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Oferta de secretaria de dirección, convocatoria cerrada

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- Cariño, los compañeros de pádel han reservado una pista de pádel el viernes ¿Crees que te dará tiempo a venir un poco antes para quedarte con los niños?, se escucha de fondo entre el sonido del grifo y el ruido de platos chocando entre ellos mientras Jose friega los cacharros.

"Si Freddy está pidiendo que le incluyamos estas piezas es porque Alicia al final no ha mandado la cotización revisada de los repuestos como comentamos.  ¡Esta tía hace lo que le da la gana!. Creo que tengo a mano la ultima versión. Lo reviso en un segundo y se lo envío antes de que se acabe el día en Ecuador'', pienso mientras dejo el móvil en la mesa y me levanto para buscar el portátil, despacito para no despertar a Rubén y Ana que acababan de dormirse.

Jose se calla esperando mi respuesta, pero, al verme levantar, cierra el grifo y se queda mirándome fijamente.

oferta3- ¿Y qué me has dicho entonces que hay que comprarle a los niños?, le pregunto entrecortada, porque no me acordaba de lo que me había dicho.

- Cariño, esto no puede seguir así. Acabas de reincorporarte al trabajo, no puedes estar todo el rato pendiente del móvil. Las cosas no se han hecho como te hubieran gustado mientras estabas de baja, pero la empresa tampoco se ha ido a la quiebra. Como sigas así se te va a cortar la leche muy rápido como con Ana.

Jose tenía razón. Lo había vuelto a hacer. Supongo que es la misma sensación que tiene un fumador cuando enciende un cigarrillo después de haber hecho el propósito de dejar de fumar. Agaché la mirada, bajé los hombros y me desplomé sobre sus brazos.

A día de hoy, todavía no entiendo cómo he llegado a esta situación. Desde luego que no me apetece ni lo más mínimo estar pendiente a todas horas del móvil. Ha llegado un momento que ni siquiera me siento bien cuando contesto a estos mensajes de trabajo porque siempre siguen quedando muchos más pendientes. Pero lo sigo haciendo porque me he comprometido a ello.

Lo peor de todo creo que es que siquiera me gusta mi trabajo. Soy una persona metódica y ordenada, o al menos a mi manera. Todas las tareas tienen sus procedimientos establecidos. Si no es así, me gusta tener iniciativa para crear nuevas pautas.

No entiendo cómo puede ser tan complicado que la gente adopte estos procedimientos para que yo pueda controlar fácilmente cómo se ejecutan las tareas en cada momento. Siempre tiene que haber algún imprevisto.  

Cuando yo empecé a trabajar no me importaba quedarme horas extra. Lo importante era que la documentación estuviera bien trabajada y se mandara a tiempo. No necesitaba ninguna motivación especial. Tan sólo quería que mi trabajo fuera correcto y me empeñaba a fondo para conseguirlo.

Me desconcierta pensar en cuáles pueden ser las razones para que mis recursos, los miembros de mi equipo, tengan problemas para mandar la documentación a tiempo y entreguen el material incompleto. Al final soy yo la que tiene rendir cuentas de su trabajo y necesito tenerlo todo bajo control, aunque ya no puedo supervisar por completo todas las tareas como me gustaría.

oferta2Supongo que ahora, además, mi dedicación pesa un poco más porque con mis hojos no es sólo mía, ha dejado de ser la prioridad principal en mi vida.

Todavía hoy me planteo por qué acepté la responsabilidad de liderar un equipo de trabajo, con lo cómoda que estaba cuando conocía la forma de llevar a cabo las tareas que venía realizando de forma habitual. Por mucho que lo intente, nunca se puede controlar 100% el resultado.

A mí me pareció adecuado que contrataran a un responsable para que trabajara en el departamento técnico con el compañero que entró conmigo porque en ese momento ni él ni la empresa entendían que estuviera capacitado para una responsabilidad mayor. Sinceramente, yo tampoco creía estarlo. Sin embargo, si me lo ofrecieron y si lo rechazaba tenia la impresión de que podía perder la confianza que tanto trabajo me había costado ganar. A día de hoy, con los comentarios y acciones que se han ido sucediendo, creo que ese argumento era correcto. Hay veces que la presión social es más fuerte que la motivación propia.

Según pasan los años me voy dando cuenta de que ese sentimiento de encrucijada entre lo que haces y lo que te gustaría hacer, pese a lo que cabría esperar, va en aumento. Entonces toca que hacer frente a nuevas situaciones: asumir errores críticos en la ejecución que condicionan volver a comenzar de nuevo con un mismo proyecto, defender nuevas ideas o presupuestos para implementar nuevos procesos planteados por el equipo de las que no estoy convencida por completo, pero sobre todo superar el reto de gestionar personas, con diferencia lo más complejo de cuantas tareas pueda ejecutar.

En estos años he hecho frente a situaciones insoportables, he sofocado rebeliones, he logrado mantener el orden. Poco a poco el equipo fue creciendo, y a su vez el control pleno se difuminó. A día de hoy tengo un equipo nuevo, todos los que empezaron conmigo ya no están, a veces por su incompetencia para el puesto, otras porque según su perspectiva, decidieron cambiar por algo mejor.
 
Creía que los desencuentros eran por razones personales de cada uno de ellos, pero me he encontrado con que con mi nuevo equipo estoy viviendo las mismas situaciones, con lo que me cuesta culpar a la gente oferta6que me ha abandonado de la problemática diaria, como lo hacía siempre. Ahora, otras personas han hecho este relevo, están sufriendo la misma presión, tengo que controlar todo a costa de lo que sea.

Pasa el tiempo y la gente se va, compañeros con los que has trabajado codo a codo en los momentos más críticos. Se esfuman sin más, y pierdes su pista, para siempre. No son familiares con los que siempre te vas a juntar en la cena de navidad, ni vecinos que ves con frecuencia a la vuelta de la esquina. ¿Qué sentido ha tenido tanto consenso y esfuerzo por hacer las cosas juntos?

Sería mucho más feliz si pudiera dedicarme a ser secretaria de dirección, como al principio, aunque para el jefe sigo haciendo el mismo trabajo. Al menos así no llevaría a cuestas estos desencuentros.

- Cariño, los compañeros de pádel han reservado una pista el viernes a las 8. Espero que te de tiempo de venir porque esta semana eres tú quien va a ir a jugar, afirmó categóricamente Jose.

¡Vuelve, tata, vuelve!

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Las cenas familiares en mi casa siempre tienen un tinte aburguesado con el que vestirse con las mejores galas para atender con astucia preguntas incómodas que están latentes durante todo el año y se manifiestan en un solo instante en forma de fuegos artificiales que se extienden en todas direcciones.

"¡Tata, saca las copas de la estantería de encima!", gritó mi hermana desde la cocina. Tras vacilar durante unos segundos, me levanté del sofá para tener una vista en conjunto del mueble donde se guardaba la cristalería.

Se trataba del armario de madera de cerezo con detalles ornamentales vegetales que cubría por completo la pared principal del salón. Con cuatro zonas diferenciadas, la vajilla y la cristalería se encontraban en la tercera división, la única con puertas acristaladas.

tata3Las copas en cuestión, que formaban parte del ajuar de boda de mis padres, eran las que utilizábamos única y exclusivamente para este tipo de eventos. Se encontraban detrás del juego de café, en el mismo sitio de siempre. Me limité a sacar con cuidado el conjunto de tazas antes de comenzar con las copas. Después de esta minuciosa ceremonia de preparación, hice el recuento de copas, que cada vez que se manipulaban iba menguando, y en este caso tuve que completar con el juego que compramos las vacaciones que fuimos a Portugal.

Me resultaba extraño que mi hermana pequeña, a la que tantas y tantas veces en la infancia le había puesto la cena, estuviera preparando los entrantes en la cocina y organizándolo todo. Cada vez que abría el armario y veía la cristalería en el mismo lugar que siempre, tenía la sensación de que ese mundo familiar que había conocido no cambiaba ni cambiaría, aunque me hubiera ido de casa hacía tiempo y, probablemente, las tazas fueran las únicas que perduraran. Y a veces se rompían.

A pesar de que habíamos empezado a preparar la comida con tiempo, cuando tenía la mesa cubierta por completo de tazas y platos y estaba subida encima de una silla para llegar a la última fila de copas, suena el timbre. Me han pillado en el peor momento, pensé.

Afortunadamente, se trataba de Ana, la vecina del bloque de al lado, amiga de mi hermana, que había quedado con ella porque le había pedido que le devolviera la chaqueta negra de terciopelo que se quería poner esta noche cuando saliera con los amigos para celebrar su cumpleaños.
Ana le había comentado a su hermano Roberto, que también jugaba con ellas de pequeño, que iba a pasarse por aquí, así que cuando volviera de ir a buscar el pan, vendría a casa para felicitarla y marcharse juntos.

Estuvieron hablando un rato sobre el vestido que mi hermana tenía pensado ponerse, el recogido del pelo y el maquillaje. Yo los observaba entre el brindis de copas y tazas que ya había comenzado a guardar de nuevo. Entonces me di cuenta de que yo no había tenido nunca ese tipo de conversaciones con ella durante todo este tiempo que había estado fuera, antes bien: nuestras conversaciones habían pasado de pedirme que la llevara a los columpios a explicarme qué hacer para organizar una comida.

tata2Cuando llegó Roberto ya me había dado tiempo de organizar y cerrar el armario y estaba con los cubiertos. Ana fue a abrirle la puerta. Hacía muchísimo tiempo que no veía a este chico. Yo lo recordaba porque llevaba gafas y tenía unos ojos pequeños y siempre medio cerrados. Parecía que, cuando hablaba con él, estaba siempre medio dormido. Había crecido y ahora era… ¡Todo un hombretón!

Roberto y mi hermana se saludaron y, tras un abrazo efusivo, Ana volvió al salón: "Vamos Cris, vamos a buscar a papá para que nos lleve a casa", exclamó. Rápidamente, se escucharon unos pasos suaves y alborotados a la vez.  

Entonces, cuál no fue mi sorpresa cuando apareció una niñita con el pelo clarito y rizado con un lazo, un vestido rosa de tablitas y unos zapatitos con calcetines blancos de punto. ¡Vaya, no sabía que Roberto había tenido una hija, qué rápido pasa el tiempo!, pensé.

Yo no había conocido a esa niña, pero el ruido de sus pasos me resultó conocido. Ella entró en el salón, vio a su padre y, para mi sorpresa, en vez de agarrase a sus piernas, siguió andando hacia mí. Solté rápidamente los cuchillos de la mano y me agaché con las manos abiertas esperando a que llegara.
A mi hermana le encantaba cuando me ponía en el otro lado del pasillo esperándola con los brazos y las piernas abiertas: saltaba para abrazarme y yo le daba una vuelta en el aire.

Cuando se acercó más, la miré fijamente a la cara. Era, era… la cara de mi hermana de pequeña. Miré de reojo a mi verdadera hermana y abracé a la niña con todas mis fuerzas. Cerré los ojos para darle un beso y, cuando me quise dar cuenta, tenía los brazos cruzados.

Se esfumó sin avisar. Abrí los ojos para mirar alrededor pero vi oscuridad. Noté un latido profundo y me incorporé. Esa noche no volví a conciliar el sueño.

Cerca y lejos, amigas

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- Este cruce me suena, creo que ya hemos pasado por aquí -comenta Eva mientras me mira por el rabillo del ojo.

Yo también tenía esa impresión, pero desde que hemos entrado en este pueblo de algún lugar de Irlanda estoy intentando orientarme en el mapa general de carreteras y no consigo encontrar la circunvalación en dirección este para Dublín.

-Tienes razón. Para donde veas a alguien para preguntar cómo volver a nuestra ruta. Mira esas chicas -le dije señalando a una mujer que parecía que iba con su hija adolescente.

Ella asintió con la mirada cansada después de conducir todo el día y el día anterior. Debo reconocerlo, soy negada para conducir por el sentido contrario. Por eso le tocaron todos los kilómetros al volante. A pesar de ello, logramos compenetrarnos bien puesto que yo sería quien interactuara en inglés cuando fuese necesario.  

amigas2-Excuse-me, I’d like to take the road to Dublin, can you please tell me the right direction? -me dirigí hacia ellas por detrás acelerando el paso para alcanzarlas ya que no se habían dado cuenta de que quería hablarles.

En cuanto se volvieron, comprendí que esa idea había sido un error. Sus rostros huesudos y demacrados no me inspiraron nada de confianza. Contestó la mujer mayor, la primera persona gangosa que conocí hablando en inglés. Estuve durante un rato haciendo verdaderos esfuerzos para hacerme entender sin éxito, sin comprender muy bien si el problema de comunicación era conmigo o con ellas, hasta que creí entender que insinuaron subirse al coche y acompañarnos hasta encontrar el camino de salida.

En ese momento, miro a Eva desde lejos en un intento psicológico de escapar de aquella situación tan incómoda. Les digo que esperen un momento, que tenía que explicárselo a mi amiga y echo una carrera de vuelta al coche, acercándome hasta la ventanilla del conductor. Ellas, lejos de esperar allí, comienzan a caminar acercándose, siguiéndome.

- ¿Era el cruce a la derecha que hemos pasado hace un rato, verdad? -sugiere Eva sin despegar los ojos del mapa.

- Esto... Tenemos un problema. Dicen que se montan en el coche y no sé cómo quitármelas de encima…

- ¿Cómo dices? Entra por tu puerta rápido y no mires hacia atrás -me ordenó apresuradamente.

Visto y no visto; cerré la puerta del copiloto cuando ya habían tocado el maletero del coche; Eva cerró los pestillos de seguridad, pisó a fondo y nos dejamos los neumáticos en el asfalto en la arrancada.


Durante un buen rato permanecimos en silencio. La circunstancia de estar perdidas había pasado a ser irrelevante. De hecho, estábamos allí porque íbamos a visitar a Mar, una amiga que tuvo que regresar urgente y anticipadamente a España y, pese a ello, decidimos seguir adelante con el viaje. Realmente no nos habíamos fijado un destino o una ruta determinados, queríamos tan sólo pasar una semana juntas.

amigas3Eva siempre fue más precoz que el resto de chicas del colegio, más despierta y astuta con respecto a los dilemas de la vida. Si bien es cierto que la necesidad agudiza el ingenio, su caso es el vivo ejemplo.

Cuando regresó al instituto, como no podía ser de otra manera, se juntó con las chicas populares.

-¡Mírala cómo se mueve con esas pedazo de tetas, aquí viene ahora a enseñarnos el mundo! -Dijo un compañero señalando sus formas femeninas ya definidas por aquel entonces que los chicos de clase no dejaban de reparar.

Yo, por el contrario, no miraba eso. Para mí era mi amiga de la infancia, con quien compartí momentos tan íntimos como las tardes sudorosas en el vestuario a la salida de judo. Éramos las únicas chicas, con tan sólo seis añitos. Me venía a la mente aquella tarde en la que nos despedimos en clase porque sus padres se mudaban y se cambiaba de colegio. Ese día la tela del baby de cuadros azules y blancos no bastaba para empapar las lágrimas que intentaba esconder con esmero pero sin éxito.

Poco a poco nos acercamos de nuevo. Mis compañeras y yo nos quedábamos maravilladas con sus historias. Había vivido fuera y sabía un montón de cosas que en el pueblo eran impensables.

Inmersa en mi nube de pensamientos, miro el espejo del acompañante y vislumbro cómo se me dibuja una sonrisa al recordar cuando empezaba a contar cosas de chicos. Yo todavía jugaba a las muñecas, y ella ya tenía novio y grandes planes de futuro.

amigas4Con el tiempo, fui yo la que se marchó. Esta vez fue como consecuencia de salir a estudiar fuera y de tener, luego, que marcharme a trabajar. En definitiva, de emigrar, caprichos de la vida. En este caso la rotura no fue tan drástica ni tan prolongada, pero sí que encerraba momentos de soledad, multitud de gotas de lluvia que caen y se evaporan antes de llegar al suelo.

Se fue Mar, me fui yo. Vuelve Mar. Vuelvo yo. A veces sólo una. A veces ninguna. En esa discontinuidad se pierden momentos, se aprovechan otros con más intensidad, se enriquecen las conversaciones, se proyectan hacia nuevas personas, situaciones, dentro y fuera de nuestro entorno cotidiano.

Sin darnos cuenta, por fin tomamos el camino adecuado y ya estábamos rodeadas de los semáforos del centro de Dublin. Como ya habíamos pasado la primera noche ahí, conocíamos la ubicación del hostal, con lo que la llegada fue mucho más sencilla.
-Se está haciendo de noche, Eli, hemos llegado justo a tiempo -dijo de repente Eva soplando la nube de silencio con una corriente de aire fresco.

Llevábamos casi una hora envueltas en en una silente quietud, agradable y sincera pese al cansancio acumulado.

- Vamos antes a Temple bar a tomar una merecida cerveza, que ya nos ducharemos a la vuelta.

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