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Fantasías animadas

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Soy un ser dado a la dispersión, que le vamos a hacer. Mi capacidad de concentración puede ser intensa o sencillamente ínfima y mi pensamiento puede trasladarse de un extremo a otro de mi cerebro, en un extraño pero continuo hilván de ideas que no necesariamente tienen que ver entre sí.

Pienso con frecuencia en las sesiones de cine dobles de antaño, cuando Madrid era un hervidero de salas donde se podía elegir entre cine de estreno, reposiciones de viejas películas o clásicos atemporales. Ahora, muchas de estas salas se han reconvertido en tiendas de ropa, zaras, mangos, haches y emes, establecimientos de comida rápida, o lo que es peor, han quedado completamente abandonados, transmutados en enormes edificios fantasmas. Espacios para la cultura devorados por el frenesí consumista. Hoy apenas quedan en Madrid capital una treintena de salas, unas pocas más que en 1923.

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Las mareas

mascaras

Hay días hermosos y días terribles. Mañanas que amanecen luminosas, vivas, transparentes y otras que se levantan oscuras, apagadas, turbias.

En los días terribles, Almost blues, el sol no ilumina mi alma y el mundo se revela insondable, hostil. Una sombra negra cae sobre mí y se apodera de todo. Arrasa mi interior, como un tsunami, arranca lo mejor de mí y deja un rastro de desolación a su paso. Estos días existen desde que tengo memoria. Son como un virus. Llegan, infectan mi organismo, se reproducen... y no hay antivirales patentados, sólo el tiempo y la experiencia me han enseñado a tratarlos. Hay que dejarlos pasar. Como vienen, se irán. Mientras tanto, mi sistema inmunológico se defiende como puede, con mis propios remedios caseros, mis estupefacientes naturales.

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Alrededor de la medianoche

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Llego reventada a La Central. Ha sido un día duro aunque no llego a comprender por qué mi cuerpo se comporta como si me hubiera machacado en una maratón sin fin. El dichoso portátil pesa, si. Mi bolso está sobrecargado como es habitual, qué novedad. He llegado estresada y acelerada a la reunión, mi mente no ha dicho basta hasta el momento del "adiós, muy buenas" y mi cabeza parece que vaya a estallar, perfecto. A mí me da que estoy incubando algo o, aún peor, este virus de mierda lleva viviendo conmigo desde Navidades y se resiste a abandonarme. Me da algunos descansos entre batalla y batalla, pero siempre vuelve. ¡Cuánto amor no correspondido!

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