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¡Vuelve, tata, vuelve!

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Las cenas familiares en mi casa siempre tienen un tinte aburguesado con el que vestirse con las mejores galas para atender con astucia preguntas incómodas que están latentes durante todo el año y se manifiestan en un solo instante en forma de fuegos artificiales que se extienden en todas direcciones.

"¡Tata, saca las copas de la estantería de encima!", gritó mi hermana desde la cocina. Tras vacilar durante unos segundos, me levanté del sofá para tener una vista en conjunto del mueble donde se guardaba la cristalería.

Se trataba del armario de madera de cerezo con detalles ornamentales vegetales que cubría por completo la pared principal del salón. Con cuatro zonas diferenciadas, la vajilla y la cristalería se encontraban en la tercera división, la única con puertas acristaladas.

tata3Las copas en cuestión, que formaban parte del ajuar de boda de mis padres, eran las que utilizábamos única y exclusivamente para este tipo de eventos. Se encontraban detrás del juego de café, en el mismo sitio de siempre. Me limité a sacar con cuidado el conjunto de tazas antes de comenzar con las copas. Después de esta minuciosa ceremonia de preparación, hice el recuento de copas, que cada vez que se manipulaban iba menguando, y en este caso tuve que completar con el juego que compramos las vacaciones que fuimos a Portugal.

Me resultaba extraño que mi hermana pequeña, a la que tantas y tantas veces en la infancia le había puesto la cena, estuviera preparando los entrantes en la cocina y organizándolo todo. Cada vez que abría el armario y veía la cristalería en el mismo lugar que siempre, tenía la sensación de que ese mundo familiar que había conocido no cambiaba ni cambiaría, aunque me hubiera ido de casa hacía tiempo y, probablemente, las tazas fueran las únicas que perduraran. Y a veces se rompían.

A pesar de que habíamos empezado a preparar la comida con tiempo, cuando tenía la mesa cubierta por completo de tazas y platos y estaba subida encima de una silla para llegar a la última fila de copas, suena el timbre. Me han pillado en el peor momento, pensé.

Afortunadamente, se trataba de Ana, la vecina del bloque de al lado, amiga de mi hermana, que había quedado con ella porque le había pedido que le devolviera la chaqueta negra de terciopelo que se quería poner esta noche cuando saliera con los amigos para celebrar su cumpleaños.
Ana le había comentado a su hermano Roberto, que también jugaba con ellas de pequeño, que iba a pasarse por aquí, así que cuando volviera de ir a buscar el pan, vendría a casa para felicitarla y marcharse juntos.

Estuvieron hablando un rato sobre el vestido que mi hermana tenía pensado ponerse, el recogido del pelo y el maquillaje. Yo los observaba entre el brindis de copas y tazas que ya había comenzado a guardar de nuevo. Entonces me di cuenta de que yo no había tenido nunca ese tipo de conversaciones con ella durante todo este tiempo que había estado fuera, antes bien: nuestras conversaciones habían pasado de pedirme que la llevara a los columpios a explicarme qué hacer para organizar una comida.

tata2Cuando llegó Roberto ya me había dado tiempo de organizar y cerrar el armario y estaba con los cubiertos. Ana fue a abrirle la puerta. Hacía muchísimo tiempo que no veía a este chico. Yo lo recordaba porque llevaba gafas y tenía unos ojos pequeños y siempre medio cerrados. Parecía que, cuando hablaba con él, estaba siempre medio dormido. Había crecido y ahora era… ¡Todo un hombretón!

Roberto y mi hermana se saludaron y, tras un abrazo efusivo, Ana volvió al salón: "Vamos Cris, vamos a buscar a papá para que nos lleve a casa", exclamó. Rápidamente, se escucharon unos pasos suaves y alborotados a la vez.  

Entonces, cuál no fue mi sorpresa cuando apareció una niñita con el pelo clarito y rizado con un lazo, un vestido rosa de tablitas y unos zapatitos con calcetines blancos de punto. ¡Vaya, no sabía que Roberto había tenido una hija, qué rápido pasa el tiempo!, pensé.

Yo no había conocido a esa niña, pero el ruido de sus pasos me resultó conocido. Ella entró en el salón, vio a su padre y, para mi sorpresa, en vez de agarrase a sus piernas, siguió andando hacia mí. Solté rápidamente los cuchillos de la mano y me agaché con las manos abiertas esperando a que llegara.
A mi hermana le encantaba cuando me ponía en el otro lado del pasillo esperándola con los brazos y las piernas abiertas: saltaba para abrazarme y yo le daba una vuelta en el aire.

Cuando se acercó más, la miré fijamente a la cara. Era, era… la cara de mi hermana de pequeña. Miré de reojo a mi verdadera hermana y abracé a la niña con todas mis fuerzas. Cerré los ojos para darle un beso y, cuando me quise dar cuenta, tenía los brazos cruzados.

Se esfumó sin avisar. Abrí los ojos para mirar alrededor pero vi oscuridad. Noté un latido profundo y me incorporé. Esa noche no volví a conciliar el sueño.

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