mar

Angustia

angustia

Cierro los ojos y nublo la mente. Si me esfuerzo, no sentiré nada. La angustia, la ira, el dolor, el ruido, la tristeza, las preocupaciones desaparecerán. Solo el aire, rozando con un ligero soplo mi piel, el calor del sol atravesando mis poros y calentando la sangre que recorre mis venas, el aroma intenso e inmenso del mundo. Si me concentro, mi cuerpo se aislará de mi pensamiento y seré agua, oxígeno, hidrógeno, carbono, en una perfecta proporción química; células agrupadas en tejidos; órganos componiendo sistemas... Una estructura perfecta que funciona por sí misma.

El problema está en mi mente, en mis pensamientos, en ese conjunto de procesos y funciones que componen mi intelecto, pero sobre todo, en mis emociones.

No quiero pensar... Soy una hormiga pequeña que recolecta comida y sigue su propio rastro hacia el  hormiguero; soy la abeja que liba el néctar de una flor y vuelve a su colmena; soy un pez culomoteado que nada en el interior de un enorme banco alrededor de una boya... algo falla, mi corazón sigue latiendo a un ritmo alto y no puedo, no consigo evadirme.

Respiro honda y profundamente, despacio, acompasadamente, siguiendo un ritmo que brota de lo más recóndito de mis ser, un compás natural que me conecta con la naturaleza.

Soy todo y no soy nada.

Siento como mis alas se extienden y aprovecho una corriente de aire para elevarme. Planeo sobre los acantilados de Etretat y dejo atrás el ojo de aguja. El aroma inconfundible a mar invade todo mi ser, en una bofetada húmeda e intensa. Mis ojos se han vuelto pequeños, negros, y escudriñan la superficie del agua buscando alimento. Me lanzo en una diagonal perfecta hacia abajo y me sumerjo en el mar para capturar mi presa.

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Estoy en el agua, bajo la superficie. La densidad de mi cuerpo ha cambiado, pero el ritmo sigue siendo el mismo. Me desplazo onduladamente hacia un prado de posidonias sobre un fondo de guijarros iluminados por los rayos del sol. Una estrella de mar reposa junto a unos erizos negros sobre las rocas más cercanas a la superficie. Alcanzo una enorme boya y me pierdo en una marea de peces danzarines.

El silencio me conforta...

Un ruido que no reconozco al instante, pero familiar, empieza a distraer mi concentración y la realidad me golpea de nuevo con saña. Las emociones vuelven a apoderarse de mí y ya no puedo distraer mi mente del dolor ni del miedo.

Quiero evitarlo pero no lo consigo, todo se viene abajo  y un grito desesperado y agónico se abre paso hasta mi garganta y alcanza el exterior, invadiéndolo todo.

 

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