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Hoy sólo me queda vivir

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Ya no queda nada. Tan sólo unos meses. Pronto dejaré de trabajar.  Hace más de 40 años que llevo en la misma fábrica.

Las cosas han cambiado mucho en este tiempo. Recuerdo el día que entré como si fuera ayer. Los chicos de mi quinta iban a la mili. Las mujeres, a trabajar a la fábrica. No había más. Con un poco de suerte nos quedábamos en la aldea y no teníamos que ir en bici al pueblo de al lado. Eran pocos los aventureros que se alejaban y desplazaban a otras ciudades. No había necesidad, eran otros tiempos.

vivir2Ahora, cada vez más cambios, más rotación. Compañeros que se marchan, otros que llegan de zonas mucho más alejadas que los pueblos del valle, incluso de otros países. A trabajar aquí. Parece que  el clima social está muy agitado.

Amanece un nuevo día de sábado. Mi nieto sale en tropel con el resto de chicos del pueblo, preparados para el partido de fútbol  de la semana. Disfruto de esta rutina después de una semana de trabajo.  Otros amigos de la cuadrilla, después de jubilarse, pueden aprovechar más tiempo con los pequeños. Para mí, cada minuto es un tesoro.

A pesar de esto,  durante los últimos años tengo un sentimiento contradictorio. Estuve rogando durante muchísimo tiempo, pidiendo que llegara pronto mi jubilación. Hoy, después de la larga recuperación, me alegro de seguir yendo cada día que pasa a trabajar.

Me paso la jornada pegada al teléfono. Apuntando recados: datos, fechas, citas, entregas. Afortunadamente, no me da tiempo de estar aburrida. Soy capaz de hacer un montón de cosas a la vez.  Con el teléfono pegado al hombro derecho y sujetándolo con el cuello para tener las manos libres y hacer anotaciones, recoger los pedidos de la impresora, sacar los archivadores del armario, cualquier cosa que necesite.

vivir5Con el tiempo, comencé a notar molestias en el hombro al llegar a casa. -Un mal día- pensaba. Cuando pasó a ser más frecuente, me preocupé. En el momento en el que llegó a ser rutinario, se convirtió en una pesadilla.

Fue entonces cuando busqué ayuda.  Sorprendentemente, descubrí que, en realidad, no era tan hábil como yo creía. El médico me preguntó si movía ambos brazos para desenvolverme con todas mis tareas. -¡Vaya pregunta más tonta!- me dije. Entonces y sólo entonces, me di cuenta de que no era así.
La postura para sostener el teléfono exigía que mi hombro se mantuviera ejerciendo una fuerza constantemente. Es un gesto intuitivo, pero si se mantiene de forma continua a lo largo de años, pasa a ser todo lo contrario a una posición ergonómica.

A partir de ahí mi percepción sobre el mundo cambió. A partir de entonces comencé a tener consciencia de cada uno de los movimientos que ejecutaba con el brazo derecho. Sin darme cuenta, había pasado a utilizar el brazo izquierdo para todo. El derecho estaba inmóvil, muerto, se había convertido en una prolongación del teléfono. Ya no servía para nada más.

Durante el día no me dolía porque me había acostumbrado a hacerlo vago. Era sólo cuando llegaba a casa y me ponía el pijama. En aquel preciso instante sentía ese dolor intenso que me acompañaba hasta la cama. Sólo entonces, cuando no podía evitar el dolor, tomé consciencia real de mi problema. Antes, siempre lo había ocultado inconscientemente.

vivir4-¿Cuánto tiempo llevaba evitando movimientos con el brazo? ¿Cómo no había podido darme cuenta antes? ¿Por qué nadie se había percatado de mis gestos anómalos? ¿Acaso lo veían pero no me alertaban porque les convenía? ¿Qué es lo que he dejado de hacer durante todo este tiempo? ¿Cómo me va a afectar esta limitación a partir de ahora?- Una infinidad de preguntas se atropellaban en mi mente, y se me cayó el mundo encima.

Comencé la rehabilitación pero no se trataba de un problema aislado. Era un gesto postural. Hábito, mal hábito mejor dicho. Recibí tratamiento durante más de un año. Me aliviaba el dolor pero no corregía mis rutinas. Eso tan sólo podía hacerlo yo. -¡Qué bien me hubiera venido la jubilación en aquel momento!-, me repetía con frecuencia.

El reconocimiento sincero de un problema es el primer paso. El hecho de querer cambiar lo que no funciona bien del todo posiblemente acarrea tan sólo resultados positivos parciales. Ante esta situación, es preciso cortar de raíz y volver al principio. Es incierto, incluso peligroso,  pero reporta mayores beneficios a la larga. Sin embargo, no se trata de un comienzo en absoluto. Todo lo anterior sirve como experiencia correctiva, aprendizaje para no volver a cometer los mismos errores.

vivir6Me operé el brazo derecho. Al fin. A mis entrados 50 años, ¡mira si me lo pensé!. Fue una de las decisiones más acertadas que he tomado en la vida.  

La rehabilitación fue larga y no resultó fácil. A pesar de ello, me esforcé al máximo para recuperar completamente la movilidad. Y lo conseguí. Tan sólo lamento no haberlo hecho antes.

Hace ya más de cinco años que tomé esa decisión, parece que fue ayer. Ahora, por el contrario, no quiero que me llegue la hora de la jubilación. Todavía me quedan muchas cosas por hacer. Me he quitado un gran lastre de encima, mucho mayor de lo que pensaba. ¡Quién habló de retirarse, yo aún soy muy útil!

Hoy sólo me queda vivir.
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