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El trabajo hace libre

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Desde la esquina del pasillo se comienzan a escuchar las voces. Azucena acaba de salir del baño. Es su rutina de todos los días. A primera hora de la mañana le da una pasada rápida antes de que los chicos entren en bandada. Desinfecta los urinarios y friega el suelo con rapidez para evitar encontrarse allí cuando lleguen. La entrada todavía está mojada. Cuando acaben, hará las duchas. Ya están aquí.

Andrés llega con aire jovial. Como siempre, su voz fuerte y grave sobresale del resto:

- Tengo un hambre que me muero. No sé que se le habrá pasado por la cabeza ayer a mi mujer, pero con un bocadillo de hierba no puedo aguantar toda la noche. En cuanto salga me voy a ir al Txusmi a por un pincho de tortilla. ¿Alguien se apunta?


Efectivamente, su tripa le delata. Andrés es de buen comer. Y de buen beber, lo que le mantiene ocupado todo su tiempo. Algunos viernes a la salida, varios compañeros se apuntan para desayunar en el bar para empezar con buen pie el fin de semana.

- A mi me toca ir al club de fútbol del chaval. Este sábado le toca jugar fuera y necesito las invitaciones para el público.

José es un apasionado de sus hijos. Vive por y para ellos. Por las mañanas, como tiene un poco más de tiempo para él, sí que se puede quedar con nosotros, pero cuando salimos del turno de tarde, nunca.

Tomás es el más misterioso de todos. Hay veces que pienso que se ducha aquí por no gastar agua en casa. Es capaz de ponerse 2 o 3 días a la semana los mismos calzoncillos. ¿Cuestión de ahorrar o de falta de higiene? En los cinco años que llevo aquí, nunca ha hablado gran cosa acerca de su vida personal. Hay rumores que dicen que está casado, pero no se sabe a ciencia cierta.

- Yo tengo que hacer la compra. Este fin de semana me voy de escapada al pueblo y tengo que preparar las cosas.
Desde que su madre ha empeorado su estado de salud, Esteban está cada vez más ausente. Una vez le preguntaron en los vestuarios qué tal estaba, pero respondió poco más o menos que eso no era de nuestra incumbencia.



En el otro lado está el núcleo joven: Carlos, Luis y los cinco nuevos que han entrado nuevos este año, con una conversación en paralelo. Somos muchos y ellos van siempre un poco más independientes.  

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En realidad, cada uno va a lo suyo. Tenemos bien definido lo que nos toca hacer en planta. Sabemos lo que hay que hacer. Nadie destaca sobre los demás. Echamos nuestras ocho horitas y a esperar a ver la cuenta a fin de mes. Los turnos, el trabajo, todo se convierte en rutinario. Quizás no es lo que había soñado de niño, pero de algo hay que comer.

Comencé a trabajar como ayudante de fontanero. Ese fue mi primer trabajo. Todavía hoy guardo un recuerdo de tensión constante que me encoge las venas. Paco era su nombre. Ni siquiera con el paso del tiempo puedo comprender por qué esa situación me superó de tal manera.

El trabajo era más variado que el montaje que hago aquí, de eso no hay duda. Por el contrario, no se trataba de tareas excesivamente complejas. Tan sólo había que estar atento y ser cuidadoso. Hacer las tareas preliminares, picar y recoger los escombros y acabar los trabajos. Nunca llegué a soldar, especialmente desde el día que se me olvido poner el hilo de cáñamo en las juntas tóricas de una obra y tuvimos que volver al día siguiente, . Era imprescindible asegurarse que el almacén se quedaba en orden, en su orden claro.

El día que me olvidé de cerrar la bombona de gas fue el último. Al regresar al día siguiente, estaba vacía (afortunadamente no pasó nada). Tanto por su parte como por la mía sabíamos que esa situación era insostenible. Desde luego que el sueldo no compensaba la vigilia constante de aquellos días.

Paco mostraba en cada minuto su descontento por la forma en la que hacía las cosas, lo que me llevaba a pensar que estaba haciendo todo mal, incluso antes de haber empezado con las tareas. Llevaba toda la vida trabajando en el oficio y su destreza era evidente. Sin embargo, sus dotes como maestro brillaban por su ausencia, y no se manifestaron con mi paso por su vida.

Un buen maestro nunca contra ataca con un golpe de espada directo a la cabeza, sino que se esmera en esquivar los golpes que recibe del aprendiz, se envuelve con ellos, los materializa haciendo suyos, y los desvía, alejándose. Tan sólo así se eliminan por completo y se puede aprender de ello. En el caso contrario, de una u otra forma acaban volviendo.

libre4Por mi parte, cuanto más pensaba en hacer las cosas bien, peor me salian. Ponía mucho énfasis en los detalles, y se me olvidaban las cosas principales. Echaba horas sin control para hacerlo todo perfecto. Incluso cuando llegaba a casa, no podía desconectar.

Es posible que salir de un turno de noche en una cadena de montaje no sea mi trabajo de ensueño, pero después de aquella experiencia, pasar a ser uno más fue un alivio.

- Yo hoy tampoco puedo chicos. Con el turno de noche llego cansado a casa y no hago nada.

 Ahora, concentro mi tiempo personal en crear aquello en lo que siempre he creído, al igual que mis compañeros. Llegué aquí para conseguir un dinero extra mientras estaba estudiando, y a estas alturas, me falta muy poco para acabar mis estudios como maestro y tomar de nuevo las riendas de mi vida.

- Necesito aprovechar estos días para adelantar el proyecto- Les hubiera dicho. Sin embargo, desde el primer momento me pareció pretencioso decir que me estaba sacando un título a la vez. Queda poco; cuando acabe, lo haré.

Tengo ganas de convertirme en ese profesor capaz de canalizar las expectativas de sus alumnos, poder concentrar mi energía en hacer aquello que me hubiese gustado recibir en mi época. Ha sido largo y sacrificado llegar hasta aquí, pero tengo la sensación de que superaré todas las dificultades que se antepongan en mi camino.

A fín de cuentas, involuntariamente, el trabajo es una dedicación importante en la vida, un arma de doble filo. De tí depende que se convierta en la rutina que gobierna tus días, o en el estímulo que te acompaña para cumplir tus deseos, para hacerte libre.

Liberando mi lado opuesto

liberando1

NØ2Ø G91 G28 XØ YØ ZØ ;
NØ3Ø M6 T1 ;
NØ4Ø G43 H1 ;

Llevo ya un par de días con esta secuencia y todavía no he descubierto cómo puedo reutilizar parámetros ya definidos en la versión anterior.

De repente, el sonido de la sirena me devuelve al mundo real. Son las 19.00h. Acaba de activarse automáticamente la alarma de la fábrica. Supongo que a estas horas todo el mundo en las oficinas se habrá ido.

Para mí, ésta es siempre la hora más productiva, cuando los mecánicos se marchan y puedo estar tranquilamente haciendo pruebas con la máquina sin poner en riesgo la vida de nadie con un movimiento inesperado:

NØ5Ø M3 S3ØØØ ;
NØ6Ø G9Ø GØØ X9Ø Y12Ø ;
NØ7Ø Z2 ;
NØ8Ø GØ1 Z-Ø.5 F4Ø ;
NØ9Ø X1Ø5 Y16Ø F6Ø ;
N1ØØ X12Ø Y12Ø ;

liberando2Tengo que lograr que la pinza extractora ejecute el recorrido desde la mesa de selección hasta la zona de torneado según estaba configurado previamente. En el momento del ensamblado, descubrí que el mecanismo eléctrico había sido sustituido por accionadores hidráulicos.
-Una mejora mecánica del utillaje-alardeó el responsable técnico del producto sin preocuparse tan siquiera de la parte electrónica, ese componente invisible que el resto de  integrantes del equipo desconocen en desarrollo, los hilos de la marioneta que ejecuta repetidamente sus movimientos rápidos y toscos, el compás de su estribillo, el patrón rítmico de sus versos.  Asumió que no suponía mayor dificultad, sin ni siquiera preguntarme para asegurarse al respecto...

Hoy, a falta de una semana de la verificación final para su entrega, debería estar en la fase de ajuste y puesta en marcha, y esta pinza sigue sin moverse.
-¡Otro día que se me va a hacer de noche en el taller!

Necesito un descanso. Cierro la pantalla del portátil, quito los cables que hay sueltos por la mesa. Recojo y agrupo en un único montón todos los planos arrugados y manchados de grasa que hay a mi alrededor. Los coloco al lado izquierdo del portátil para que estén disponibles a la vuelta y me desplazo un par de metros hasta la pieza de la máquina que testarudamente está afanándose en llevarme la contraria.

Abro el pestillo de la valla de seguridad con agilidad, que está del revés, pero ya he encontrado un truco para abrirlo fácilmente con la izquierda, soy todo un especialista en ello. Compruebo las conexiones de los enchufes rápidos, esta vez con la mano derecha, que es donde está la palanca. La instalación debería funcionar correctamente. Miro la máquina en su conjunto. Nada nuevo. Volveré a mi puesto a  verificar una vez más si las entradas van o no por el lado adecuado.

Siempre tengo que hacer esa verificación. Nunca me ha salido de forma natural. A pesar de los incansables esfuerzos que hizo mi tutor del colegio de los franciscanos, el cura Don Andrés, nunca he dejado se ser zurdo. Él, en cuanto me veía escribir con la mano izquierda, me castigaba mirando a la pared y mandandome el doble de tarea. Lo que sí es cierto es que, poco a poco, me he ido acostumbrando. Pese a ello, nunca he llegado a incorporarlo como parte de mí.

liberando4En la mili, por ejemplo, sí que lo pasaba mal. Cada vez que teníamos que salir a desfilar, yo iba descoordinado. El primer paso lo hacía, lógicamente, con el pie izquierdo. Después de la pausa, concentrado en soportar el peso del fusil, se me olvidaba de nuevo, y comenzaba, inconscientemente, con el pie izquierdo otra vez. Sin embargo, el campo de tiro era lo peor. Ergonómicamente, todas las armas estaban preparadas para sujetarse sobre el brazo derecho y apuntar con la mirilla en este ojo. Imposible. No acertaba ni un tiro. Mi puntería estaba en el izquierdo, eso no se podía entrenar.

No escribía bien, pero dibujar, eso sí que era mi pasión. Cada vez que me corregía Don Andrés encontraba momentos a escondidas para refugiarme en mis garabatos. Era mi momento de rebeldía. Podía crear monstruos, paisajes, figuras abstractas. Mi mano izquierda tenía plena libertad de acción. Era mi pasión y aquello a lo que siempre me hubiera gustado dedicarme profesionalmente.

Llegado el momento preciso, mis creaciones se quedaron en un cajón. ¡A quién en su sano juicio se le ocurre pensar que puede ganarse la vida con ello! -me aconsejaban-. Yo lo que tenía que hacer era ganarme la vida con un oficio, una profesión de futuro. Mecánico, soldador; fontanero, electricista o forjador. Con los dibujos no se va a ningún sitio.

Esa es la razón por la que estoy hoy aquí, en esta fábrica vacía y fría, solo. Aún con todo,  siempre tengo la posibilidad de ser creativo. Ahora diseño la interfaz de usuario del programa y trato de explicar con símbolos y lenguaje fácil en qué consisten las innumerables secuencias para mover esta maquina. La creatividad sólo se pierde cuando permites que el entorno te corte las alas.

Sin embargo, no era suficiente. Por ello, comencé desde hace un tiempo a explorar diferentes opcionnes que me permitieran, en este caso, dar vida a mis monstruitos. A día de hoy, con mayor o menor frecuencia, participo en la revista de la asociación del barrio y en ocasiones mis creaciones se han convertido en tatuajes, son mi válvula de escape.

Vuelvo a mi puesto. Ya he dejado pasar demasiado tiempo. Saco los auriculares de la mochila y abro la pantalla. Busco entre mis archivos y selecciono mi carpeta favorita para reproducir. Se trata de una recopilación de las canciones de piano que mi hija ha interpretado durante sus, hasta el momento, seis audiciones públicas, que han sido grabadas. La calidad de sonido no es la mejor, pero es, de lejos, lo que más me ayuda a concentrarme.



If[$your mind is free$]=Then
     Result= {no matter the rest}

Cruce hacia mi destino

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No me gusta conducir. Voy recorriendo las calles de la ciudad entre semáforos y farolas, bajo la lluvia, sin un camino fijo pero con ganas de llegar al hotel. Hace frío y estoy cansado después del largo día de trabajo.

Sé que tengo que salir de la ciudad y buscar el cartel de “todas direcciones”, pero no puedo ir lo suficientemente lento como para leer bien la información. Las luces del coche de atrás están demasiado cerca y hay mucho tráfico. No puedo girar a la derecha en este cruce por lo que, sin querer, lo dejo pasar, me alejo y espero a que el GPS vuelva a recalcular.

Recuerdo una de las primeras veces que me tocó conducir fuera de casa. En aquella ocasión estaba en Alemania haciendo visitas con mi jefa ganándome el puesto de trabajo y entramos en un bucle. Literal. Yo acababa de empezar a trabajar y Concha venía a hacer seguimiento conmigo.

Los viajes solos como el de hoy se me hacen por lo general monótonos, más pesados, tengo tiempo hasta de cansarme de mí mismo. Aunque cierto es que hay veces que es mejor estar solo que mal acompañado.

cruce2En aquella ocasión también iba siguiendo las instrucciones del GPS. Indicó girar a la derecha y ahí sí que pude hacerle caso. En el momento en el que me quise dar cuenta, comenzó a recalcular. Hay veces que estos aparatos se vuelven locos. ¡Cuando no es por uno, es por el otro! En fin, di media vuelta y, cuando conseguí incorporarme de nuevo a la autopista, esta vez le presté toda mi atención para no volver a equivocarme en el cruce.

- En la próxima salida, gire a la derecha...-dijo la voz electrónica en un perfecto castellano-.

En esta ocasión no había duda. Giré a la derecha y deslicé la vista hacia la pantalla para asegurarme de que era ése el camino con un gesto de satisfacción.

- Recalculando, por favor espere... -susurra el pasajero invisible-.

Nos habíamos entretenido en exceso en la visita anterior y no teníamos mucho tiempo.

Además, los alemanes exigen puntualidad extrema. El sudor hacía que me resbalaran las manos sobre el volante. Esto no pintaba bien.

Interrumpiendo mi sentimiento de preocupación, Concha suelta un resoplido y estalla un incómodo silencio. Llevaba un rato intentando escribir un e-mail en la minúscula pantalla de su blackberry, el invento revolucionario de la época, y no había prestado atención al camino.

Mi corazón empezó súbitamente a palpitar con fuerza.

- <<¡Piensa Asier, piensa! !Cómo te has podido volver a equivocar!>>

cruce5La información del GPS estaba clara, por la voz y en el plano; la indicación en la carretera también, entonces... Un momento, el cartel informativo que acabábamos de dejar atrás. Quería recordar que tenía dos flechas que marcaban desviación a la derecha. ¡Eso es! Tenía que salir en la segunda desviación. Vuelta a empezar.

En las autopistas alemanas es habitual encontrarse dos vías de salida en cada cruce. Inconscientemente, respiré con alivio aunque el corazón seguía latiendo a la misma velocidad. Cada vez estábamos más cerca de la hora de la reunión y todavía seguíamos en ese embrollo.

Por fin, llegamos de nuevo al punto del mismo cruce. Esta vez tomé la primera salida con decisión. Mantuve la velocidad, puesto que no debía reducir para entrar en el lazo circular como en las veces anteriores.

- Pero, ¿qué se supone que haces? ¡Gira a la derecha, ya! -la voz de mi copiloto resurgió firme y concluyente-.

Pegué un frenazo en seco ipso facto. Sentí cómo el corazón se me salió del cuerpo, rebotó en el volante y volvió a mi ser. No podía girar a la derecha porque ya había tomado dos veces ese camino y sabía a ciencia cierta que no era el adecuado. Sin embargo, no tenía la certeza de que la siguiente salida fuese la adecuada. Y pese a que tenía un par de ojos en la nuca mirándome sin pestañear y mi mente estaba bloqueada, el coche seguía acercándose al cruce por su inercia propia.

¿Cuántas veces la vida nos sitúa en una escena similar en la que es preciso hacer ciertas cosas por respetar tradiciones, cumplir con compromisos de seres queridos, etc., sabiendo a ciencia cierta que no son el camino adecuado?

cruce4En un instante, tragué saliva, respiré profundamente y  el tiempo se ralentizó porque lo recuerdo perfectamente. Miré hacia el frente y aceleré para proseguir mi ruta hasta la segunda salida.

Un instante tan sólo. Afortunadamente, el lugar de la visita estaba a dos minutos del cruce y todavía podíamos hacer honor a la puntualidad. Sin embargo, no reparé en la tormenta que se aproximaba.

Desde ese momento no paré de escuchar improperios a un palmo de mis oídos. Más allá de mi conducción, eso sólo fue la mecha que prendió la llama. Mis planes de futuro rotos, por supuesto.

Finalmente llegamos a tiempo. Eso pasó a ser lo de menos. El viaje fue un fracaso. Nunca se volvió a comentar este incidente. La conversación pasó de ser fluida a volverse intermitente y ceñirse a lo estrictamente profesional. Hasta que desapareció.

La verdad es que la incertidumbre de perderme no es lo que me preocupa. Sé que tarde o temprano llegaré. No me gusta conducir solo. Lo que sí me dan pereza son los 40 minutos de camino largo y monótono que me quedan de camino, y que se prolongarán si no estoy atento.

Hoy llegaré cansado al hotel. Pero orgulloso porque sé que llegaré a mi destino.

lanochemasoscura