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Odio y heces

J odiaba las clases, odiaba a los profesores, odiaba a los alumnos de todas las edades, incluso odiaba a las pizarras y a las putas tizas. Si todos se hubieran muerto en un atendado terrorista él hubiera sido feliz. Los otros niños le machacaban, le pegaban, le vejaban, le insultaban. J no cagaba nunca en el colegio, y rara vez meaba, se las arreglaba para aguantarse hasta casa, ya que le daban arcadas sólo de pensar en entrar en aquellos repugnantes wáteres adornados con tan penetrante hedor a orín y a humanidad infantil. Salía de su casa a las ocho de la mañana y regresaba a las cinco y media de la tarde, la tortura era larga. Durante ese lapso de tiempo, su cuerpo no se vaciaba de líquidos más que mediante el sudor y la excreción nasal. Gracias a la práctica de tan escatológico deporte y al paso inquebrantable de los años, que siempre al humano le añade diabólica experiencia, J consiguió un tremendo control de sus esfínteres, su recto se convirtió en una válvula de acero infranqueable para las heces fecales, una habilidad desarrollada con el tiempo de forma inversamente proporcional a su actual facultad de controlar la eyaculación, reto que nunca llegó a superar ni con entrenamiento duro a base de masturbación compulsiva estilo mandril.

Gracias a ese supremo esfuerzo, a ese trabajo de Hércules de entrenamiento anal, J podía hacer sonar sus intestinos con la habilidad de un maestro de la gaita, era un auténtico genio interpretando bellas melodías al estilo de las de Carlos Núñez con el suave pero bizarro viento de metano que expulsaban sus nalgas al relajarse. Era capaz de conseguir un cuesco de aceptable sonoridad cada quince segundos sin esfuerzo, y repetir esa flatulenta operación durante horas sin desfallecer ni acudir a urgencias del hospital. J es en la actualidad claramente comparable en cuanto a pedos con Usain Bolt en el atletismo. Si el esprinter jamaicano es capaz de correr los cien metros lisos en nueve segundos y sesenta y nueve centésimas, J es capaz de convertir una lata de fabada litoral en novecientos sesenta y nueve malolientes pedos en cien minutos, y todo ello sin la necesidad de perder el tiempo en un gimnasio ni la de maltratar su cuerpo con pesas, Winstrol o anabolizantes.

odio2J estaba enamorado de una niña calientapollas de su clase, ML, que ni se dignaba a mirarle. La relación de J con las mujeres siempre ha sido un “quiero y no puedo”. Las hembras por aquel entonces no reparaban más que en los delincuentes juveniles y en los viriles repetidores, únicos machos a los que dejaban magrear sus inmaduros cuerpos tumbadas sobre el césped de los míseros parques del extrarradio. J se masturbaba compulsivamente pensando en ella y, una tarde, consiguió la cifra récord de ocho eyaculaciones. Luego tuvo que pasar la fregona con energía sobre el suelo de su cuarto, aprovechando el rato en que su madre bajó a tirar la basura, para mitigar las agrias manchas con las que había adornado el parquet. Con el paso de los años, esas enormes cantidades de semen vertido por sus testículos acabó corroyendo la madera de tal manera que sus progenitores tuvieron que cambiarla primero por Sintasol y más tarde por tarima flotante.

La carne es tan débil como la mente. Los sentimientos muchas veces brotan como un torrente incontenible. Y J perdió la cordura una mañana, ya que durante el recreo le contó a un supuesto amigo suyo, R, que le gustaba ML, que estaba locamente enamorado de ella. Relató cómo soñaba con ella desnuda, cómo pensaba en un futuro en el que se casaban por la iglesia, cómo fantaseaba con penetrarla sin anticonceptivos para dejarla embarazada durante el primer coito para que ella no pudiera separarse ya nunca de él. “Amigo” es sin duda una palabra con "sentido", pero sin "referencia" real, como diría el hijo de puta de Wittgenstein después de que su mujer le pusiera los tochos. “Nunca te fíes de nadie, no te fíes de mí...”, afirmaba Herodes Agripa al emperador Claudio, su supuesto mejor amigo, en una novela pestiño de Robert Graves.

ML parecía que ni veía a J. Pero dos semanas más tarde de la charla con R, se le acercó por sorpresa Jesús Cerdá, un matón repetidor tres años mayor que él y compañero suyo en séptimo curso de EGB. J creyó que le iba a llamar maricón y a pegarle, como hacía siempre, pero éste, entre sollozos, le relató que la chica por la que bebía los vientos J le había confesado a él, mientras hacían el amor bajo un pino piñonero del parque sito junto a las vías del tren de Alcorcón, que estaba loquita por J, y que ella no se había corrido durante aquel polvo con la excusa de que sólo podía alcanzar el orgasmo pensando en J. ML le había suplicado llorando a Jesús que por favor que no la pegase más y que hablara con J para hacerle llegar sus sentimientos, que no podía decirle aquello en persona porque le daba vergüenza que sus amigas la vieran con uno de los feos del colegio. Jesús pidó a J, ante la sorpresa de éste, que si la amaba de verdad como él acudiera al cine del barrio aquel sábado por la tarde, a la sesión de las siete, y que dentro, en la última fila, se encontraría ML con él. A J le dio un vuelco el corazón aquel martes, y hasta el sábado no se le levantó el nabo ni para hacerse una paja, todo por amor, también por algo de acojone, pero sobretodo por amor. Tenía mariposas en el estómago que le impedían estudiar, excitarse o comer. Soñaba con dormir con ella pero, sorprendentemente, no con que se la chupara hasta eyacular, él se había vuelto noble y limpio de repente. Llegó el sexto día de aquella semana y J se acicaló, se vistió con unos pantalones Levi´s de imitación del rastrillo del San José de Valderas, se calzó unas Nike Wimbledon de su hermano que le estaban dos números grandes y se embadurnó hasta casi provocarle el vómito la cara y hasta sus partes con la colonia Brummel de su padre. Se marchó al cine nervioso como un flan Dhul, fantaseando en cómo sería aquello del amor real, el de carne y hueso.

Llegó diez minutos antes de comenzar la sesión. Le daba vergüenza entrar sólo al cine, pero le echó huevos por una vez en su sucia vida y se adentró con paso firme en la sala, poblada en ese momento por viejos desocupados, gordos pajilleros metemano sin amor, indigentes en busca de calor y chicos bravucones con sus novias pechugonas intentando magrearlas o meterles la polla en la oscuridad. Echaban un suculento programa doble: “Los liantes” y “El lago azul”. Se sentó, vigilando a un lado y a otro, en guardia, ya que contaba la leyenda que unos choros le habían robado los pantalones de marca a un chaval durante una proyección y el pobre infeliz había tenido que volver a su casa en calzoncillos.

J Aguantó las casi cuatro horas en soledad, esperando a su amada, que nunca apareció por el lugar. Al menos pudo tirarse sus habituales ventosidades a gusto, sin miedo al rechazo de su Julieta ni al qué dirán, porque el hedor de fondo de la tela raída de las butacas y el de los meados resecos, que brotaba de los baños del fondo de la sala, amortiguó de forma eficaz el olor de los cuescos. La sesión doble terminó. J estaba cabreado y triste a partes iguales. ¿Qué le habría sucedido a ML? ¿La habrían prohibido salir sus padres? ¿Estaría enferma? ¿Le habría bajado el periodo de la emoción? A la salida, nada más atravesar las puertas de cristal, se dio cuenta de que todo era, en realidad, una burla. Pudo observar a Jesús Cerdá y a tres más de los hijos de puta de sus compañeros, incluido R, en la acera de enfrente descojonándose al verle. Le llamaron maricón y gilipollas a gritos para que toda la gente lo escuchase. Le siguieron casi hasta su casa mofándose de él, incluso le dieron tres collejas que le dejaron el cogote color papaya. Cuando ya casi había llegado a su morada, Jesús le adelantó, se puso frente a él, le empujó, después le pegó un puñetazo en las costillas y le llamó mierda carcajeándose, e insinuó que si quisiera se follaba a su madre, que era también una puta cerda. Le dijo a las claras que se iba a llevar hostias hasta en el carnet de identidad hasta que él se hartase, y que a ML no le gustaban los maricas, que a la chica en cuestión se la follaba todo Dios menos él. Delante de todos, mientras J estaba en el suelo, le escupió e hizo ademán de mearle encima. Afortunadamente se aburrieron y se marcharon. Humillado subió a su casa. Su padre vio las manchas del pantalón que se había hecho al caer al suelo y un arañazo que tenía en la cara y le castigó sin paga dos semanas.

odio4Las risas en clase siguieron hasta final de curso, y las hotias en su contra también, cíclicamente, día sí y día también. Una tarde se cruzó con ML y sus amigas en un pasillo del colegio y ellas le llamaron maricón. Años más tarde, J, enchufado por su hermano mayor, consiguió trabajo en un periódico de tirada nacional, y en la actualidad cobra más de dos mil euros de sueldo por casi no hacer nada. J mató las tardes de adolesciencia y soledad en su habitación escuchando los discos de Pink Floyd y de los Eagles de su brother, fingiendo que era un tipo sensible y que amaba la música de los grupos dinosaurio de los 70. J se sigue masturbando compulsivamente, incluso en los servicios de su trabajo, incluso después de follar con su mujer, incluso, a veces, excitándose con los anuncios de putas de los canales de televisión local. J sólo se quiere a sí mismo, a los demás les pueden dar por el culo. J tiene que fingir todos los días de su vida que siente algo positivo por alguno de los restantes habitantes del planeta tierra. J caga todos los días dos veces en el trabajo. J dice que ha leído a Jules Renard, sospecho que es una puta mentira, aunque él afirma con convicción fingida que siempre dice la verdad, incluso cuando miente. J cree vivir en el país del cinismo, pero hace siglos que traspasó la delgada linea de la hipocresía. J pidió a su madre que le adelantase la herencia de su padre cuando éste murió.

Jesús Cerdá palmó de sobredosis el 9 de marzo de 1994. Tenía sólo ocho dientes y decía que era feliz. J también es feliz.

<<Pelo de Zanahoria, las nalgas apretadas, los talones bien plantados, se echa a temblar en las tinieblas. Son tan espesas que se cree ciego. De pronto una ráfaga lo envuelve como un paño helado, para llevárselo. ¿No hay zorros y hasta lobos echándole el aliento en los dedos, junto a las mejillas? Por lo visto, lo mejor es precipitarse hacia las gallinas con la cabeza adelante para agujerear las sombras. Tanteando, coge el gancho de la puerta. Al ruido de sus pasos las gallinas, asustadas, se agitan cloqueando sobre sus perchas. Pelo de Zanahoria les grita:  -¡Callaos ya, soy yo!>> “Pelo de zanahoria”, Jules Renard.


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Tres días antes de Jesucristo

Salió por la puerta de los juzgados de Plaza Castilla con una mala hostia de cojones. Hacía frío húmedo fuera, rasca de típica de la zona norte del “foro”; un ligero viento mugriento, mezcla de contaminación y neblina invernal, flotaba fétido sobre el sucio Madrid, la ciudad donde casi nunca nieva pero que cala hasta los huesos, o hasta los huevos. La estampa era típicamente prenavideña: gente corriendo entre la lluvia ácida de la Castellana a pié, en moto o en coche, rumbo a restaurantes infestados de liendres en busca de comidas de empresa o camino de casas plagadas de ratas sonrientes donde aparentar felicidad. Romerales tomó dirección norte, hacia el Vips de Mateo Inurria, lugar donde poder beberse un café reparador escuchando música de ascensor en medio de una atmósfera algo más aséptica que la callejera, para intentar calmarse y no matar a algún transeúnte inocente.

Entró en el antro capitalista. Se sentó en un taburete de una minibarra y pidió un café de 3,50 Euros. Sacó el móvil del bolsillo y marcó el teléfono de Mamen. En la imagen del avatar-icono de ella en la lista de contactos se la podía ver enseñando un pezón al levantarse el tapatetas del bikini.

- Hola. ¿Qué tal ha ido todo, bicho?
- Mal....
- Joder, ¿qué ha pasado?
- Nada, que el hijo de puta del juez ha desestimado el reducir la asignación económica. Nos quedamos con los dos mil cuatrocientos pavos. Yo no sé lo que voy a hacer, - cariño... no han estimado ninguna de mis alegaciones.
- Cabrones. Pero la culpa no es sólo de la zorra de tu exmujer, es que tiene cojones que tú aceptases en su día esas condiciones imposibles, ya sabes lo que pienso, Josean.
- Ya lo sé, cielo, ya lo sé. Estoy hundido. A perro falco todo son pulgas, o garrapatas como mis hijos.
- Te juro que yo cogía una escopeta y me iba para la casa. Estás manteniendo a tus churumbeles, a la zorra y a su novio. Les prendía fuego a lo bonzo....
- Ufffffffffffff.....¿Qué tal la reunión?
- Pues mucho cantamañanas, como siempre. Chorradas varias.
- Típico de los del 15-M, no sé qué te sorprende. Saluda a Raúl y a Felipe de mi parte, diles que no faltaremos a la manifa, llueva o nieve....
- Raúl está por aquí, dice “fight the power” para tí, Romerales. Venga, anímate. Ya no pueden embargarte nada, ahora que se busquen la vida, a ver si los desahucian...
- Ya.... bueno, enfin... me voy para allá. Igual me entretengo un rato comprando algún regalo por el camino, no sé.
- Quiero una bufanda roja, no se te olvide. Navidad, navidad, puta navidad, Romerales...
- Ya... bueno, hasta luego.

tresdias2Apuró el caro café y salió del VIPS. Cogió Agustín de Foxá hacia la estación de Chamartín. Le jodía coger el cercanías, pero tenía la moto estropeada. Se la había dejado a Hassan en el taller pirata del Cobo Calleja, por suerte allí reparan todo a mitad de precio, y además se pillan unas bellotas de polen excelentes. Se lió un porro antes de entrar a la estación, le pegó un par de caladas profundas, apagó la punta y lo guardó en una cajetilla de tabaco. Después miró el tablero electrónico. Un tren dirección Aranjuez partiría en siete minutos. Lo tomaría, se bajaría en Pinto, y luego tendría que coger un autobús hasta el puto fin del mundo, San Martín de la Vega. Desde que habían clausurado la estación-pelotazo de San Martín, construida para el supuesto éxito del ruinoso Parque Warner, el pueblo tenía unos accesos infernales. Pero era barato vivir allí, un adosado con piscina comunitaria setecientos cincuenta Euros. En la puta aldea habían terminado muchas personas escupidas por los precios astronómicos de la capital, los eternos desterrados. Barato, pero el pueblo era horroroso, rodeado de yeseras, árido y mal comunicado, una verdadera mierda pinchada en un palo en medio de la nada.
Romerales hizo tiempo en los servicios. Entró, se sacó una bolsita transparente del bolsillo, esparció un poco de escama y esnifó un par de lonchas sobre su cartera de piel falsa de hippie. Tragó aire a pulmón y con ello consiguió acelerarse y, al mismo tiempo, calmar el demonio que llevaba siempre dentro.

Bajó al anden. El contraste de temperatura con el exterior le hizo dar un respingo de tiritera. El tren tardó poco en llegar. Subió los escalones de un salto y se sentó en una silla de las que dan la espalda a la ventana. El convoy procedía de la zona de la sierra, sus pasajeros, pijos pastel bien maqueados en su mayoría, contrastaban claramente con los de la zona Sur de Madrid a los que más tarde se dirigiría el cercanías. Arrancaron con un sonido seco, como un crujido. Enfrente de él, una rubia vestida con pantalones beige ajustados y un jersey verde claro pulsaba su teléfono móvil con frenesí. Estaba buena, se entreveían unas tetas gordas y un cuerpo bien trabajado en pilates o cualquier mierda por el estilo. Un par de minutos después Romerales sintió la inercia del freno, porque estaban llegando a Nuevos Ministerios. La rubia levantó la vista del teléfono y se levantó dando un respingo con rapidez. Hizo ademán inconsciente de introducir el móvil en su bolso mientras se ponía el abrigo, con tan mala suerte que éste, sin que ella lo viera, cayó sobre el asiento. A Josean no le dio tiempo a decir ni palabra. Las puertas se abrieron y la rubia salió corriendo chocando con tres chavales que entraban, y que rápidamente ocuparon el asiento de ella y otros dos que había libres a los lados.

Uno de ellos, un gordito rapado con un tatuaje en el cuello, vio el aparato abandonado al posar su culo sobre el reposadero.

- Mira lo que hay aquí, joder, un puto Iphone, la hostia JAJAJJAJAJAJA ya tengo regalo de navidades.
- Hostia puta, qué suerte, Alex, cabrón...
- Debía ser de esa rubia que casi me tira, que se joda y baile JEJJEJEJEJE. 

Romerales se levantó como con un resorte en el culo mirándoles con cara de asesino. Los tres críos le doblaban en tamaño pero, a pesar de ser algo retaco y ya cuarentón, Josean imponía, por sus maneras y movimientos típicos de mamón de barrio, algo de respeto. Los huevos gordos, entre unos tíos y otros, aunque los individuos sean de diferente edad o clase social, se adivinan a distancia. Se paró delante del gordito.

- A ver, morsa, ¿no te da vergüenza quedarte con algo que no es tuyo?
- ¿Pero qué dice este viejo?
- No sé, le picará algo...
- Ese MÓVIL NO ES TUYO, CABRÓN. Ya estáis devolviéndolo. Os salís y lo dejáis en la taquilla. Seguro que no os gustaría que os lo hicieran a vosotros, hijos de puta...
- Ehhhhh, no te cantées abuelo....

Romerales agarró del cuello al más dicharachero, que al estar sentado se encontraba en posición de inferioridad. Los tres niños duros de la zona sur se quedaron blancos, estupefactos, cagados de miedo. De nada servía hacerse el malote si de repente surgía de la espesura de la jungla un tío que pronunciaba las frases mágicas como si tuviera todas las muelas picadas. Romerales, efectivamente, no tenía ni una muela sana alguna en la boca, eran todo endodoncias; unas se le habían roto a causa de las caries, otras por endodoncias mal aconsejadas, y de remate alguna que otra había desaparecido a hostias.

- No me haces puta gracia con eso de abuelo, ¿estamos, HIJO DE PUTA?
- Bueno, bueno, tranquilo, coño...
- Ni tranquilo ni hostias, ¿VALE? He dicho que lo devolvéis, me cago en Dios y en su puta madre...
- Joder, pues toma y lo devuelves tú, no te jode...
- Que te repito QUE NO ME HABLES EN ESE TONO, niñata.

El tren se detuvo de repente en la puta estación Sol-Vodafone. El que llevaba el móvil se lo puso en una mano a Romerales que aflojó al instante el lazo a su presa. Los tres se levantaron, abrieron la puerta pulsando el botón verde y salieron como cuando un alma que lleva al diablo pegado al culo. El resto de pasajeros, que observaban la escena cobardemente, sin hacer nada, alegraron sus caras de forma repentina y uno de ellos comenzó a aplaudir. Le siguió el resto palmeteando y se escuchó entre la clá algún “bravo”, y algún “con dos  cojones, sí señor”. Una mujer mayor se acercó a Josean, le dio un beso en la mejilla y le espetó:

- Con tres o cuatro como tú este país cambiaba. Feliz navidad, hijo.

tresdias3Romerales asintió agradecido, y un poco avergonzado. Nunca nadie le había aplaudido en público, más bien le habían reprendido unas cuantas veces. Se quedó pensativo. La marcha se reanudó y en menos de un suspiro el tren volvió a frenar, se acercaban a Atocha. Josean se levantó cuando iban a detenerse, la gente le miraba, no le quitaban ojo. Descendió del convoy. Apretó el paso por las escaleras, traspasó los tornos de salida sin detenerse en las taquillas. Se dirigió hacia la entrada del Metro de la estación. Observó que no había ningún guarda jurado, ni a derecha ni a izquierda. Pegó un bote y saltó uno de los torniquetes de entrada al suburbano madrileño. Un tren llegaba ruidoso. Corrió, las puertas se abrieron y se introdujo en él.

Dirección Pinar de Chamartín. De nuevo en aquella dirección, ahora en la Línea-1 del Metro. Atocha. Antón Martín, Tirso de Molina. Sol. Gran vía, Tribunal, Bibao, Iglesia, Ríos Rosas, Cuatro Caminos, Alvarado, Estrecho y, finalmente, Tetuán. El trayecto pasó como en un agujero de gusano. Romerales corrió escaleras arriba, salió a la calle Bravo Murillo, al Tetuán sin ley que tan bien conocía. Allí al lado estaba el Cash Converters. Tres moros hacían guardia en la puerta, intentaron pararle para ver qué llevaba e intentar comprárselo a bajo precio, pero los miró con cara de mala  hostia y se apartaron. Entró en la zona de ventas de la sórdida tienda de segunda mano. La suerte le venía de cara ese día de principio a fin, porque, cosas rara, no había cola.

- Hola, buenos días. Qué raro que no haya nadie aquí, siempre que vengo toca esperar un rato, y siendo navidades...
- Es que ha pasado la Policía Nacional a mirar unos datos y curiosamente se ha marchado todo el mundo que había esperando, fíjate qué casualidad, qué suerte tienes, macho.
- Ya. Bueno, yo te traía este Iphone. Espera que le saco la tarjeta SIM.
- Parece que está bien conservado.
- No tengo la caja, pero está liberado y sin una rayita...
- ¿Cuánto pides?
- Trescientos cincuenta, es último modelo. Casi sin estrenar, es que me han regalado otro...
- Lo siento pero sólo puedo darte ciento sesenta, como mucho.
- Joder, no me fastidies, si este vale nuevo más de quinientos, no me intentes hacer el lío, anda.
- Te digo que no puedo. Mira, puedo darte ciento ochenta, ni un pavo más.
- Doscientos o me piro y se lo vendo a un moro de los de la puerta, y me la suda lo que me dé...
- Errrrrr, venga, okey. Tú ya tienes ficha aquí, déjame tu DNI para meter los datos y ya está. Nou problem.

Le soltaron cuatro billetes de cincuenta. Estaba contento. Cruzó Bravo Murillo por mitad, sorteando los coches, eufórico. Bajó por la calle Huesca hasta llegar a Infanta Mercedes. Giró a la izquierda y unos metros más allá se introdujo en un portal. Romualdo, el portero, le saludó. Llamó al ascensor y subió al quinto. Tocó al timbre de la puerta "D". Abrió una mujer madura china fea como pegar a un padre con un gorro de Papá Noel tiñoso sobre la cabeza.

- Hola, ¿cómo estás? ¿Vacaciones de navidad?
- Hola. ¿Está por aquí Yu-li?
- Sí, en la puerta cuatro. Ciento ochenta la hora, ya sabes.
- Vale. Voy para allá.
- ¿Quieres la falopa de siempre tabién?
- No, gracias, no llevo suficiente. Tengo sólo veinte.
- Por veinte eulos te pongo una layita, venga...
- Gracias, Susi, eres un sol...

Traspasó la puerta cuatro. Allí estaba Yu-li, una muchacha oriental de nacionalidad y edad indefinidas, entre los quince y los cincuenta años, vestida con una horrible ropa interior roja y con un gorro de Papá Noel sobre la cabeza tan mugriento o más que el de su jefa.

- Hola, Felipe. ¿Cómo está?
- Muy bien, cariño. Por aquí otra vez, a hacerte una visita.

La chica se desnudó casi sin mediar más palabras. Felipe-Josean se sacó los pantalones a trompicones. Ella le agarró el ciruelo y se lo metió en la boca. Tras un minuto de mete-saca extrajo el miembro de entre las caries de sus dientes color plátano pocho y él eyaculó sobre su cara macilenta con gran potencia. Sobre la parte blanca del gorro de ella cayó una gota de semen espeso que se distinguió de la tela sucia a causa de un pequeño hilillo de sangre que contenía.

- Feliz navidad, Yu-li, -dijo Romerales mientras se calmaban sus graznidos de placer-.


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Mina del amor

Llamadme Ismael. El diecisiete de marzo la tierra tembló sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies. El estruendo de las galerías derrumbándose nos dejó sordos de repente. Me tiré al suelo bajo una vagoneta y recé con todas mis fuerzas a la Virgen de la Caridad del cobre. Allí abajo se hizo una oscuridad tan profunda como boca de lobo del altiplano. Los primeros minutos tras el terremoto fueron de pavor, se escuchaban gritos por todas partes, hombres pidiendo auxilio a Dios y llamando a sus madres como niños. Cuando el Apocalipsis se detuvo las luces de emergencia de los túneles volvieron a encenderse por arte de magia. El panorama era polvoriento y desolador, pero la mina había soportado aquella embestida de la naturaleza. Poco a poco salimos de nuestros escondrijos, como muertos vivientes, y nos abrazamos los unos a los otros, habíamos sobrevivido. Nadie lloró, los mineros nunca lloramos.

Nivel 78, mil cuatrocientos treinta y un metros bajo tierra. Nos pusimos en marcha hacia la salida. Pero el túnel estaba taponado por el desplome detrás del primer recodo. Y lo peor estaba por venir. Gildemeister, el barrenero, llegó desde el lado profundo de la explotación y nos contó que el terremoto había abierto un enorme abismo hacia las profundidades del que no se vislumbraba el fondo. La curiosidad me pudo y acudí con Daniel a ver aquella puerta del averno. Era colosal. Lanzamos una piedra hacia el fondo y no escuchamos que tocara fondo. Sólo nos restaba una esperanza: un pequeño orificio de respiración que unía el nivel 77 con la superficie. Fue nuestro cordón umbilical con el mundo durante aquellos terribles días.

En el transcurso de una interminable semana no nos llegaron noticias del exterior. Algunos decían que aquello había sido el fin del mundo. “El Gringo” afirmaba que a él no le importaba que nadie hubiese quedado vivo allá arriba, que les podían dar a todos por el saco. Pero a los demás su opinión no nos valía un carajo. Era un jarocho pelotudo con muy mala leche al que nadie quería, ni fuera ni dentro. Una caja de galletas Marías fue nuestro único alimento. La tenía escondida Daniel bajo unos postes para cuando le entraba el hambre entre horas. Aquellas Marbú mezcladas con agua de los charcos nos salvaron el pellejo. El octavo día de encierro un cable con un walkie-talkie amarrado asomó por el respiradero.

- Mina del Amor de María, ¿cuántos supervivientes hay ahí dentro? Cambio.
– Veintisiete. Cambio.
-¿Heridos? Cambio.
– Ninguno. Trece muertos. Cambio.
– Ahora mismo les acercamos víveres y agua. Manténganse cerca del agujero. Y no desesperen, estamos con ustedes. Cambio.
-Gracias, compañero, cambio.

Saltamos alborozados, volvimos a abrazarnos. Una puerta a la esperanza, al fin. Nos llegaron treinta latas de albóndigas con guisantes y cincuenta botellas de agua atadas con una maroma. Las devoramos como si fueran caviar del Caspio y vino de Burdeos, sabían a gloria bendita. En aquel instante las prometíamos muy felices. El siguiente mensaje nos bajó de la nube. Nos contaron que el rescate se planteaba un tanto dificultoso, que la compañía minera no tenía fondos suficientes para tal empresa, que tuviésemos paciencia. Pinches hijoeputas. Se lió la de San Quintín. Gildemeister amenazó con poner barrenos e intentar abrirse paso hacia la superficie, y que después de salir cogería al propietario de la mina y lo colgaría por los testículos en la plaza mayor de Arica. En medio de la trifulca golpeó al “Indio” Yáñez en la nuca y se hizo con la dinamita que aquel sudoroso quechua llevaba prendida del cinturón. Gracias a Dios “El Gringo” le partió la cabeza con una pala cuando ya había encendido una de las mechas. Daniel la apagó con el pié a un segundo de explotar, nos libramos por el pelo de un calvo de palmar. Gilde se desplomó mientras el cerebro le salía a borbotones por el occipital. Boronov y yo acudimos a auxiliar a Yáñez, pero nada pudimos hacer; tenía una herida abierta a la altura de la yugular y su sangre manaba sobre el suelo como las cataratas de Iguazú. Apilamos sus dos cuerpos semidesnudos en la galería 77B, donde descansaban los cadáveres de los otros trece desdichados que habían fenecido durante el terremoto. El rigor mortis y la descomposición no tardaron en llegarles. Aquel desagradable olor a podrido se fue extendiendo por la mina como presagio de tiempos de incertidumbre. Ya sólo quedábamos veinticinco.

Al principio las latas nos sabían sabrosas. El vigésimo cuarto día comenzaron a llegarnos sólo envases de alcachofas caducadas, y el agua de las botellas que bajaban ya no era mineral, porque el inconfundible sabor ferruginoso procedente del pozo de la explotación delataba su origen.  Boronov agarró el Walkie y comenzó a gritar como un loco a los de arriba, pero no contestaron; era domingo y nadie hacía guardia en la bocamina. El aire putrefacto trufado de olor a pedo y a cadáver nos revolvía las tripas. La temperatura se acercaba a los cuarenta grados y la humedad se hacía cada jornada más insoportable. Manuel Coca, un peruano rechoncho y siempre malencarado, se tomó la justicia por su mano con nuestros hediondos ex compañeros. Aprovechó que dormíamos y ayudado por Meneses arrastró los cadáveres hasta el precipicio sin fin que había abierto el terremoto. Los fueron lanzando uno a uno hacia el fondo como fardos de ropa vieja, rebotando cual peleles por la interminable pared. Cuando concluyeron la operación de limpieza, Meneses dijo de repente “adiós” a Coca y se arrojó también al vacío. Despertamos. Daniel advirtió que el nauseabundo olor había cesado. Vimos aparecer a Coca subiendo por el túnel. Nos contó lo que habían hecho Meneses y él con una sonrisa entre los labios, como si hubiese regalado un servicio a la humanidad por el que sentirse orgulloso.

- Hijoeputa, ¿no sabías que uno de los fiambres era mi hermano?
– Yo no imaginé nada, “Gigante”, los muertos son todos iguales.

No pudimos parar al “Gigante” Mendoza, que agarró al peruano por el cuello asfixiándole hasta que perdió el sentido. Se defendió a puñetazos de nuestras acometidas, me alcanzó con una derecha en el pómulo y caí redondo. Subió el grasiento cuerpo del desdichado Coca sobre su hombro y se encaminó corriendo por las galerías hacia el abismo.  Le seguimos de cerca mientras lanzaba mandobles a diestra ya siniestra para apartarnos; el muy cabrón había sido campeón amateur de los semipesados en Valparaíso y pegaba tremendos estacazos. Coca se despertó justo cuando Mendoza ya lo levantaba sobre su cabeza al borde del agujero, y se puso a patalear y a gritar como puerco camino del matadero. Entonces el “Gigante” resbaló en un charco y ambos se precipitaron hacia el fondo acompañados por un alarido conjunto tremendo. Sus gritos fueron apagándose poco a poco en el vacío durante dos interminables minutos. Veintitrés supervivientes. Dos hijoeputas menos que alimentar, pensé yo.

Al despertar el quincuagésimo quinto día nos dimos cuenta de que Vicente Garochino no llevaba dos jornadas sin levantarse porque tuviese mucho sueño, sino porque había fallecido a causa del fuerte constipado que arrastraba desde hacía un par de semanas. Vidaurre también tosía bastante, esputaba a cada minuto, y Cerdán decía que tenía algo de fiebre. El “cerdo” Cerdán tardó tres días en irse para el otro barrio. Seguimos apilando a los fallecidos en aquella improvisada galería-necrópolis. Cuando Vidaurre abandonó el mundo de los vivos, al acudir a nuestro improvisado cementerio descubrimos que alguien había cometido una inimaginable bajeza con el cuerpo de Garochino. Le habían bajado los pantalones e introducido el mango de un pico por el recto. Boronov montó en cólera. Vicente era su amigo desde hacía diez años, y dijo que si cogía al violador necrófilo acabaría en el hoyo con el resto de fiambres. La mañana del día número sesenta y dos fue trágica. Boronov, un loco cabrón muy querido por todos, amaneció muerto con una certera cuchillada adornándole la traquea. Una muerte dulce, mientras dormía. También alguien le había bajado los pantalones y de su puerta trasera salía un hilillo de sangre.

- Mina del Amor de María, contesten, contesten, cambio.
– El ingeniero José Vallés al aparato, cambio.
– ¿Cómo marcha todo ahí abajo? Cambio.
– Necesitamos urgentemente medicinas contra la gripe y la diarrea, cambio, estamos cayendo como moscas por la enfermedad, cambio, dense prisa o moriremos todos, cambio.
– A ver, señor Vallés, diga “cambio” al terminar de hablar, no entre frases, o no nos entenderemos. Tendremos en cuenta sus peticiones, pero aquí hay gran escasez de medios. Veremos lo que podemos hacer. Aguanten, estamos con ustedes. Cambio.
– Pero…. Ayúdennos, por su padre, ayúdennos, por sus madres, bajen medicinas y algún alimento que no sean alcachofas en lata, por favor se lo pido.
– CORTO Y CIERRO.
– POR FAVOR…hijoeputas…
– Corto y cierro, señor Vallés…

José Vallés era ingeniero técnico en minas, caminos, canales y puertos. El terremoto le había pillado por casualidad inspeccionando el entibado del nivel 77; puta casualidad, la segunda vez que descendía bajo tierra le había acompañado un movimiento sísmico de 8,4 en la escala de Richter, algo así como un 11,5 en la escala Mercali sobre 12. Los mineros de a pié no entendíamos de escalas, sino de gafes como él. Era un chico bien y con estudios que miraba al resto como si de escoria se tratasen. Tenía un constante tic en el cuello que le hacía moverse y tartamudear como una marioneta mal manejada. El salvajismo imperante se cebó pronto con él; su cuerpo, salvajemente violado y sin cabeza, apareció con una nota sobre el pecho escrita con una pésima caligrafía: “pinche listo, ahí te jodan…”, rezaba el macabro manuscrito. De su privilegiada testa laureada nunca más se supo, y no hace falta ser muy listo para imaginar en qué portería alguien anotó un gol pateando su cara.

El demonio había invadido nuestras mentes. Aquellos días sin luz del sol seguían transcurriendo como un reguero de mierda que nos consumía poco a poco. El día noventa y uno encontramos el cadáver del viejo Aquilino Valdivia también violado y decapitado. Le habían sacado los ojos previamente con una cuchara y luego se la habían metido por el culo. Para festejar el centésimo día de encierro alguien apuñaló por la espalda a Zabaleta, que se desangró dejando un enorme embalsamiento rojo oscuro sobre el sucio suelo de la 78A. Hacía ya mucho tiempo que nadie nos hablaba por el comunicador, sólo una vez cada dos días nos hacían llegar las putas alcachofas y la infecta agua por el agujero. Pero, de repente, un día dejaron de enviarnos nada. Apuramos las pequeñas reservas que nos quedaban. El agua se agotó pronto y tuvimos que volver a bebernos la de los charcos. El día número ciento doce nos quedamos sin comida. Luis Cercas, “El Pichincha”, llegó a proponer que nos comiésemos los cadáveres, y se ofreció para cortar unos filetes del culo de Marcía, que había amanecido con el cráneo aplastado por una mano amiga el día anterior. No nos hicieron ninguna gracia sus propuestas. El agua de los charcos me produjo una tremenda diarrea. Daniel, “El Gringo” y yo nos cagábamos todo el día, nos quedamos casi sin fuerzas y casi los huesos. Gracias a Dios justo cuando se cumplían cuatro meses de cautiverio volvieron a enviarnos comida. Comenzaron a llegarnos unos envases de sabrosa carne cocinada con patatas y botellas de vino. Los chicos se entusiasmaron, al fin se escuchaban nuestras plegarias y se ocupaban de nosotros. Por desgracia mis dos compañeros de cagalera y yo no pudimos probar bocado aquel día, lo intentamos pero vomitábamos todo al instante. Las tripas nos dolían furiosas, los retortijones bramaban como pinches leones. Algunos cabrones, capitaneados por Mateo Campuzano “el pimentón”, hicieron burla de tal desgracia y devoraron jocosos nuestra parte correspondiente de la pitanza. A la mañana siguiente me desperté con tremendo dolor de cabeza, pero parecía que la diarrea había remitido algo. Pasaron dos horas y sólo “El Gringo” se desperezó y me dijo buenos días, raro en semejante hijoeputa tanta amabilidad. Luego Daniel se incorporó y marchó a mear a la galería de más arriba. A mediodía nadie más se había levantado de los improvisados catres.  Tampoco nadie más que nosotros tres respiraba. Estaban todos más muertos que Carracuca. Los tocamos con el mango de una pala, los golpeamos, nadie respondía a los impulsos ni aunque los pateásemos con saña. San Pedro y la parca les habían visitado de repente aquella noche sin decir ni hola. Me acerqué a comer algo de las sobras del día anterior pero Daniel me lo impidió, podía estar todo envenenado. Rompí a llorar como una niña huérfana, desesperado y hundido. Los mineros ahora sí que lloraban como mujerucas.

Durante los tres días siguientes nadie del exterior dijo ni esta boca es mía. Tampoco se interesaron por nuestra alimentación. Gracias al cielo Daniel tenía escondidas debajo de unas piedras dos ratas muertas que había cazado la semana anterior en el nivel 76A. Una de ellas estaba devorando el brazo de uno de nuestros compañeros fallecidos cuando Daniel la había dado matarile con un pico. Las cocinamos como pudimos con un soplete y nos las comimos imaginando que eran pollos en pepitoria. De postre devoramos algunas cucarachas que íbamos encontrando por los rincones y unas enormes pulgas que pernocataban entre la ropa de los cadáveres. Desconfiábamos del “Gringo”. Era una mierda de tío en todos los sentidos, un hijo de mala madre del que podía esperarse cualquier cosa. Nos cambiamos de galería para dormir fuera de su alcance, le dejamos sólo. Nos turnamos para vigilar que no apareciese de improviso. Daniel y yo comenzábamos a trabar una profunda amistad. “El español”, como lo conocían algunos, o “Caraculo”, como le apodaban otros, era una gran persona. Me consoló en los peores momentos de desolación y nos juramos el uno al otro que saldríamos de aquella. Nos dimos cuenta de que estábamos abandonados a nuestra suerte, que sólo nuestra fe acompañada de un milagro de la Virgen del Cobre podría evitar que la muerte se nos llevase. Descubrimos que “El Gringo” tenía carne de dudosa procedencia debajo de su manta. La había cortado en tacos y se la comía tostada al calor del soplete. Y en una botella de plástico almacenaba un líquido colorado del que bebía que no era precisamente vino. Él era sin duda el hijoeputa que había acabado con la vida de tantos compañeros, sólo por saciar su egoísta hambre. En el comer y el rascar todo es empezar.

Esperamos a que el malparido se durmiera. Entonces “Caraculo” se lanzó sobre “El Gringo” y lo inmovilizó hábilmente. Con un certero tajo de carnicero le rebané el pescuezo. Chorreaba aquello como una fuente en primavera. En un minuto no quedó ni un soplo de aliento en el cuerpo de aquel asesino hijoeputa. Le corté los huevos y se los metí en la boca. Alcancé un trozo de palo del entibado y se lo metí por el culo. Nos quedamos allí sentados, delante del cadáver, satisfechos de la venganza. De pronto el Walkie-Talkie volvió a la vida.

- Mina del Amor de María, Mina del Amor de María. Contesten. ¿Hay alguien ahí abajo? Cambio…
– Por Dios misericordioso, aquí estamos dos personas….
-¿Con quién hablo? Cambio.
– Soy Daniel Cortés Yuste, entibador de segunda, trabajador de la contrata Bordacés Minería…
– Por favor, diga “cambio” al terminar las frases, si no es difícil que nos comuniquemos. Somos de la policía nacional. Hemos dado con ustedes gracias a la confesión de uno de los vigilantes de la mina. Pensábamos que estarían todos muertos. Sus patronos los han abandonado aquí, repito, los han abandonado, se han largado con el dinero de la explotación y del seguro. Pero nosotros vamos ayudarles, no se preocupen, estamos trabajando ya en ello. Cambio.
– Oh, gracias al cielo…
– Por favor, recuerde decir “cambio” al terminar las frases, cambio.

En unos minutos nos llegaron tres salvadoras latas de alcachofas y dos botellines de agua. También nos enviaron, generosos, dos botes de Pepsi Cola. Sabían a ambrosía de dioses. Un sonido de taladro comenzó a escucharse a lo lejos.

- En unas horas estaremos con ustedes, manténgase firmes. Cambio y cierro.

Fue la noche más larga de nuestras vidas. Llorábamos, nos abrazábamos, hablábamos de nuestras familias, nos volvíamos a abrazar. Mandaron una botella de vino por el agujero. La bebimos felices. Nos entró directa a la vena, nos embriagamos. Daniel comenzó a relatarme su vida. Era español. Había trabajado de policía en un pueblito. Tenía un compañero del alma que se llamaba Francisco, una esposa del alma que se llamaba Tamara y un hijo del alma que se llamaba Héctor. Diez años codo con codo con Francisco al volante de un patrulla. Una tarde Tamara regresó a casa con Héctor en sus maternales brazos y se los encontró en la cama. Gritó como una posesa. Él la metió un puñetazo en la cara  que le rompió los dos incisivos superiores y una patada en la boca del estómago que la hizo vomitar sangre. Tuvo que marcharse de su casa, de su pueblo, de su país, de su trabajo, avergonzado. Me quedé ojiplático, sorprendido, angustiado.

- Maricón asqueroso de mierda, hijoeputa. No se te ocurra acercarte a mí, bujarrón pestilente malnacido.
– Ismael, deja que te explique. Hasta conocerte a ti yo no había sentido nada parecido más que por Francisco. Te amo más que a nada, y te deseo…
– Has sido tú el que se la ha metido por el culo a todos nuestros muertos, pinche huevudo hijoeputa. No te me acerques o prendo este barreno y nos vamos tú y yo a mamarla, reventamos.
– Ismael, no lo hagas, yo te quiero…

Salí corriendo mina arriba, gritando. El sonido del taladro cada vez se acercaba más. Me tumbé oculto dentro de una vagoneta con una mano en el cuchillo y otra en la dinamita. El repiqueteo de la broca martilleando contra la dura piedra me fue arrullando hasta quedarme dormido. Horas más tarde el ruido ya ensordecedor de la excavación me despertó. Bajé corriendo al recodo de la galería de donde provenía aquel estruendo rescatador. Mientras me acercaba a la deseada salvación, en el camino encontré el cuerpo de Daniel tendido sobre el suelo, ensangrentado, cosido a puñaladas por toda la espalda y con la cabeza medio separada del cuerpo. Estaba completamente desnudo y entre sus nalgas se adivinaba una tremenda herida. No había tiempo para despedirse. Del techo de la galería cayeron escombros y se abrió un boquete. De allí surgió una especie de jaula metálica atada a un cable. Me metí dentro de un salto y jalé tres tirones fuertes para que se dieran cuenta de que estaba en su interior. La cesta comenzó a elevarse por el agujero a buena velocidad. Fueron minutos interminables en medio de una oscuridad absoluta, una negrura como culo de llama del altiplano. Cuando la luz de la salvadora bocamina comenzó a deslumbrarme cogí el barreno que había guardado en mi bolsillo, saqué el Zippo recuerdo de mi padre, prendí la mecha y dejé caer el explosivo por el hueco que dejaba la jaula bajo mis pies. Nada más llegar a la superficie una tremenda explosión se escuchó y todo el pequeño túnel se derrumbó demoliendo como castillo de naipes las entrañas de la Mina del Amor. La tierra tembló durante un par de minutos y después se calmó todo, se hizo al fin el silencio. Una docena de policías y enfermeros me trasladaron en camilla hasta un helicóptero de emergencia de la cruz roja. Había también por allí algunos curiosos hijoeputas y una jauría de periodistas carroñeros que habían viajado hasta aquel rincón perdido del desierto en busca de morbo. El helicóptero despegó y pude ver deslumbrado, a duras penas, cómo nos alejábamos de todo aquel espanto. La mina se fue haciendo más y más pequeña a mi vista hasta que despareció recóndita tras unas lomas. Rogué a Dios porque nunca me dejara volver a ese lugar de ignominia. Un policía bigotudo que viajaba sentado a mi lado se dirigió hacia mí con aire de admiración.

- ¿Dónde quedó su compañero? ¿Qué ha ocurrido allá abajo?
– Todos han muerto.
– Es usted un héroe. Los abandonaron a su suerte esos pendejos hijoeputas. Todos ustedes han sido unos héroes. Nos sentimos orgullosos, toda la patria.
– Gracias.
– Descanse, amigo, se lo tiene merecido. No se preocupe más por nada, estamos a su servicio.

Me entrevistaron en todas las televisiones, las radios y los periódicos. Me recibió el presidente de la república. Pusieron mi nombre a una calle en Arica, a otra en Valparaíso y a una avenida en Santiago. Gané mucho dinero, fama y admiración con todo aquello. No me dejaban pagar en las tiendas, en los cines ni en los restaurantes. Me compré una finca de diez mil hectáreas en Chuquicamata y un Porsche Carrera rojo. Viajé a España. Conocí a Francisco. Me acogió en su casa como a un hermano. Lloró desconsolado la pérdida de Daniel. Una mañana me levanté y encontré su cuerpo tendido en el suelo del salón sobre un gran charco de sangre. Estaba desnudo y alguien lo había violado y decapitado. Llamadme Ismael.


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