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Fantasías Intimas (I) Ese oscuro placer

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No podía encontrar nada más dulce para mí que recoger entre mis labios aquel líquido oscuro, denso, con sus pequeños coágulos adornando su textura. Me fascinaba su sabor, me deleitaba en él. Mi conocimiento de este fluido llegó hasta el punto de elaborar un exhaustivo análisis de su evolución. Solo posarse unas gotas en mi paladar  y era capaz de averiguar al instante en qué día menstrual se encontraba mi amada. Los días anteriores al comienzo del ciclo, el gusto de sus fluidos se tornaba más ácido, su perfume se agriaba. Su cuerpo se transformaba también, más sensual, enormemente receptivo.

El tiempo pasaba lentamente ante mis ansías por recibir aquel enorme tesoro. Las primeras gotas fluidas, rosadas, eran apenas un preámbulo de sabor, un pequeño adelanto para mi placer. Días después, temprano por las mañanas al despertarme, esperaba pacientemente el momento de recoger la primera cascada consistente, la más intensa. Las transparencias rosadas se mudaban en una densa corriente oscura, ácida. Su olor –que he oído a algunos comparar con el del pescado fresco, pobres ignorantes, olfatos inútiles incapaces de reconocer las excelencias aromáticas de este singular manjar- me embargaba y los primeros espasmos me alcanzaban aún antes de que mi lengua rozara la primera gota que surgía del interior de aquel túnel oscuro. Me regodeaba en mi impaciencia, obligaba a mi boca a esperar a que mi nariz se invadiera y aplacaba mis otros sentidos. Mi mirada se perdía entre sus piernas, observaba aquella ceremonia, aquel río que surgía de la más misteriosa de las cavernas, el líquido inundándolo todo, desbordándose de sus cauces. ¡Que espectáculo!

Yo meditaba entonces sobre la naturaleza que se imita a sí misma. Los mismos rituales, idénticos códigos de conducta. Los ríos que se desbordan cíclicamente, el dolor de la madre naturaleza que se manifiesta en fenómenos meteorológicos que los hombres insistimos en considerar desastres. ¡Cuanta torpeza la del hombre siempre midiéndolo todo tan cerrilmente! Acaso no estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y no es éste sino la Naturaleza para muchos de nosotros. Acaso no existe una familiar semejanza entre la erupción del volcán cuando en su interior el magma pugna por salir, y la eyaculación masculina que tras un intenso proceso de calentamiento termina en una lluvia impulsada por una fuerza interior incontrolable.

Pero ante tan maravilloso ritual no tardaba mucho en abandonar mis disquisiciones para dedicarme a satisfacer mis más primitivos instintos que, aunque me empeñara en analizar y justificar racionalmente, no dejaban de ser menos animales que los que llevan a las bestias a montarse unas a otras.

Cuando mi nariz terminaba de impregnarse de las fragancias que exhalaban de ese misterioso interior, mi boca, impaciente ya por regodearse en el gusto del ansiado manjar, temblaba de placer. ¡Que singular delicia! ¿Cuántos seres desconocen –aborrecen los ineptos en su pobre ignorancia- el  goce que deriva de tan íntima substancia? El desconocimiento y la vergüenza del macho - estúpido derivado de lo masculino en esta sociedad que rechaza lo mejor cuando no lo comparte la simple mayoría – hacen de mí un ser singular, extravagante, único en su insólito deleite.

Mientras, mi amada olvidaba los habituales malestares que acompañan con frecuencia el momento crítico del ciclo hormonal femenino, extasiada por mi sorprendente estallido de placer. Nunca hasta que descubrimos esta infrecuente forma de amarnos había conseguido superar los insufribles y ordinarios síntomas que producía la menstruación en su cuerpo.

Desde aquel momento señalado en nuestras vidas, cada mes permanecíamos encerrados en nuestra casa durante aquellos días. Yo me ocupaba de recoger cada gota que se desprendía de su útero, como un feto que se mantiene gracias al único alimento que le proporciona el ser que le engendra. Y así no sólo se trataba del éxtasis físico que el fruto íntimo de su interior me proporcionaba. Dependía de este exótico sustento de tal modo que era lo único que me sostenía durante aquellos días.

Succionaba ese bálsamo ansiosamente mientras olas de placer se apoderaban del cuerpo que me facilitaba un alimento que, siendo el mismo, poseía las más variadas texturas y diferentes esencias y gustos a medida que avanzaba en su ciclo. Ella se regocijaba, disfrutaba ávidamente de los bailes de mi lengua sobre su sexo y mi boca se empapaba de un caldo místico, mezcla de su fluido menstrual y la humedad provocada por su arrebato. Cuántos sabores distintos producen los lugares más profundos y secretos de su cuerpo, qué enajenación para mis oídos escuchar sus gemidos, embeberse en su regodeo, degustar el fruto de su placer.

Cuando disminuía la dosis de mi alimento, no por deseo de mi amada sino por designios de la naturaleza femenina, aplacaba mi apetito entre toma y toma apurando cualquier resto que mi boca pudiera arrancar de su cuerpo. Lamía sus pezones con fruición en busca de una gota más de sustancia, recorría sus axilas y su entrepierna absorbiendo su sudor, buscaba en los lugares más recónditos cualquier sustento para calmar mi apetito. Y así hasta agotar sus últimos días de periodo. Después volvíamos a nuestra vida rutinaria, y yo la olfateaba cada día, en busca de una pista, un resquicio de aroma que me indicara cualquier cambio.

Cuando nuestro único hijo nació - y para compensarme de aquellos terribles nueve meses de gestación durante los que enfermé por la privación de la sustancia que ya era una droga para mí – casi sufrí un extraño caso de sobredosis durante la cuarentena posterior al parto. Luego, mi retorno a los ciclos habituales fue fácil gracias al apoyo que supuso compartir con el intruso  ese precioso líquido que le ayudó a crecer. Alargamos el período de lactancia hasta que sus firmes pechos empezaron a sufrir las inevitables consecuencias que trae alimentar a dos seres tan dependientes de su exquisita creación.

Fuimos así superando las etapas de nuestra vida en común, felices juntos y sabedores ambos de la dificultad de encontrar a otro ser que compartiera tan singular hábito.

Puedo explicar también la parte más práctica de lo que muchos considerarían un sorprendente e infrecuente vicio. La ficticia imagen que difunden los medios de comunicación sobre este periódico estado de nuestras mujeres, irrealidad virtual que provoca carcajadas entre ellas, puede llegar a alcanzarse gracias a las aptitudes que por aquellos tiempos había conseguido casi perfeccionar.

Merced a esta virtud que poseo, mi amada superaba con creces ese grado de felicidad superior que la televisión transforma en sus anuncios en un estado de estupidez poco frecuente. Imagínense ustedes si los oportunistas publicitarios llegaran a descubrir tan particular remedio para los malestares y consecuentes molestias que la menstruación produce en la mitad de la población. Y qué fracaso, qué caída en picado para las empresas que se enriquecen elaborando todos esos productos de higiene que las mujeres se ven obligadas a consumir. Y todo tan solo a cambio de dar la mayor de las satisfacciones a sus parejas. Ahorro y goce en una original y singular simbiosis son sin duda una adquisición deseada por cualquier mujer para esta inevitable etapa de sus vidas. ¡Cuantas de ellas pagarían por tanto sufrimiento transformado en éxtasis! – y cuantos hombres estúpidos, si sus cerradas mentes les permitieran gustar de tan suculento plato -.

¡Que lástima sentirse tan excepcional y desamparado en originales juegos eróticos! Porque la Naturaleza, tan sabia en multitud de ocasiones, se vuelve cruel con el género humano en tantas otras. Los años pasan y con ellos aparecen los cambios habituales. Desde que la menopausia se instaló en nuestra vida, nada ha vuelto a ser como antes. Nunca un hombre compartió tan vivamente con una mujer las drásticas consecuencias de su evolución hormonal y desde aquel fatídico momento, nuestra vida sexual no se ha restablecido de la caída.

Pienso a veces en otras mujeres, pero ¿quién querría compartir conmigo mis juegos? Salgo en ocasiones a la calle y me sorprendo a mí mismo olisqueando a las jóvenes que pasan a mí alrededor. Y reconozco en algunas de ellas ese aroma tan familiar, ese perfume que exudan inconscientemente y que me embriaga. Entonces me veo obligado a disimular con torpeza mi tremenda erección. Otras veces juego la carta de la nostalgia e incluso a veces, escarbo en el interior del cuerpo de esta mujer que ha compartido todos mis secretos conmigo, sin encontrar ni un rastro de lo que un día fue el más exquisito de los manjares.

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