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Cerca y lejos, amigas

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- Este cruce me suena, creo que ya hemos pasado por aquí -comenta Eva mientras me mira por el rabillo del ojo.

Yo también tenía esa impresión, pero desde que hemos entrado en este pueblo de algún lugar de Irlanda estoy intentando orientarme en el mapa general de carreteras y no consigo encontrar la circunvalación en dirección este para Dublín.

-Tienes razón. Para donde veas a alguien para preguntar cómo volver a nuestra ruta. Mira esas chicas -le dije señalando a una mujer que parecía que iba con su hija adolescente.

Ella asintió con la mirada cansada después de conducir todo el día y el día anterior. Debo reconocerlo, soy negada para conducir por el sentido contrario. Por eso le tocaron todos los kilómetros al volante. A pesar de ello, logramos compenetrarnos bien puesto que yo sería quien interactuara en inglés cuando fuese necesario.  

amigas2-Excuse-me, I’d like to take the road to Dublin, can you please tell me the right direction? -me dirigí hacia ellas por detrás acelerando el paso para alcanzarlas ya que no se habían dado cuenta de que quería hablarles.

En cuanto se volvieron, comprendí que esa idea había sido un error. Sus rostros huesudos y demacrados no me inspiraron nada de confianza. Contestó la mujer mayor, la primera persona gangosa que conocí hablando en inglés. Estuve durante un rato haciendo verdaderos esfuerzos para hacerme entender sin éxito, sin comprender muy bien si el problema de comunicación era conmigo o con ellas, hasta que creí entender que insinuaron subirse al coche y acompañarnos hasta encontrar el camino de salida.

En ese momento, miro a Eva desde lejos en un intento psicológico de escapar de aquella situación tan incómoda. Les digo que esperen un momento, que tenía que explicárselo a mi amiga y echo una carrera de vuelta al coche, acercándome hasta la ventanilla del conductor. Ellas, lejos de esperar allí, comienzan a caminar acercándose, siguiéndome.

- ¿Era el cruce a la derecha que hemos pasado hace un rato, verdad? -sugiere Eva sin despegar los ojos del mapa.

- Esto... Tenemos un problema. Dicen que se montan en el coche y no sé cómo quitármelas de encima…

- ¿Cómo dices? Entra por tu puerta rápido y no mires hacia atrás -me ordenó apresuradamente.

Visto y no visto; cerré la puerta del copiloto cuando ya habían tocado el maletero del coche; Eva cerró los pestillos de seguridad, pisó a fondo y nos dejamos los neumáticos en el asfalto en la arrancada.


Durante un buen rato permanecimos en silencio. La circunstancia de estar perdidas había pasado a ser irrelevante. De hecho, estábamos allí porque íbamos a visitar a Mar, una amiga que tuvo que regresar urgente y anticipadamente a España y, pese a ello, decidimos seguir adelante con el viaje. Realmente no nos habíamos fijado un destino o una ruta determinados, queríamos tan sólo pasar una semana juntas.

amigas3Eva siempre fue más precoz que el resto de chicas del colegio, más despierta y astuta con respecto a los dilemas de la vida. Si bien es cierto que la necesidad agudiza el ingenio, su caso es el vivo ejemplo.

Cuando regresó al instituto, como no podía ser de otra manera, se juntó con las chicas populares.

-¡Mírala cómo se mueve con esas pedazo de tetas, aquí viene ahora a enseñarnos el mundo! -Dijo un compañero señalando sus formas femeninas ya definidas por aquel entonces que los chicos de clase no dejaban de reparar.

Yo, por el contrario, no miraba eso. Para mí era mi amiga de la infancia, con quien compartí momentos tan íntimos como las tardes sudorosas en el vestuario a la salida de judo. Éramos las únicas chicas, con tan sólo seis añitos. Me venía a la mente aquella tarde en la que nos despedimos en clase porque sus padres se mudaban y se cambiaba de colegio. Ese día la tela del baby de cuadros azules y blancos no bastaba para empapar las lágrimas que intentaba esconder con esmero pero sin éxito.

Poco a poco nos acercamos de nuevo. Mis compañeras y yo nos quedábamos maravilladas con sus historias. Había vivido fuera y sabía un montón de cosas que en el pueblo eran impensables.

Inmersa en mi nube de pensamientos, miro el espejo del acompañante y vislumbro cómo se me dibuja una sonrisa al recordar cuando empezaba a contar cosas de chicos. Yo todavía jugaba a las muñecas, y ella ya tenía novio y grandes planes de futuro.

amigas4Con el tiempo, fui yo la que se marchó. Esta vez fue como consecuencia de salir a estudiar fuera y de tener, luego, que marcharme a trabajar. En definitiva, de emigrar, caprichos de la vida. En este caso la rotura no fue tan drástica ni tan prolongada, pero sí que encerraba momentos de soledad, multitud de gotas de lluvia que caen y se evaporan antes de llegar al suelo.

Se fue Mar, me fui yo. Vuelve Mar. Vuelvo yo. A veces sólo una. A veces ninguna. En esa discontinuidad se pierden momentos, se aprovechan otros con más intensidad, se enriquecen las conversaciones, se proyectan hacia nuevas personas, situaciones, dentro y fuera de nuestro entorno cotidiano.

Sin darnos cuenta, por fin tomamos el camino adecuado y ya estábamos rodeadas de los semáforos del centro de Dublin. Como ya habíamos pasado la primera noche ahí, conocíamos la ubicación del hostal, con lo que la llegada fue mucho más sencilla.
-Se está haciendo de noche, Eli, hemos llegado justo a tiempo -dijo de repente Eva soplando la nube de silencio con una corriente de aire fresco.

Llevábamos casi una hora envueltas en en una silente quietud, agradable y sincera pese al cansancio acumulado.

- Vamos antes a Temple bar a tomar una merecida cerveza, que ya nos ducharemos a la vuelta.

Bienvenido a casa

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La persiana de la habitación quedó entreabierta la noche anterior, como siempre. Adormilada, comenzaba a percibir el amanecer que se colaba por los agujeros de las lamas. Normalmente a estas horas ya estoy desayunando, pero los fines de semana me gusta remolonear. ¡Algún día la arreglaré! -me dije mientras me daba la vuelta hacia el otro lado de la cama y me retorcía la almohada sobre los ojos para evitar la claridad-.

Ese era el último instante que podía recordar conscientemente, hace apenas un segundo -pensé mientras me limpiaba las babas que todavía me colgaban de la boca-. Vísceras, eso es lo que acababa de echar. Entrañas del alma, lastre de una noche de excesos que nunca debió ocurrir.

bienvenido2Siento una arcada profunda que me comprime el estómago y me hace estremecer cuando se va. En seguida viene otra. Tengo que hacer tal fuerza para contenerlas, que siento cómo me caen las lágrimas por los párpados. No es llanto voluntario, aunque bien podría serlo.

Necesito ducharme. Con agua bien fría para recuperar la consciencia. O mejor con agua bien caliente, para que me salgan llagas por todo el cuerpo, me arranque la piel de una vez y me limpie, me despelleje como a los pollos y me libere de esta suciedad que me rodea.

Oigo voces. Por todas partes. Presencias extrañas que se cuelan en mi mente y me hacen delirar. Cuanto más alto las escucho, más arcadas me entran. Mantengo la respiración, intento contenerme y contenerlas, pero chillan cada vez más fuerte. Esos sonidos agudos y estridentes me hacen sacar las uñas y agarrarme cada vez más fuerte.  Por fin, silencio.

Yo no quería llegar a esta situación. Me dejé llevar. Ni siquiera sé muy bien cómo he llegado a esta situación. O quizás sí. Por qué no. Realmente, qué es lo que tengo que perder.

Al principio comenzó, como siempre, con un juego. Hacía mucho tiempo que no sentía ese picorcillo de curiosidad. A fin de cuentas, la vida rural no es tan excitante como la de la ciudad. Luego pasó a ser interés.

Siento que la vida pasa rápido, más de lo que puedo darme cuenta cuando estoy inmersa en la rutina del día a día. Todavía recuerdo como si fuera ayer las salidas de marcha con mis amigas. A estas alturas de la vida, todas ellas están casadas y con hijos.

bienvenido4Soy tía. Alicia, mi hermanita pequeña ha dado vida a una criatura hace unos meses. Víctor es encantador. Todavía es muy pequeño pero tiene algo especial. Cuando sonríe le salen unos hoyuelos en los cachetes que lo hacen adorable. ¡Quién diría que ella iba a ser madre antes que yo, si siempre ha sido el juguete de la casa!

La entrada en los 40 no me ha sentado nada bien. Trabajo como administrativa en un colegio desde hace ya más de 10 años. Demasiados si miro mi vida en retrospectiva. Este puesto me hizo desplazarme a una pequeña localidad rural de forma indefinida en la que nunca me he terminado de sentir a gusto y de la que no puedo solicitar traslado manteniendo mi categoría profesional. Sigo esperando a mi príncipe azul, pero cada día tengo más claro que en este minúsculo lugar no lo voy a encontrar.

Alicia no trabaja. No lo necesita. Conoció a su marido hace mucho tiempo, en el colegio privado en el que estudiábamos. Yo rechacé a todos los chicos en esa época. Tenía la cabeza llena de grillos y sueños fantásticos. ¡En que estaría yo pensando! Y ahora, ¿qué es lo que me queda? Algún pobre diablo divorciado de segunda mano con un par de retoños o un agricultor tosco.

Hace un par de semanas regresé a mi ciudad natal para ver a Víctor. Teníamos una reunión familiar que se prolongó más de lo que cabía esperar. Acabé de marcha con mis primos y me encontré con Andrés, un antiguo ligue, en un bar. ¿Coincidencia? ¿Destino? Tan sólo el tiempo lo dirá. Acabamos en su casa, fue un fin de semana perfecto. Volví a recordar esos paseos por la orilla del río, abrazos furtivos, deseos contenidos.

Me encuentro postrada y encajada a los pies del retrete y los tendones de los antebrazos en máxima tensión, dando gracias de haber llegado hasta aquí justo a tiempo. Cuando sientes ganas de vomitar, todos los instintos se desatan para llegar a tiempo. ¿Esto es lo que llaman náuseas de embarazo? Técnicamente, es posible y probable. ¿Es esto lo que quiero realmente? ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a salir adelante? ¿Tengo alguna forma de volver a contactar con Andrés? ¿Quiero volver a verle? ¿Qué le voy a decir a mi familia?

Me encuentro débil, incapaz de pensar en el futuro. Ésta no es la situación ideal que había imaginado, pero es mi vida. Si hay chicas jóvenes capaces de criar a sus hijos, ¿qué es lo que me impide poder hacerlo a mí? Realmente lo tengo claro. Creo que lo tenía decidido antes de que ocurriera. Le voy a dar un primo a Víctor para que juegue con él.

El trabajo hace libre

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Desde la esquina del pasillo se comienzan a escuchar las voces. Azucena acaba de salir del baño. Es su rutina de todos los días. A primera hora de la mañana le da una pasada rápida antes de que los chicos entren en bandada. Desinfecta los urinarios y friega el suelo con rapidez para evitar encontrarse allí cuando lleguen. La entrada todavía está mojada. Cuando acaben, hará las duchas. Ya están aquí.

Andrés llega con aire jovial. Como siempre, su voz fuerte y grave sobresale del resto:

- Tengo un hambre que me muero. No sé que se le habrá pasado por la cabeza ayer a mi mujer, pero con un bocadillo de hierba no puedo aguantar toda la noche. En cuanto salga me voy a ir al Txusmi a por un pincho de tortilla. ¿Alguien se apunta?


Efectivamente, su tripa le delata. Andrés es de buen comer. Y de buen beber, lo que le mantiene ocupado todo su tiempo. Algunos viernes a la salida, varios compañeros se apuntan para desayunar en el bar para empezar con buen pie el fin de semana.

- A mi me toca ir al club de fútbol del chaval. Este sábado le toca jugar fuera y necesito las invitaciones para el público.

José es un apasionado de sus hijos. Vive por y para ellos. Por las mañanas, como tiene un poco más de tiempo para él, sí que se puede quedar con nosotros, pero cuando salimos del turno de tarde, nunca.

Tomás es el más misterioso de todos. Hay veces que pienso que se ducha aquí por no gastar agua en casa. Es capaz de ponerse 2 o 3 días a la semana los mismos calzoncillos. ¿Cuestión de ahorrar o de falta de higiene? En los cinco años que llevo aquí, nunca ha hablado gran cosa acerca de su vida personal. Hay rumores que dicen que está casado, pero no se sabe a ciencia cierta.

- Yo tengo que hacer la compra. Este fin de semana me voy de escapada al pueblo y tengo que preparar las cosas.
Desde que su madre ha empeorado su estado de salud, Esteban está cada vez más ausente. Una vez le preguntaron en los vestuarios qué tal estaba, pero respondió poco más o menos que eso no era de nuestra incumbencia.



En el otro lado está el núcleo joven: Carlos, Luis y los cinco nuevos que han entrado nuevos este año, con una conversación en paralelo. Somos muchos y ellos van siempre un poco más independientes.  

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En realidad, cada uno va a lo suyo. Tenemos bien definido lo que nos toca hacer en planta. Sabemos lo que hay que hacer. Nadie destaca sobre los demás. Echamos nuestras ocho horitas y a esperar a ver la cuenta a fin de mes. Los turnos, el trabajo, todo se convierte en rutinario. Quizás no es lo que había soñado de niño, pero de algo hay que comer.

Comencé a trabajar como ayudante de fontanero. Ese fue mi primer trabajo. Todavía hoy guardo un recuerdo de tensión constante que me encoge las venas. Paco era su nombre. Ni siquiera con el paso del tiempo puedo comprender por qué esa situación me superó de tal manera.

El trabajo era más variado que el montaje que hago aquí, de eso no hay duda. Por el contrario, no se trataba de tareas excesivamente complejas. Tan sólo había que estar atento y ser cuidadoso. Hacer las tareas preliminares, picar y recoger los escombros y acabar los trabajos. Nunca llegué a soldar, especialmente desde el día que se me olvido poner el hilo de cáñamo en las juntas tóricas de una obra y tuvimos que volver al día siguiente, . Era imprescindible asegurarse que el almacén se quedaba en orden, en su orden claro.

El día que me olvidé de cerrar la bombona de gas fue el último. Al regresar al día siguiente, estaba vacía (afortunadamente no pasó nada). Tanto por su parte como por la mía sabíamos que esa situación era insostenible. Desde luego que el sueldo no compensaba la vigilia constante de aquellos días.

Paco mostraba en cada minuto su descontento por la forma en la que hacía las cosas, lo que me llevaba a pensar que estaba haciendo todo mal, incluso antes de haber empezado con las tareas. Llevaba toda la vida trabajando en el oficio y su destreza era evidente. Sin embargo, sus dotes como maestro brillaban por su ausencia, y no se manifestaron con mi paso por su vida.

Un buen maestro nunca contra ataca con un golpe de espada directo a la cabeza, sino que se esmera en esquivar los golpes que recibe del aprendiz, se envuelve con ellos, los materializa haciendo suyos, y los desvía, alejándose. Tan sólo así se eliminan por completo y se puede aprender de ello. En el caso contrario, de una u otra forma acaban volviendo.

libre4Por mi parte, cuanto más pensaba en hacer las cosas bien, peor me salian. Ponía mucho énfasis en los detalles, y se me olvidaban las cosas principales. Echaba horas sin control para hacerlo todo perfecto. Incluso cuando llegaba a casa, no podía desconectar.

Es posible que salir de un turno de noche en una cadena de montaje no sea mi trabajo de ensueño, pero después de aquella experiencia, pasar a ser uno más fue un alivio.

- Yo hoy tampoco puedo chicos. Con el turno de noche llego cansado a casa y no hago nada.

 Ahora, concentro mi tiempo personal en crear aquello en lo que siempre he creído, al igual que mis compañeros. Llegué aquí para conseguir un dinero extra mientras estaba estudiando, y a estas alturas, me falta muy poco para acabar mis estudios como maestro y tomar de nuevo las riendas de mi vida.

- Necesito aprovechar estos días para adelantar el proyecto- Les hubiera dicho. Sin embargo, desde el primer momento me pareció pretencioso decir que me estaba sacando un título a la vez. Queda poco; cuando acabe, lo haré.

Tengo ganas de convertirme en ese profesor capaz de canalizar las expectativas de sus alumnos, poder concentrar mi energía en hacer aquello que me hubiese gustado recibir en mi época. Ha sido largo y sacrificado llegar hasta aquí, pero tengo la sensación de que superaré todas las dificultades que se antepongan en mi camino.

A fín de cuentas, involuntariamente, el trabajo es una dedicación importante en la vida, un arma de doble filo. De tí depende que se convierta en la rutina que gobierna tus días, o en el estímulo que te acompaña para cumplir tus deseos, para hacerte libre.

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