigo que nos presentara. Fue un flechazo. Estábamos hechos el uno para el otro.

Nos casamos por todo lo alto y fuimos de viaje de novios cinco días a Cancún. David pasa poco tiempo en casa, va a muchos congresos con Manuel, nuestro amigo y hombre de confianza, para publicitar nuestras clínicas. Mientras, yo me ocupo del día a día de nuestras empresas, aunque tenemos gente muy preparada trabajando para mí que me hace las cosas muy fáciles.

Atravesé las dos circunvalaciones y llegué a la urbanización. El guarda de la garita de entrada tiene prohibido relacionarse con los propietarios y siempre está escondido detrás de una ventana en la que el cristal es un espejo. Me abrió la barrera y subí una vez más por aquellos dos kilómetros de calles serpenteantes desiertas de humanidad. ¿Dónde estaría toda la gente ese domingo por la mañana? ¿Se habrían marchado fuera o estarían todos detrás de los altos muros de sus chalets? Abrí la puerta automática de mi casa y entré. Sobre la puerta del garaje había pegado un sobre con un lazo grande rosa. Era de David, claro:

“Cielo, nos ha surgido un imprevisto y esta tarde Manuel y yo partiremos a Barcelona, ya te contaré, vuelvo el martes. Ahí tienes tu regalo, lo que tu querías. Gracias por ser tú”.

Al fondo del garaje estaba mi regalo de cumpleaños. Un congelador nuevo enorme. Antes teníamos otro, una especie de arcón pequeño, pero se había estropeado, y con muchos kilos de marisco dentro, se habían podrido todas aquellas delicias del mar con las que deleitábamos a la familia de David cuando venían a comer en grupo, o en tropel militar, los fines de semana. Ahora podríamos comprar media marisquería del Carrefour de la circunvalación y siempre estaríamos preparados para las visitas. Me gustaba la idea de tener uno tan grande. Pero, por otro lado, me puse de mal humor al verlo. Me entraron ganas de vomitar. Entré al lavabo pequeño del sótano y vomité cuatro hilillos con la cabeza metida en el water. Pasé a la cocina a beber algo. Me puse un vino blanco y saqué de la nevera el sushi que había sobrado de la cena del día anterior. Estaba feliz y triste al mismo tiempo, mi cuerpo se encontraba en una especie de estado de frío-calor permanente. Necesitaba hablar con alguien. Abrí las puertas automáticas de las jaulas de los perros, que corrieron hacia mi. Salí por la puerta de la cocina y me puse a acariciar a Laura su preciosa cabecita, era un ser maravilloso. Entonces, aprovechando que Laura se acuclillaba llegó Óscar por detrás y volvió a intentar hacer aquello tan repugnante.

congelador6Me dio un ataque de ira, tenía mucho odio contenido aquel día dentro de mi cuerpo a punto de estallar. Agarré a Óscar con fuerza del collar y lo arrastré por la cocina reprendiendo su actitud. Le bajé a rastras las escaleras del garaje, abrí el maletero del asqueroso Audi y lo arrojé dentro de él. Arranqué el coche y salí. Le escuchaba rascar y ladrar dentro del maletero. Recorrí la urbanización, que seguía desierta, y salí a la carretera, luego atravesé las dos circunvalaciones, me desvié según indicaba el GPS y llegué a la clínica veterinaria. Saqué a Óscar del maletero a tirones, lo arrastré del collar hasta la puerta y llamé al timbre. Me abrió una chica con cara de alelada, Ramón no estaba. Entramos a una salita y ella subió al perro sobre una mesa de quirófano.

- ¿Qué tal? ¿Qué le pasa a esta ricura?
- Quiero sacrificarlo.
- Perdón....
- Lo que oyes. No puedo soportar las cosas que hace...
- Pero.... mira, aquí tengo vuestra ficha. Veo que sacrifiscásteis a otro perro, no creo que sea motivo suficiente para hacerlo, esta preciosa criatura no lo merece...
- Eso no es asunto tuyo. Si quieres llama a Ramón, él me atiende siempre y comprenderá el caso. Si tiene el día libre no importa, pagaré lo que sea, me espero...
- Pero.... no, si no es eso. Es que es demencial. No creo que Ramón quiera practicarle al pobre Óscar una eutanasia tan cruel.
- Ya lo ha hecho otras veces...
- Ramón es mi marido, señora, está en casa, no creo que quiera sacrificar a un pobre perro solamente porque copula con su perra. Es algo corriente, los machos siguen su instinto sexual y no distinguen a sus madres cuando han crecido, es de cajón...

Siempre había pensado que Ramón, el veterinario, era bastante gay.

- A ver.... NO ES COPULACIÓN, SE COME LA CACA DE LAURA CADA VEZ QUE LA VE, Y YO NO PUEDO SOPORTAR VERLO, ME ENTIENDE. No copulan, se come la caca.
- ¿Qué alimentos le da?
- Siempre pienso, como Ramón y el padre de Ramón siempre me aconsejaron, que los perros no probaran nunca la comida humana para que no la desearan.
- Ahora lo entiendo. Es que el pienso que recomendamos lleva perejil, y como no comen nada con sabor ese olor les atrae instintivamente, y la caca de la perra contiene ese olor. La coprofagia en estos casos es algo natural... ¿De verdad quiere sacrificarlo por ésto? Puede darlo en adopción, a mucha gente no le importa verles hacer eso... lo acogerían con gusto.

Tumbó a Óscar sobre la camilla. Sus ojitos se fueron apagando como los de un ángel vicioso mientras me miraba fíjamente. Se me escapó una lágrima. Pagué y me marché. Cogí la primera circunvalación. Paré en el Carrefour nuevo, donde tienen esa estupenda sección gourmet. Compré varios kilos de marisco congelados, cigalas, gambas, gambones y langostinos. También varias bandejas de sushi y sashimi. Fui a cargar todo en el maletero, pero descubrí que Óscar se había cagado dentro, y tuve que colocar toda la compra sobre los asientos de atrás.

Dos semanas más tarde, salí por la mañana al centro de la ciudad a hacer unas compras. Quedé con Pelayo para comer en un precioso restaurante japonés y él  me propuso, como siempre, ir a unos apartamentos de lujo por horas a hacer el amor. Yo me negué, también como siempre. Seguí de compras toda la tarde. Al regresar a casa Ricarda me dijo que se había habido una avería y se había ido la luz varias horas, que todo lo que guardábamos en el congelador se había podrido, incluso los cinco kilos de angulas que me habían traído de la pescadería el día anterior. Monté en cólera con Ricarda, la amenacé con despedirla. Subí a mi habitación y me masturbé. Cuando me estaba corriendo pensé que lo que había que comprar era un generador eléctrico independiente para emergencias.

David cumplió los años en noviembre. Le regalé una bici de triatlón bastante bastante cara. Él y Manuel se han aficionado últimamente a ese deporte y se pasan los días entrenando, corriendo, con la bici o en la piscina. También compiten en muchas carreras populares, David ha bajado de los seis minutos por kilómetro.

Argentinos y cantautores

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Sobre el cenicero de cristal descansaba un humeante porro tamaño trompeta. Juan Moro jugaba a la Play-Station con los altavoces de la tele a punto de estallar, de estruendo en estruendo ensordecedor.  La buhardilla entera rezumaba olor a hachís por sus cuatro puntos cardinales. De vez en cuando, de la boca del Moro salían algunos improperios dedicados a los personajes del juego y su rechoncho cuerpo, mezcla de hinchado culturista y joven farlopero, votaba con indignación sobre el asiento. ¿Cómo habría ido a parar ella a allí? Era algo tan inexplicable y delirante como la Teoría de Cuerdas. ¿Cómo una persona de gustos y sensibilidad tan refinados descansaba en ese momento sobre la cama de aquel joven camello de medio pelo?

-Juan. Juan. JUAN. ¡JUAAAAAAAAAANNNNNNNNNNNNN!.

Gritar no era suficiente. Juan no escuchaba, era imposible, la insoportable musiquita de aquel engendro de diversión se lo impedía. Amparo, en pelotas sobre el lecho no conyugal, se estaba indignando por momentos ante la falta de atención de su amante bandido. Sobre la mesilla, junto la enorme cama de dos por dos metros con espejo perpendicular sobre el techo, su bolso reposaba confiado. Amparito se retorció hasta engancharlo, rebuscó dentro de él y sacó del fondo un ejemplar de “Le Monde Diplomatique” requetedoblado. Se puso a hacer que leía con cara de concentración y mala hostia, pero no consiguió concentrarse en la lectura, no se sabe si por la indignación ante la ausencia de cariño, por el ruido ensordecedor o por lo insoportable que suele resultar esa especie de estomagante diario cultureta que trataba de escudriñar.

Tras el sonido de una explosión que removió hasta los cimientos del adosado, una frase metálica emitida a tres mil decibelios por los bafles de la tele (“GAME OVER. YOU´RE DEAD, MOTHERFUCKER”) dio por finalizada la partida. El silencio se hizo. Entonces  Juan Moro se levantó del sillón y se dirigió enfilado, como circulando sobre raíles, hacia la mesilla de noche. “¿Qué tal, preciosa?”. Amparo no hizo ni puto caso a la frase zalamera, ni levantó la mirada del papel. Juan abrió el cajón más bajo y sacó una cajita metálica con la tapadera imitando al nácar. De su interior extrajo una especie de cucharilla y con ella, escarbando como un escarabajo pelotero sobre la hez, rascó una miajica del polvo blanco de los dioses que habitaba en el fondo del receptáculo. Su hábil mano moldeo sobre la mesilla tres suntuosas lonchas con forma de pimiento morrón dispuestas como ambrosía. “¿Quieres, cariño?”. Como no hubo respuesta a la pregunta el puto “moro” no tuvo miramientos en insuflar por su nariz mediante tres certeros sorbetones toda aquella cara maravilla. Cuando terminó de ponerse, corrió hacia el otro extremo de la habitación, donde había una máquina semiprofesional de pesas sobre la que se sentó y comenzó a hacer espasmódicos ejercicios para fortalecer pectorales.“Uno dos, ufffffffffffff, ufffffffffffffff, uno dossssssss, arrrrrrrrrrffffffff”. Al cuarto de hora de esfuerzo sobrehumano se cansó y, sudando como un pollo, dejó la máquina de tortura y tomó dirección hacia el catre. Cogió de nuevo la cajita y sacó con la uña un par de bolitas blancas que se introdujo una por cada agujero de la napia; remató la jugada frotándose las encías con el polvillo sobrante. A continuación, con un gesto atlético, se lanzó sobre la cama ejecutando un salto con gran estilo Foxbury-Flop; al caer sobre la mullida superficie provocó que Amparo rebotase un palmo por encima del colchón como si fuese la niña de “El exorcista” en plena levitación. Juan apoyó la cabeza sobre su mano, con el codo recostado sobre el colchón, y se quedó mirándola con una sucia sonrisa sobre la cara.

-¿Qué tal preciosa? ¿Te diviertes?

Amparo dejó el sesudo periódico y contestó a tan filosóficas cuestiones con gesto de encontrarse francamente molesta.

– Juan, tío, llevo aquí una hora tumbada y tú ni puto caso. ¿Vas a parar en algún momento? Tío, es que es como hablar con una pared.
– Follar con una pared, diría yo, jeje.
– No me hace gracia.
– No creo que sea para tanto, coño, te quedaste transpuesta y a mí me es muy difícil estarme quieto más de cinco segundos seguidos, ya sabes. Hazte un porro, anda…
– Juan, no; no voy a fumar más de esa mierda. Parece que no te das cuenta de que te estás matando poco a poco. Tienes la cabeza vacía.
– La vida es así de dura, pequeña, jeje.
– No sé qué estoy haciendo aquí contigo, siempre es lo mismo. Ayyyyy, y no me toquessss la cara, estás sudando como un cerdo, qué ascooo… Es que no te entiendo, ¿a ti sólo te importa jugar a esa mierda y meterte rayas hasta explotar, ¿es que no te preocupa nada más? ¿Es que te suda los cojones lo que yo piense o lo que haga con mi vida?  ¿Te importo algo? Responde…
– Tienes un culo estupendo, cariño…

cantautores2Amparo, “amparanoica” para los amigos (nótese la malvada vuelta de tuerca que algunos le dieron al nombre de la cantante clónica imitadora de Manu Chao),  nació y se crió en Aranjuez como una niña rara, rara, rara. Ciento cuarenta y nueve en los test de inteligencia del colegio y, sin embargo, gilipollas. Creció con un buen culo, con unas buenas tetas, con bella carita de princesa rubia, con muy buenas notas, todo sobresalientes, matrículas y algunos notables; una hembra con grandes aspiraciones, pero por el contrario no había en este mundo un ser humano capaz de aguantar a una niña tan mamahuevos, pedante y respondona. Amparo, “amparanoica” para los amigos, nunca destacó por su simpatía, sí por su dislexia, su desprecio por el prójimo y su mala leche. Amparo contaba a quien quisiese escucharla que los niños de su clase la apedreaban porque no jugaba con ellos y se dedicaba a leer en el patio; se devoró toda la colección “Barco de vapor” durante aquellos años de ostracismo mientras le llovían risas y mamporros. Los demás se descalabraban en sus juegos infantiles y ella soñaba con hadas y países encantados de pacotilla, en ser la salvadora del mundo. No era capaz de mezclarse con los humanos de su alrededor, pero no por diferente, sino porque se creía tocada directamente por la mano de los dioses, pensaba que era superior al resto de aquella infecta especie humana, los miraba con desprecio y repugnancia desde su pedestal, conectaba su walk-man y se abstraía de tanta vulgaridad escuchando las preciosas tonadas de los Hombres G que tanto la gustaban. Mirándose al espejo podía observar a una elegida para la gloria entre toda aquella cuadrilla de energúmenos, un diamante en medio de aquella descomunal mierda; jamás, se juró a sí misma a los once años, jamás rozaría su piel con ninguno de aquellos seres inferiores. Sin embargo, la contradicción y la aporía humanos son y, desde que tuvo la primera regla, comenzó a necesitar imperiosamente la presencia de un macho junto a ella, para dominarlo y manipularlo, no para follárselo, que era algo aparentemente demasiado primitivo para su intelecto, sino más bien para joderle la existencia en venganza hacia su especie. Desde muy niña le contaba sus penas a un psicólogo sobre cuyas zarpas la condujo su madre, que era una profesora de primaria neurasténica obsesionada con lo mala que era la televisión para los niños. Amparo se volvió adicta a esa especie de alcahuetes fingidores especialistas en escuchar poniendo cara de salvapantallas interesado. Algunos de estos nobles profesionales hacían dibujitos en sus cuadernos mientras escuchaban los delirios de grandeza de tan excelsa criatura. Y cuando fue creciendo sus terapeutas pensaron en varias opciones de tratamiento para ella: unos deseaban matarla mientras asfixiándola con una bolsa de plástico la sonreían, , mientras otros se hacían pajas por las noches fantaseando con su cuerpo desnudo empalado.

Los test de inteligencia fueron inventados por los sesudos ingenieros del ejercito de Estados Unidos para encontrar soldados perfectos, para separar el grano de la paja y hallar al más rápido en reaccionar ante el peligro, al que montase el fusil con los ojos vendados y a quien siguiese órdenes sin pensar que para ello tenía que destripar algún que otro humano de rebote. Amparo resolvía los estúpidos de estas pruebas como si fuesen sencillas sopas de letras, poseía una gran rapidez mental, una sobresaliente habilidad con el razonamiento abstracto y absoluta incapacidad para todo lo demás. Su pensamiento más habitual era lo imbéciles que eran sus amigos, su familia y conocidos por no poder resolver los sudokus tan supersónicamente como lo hacía ella. Tener un cociente intelectual alto alimenta mucho el ego y jode la vida de muchas personas cuyas existencias transcurren creyendo las mentiras fabricadas por otros. Amparo, “amparanoica”, era la reina de las flores. Competía con su hermano a ver quien leía más rápido un libro. Su record está actualmente en devorarse en un día “Las partículas elementales” y “La posibilidad de una isla” de Houellebecq, de un tirón y sin comer. En su casa se sentía como un pájaro enjaulado, tenía que ver mundo. Se puso a trabajar de peluquera para ganarse unas perras mientras estudiaba en la universidad su gran pasión: la carrera de psicología. Quería especializarse en comportamiento infantil. A los diecinueve se marchó a vivir con un pobre chaval. Duraron juntos casi un lustro. Ella era celosa hasta la extenuación. Él era un cantautor argentino charlatán que se ganaba la vida en la madre patria repartiendo flyers por la zona de Huertas los fines de semana. Le vigilaba como una perra en celo, espiaba a escondidas sus llamadas y mensajes del móvil. Si salían y él apartaba la vista de su culo, ella se ponía hecha una furia al llegar a casa y le decía a voces, para que se enterara todo el vecindario, que era un cabrón, un hijo de puta y un maltratador psicológico. Hasta cinco veces le echó de casa, pero al poco tiempo le pedía que volviera, le decía que no podía vivir sin él. Durante la última de aquellas dolorosas separaciones, en la que ella le acusó de mirar a otras sin su consentimiento, Adrián, el ínclito novio, tuvo que mudarse por unos días a casa de su mejor amigo. Aquellas noches le contó toda aquella tortura a Víctor, el compañero de fatigas oriundo de Mar del Plata que le acompañaba con el contrabajo cuando cantaban por algunos garitos del centro a cambio de unas migajas de euro. Vic se ofreció a mediar en aquella disputa con Amparo, prometió que quedaría con ella para explicarla que Adri era un tipo fiel y de fiar como ya quedaban pocos, que no debía preocuparse por todas aquellas zorras que les rondaban por la noche buscando guerra, que podía confiar en él. El jueves de la semana siguiente Adrian acudió a su domicilio conyugal a recoger algo de ropa interior, porque después de una semana expulsado por la vía rápida de aquel “Gran Hermano” que vivía con la “psicoloca” ya no le quedaba ni un calzoncillo limpio. Entró sin hacer ruido y cuando abrió la puerta del dormitorio rumbo al cajón de su ropa interior se sorprendió al encontrar dos personas en pelotas sobre el catre. Una de ellas era Amparo, la otra Víctor. Amparo comenzó a gritar presa del pánico y a negar la mayor, diciendo que aquello no era lo que parecía, mientras que Adrian golpeaba con el canto de un cajón del aparador la cabeza de Vic, que sangró profusamente por la frente hasta que media hora después una ambulancia escoltada por dos policías municipales consiguió evacuarle de aquel infierno en la tierra.

Amparo terminó la carrera en la Universidad Autónoma con un sobresaliente de media. Acto seguido se presentó a unas plazas para psicóloga de instituto que se habían convocado por comunidades autónomas. Estudió y estudió mientras se follaba a una decena de argentinos y de cantautores, o de argentinos cantautores, daba igual el orden de las palabras, eran las únicas personas lo suficientemente sensibles para entenderla. Además, por alguna extraña razón, eran con los únicos que se le mojaba la entrepierna. Y decidió poner tierra de por medio respecto a su escoria de familia y amigos, con dos ovarios. Se presentó a las oposiciones por la Comunidad Valenciana. La muy puta obtuvo una de las cinco mejores calificaciones de la promoción de loqueros. Eligió la plaza que ofrecía un instituto de enseñanza secundaria en Villena, un pueblo precioso y tranquilo cerca del mar y apartado del mundanal ruido, o al menos ella construyó esa imagen bucólica del lugar en su mente. Allí de nuevo vio la luz: conoció a Giusepe, un cachas profesor de gimnasia nacido en Buenos Aires de madre española y abuelos italianos que había emigrado a España gracias a la doble nacionalidad huyendo de la crisis y el corralito. Fornicó con el menda musculitos una temporada de forma cansina y hastiada, hasta que él se largó un jueves por la mañana sin decir ni pío y no volvió. Ella le dejó mensajes en el móvil rogándole que volviera, asegurándole que era el hombre de su vida. Para frenar la depresión del post amor se apuntó a clases de yoga en un centro cultural. Rápidamente, casi sin darse cuenta, se quedó prendada del gurú profesor, un tipo alto, con una preciosa melena rubia llena de largas rastas y que siempre vestía de blanco inmaculado. MJ era una especie de mezcla entre Bob Marley, Raví Shankar y el Dalai Lama, pero mucho más demagogo si cabe que estos tres personajes juntos, todo un record. MJ la sorbió el seso con facilidad, también el sexo, se folló a la psicóloga en los servicios del centro cultural después de una clase. Los chillidos que ella pegaba los escuchó hasta el conserje. Luego al profesor de yoga le tocaría finiquitar su relación de tres años y medio con L, un asunto algo más éticamente peliagudo para un buenrrollista como él. Le contó el sermón, a sabiendas mentiroso, de que había llegado el momento de ser independiente y no tener roles de pareja. A ella se le cortó la regla en aquel mismo instante de la impresión.

MJ se mudó dos días más tarde a casa de Amparo, que todavía no era “amparanoica” para él. Tras las tres primeras semanas de coitos salvajes, Amparo comenzó, a la chita callando, a controlar la vida y aspiraciones de MJ. Empezó a criticar el estilo de vida del profe de yoga y a calificar de putas descerebradas para arriba a sus alumnas. Le decía que aquello era una mierda, una gran mentira, que no era más que gimnasia de mantenimiento para putas y que él sólo usaba su elasticidad para ejercer el poder mental sobre las pueblerinas con la intención de cepillárselas. Amparo dejó de frecuentar sus elásticas clases y le montaba pollos cuando regresaba a casa. Más tarde comenzaron los insultos aderezados con rabietas histéricas. A la octava semana le lanzó un cuchillo de cocina de punta a la cabeza. Una tarde de noviembre MJ terminó sus clases y se dirigió hacia su cubil. Al doblar la esquina de su calle pudo ver cómo de su ventana salían objetos voladores no identificados. Sobre la acera descansaba casi toda su ropa de colorines hippys hecha girones,  su ordenador portátil desvencijado y su shitar partido por la mitad. Removió aquellos bártulos con estupor y pena mientras los vecinos le miraban desde las ventanas. Preso de la ira subió las escaleras de tres saltos hasta el segundo piso, abrió con fuerza la puerta, era el momento de pedir explicaciones a aquella pirada. Ella salió de la cocina y se abalanzó sobre él a grito pelado diciéndole que era un pedazo de hijo de la gran puta cabrón de mierda. MJ esquivó un puñetazo, pero una segunda hostia le impactó en un pómulo, y Amparanoica aprovechó su aturdimiento para golpearle con una figurita de buda de bronce sobre la coronilla y para morderle con fuerza canina en el brazo con que él intentaba parar los golpes. Una ambulancia se llevó a MJ al centro de salud y un coche de la policía municipal a Amparo al cuartelillo de los pitufos. “No había quien sujetase a esta hija de la gran puta”, comentaba muy serio uno de los agentes del orden dentro del automóvil patrullero. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y alrededores. MJ fue catalogado como un puto líder espiritual entre los lugareños de la zona, mientras que a ella la consideraban una zorra loca de atar. Amparo cogió un tren, sin avisar ni en el trabajo ni a sus caseros, y partió de regreso hacia dónde se cruzan los caminos y el mar no se puede concebir, retornó fugitiva a la ribera del Manzanares con las trompas de Falopio entre las patas.

cantautores4Amparanoica tardó en levantar cabeza. Sus amigos no daban crédito a su tan temprano retorno desde aquel destino campestre soñado. Muchos se reían a sus espaldas y se alegraban de que fuese tan desdichada; los progres gafapastas de los que ella se rodeaba suelen ser especialmente crueles y envidiosos. Amparo decidió que tenía que probar cosas nuevas. Pensó que lo más lógico después de todas aquellas vicisitudes con los cabrones de los hombres era hacerse lesbiana. Empezó a autoconvencerse de que la atraían las mujeres. Curiosamente había encontrado un trabajo escribiéndole los discursos a una secretaria de estado del Ministerio de Igualdad, todo era una premonición. Una noche salió por Chueca con dos de sus compañeras de trabajo y, tras media docena de copas, acabó en la cama con ambas. Los daiquiris y mojitos comenzaron haciendo aquello soportable para su estómago, a pesar de que aquel par de leñadoras estaban en totalmente en contra de la depilación. Se autoconvenció de que era una experiencia maravillosa y pudo poner la lengua sobre la entrepierna de su primera partenaire, que se estremeció de placer. Las dos bollos no se habían visto en semejante hito en sus putas vidas, nunca habían tenido a una tía sumamente buenorra sobre su cama. Al arrimarse a las inglés de la segunda Amparo se dio cuenta de que lo suyo no era el conejo con tomate, ni el blody Mary. Salió corriendo y vomitó sobre la tapadera del water todos los daiquiris y la escalibada con castañas de la cena, no le dio tiempo a abrir el ojo de buey fecal. Se vistió a toda velocidad y se largó sin dar explicación dejando sobre el inodoro todas aquellas hieles malolientes. Amparanoica fue la comidilla de todo el gabinete ministerial, aquel par de zorras contaron el incidente hasta al conserje. Ella dejó de frecuentar Chuecaa, que tampoco era lo suyo, y regresó a sus tiempos del Buho Real y el Café Libertad.

Amaparo dijo de nuevo: “buenos días tristeza”; aunque, gracias al Dios de Hegel, al de Spinoza o al de Marx, el invierno pasa pronto para los ingenuos mortales. Aquella primavera se enamoró perdidamente del cantautor Juan Felipe Silva, un lanudo y bardudo cantante que formaba gracioso dúo cómico asincopado con el guitarrista uruguayo afincado en Alcobendas Mauricio Lavado. Mauri la odiaba, pensaba que era una pedante insoportable. Ella admiraba hasta caérsele la baba a Felipe y odiaba al destripaterrones sudamericano. Amapro pidió una y mil veces a Felipe que se fueran a vivir juntos, que iniciasen un proyecto vital en común. Quería ser feliz a su lado y comer perdices. Intentó, con añagazas, quedarse preñada de él, pero era demasiado listo con la marcha atrás. Amparanoica comenzó a odiar a las tías que iban a verles actuar, a esas borregas que les aplaudían con cara de imbéciles. Un día le tiró una copa encima a una, otro llamó zorra voz en grito en medio del Libertad a otra. JuanFe no podía más y la dijo que no quería verla más, que era perjudicial para él. Amparo le dejó cuarenta y tres mensajes en el buzón de voz del móvil llorando y diciéndole que volviese a su lecho, que iba a cambiar. No obtuvo respuesta. Encolerizada se vengó tirándose a Mauri Lavado en los lavabos del Buho Real un jueves que él acompañaba a la guitarra al pedazo de hortera insoportable de Tontxu. Éste se lo contó todo a JuanFe aquella misma noche y, tras el primer estupor, ambos rompieron en una sonora carcajada. “Cacho puta”, le dijo Juanfe. Mauri consiguió el año pasado una plaza de conserje en el ayuntamiento de Buitrago de Lozoya. Juanfe continúa trabajando como ingeniero de producción en Repsol. Mauricio Lavado hace meses que no toca la guitarra, mientras que a Juan Felipe Silva, en una revisión médica rutinaria de empleados de su empresa multinacional, le fue detectada una hepatitis C en fase avanzada y se encuentra a la espera de un donante de hígado que le salve la vida.

(PRIIIIIIIIIIIIIIIIII, PRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII—– PRI, PRI, PRI,—- PRI, PRI, PRI, PRI—- PRI, PRIIIIIIIIIIIIIIIIIII). El pito del portero automático, dirigido por el dedo esquizofrénico de una persona que reclamaba que le abrieran urgentemente la puerta del chalet, entonaba esa musiquita acompasada que anima desde las gradas al Real Madrid, esa cancioncilla que acaba con un sonoro grito de: ¡¡¡¡¡¡¡¡MADRID!!!!! Un segundo después sonó (PRI, PRI- PRI, PRI PRI. ) esa tonada cuyos acordes acompañan a la simpática letra de la coplilla: hi-jo-de-puuu-ta. Pero Juan no se dejó desconcentrar de la faena, pegó un par de empujones espasmódicos más y sus huevos explotaron como en un torrente. Tomó aire, descabalgó de aquellos cuartos traseros, escupió un potente salivazo sobre el cenicero y se fue con los huevos colganderos hacia el telefonillo, que seguía tronando.

-¿Quién essssss?
-Juan, soy yo, vengo a por lo mío.
-Vaya momento, coño, Norber; espera que te abro.

El Moro pulsó el botón de abrir la puerta del patio de su adosado. Norberto entró y le esperó junto a los escalones del interior sentado en una sillita de jardín. Juan se puso unos pantalones cortos de thai-boxing y bajó a la cocina. Retiró una tabla del rodapié de debajo del fregadero y sacó un paquetito requeteenvuelto en cinta de embalar. Al abrir la puerta blindada vio allí fuera a aquel puto madero escolta de Urdangarín, vestido impecablemente con traje de Armani y corbata, aguardándole mientras se fumaba un peta.

-Te dije que vinieras mañana, Bertín.
-Lo siento tío, es que me han llamado y salimos muy temprano para Estados Unidos. Y Bertín se lo llamas a tu puta madre, jeje.
-Bertín Osborne. ¿Adónde os marcháis, otra vez a Nueva York?
-No, me han dicho que a Aspen, a no sé que rollos de una fundación de niños de no sé  que hostias podridos por la enfermedad. Luego el cabrón aparecerá cinco minutos y se irá a esquiar. Y se deja aquí a la parienta y a los niños del maiz, qué morro tiene.
-Que me aspen, qué lejos te llevan tus jefes, cabrón. Él a esquiar y tú a hacerte nevaditos ¿Y te vas a llevar todo esto, mamón?
-Tranquilo, a nosotros no nos registran, no pasamos ni aduana ni hostias en vinagre.
-Siempre os la podéis meter la farlopa en el orto, pero no dejes que te la huelan los cabrones de los perros. ¿Vais los tres? Con esto tenéis para un regimiento…
-Viene conmigo el Rogelio y Andrés, seguro que no va a sobrar, el Andrew no puede vivir sin meterse unas lonchas, si lo supieran en la brigada…

-¡Ehhhhhh, Manolo, no te salgas, vuelve padentro, cabrón!

Manolo, el perro pitbull (todos los perros se parecen a sus amos) de Juan Moro, aprovechaba cualquier resquicio para escaparse, y en cuanto observó la puerta del patio entreabierta vio el cielo abierto para salir a aterrorizar al vecindario. Juan salió tras él a la calle, descamisado y descalzo. Norber le siguió riéndose al observar tan pintoresco cuadro. En ese momento doblaba la esquina un coche de los municipales. El Moro los saludó al pasar y ellos le devolvieron efusivamente el gesto por la ventanilla. Cuando desaparecieron por el fondo de la calle Juan se tocó los huevos con la mano en señal de desprecio hacia aquellos facinerosos guardianes del orden.

-¿Y estos hijos de puta no te dan la lata de vez en cuando?
-Qué va, tío, son buenos clientes, y yo les hago un buen precio. Reciprocidad creo que lo llaman, hoy por ti mañana por mí. Son unos hijos de puta, pero el negocio es el negocio.
-A mí me dan asco los pitufos, son la puta escoria de la humanidad. Bueno, tío, yo me piro, que te vaya bonito.
-Que no te detengan con eso, que te llevan a Alcatraz con tu jefe.
-Descuida. Te haré propaganda en el cuerpo de marines maderos.
-Gracias por la propaganda amigo.

cantautores5Juan se despidió lanzándole un besito con la manita extendida como si le enviase un soplido de amor. Encerró en el garaje al cabrón huidizo de Manolo y subió las escaleras dando botes por los escalones hasta la buhardilla. Allí estaba Amparo, desnuda, recostada de medio lado sobre el catre, fumándose un porro de maría y fingiendo que veía muy interesada un capítulo de “Redes” en la tele. Habitualmente no comprendía la mayoría de las cosas de las que hablaba Punset con aquella cuadrilla de pirados a los que visitaba, pero lo que importaba por encima de todo era proclamar a los cuatro vientos que le gustaba aquel programa tan científico y maravillosamente gafapasta. Además, a ella le ponía mucho el chinito Miguel Jo-Lee cuando hacía sus inefables intervenciones dando noticias chorra sobre supuesta ciencia.

Juan se acercó y la acarició los cachetes del pandero como muestra de amor y comprensión.

-¿Dónde lo habíamos dejado, cariño?
-Juan, esto no puede seguir así.

Una lágrima de cocodrilo brotó del ojo de Amparito, había que hacer notar cierto perenne descontento existencial. Al mismo tiempo, otro líquido comenzaba a chorrear despacio entre los finos carrillos de su culo. Se limpió ese caldo de la vida con la sábana mientras gimoteaba. Juan cambió de canal la caja tonta y puso una cadena de videos musicales cutres, subió el volumen hasta que retumbaron las paredes y simuló un baile sexy delante de ella. Después se preparó una raya, y le siguió otra, y otra, y otra, y se fumó un porro, y otro, y otro. Y al rato volvieron a follar, y ella se volvió a correrse mientras él le pellizcaba los pezones hasta hacerla daño. Y luego ella lloró otra vez. ¿Qué coño estaba haciendo allí con aquel tipo que ni tocaba la guitarra ni tenía acento porteño? ¿Qué se le había perdido a ella en aquel infecto pueblo de Valdemoro?

-Juan, quiero tener un hijo.
-Y yo tres.
-Es mi reloj biológico, que marca la hora.

Juan Moro se tiró un pedo. Le gustaba el olor de sus propios gases. Buenos días, tristeza. Buenos días, tristeza. Buenos días, tristeza.


Velocidad

velocidad1

Jose Antonio Romerales, Romerales para los amigos, conduce su moto a 160 por la carretera de Andalucía. 170, 180, la puta moto no da para más. Una Honda 500 es poca burra para Romerales, pero no se puede comprar otra porque tiene que dar de comer a las bocas de tres mierdas de hijos, tres mil euros de pensión cada mes que sirven también para alimentar los vicios de la zorra de su ex mujer. En la recta que va desde Valdemoro hasta el cruce con la siempre vacía autopista de San Martín de la Vega, “de la verga” para los amigos, Josean sería capaz de adelantar incluso a Valentino Rossi, a Kevin Schwantz o a Randy Mamola, se conoce al dedillo desde los baches hasta las cagadas de paloma que esconde el asfalto de la zona. En el bolsillo de la chaqueta lleva doscientos pavos en cocaína y sesenta en hachís que Juan Moro le ha despachado amablemente en su adosado de Valdemoro. Además, el joven deeler le ha invitado, como a todo buen cliente, a unas lonchas de escama buena y a unos petas ricos ricos durante las tres horas que ambos han pasado jugando juntos como posesos a la Wii en la choza de Juan, ciento ochenta minutos pegando raquetazos ficticios al aire con las mandíbulas desencajadas. Cuando era joven a Josean le iba mucho más la mescalina, aquella adicción resultaba mucho más asequible para el bolsillo que la actual, pero en cuanto uno pasa de los treinta se aburguesa, y no digamos a los cuarenta y tres, que son las vueltas alrededor del infecto sol que lleva dadas el señor Romerales. velocidad2La edad ablanda los gustos y el cerebro al más pintado. Antes escuchaba a los Pistols y a The Damned a todas horas, ahora sólo sintoniza los programas culturetas de Radio 3, sus preferencias musicales se han refractado irremisiblemente hacia la putrefacción. A Romerales le espera en casa “la flaca”, Mamen, y es posible que con una sartén en la mano para darle de hostias, instrumento que maneja tan diestramente como el violín con el que imparte clases en la escuela de música de Aranjuez. La media hora que Josean le pidió para comprar tabaco como permiso penitenciario en su relación  se ha convertido en una tarde-noche entera de farra. Cuando Romerales sale a la calle a agenciarse cualquier cosa suele suceder que regresa horas más tarde con los ojos colorados, pero el se excusa diciendo que ese aspecto sospechoso es porque arrastra una conjuntivitis crónica, no vayan a pensar mal. Aunque a “la flaca” esos retrasos ya no la pillan de susto, no puede ocultar que la cabrean como a una mona en época de apareamiento. Un día de éstos cogerá sus cuatro bragas y sostenes requeteusados, preparará su atillo y el mamón no volverá a verla más el pelo, ni el de la cabeza ni el del pubis. La extraña pareja vive en amor y compañía en un adosado de San Martín, bien equipado con piscina comunitaria, garaje y Termomix. A Josean le gusta mucho la comida cocinada en ese aparato inservible e inexplicable, hace tiempo que se ha vuelto casi vegetariano, come más hierbajos al cabo del mes que un conejo de monte, lo que le provoca un constante flato y gases intestinales suficientes como para rellenar el Hindemburg y tres zeppelines más si se pone a ello. Mamen está hasta el toto de deglutir verde. Si no fuera porque es tan bueno en el catre le iba a aguantar su puta madre, pero es que, además, no va mal armado que digamos. “Vaso de tubo Romerales”, dice que le apodaban los de su barrio, por razones obvias, pero para su desgracia en los sex-shops no venden el molde de su pene en silicona como hacen con el de Nacho Vidal, las reproducciones de su polla no son, injustamente, las primeras en la lista de ventas de los cuarenta principales del consuelo solitario femenino. Josean se dedica al trabajo artesanal de cerrajería y forja, lleva desde que tiene uso de razón dándole mazazos al hierro como le enseñó su padre, y ya empieza a tener el lomo encorvado de tanto cargar quincalla sobre las espaldas. El médico le ha dicho que como en lo sucesivo no se cuide va a acabar caminando como Quasimodo, ya que los discos vertebrales entre la L1 y la L2 los tiene más aplastados que una mierda debajo de un zapato. Doce horas diarias currando como un mamón, jodiéndose la vida y la salud, para que todo el chorro de dinero que labran sus hábiles manitas se vaya al sumidero como si fuera agua corrompida, sin disfrutarlo.

“Joder, joder, joder, joder, joder….” Tremendo frenazo, la rueda de atrás se levanta, la de delante se clava en el asfalto, gracias Dios que inventaste los frenos de disco. A la entrada del pueblo los cocodrilos se esconden, en plena bajada, apostados entre la maleza, como si la carretera fuese el río Nilo en las cercanías del lago Victoria. Romerales los huele, huele a la pasma desde chico, no en vano se crió en Villaverde Alto corriendo delante de las fuerzas del orden, y es capaz de frenar la moto en un baldosín, como si bailara un chotis sobre dos ruedas, cuando los intuye. Durante su adolescencia se juntaba con algunas malas compañías, con esas jóvenes promesas que robaban coches por el barrio y los conducían a toda leche hasta estamparlos contra una farola o quemarlos en cualquier descampado del extrarradio matritense. Si su padre le pillaba frecuentando aquel selecto círculo de amistades le medía el lomo con tres correazos bien dados para que entendiera que aquello no era plan. De esos compañeros de correrías pocos sobreviven hoy. Unos se hicieron yonquis, otros choros a secas, otros aluniceros, algunos simples chaperos y los más camellos de baja estofa. La esperanza de vida era notablemente inferior en el Villaverde de los ochenta que en Vietnam del Nortre en los sesenta, y eso que en el sur de Madrid los B-52 no bombardeaban con NAPALM y el único tóxico “Exfoliante naranja” que la CIA habría podido esparcir allí era la maloliente agua que reptaba sinuosa por el Manzanares. A Josean le pusieron a trabajar a los catorce en un taller de coches, y ahora puede desmontar un motor pieza por pieza como quien lava. Le gustaba mucho arreglar bugas, pero su progenitor pronto lo fichó a la fuerza para la cerrajería, y se jodió el invento. Uno no puede hacer siempre lo que le viene en gana en esta vida, le dijo papi. A cambio, le enseñó a ser uno de los mejores artesanos de Madrid en lo suyo, a malear el hierro como si de goma de mascar se tratase. Si no fuera por su cabezita loca, con esas manos de artista Romerales sería un millonario respetado de La Moraleja. Josean si que es un buen compañero del metal, no los momias de los eisidisi ni los mamones de los aironmaiden.

Un sargento de la benemérita le da el alto. Brum, brum, la moto se para tras dos ruidosos acelerones que Josean vierte en la cara de su amigo de verde. Los bastones reflectantes de los picoletos deslumbran bajo esta noche sin luna del fin del verano. “Buenas noches, esto es un control rutinario de documentos y alcoholemia. ¿Me permite los papeles de la motocicleta?, por favor. Gracias. Perfecto. El carnet de conducir, por favor. Muy bien. Gracias. Señor Romerales, venía usted un poco deprisa, pero no tenemos radar aquí, se va a librar por esta vez, pero no debería conducir así por su seguridad y la de todos. velocidad4A ver, coja aire todo el que pueda y sople por el tubito hasta que yo le diga. Le advierto que el caramelo de menta que acaba de meterse en la boca no hace nada para disimular la alcoholemia, que es pura leyenda eso de que reduce el índice en sangre. A ver, sople, sople, sople, sople, no pare, no pare, vaya, ha parado antes de tiempo. A ver…, dos con cuatro. Le voy a pedir que repita la prueba porque está usted justo en el límite y no ha soplado del todo bien”. Josean siempre había odiado a las fuerzas del orden público, quizás por ser símbolos de autoridad, esa autoridad que él se pasa por sistema por el forro de los cojones. De joven, en los años de la movida madrileña, Romerales fue un punky de los que iban al Rockola a ver a los UK SUBS. Rock and roll, alcohol, gachises y mescalina por un tubo eran la salsa de su vida. Su careto sale de fondo en algunas fotos de García Alix, con su perenne sonrisa de colgado. Una vez los rockers de Malasaña casi lo matan de una paliza gratuíta de esas que daban a los “guarros” sólo por ser “guarros”; le rompieron tres dientes y le patearon el culo hasta jartarse. Gajes del oficio, no guardaba rencor de los del tupé. Pero sí un visceral e innato odio a la pasma, eso es lo que siempre había sentido, y al ejército, y a los pitufos, y a los picoletos, y hasta su puta madre en pelotas.

Uniformes, uniformes, odiaba todos los uniformes, le traían malos recuerdos. Recuerdos de aquella mañana que hacía un frío del carajo en el patio del Conde Duque. El sorteo de la mili, los quintos de aquel puto año ochentero. Acudió a esa pantomima con el Satur, el tío más hábil del mundo haciendo puentes en los coches (fallecido en un accidente hace un par de años al caerse su vehículo desde el paso elevado del Puente de los Franceses), en un coche chorado. Se fumaron un par de porros delante de la puerta, sin desayunar. Le habían contado a Josean que a un noventa por ciento de los que entraban en caja les tocaba destino en su región militar. No había miedo a irse lejos, a ser secuestrado durante un año por aquellos hijos de puta con gorra, no fear, no future, good save the queen. El bombo dio varias vueltas y una mano inocente sacó una bolita. Repartieron octavillas con los destinos asignados. Por orden de la autoridad militar competente debería marcharse a Ceuta a mediados de marzo del año siguiente a una sección especialmente dura de Infantería de Marina. Un punko en infantería de marina, ¿sobreviviría? Le habían dicho que había mucha droga en Ceuta, y putas moras muy baratas. Algo es algo, dijo un calvo. Su padre se alegró nada más conocer adonde le enviaría la madre patria, iban a hacerle un hombre de verdad, a meterle en vereda.

Nadie fue a despedirle al tren camino del sur. Se llevó tres mudas limpias, un bocadillo de caballa y un huevo gordo de hachís que olía a culo de moro regalo de sus colegas. Se rapó la cabeza al cero como le habían aconsejado para no tener problemas con el rasurado del cuartel. Aun así nada más llegar un peluquero gordo con pinta de maricón le volvió a pasar la maquinilla a capón. Compartiría camareta durante trescientos sesenta y cinco días con nueve tíos cerdos, todo un plato de gusto para cualquiera. Enseguida comenzó la instrucción, con el Zetme arriba y abajo todo el puto día ya hiciese frío o calor. Pero Romerales era un máquina. Corría como un gamo, reptaba como una serpiente, saltaba como un chimpancé asustado. Sus superiores se quedaban con la boca abierta. Batió todos los récords en la pista americana de entrenamiento de la base casi sin despeinarse, como si fuera un Richard Gere carabanchelero en “Oficial y caballero”, y todo ello a pesar de que era uno de los que más porros, alcohol y speed consumía dentro del lóbrego cuartel. Cuando a los demás se les salían los pulmones por la boca del esfuerzo Josean aun trotaba gozoso, sin aparentar cansancio alguno, como cochino talaverano disfrutando del barro de su chonera. “Pollardales”, le llamaban muchos en su compañíaa, por la enorme polla de la que hacía gala en las duchas colectivas. Era una fuerza de la naturaleza en todos los aspectos, saltaba a la vista. Pronto se hizo el recluta predilecto del teniente Horcajada Schwartz. Siempre le colocaban el primero de la fila del destacamento para desfilar, le asignaban las mejores raciones del rancho, e incluso se rumoreó que iban a presentarlo a los Campeonatos Europeos de Atletismo Militares. Horcajada le invitaba a sentarse a su mesa en el comedor con los suboficiales, se mostraba con él paternal y campechano, no tan sumamente cabrón y bastardo sádico como con los demás. Aquel veterano militar de porte distinguido al estilo Millán Astray le decía sin rubor a Romerales que admiraba su portentosa planta de atleta, que si por él fuera le recomendaría para entrar en la academia de oficiales cuando acabase la mili, ya que su fuerza y actitud serían un gran ejemplo para el ejército español, tan de capa caída en aquellos decadentes primeros años de la democracia. En septiembre se llevaron al regimiento de maniobras a Zahara de los Atunes, harían un ejercicio de desembarco. El día D por la mañana saltaron como ladillas en celo de las pasarelas de las lanchas y estuvieron correteando por las playas todo el día, gastando munición de fogueo hasta aburrirse emulando a los aliados al abalanzarse contra las defensas hitlerianas del muro Atlántico. Pero aquello no eran ni la ventosa Normandía ni las sangrientas arenas de la mítica Omaha. Cuando cayó el sol, la tropa se retiró a unas raídas tiendas de campaña a planchar la oreja sobre el duro suelo. velocidad5Por suerte Josean, gracias a su ganado rango de mesías hercúleo de la infantería, tendría el privilegio de dormir en la tienda del teniente sobre un desvencijado colchón, pero al menos era un colchón. Estaba cansado y pronto se entregó a los brazos de Morfeo. Soñó con mujeres desnudas y coches veloces, como siempre. Pero, de repente, una extraña sensación le despertó sobresaltado. Alguien se había tumbado en la cama a su lado, sentía el calor húmedo que desprendía y un hedor mezcla de sudor y aliento a coñac en el cogote. ¿Sería aquello un sueño? No, no lo era, y tampoco era Raquel Welch la que estaba empezando a besarle en el cuello y a tocarle el mugriento culo. Romerales reunió fuerzas, se dio la vueltacon un giro brusco  y lanzó de un patadón a aquel bulto sospechoso fuera de la cama. El cuerpo de su visitante de catre cayó al suelo produciendo un estruendo como el de un fardo de estiércol cuando estrella sobre tarima flotante Quick Step. Encendió su linterna y, al apuntar hacia el misterioso individuo, pudo ver que era el teniente Horcajada, que se levantaba del suelo dolorido y jurando en arameo. “No es lo que parece, coño”, decía. Romerales se vio invadido por un arrebato de cólera homicida. Pasó los seis sucesivos meses cautivo en una prisión militar, encerrado en la celda de uno de aquellos temidos castillos para reclutas díscolos. Lo de vivir a pan y agua no era broma, allí ni se comía ni se bebía otra cosa, y mear y cagar no se hacía fuera del tiesto, sino en un cubo. Fractura de pómulo, de los huesos propios de la nariz y tres incisivos superiores arrancados de cuajo; esguince cervical y desprendimiento de dos costillas. Ese fue el parte médico que el hospital militar hizo público en el juicio contra Josean. La cara del teniente había quedado peor que la de Chet Baker después de negarse a pagar la heroína a su camello. Romerales pasó de héroe militar de pacotilla a licenciarse con deshonor. “Me cago en la puta que parió a la patria y al color rojigualdo”, afirmó Romerales mirando desafiante al cielo el día que salió del humillante presidio.Enrique Horcajada Schwartz falleció en 2003 de cirrosis hepática complicada por varices esofágicas sangrantes. A la cremación del cadáver no asistieron ni su mujer ni ninguno de sus seis hijos. Los operarios del tanatorio sacaron parte de sus cenizas del horno para meterlas en la urna de turno, seguramente mezcladas con las de otros difuntos, porque el horno se limpiaba de pascuas a ramos, luego las empaquetaron en un caja y se la entregaron a unos empleados de SEUR. Dos días más tarde, otro operario de la misma empresa llamó a la puerta de una casa. Romerales abrió la puerta. Le entregaron una carta certificada y el paquete. Romerales tiró la caja directamente a un contenedor. Romerales se compró la moto con los Euros que le dejó en testamento Horcajada, aparte de unos cuantos gramos de coca. También le dejó una casa en Benidorm, pero los hijos del teniente pleitearon contra la decisión de su padre y todo el legado volvió a su cauce familiar.

Josean, mientras espera, tararea para sus adentros, en lo más recóndito e inaudible para los demás de su cerebro: “mescalina soy feliz, cuando estás dentro de mí. Y siempre que me besas, en la boca o en la nariz, haces que me vuelva loco, no puedo parar de reír . Mescalina, mi amor”. “A ver, vuelva a soplar, sople, sople, sople, no pare, sople, sople, pare, gracias…. Bien, dos con cuatro. No supera el límite. Pero tenga cuidado, está usted a punto. Aquí tiene sus papeles, gracias por su colaboración. Por cierto, el seguro le caduca dentro de veinte días, recuerde su renovación. Hasta luego, caballero”. (“Que te den, gilipollas”). El amoto arranca. 20, 30, 40, Josean se desvía por la rotonda junto a la cementera, los picoletos le pierden de vista. 90, 100, 120, 140, velocidad7callejeando por San Martín como si fuese Ángel Nieto por las curvas de Assen. La semana pasada cambió las pastillas de freno en el garaje de casa y al salir a trabajar por la mañana  casi se mata en la primera rotonda, en el desvío hacia Arganda; las pastillas nuevas hay que calentarlas antes de darle gas a la puta burra. Las putas rotondas, todo son rotondas, quién coño inventaría las rotondas.140, 140, 150…no va más la mierda de moto. Frenazo en la puerta del adosado, quemando neumático, levantando la rueda de atrás otra vez, mañana sin falta hará un caballito cuando se pire al taller. La mandíbula parece que se le va a desencajar, la cabeza va a mil por hora, entra por la puerta y “la flaca”, que no es tonta, huele que va puesto a una legua. Le pega unos gritos a Romerales, “¿qué horas son éstas, mamón de mierda? Seis horas esperando. Un día cuando vuelvas te vas a encontrar tu puta casa ardiendo y a mí no me ves más, cabrón”. Es una suerte que en el vacío no se propague el sonido, el craneo, cuanto más vacío, mucho mejor, por un oído entra, por el otro sale,  es una de esas cosas simples que te hacen la vida más feliz. Romerales se quita la ropa, toda la ropa. Abre la puerta de la cocina que da al patio interior, también la reja antichoris que hay detrás, y del patio sale por un pequeño portillo a la piscina comunitaria, en pelotas, qué más da, son las dos de la madrugada, nadie va a estar mirándole la tremenda minga a esas horas, y el que lo haga que disfrute. “La Flaca” observa la escena, en silencio, desde el umbral de la madriguera adosada. Hace un agradable fresco, corre una ligera brisa que agita los huevos colganderos de Romerales. Venus brilla al fondo como un farol medio fundido, y en la lejanía se escucha al camión de la basura que pone rumbo por enésima vez hacia la incineradora de Rivas. Josean se lanza de cabeza al agua desde el borde de piedra marronacea, emulando a Ramón San Pedro sobre la roca, bucea durante unos metros y segundos después saca la cabeza de las profundidades abisales como una nutria del Lozoya. Se pone en pié dentro del agua, tambaleándose quizás por la fuerza de las olas. “Está muy buena el agua, cariño, tírate, coñíoooo….”. Mamen le hace un gesto con el dedo medio extendido. Junto a Romerales brotan del agua unas burbujas  que, cuando explotan sobre la superficie, huelen a gas metano. Las judías pintas guisadas en la Termomix mezcladas con porros pudren las tripas a cualquiera. No fear, no future, fucking god save the queen…

<<La llanura infinita y el cielo su reflejo.
Deseo de ser piel roja.
A las ciudades sin aire llega a veces sin ruido
el relincho de un onagro o el trotar de un bisonte.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto: no hay tambores
que anuncien su llegada a las Grandes Praderas.
Deseo de ser piel roja..>>


lanochemasoscura