mar

2000 metros

Mis dedos se mojan en el agua que rebosa el borde del vaso. Siento la humedad, el olor al cloro. Dejo mis gafas de nado sobre las chanclas y me sumerjo de cabeza en una calle libre. No hay dinero en el mundo que pague esta primera sensación. Me acerco al borde para colocarme las gafas y miro el reloj. Me resta una hora escasa para nadar. Coloco la botella de agua junto a mis chanclas que utilizo como contador, para no perder la cuenta de las series. Arranco a crol.

Siempre me gustó el agua. Mis recuerdos de infancia están llenos de piscinas hinchables en el patio de casa, juegos de agua con los vecinos, persecuciones a manguerazos y domingos familiares en la piscina del antiguo Motel Los Olivos.

Veo a mi madre bañándome en una especie de jofaina, creo que aún no había cumplido ni un año. Estoy empapada y ya tengo la misma cara de tonta felicidad que siempre me ha provocado el contacto con el agua. Ella me lo recuerda siempre, el agua nunca me provocó ni miedos, ni llantos. Mi padre me enseñó a nadar como a todos mis hermanos en cuanto tuvo la oportunidad. Años después emplearía sus veranos en enseñar a sus nietos, en una especie de tradición familiar.

Las primeras cinco series siempre se me hacen lentas. Pienso en las que me quedan por delante y controlo el reloj. No llevo mal ritmo, sin correr, pero sin pausa. Bebo un trago de agua y coloco a la izquierda de la botella una de las chanclas. Sigo de camino a las diez.

Mis pies me empujan unos metros adelante desde el borde y salgo ya pasados los banderines. Las corcheras de colores que marcan los carriles me recuerdan las boyas en las playas, diferentes artilugios para una misma función.

Desde pequeña tuve una extraña fijación con las boyas. En nuestros veranos playeros siempre llegaba un momento en que mi padre se escabullía para nadar. Nadaba y nadaba hasta alcanzar la boya más cercana que por aquel entonces me parecía lejana y casi inaccesible (no sé a qué distancia estaban entonces, ahora todas parecen estar cerca). Por más que mi padre repitiera lo mismo a diario yo siempre tenía miedo. Me quedaba vigilando su cabeza hasta que le veía alcanzar su objetivo y volver. Y siempre volvía, pero aquella rutina paterna se me hacía eterna y me asustaba perderle de vista en ese paseo infinito, que su cabeza desapareciera y se viera devorado por el mar.

Bebo otro trago de agua y la segunda chancla pasa también a la izquierda. Diez series, más o menos quince minutos. Arranco de nuevo a crol y aunque no estoy cansada empiezo a notar los síntomas de mi astenia primaveral que en el agua sólo se manifiesta en la disminución de mi capacidad pulmonar, vamos, que me cuesta respirar. Maldigo la alergia y el asma que me provoca e intento distraer mis pensamientos para no ser consciente de que el aire ya no me llega para dar tantas brazadas sin tener que sacar antes de lo que quisiera la cabeza del agua. La mente es poderosa, si me distraigo de la respiración, mecanizo el nado y me concentro en cualquier cosa, seguiré adelante tranquilamente.

Creo que tenía entre once y trece años cuando empezaron a manifestarse los primeros síntomas de la alergia. En mi caso, más que aparecer, se cebaron conmigo. Lo peor no fueron los habituales en forma de estornudos, picor, mucosidades frecuentes y cansancio, sino el asma que llegó como un torrente en forma de repentinas crisis que me dejaban hecha un cristo.

Los peores momentos se daban por las noches cuando mi respiración era tan escasa que a veces no conseguía ni dormirme. En aquella época aprendí que las distracciones eran fundamentales. Mi hermana Merche dormía a mi lado. Me cogía del brazo y me lo acariciaba lentamente hasta que yo me quedaba dormida concentrándome en esa pequeña y concreta sensación agradable.

Llego al final de las 15 series concentrada. A mi lado tengo ya compañía. Comparto la calle con un tipo que se ha tirado 5 minuto postureando y haciendo el moñas al pie de la piscina, luciendo musculitos y modelito de baño como si le fuera la vida en ello. Por un momento, arqueo mentalmente la ceja y pienso que, ya verás tú, me ha tocado el premio gordo del día. Intuición femenina. En efecto, el tipo nada raro, de esos que levantan más agua que Moises en el Mar Rojo, pero no avanzan nada. Cada vez que me cruzo con él me llegan perdigonazos a la cara, pero no me queda más remedio que adelantarle o no terminaré mis series. Toca dejar la cabeza bajo el agua durante el cruce.

No me explico cómo es posible armar tanto jaleo. Cuando empecé a ir a cursos de natación una monitora del club estaba empeñada en formar un equipo de natación sincronizada. Yo tendría unos diez años y eso de ir por el agua sin desplazar ni la más mínima molécula de H2O no iba conmigo. Todo había que hacerlo tan armoniosa y cuidadosamente que me aburría. A mí me apetecía dar volteretas, bucear en carreras de un lado a otro de la piscina, divertirme. La monitora se desesperó con nosotras y a mí, concretamente, me dio por imposible. Pero de aquel verano me quedó la necesidad de cuidar el estilo, de nadar con precisión pero sin excesos.

Otro trago de agua a las 20 series y mis chanclas vuelven a quedar alineadas al lado derecho de la botella. Llego al otro lado de la piscina y antes de dar la vuelta me fijo en el suelo del vaso, en la intersección con la pared. Localizo una especie de mancha que me resulta similar a la piel de un pez, con sus escamas, como los muchos que he visto en el mar.

Banco-de-peces

Aprendí a hacer submarinismo en Tenerife, un mes de febrero, durante unas vacaciones invernales en casa de mi hermana May. Mi cuñado me prestó su equipo. Sustituí los escarpines con varios pares de calcetines gruesos bajo las aletas abiertas. El traje me estaba también grande y con él puesto debía de tener un aspecto realmente curioso, pero cumplió su objetivo. El mundo subacuático es extrañamente silencioso y calmo. Todo es diferente ahí abajo, más pausado, más oscuro, más extraño, curioso, distinto, sorprendente.

Durante mi aprendizaje, el único miedo con el que tuve que pelear fue la permanente consciencia de mi propia respiración. Cuando realizas una inmersión, los sonidos se desvanecen. Te comunicas con los otros mediante señas y prácticamente, el único sonido regular que te acompaña es el de tu propia respiración a través de la válvula. Evadirme de esa consciencia fue una asignatura más que superé. Y una vez abajo tus sentidos se distraen con continuas emociones nuevas.

Empiezo a sentirme menos cansada. Ya he llegado a la serie 25 y he conseguido distraer mi cuerpo y mi mente. Mi ritmo ha mejorado. Miro el reloj, voy bien de tiempo. Intento concentrarme en mis brazos y mis piernas para acelerar ligeramente mi velocidad y sentir el movimiento rítmico, acompasado de mis extremidades. El sol empieza a entrar por la enorme pared acristalada del edificio y el interior de la piscina parece iluminarse.

Siento el calor en mi espalda y me traslado a la playa de los Gigantes. Hago snorkel junto a mi hermana y nos alejamos hacia el interior del mar, bordeando las rocas. Una enorme mantaraya aparece frente a nosotras, nos mantenemos quietas, perplejas, ensimismadas observándola. Ella hace un leve giro y se aleja en otra dirección siguiendo un camino desconocido.

A lo largo del tiempo me he encontrado con extraños y hermosos animales en el mar. Como con aquel pulpo manco, que fue nadando junto a nosotros durante casi veinte minutos. A veces era consciente de nuestra presencia y parecía querer esconderse. Se pegaba a las rocas y se metamorfoseaba con ellas para distraer nuestra atención. Nosotros éramos unos extraños en su mundo y nos empeñamos en perseguirle paciente y silenciosamente, admirados por su forma de moverse con su tentáculo irreparablemente dañado.

Termino la serie 30 y me he vuelto a quedar sola en la calle. Observo un extraño elemento transparente sumergiéndose en el agua. Su transparencia me recuerda a las medusas, esos animales antiguos de cuerpo gelatinoso que tanto asustan a los bañistas.

Sufrimos un verano terrible de invasión de medusas en el Mediterráneo hace unos años. Coincidió con unas vacaciones en las que fuimos a Hyères con la intención de bucear en Porquerolles y terminar las vacaciones en el cabo de Creus con el mismo fin. Fue imposible. En Porquerolles las medusas llegaron por toneladas. Las playas y las calas estaban cubiertas por una manta de medusas imposible de penetrar. Jamás había visto, ni volví a ver, tal cantidad de medusas juntas.

La gente andaba desesperada en las playas, mirando hacia el mar con tristeza y fastidio. Nadie se atrevía a meterse en el agua. A un niño de unos diez años le dio un arrebato y se lanzó corriendo hacia la orilla, pretendiendo saltar la oleada de medusas, como si más allá fuera a encontrar un espacio libre y limpio donde sumergirse. No fue así. Pobre.

medusas

En cabo de Creus no había tantas, aunque había que estar alerta. Se lo tengo dicho a Paco. Las medusas no van a por ti, solo se defienden si te chocas con ellas y son bastante lentas de movimientos, así que hay que estar pendiente para poder quitarse de su camino. Pero no me cree. Desconfía. Yo me bañe aquel año en las calas de cabo de Creus, evite con cuidado las medusas y cogi una preciosa estrella de mar que devolví enseguida al agua. Los demás me miraron desde la orilla.

Ya solo me quedan 5 series. Bebo de nuevo agua y continuo. Me impulso con los pies sobre la pared y pongo mis brazos rectos sobre mi cabeza. Mi cuerpo se mueve hacia delante, avanzando, los rastros del agua sobre mi piel. Me siento como un pez, una sirena, un animal marino y demoro el momento de salida para respirar.

Estoy nadando entre un banco de peces inmenso, pasan a mi alrededor como si yo no estuviera allí, sin miedo. Me muevo despacio, sin movimientos bruscos, permanezco casi inmóvil para que no perciban mi presencia y sepan que no soy uno de ellos.

Durante años hemos terminado nuestras escapadas veraniegas en Banyuls sur Mer, donde pasamos prácticamente todo el día en las playas de la reserva natural de Cerbère-Banyuls. Su sendero submarino es uno de nuestros lugares preferidos pero cualquier playa o cala de esta zona geográfica privilegiada y protegida es un regalo para los buceadores. La fauna marina se mueve a su antojo y se relaciona de forma más natural con nadadores y buceadores. Allí es fácil sentirse como pez en el agua.

Vuelvo en mí de nuevo, ya me quedan apenas unos largos. Me concentro otra vez y fuerzo el ritmo antes de terminar. Mis brazadas van más rápidas, por fin alargo el brazo y mis dedos tocan la pared.
Dos mil metros. 

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