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De Chihuahua a Memphis

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Ángel giraba y regiraba el plano. Con cada giro miraba a Juanito de reojo. En realidad estaba fascinado por el olor del papel y los surcos que formaban los pliegues. Allí donde la tinta ya se había caído como escamas de piel solo quedaba una línea gris tallada por el tiempo. Impreso en 1997, el plano tenía veinticuatro años de edad, era tan viejo como él. Finalmente se lo devolvió a su observador que sonriendo lo volvió a doblar, con parsimonia, disfrutando del acto en sí mismo.

-Abuelo, con eso no podíais llegar a ninguna parte. ¿Y si habían cambiado la carretera o había un atasco? Sin el maps yo no se… cómo podíais viajar.

memphis4Juanito lo miraba con su sonrisa amarilla. Su cara estaba arrugada como una papa cocida y secada al calor del desierto. Ya no quedaba más que un recuerdo de lo que fuera su pelo pero sus ojos, grises como un día de tempestad, refulgían como si en ella los rayos estuvieran de verbena. Explicó con calma a su décimo tercer nieto el cómo y el porqué. Donde el porqué era lo interesante; porque no había otra opción, ya que "el sistema de navegación por satélite era cosa gubernamental o de la NASA… si me apuras".

El Camaro azul relámpago sobre el que estuvo girando el viejo mapa lucía una línea blanca que lo cruzaba desde el centro del parachoques delantero hasta el trasero. Una línea fina y elegante que le daba un "toque de brava nobleza", según Juanito.

memphis3Conducir semejante dinosaurio desde Chihuahua hasta Memphis era todo lo que debía hacer Ángel. Contaba con el depósito lleno hasta los topes de gasolina, una nevera con comida para alimentar un batallón de caballería, litros de su refresco favorito y un adaptador para alimentar sus cachivaches electrónicos con el encendedor del salpicadero. Tres días para recorrer 1184 millas. Su abuelo le entregó las llaves con gran ceremonia y pomposidad. Gesticulaba exageradamente y guiñaba un ojo cada vez que decía "el camino es traicionero, piloto", mientras se aguantaba la risa. Ángel al sentir el metal sobre sus manos notó como se le aceleraba el pulso. Apretó las llaves con tanta fuerza que casi le hicieron sangrar la palma de la mano. Miró con semblante serio a su abuelo.

-¿Qué tienes Angelito? ¿Qué es que ahorita te arrepientes?
-No. No es eso abuelo. Pero he tenido un mal presentimiento. No sé, será cosa de esa Miranda, la muy bruja, pues me dijo ayer que me soñó muerto en un cruce de carreta con unas llaves en las manos.
-Mijo’, esa lo que quiere es que NO te ganes la plata. Que se la quiere para ella que ya me preguntó si lo podía llevar. Lo harás bien. -le dijo y, posando las manos sobre sus hombros mientras guiñaba un ojo terminó-. Tú solo recuerda… el camino es traicionero, piloto.

Con la primera luz del día bañando la tierra seca del nordeste de Méjico Ángel se preparó su buen café y unas tostadas con tocino ahumado, muy frito. El despertar del día era fresco y apacible, como lo suelen ser las mañanas de Mayo en Chihuahua. Se enfundó en unos jeans holgados y una camisa de flores al estilo kahuna, con montones de colores brillantes. Se anudó a conciencia sus memphis2Nike de talón alto y se subió al Camaro. Con los ojos cerrados, como en una plegaria, giró la llave en el contacto y arrancó el motor. El rugido rebotó en las paredes del garaje dotando al sonido de una presencia mística. El rítmico ralentí le atravesaba el pecho como una energía recién descubierta por el ser humano, dotándole de poderes desconocidos. Posó sus manos sobre el volante con ese gesto que tantas veces viera en las road movies, se sintió vivo, fiero, salvaje… piloto.

Tomó aire profundamente e inició la carrera con suavidad para no despertar a Juanito, que aun se le oía roncar a través de la ventana abierta de su habitación, pero cuando las ruedas del dinosaurio pisaron el asfalto Ángel estrujó las ocho válvulas que la diosa ingeniería concevió y el rugido se oyó en Colorado, y el humo se vio en Tejas, y el olor a goma quemada empapó el paladar de todos los piadosos madrugadores el día en que de Chihuahua salió un Camaro azul relámpago rumbo a Memphis.

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Calling Melviz

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Los números del ascensor van dando cuenta de las plantas, doce en total. Se van restando al ritmo adecuado para un viejo ascensor de época. Paul y Saul están frente a la estrella. Sus espaldas ocultan el conjunto del gran Melviz; zapatos de gamuza negros, pantalones rosa con tachuelas doradas, un cinturón con una hebilla grande como un melón y una chaqueta rosa a juego con las perneras sobre una camisa azul cielo a punto de hacer saltar los botones sobre su panza. Las gafas, enormes y doradas, ocultan gran parte de su cara, incluidas las arrugas que ya comienzan a manifestarse con cierta alegría. Para colofón el tupé, largo y tubular, ridículo como todo el resto del conjunto.

Por primera vez en años Melviz ha tomado la firme decisión de cometer una locura. Aficionado al cine de screwballs, el cantante desea desde hace tanto vivir una loca aventura que ya ni siquiera se acuerda de llamar a Costanza para que le consiga un par de grupis dispuestas a darles todo su amor más un buen maletín repleto de diferentes medicinas de la felicidad. Ya sabe cual es la salida correcta, a la derecha desde el ascensor hay una discreta puerta de imitación a roble que comunica con la cocina y de ahí un pasillo que lleva directamente al callejón trasero del hotel. El gran hombre, sudando y con el corazón galopando como un potro indio, está listo para la gran desaparición a lo Houdini.

calling2Paul y Saúl se preparan. Tensas sus grandes espaldas y echan un rápido vistazo a la estrella. Este les indica a que no se distraigan y que se fijen su atención en las personas que estén fuera de la recepción en el corto paseo entre la puerta del hotel y la limusina. Al abrirse las puertas Melviz apremia a los dos yetis empujándoles ligeramente. Separa sus manos de los corpachones y rápidamente gira sobre sí mismo tomando el camino contrario. Se cuela en la discreta puerta y comienza su camino hacia lo desconocido.

Cocineros y camareros no dan crédito a sus ojos. La gran estrella del rock se está paseando por las cocinas del Hotel Memphis. Todos miran atónitos. Algunos aplauden y, los que menos cuchichean que ese no es el verdadero Melviz. A paso triunfal y saludando como una reina el cantante muestra su blanca sonrisa apertrechada por la enorme dentadura que le valió el apodo de King Percherón en las sátiras más ácidas del cuché. Finalmente da con la salida no sin antes haber firmado unos pocos autógrafos. MELVIZ se puede leer claramente en su enorme firma en letra clara y preciosista como de niña repipi. Una gran L sobrepasa la altura de las otras letras y el rabito de la zeta se enrosca sobre sí volviendo sus pasos alzando al resto.

El olor del callejón es desagradable, a orín y basura de tres días. Un gato maúlla en alguna parte y el sonido de la ciudad llega a sus oídos como amordazado. Con delicadeza, se coloca en el pecho una gran pegatina con el número 77, bajo éste se puede leer “Call me the King 8th Ed.”. Una gran capa de vapor oculta la salida a la calle Gladys. Melviz la atraviesa audaz y sonriente como si al otro lado aguardara un público expectante. Todos con los que se cruza lo miran pero en décimas de segundo fijan su vista en su pecho y ríen alegremente. Algunos le saludan “Ey Melviz te quiero” y le abrazan con la complicidad del bufón. “¡Buen disfraz colega!”, espetan otros. “Jajj ¡pringao’ donde vas tonelete!” le gritan unos pocos. El cantante mantiene su sonrisa percherona a pesar de sentirse dolido por los comentarios más despectivos. Es consciente de su deterioro físico y vocal pero el respeto que le profesan en las ruedas de prensa, sobre el escenario, en los hoteles y en los buenos restaurante le mantenían a flote sobre una cómoda nube de petulancia que ahora se comienza a deshilvanar. ¿Quizá todas esos vítores y ruegos sean irreales? Se pregunta mientras su barriga se bambolea al compás de sus rítmicas pisadas.

calling3Con un sonoro silbido detiene un taxi amarillo como un limón que le lleva entre las calles y avenidas de la gran ciudad de Atlanta. El taxista le informa que la octava convención de imitadores de Melviz es un caos ese año. Según se cuenta los organizadores han escatimado en recursos hasta el punto de sufrir de escasez de personal. Con una sonrisa de oreja a oreja el rey del rock se siente aliviado pensado que tal descontrol juega en su favor para pasar completamente desapercibido en el certamen. Mientras las caras y coches aparcados pasan velozmente frente a sus ojos se imagina sobre el escenario, jugando a ser la mejor versión de sí mismo y zampando a enormes bocados los vítores del público para después quitarse las gafas y, con un benevolente gesto, lanzarlas a las fieras hambrientas de Melviz para cantar sobre un sonoro Re mayor “Soy yo… vuestro Melviz está aquí… y sabed que os quiero tanto… como vosotros me adoráis a mí”. Hermoso gesto que, cree, le granjeará el amor de todos los presentes con galones de lágrimas incluidos.

Un frenazo interrumpe los dulces pensamientos del barítono mientras escucha al conductor despotricar en italiano. Un taxi se les ha cruzado en la única entrada al pabellón y ambos ladran desde sus respectivas ventanillas. El cantante lanza un par de billetes sobre el asiento del conductor, suficiente para cubrir cuatro carreras como esa, y sale disparado del vehículo. Cientos de imitadores corretean con sus coloridos trajes y sus tupes saltarines como muelles. Gordos como luchadores de sumo, altos como jugadores de la NBA, algunos pequeños y delgados como jockeys. Todos canturrean y se contorsionan, sonríen como si un millar de mujeres pudieran reflejarse en sus dentaduras (ninguna tan blanca y brillante como la del Melviz real). Uno de los imitadores pasa frente a Melviz como un fantasma, casi choca contra él. Al mirarse el cantante advierte el parecido con el fan que eleva su brazo derecho haciendo un gesto de aprobación y dejando ver una mancha de nacimiento en el dorso de su mano. Ambos llevan el mismo conjunto. Incluso sus físicos son semejantes. Éste desaparece rápidamente entre la multitud dejando a la estrella del rock frío como una tumba y con una sensación de extrañeza. Melviz se sacude el espanto y sigue su camino a la gran aventura. En la mesa de inscripción una enorme mujer, que apoya su gran trasero sobre dos sillas juntas, le pide con pocos modales que rellene el formulario de participación. Melviz le muestra su formulario relleno que recibió por correo y su correspondiente número en el pecho. La mujerona bajando sus anteojos y mirando su número gruñe unas ininteligibles palabras y le hace un gesto para que pase mientras busca en una larga lista el número 77.

El interior está preparado para el concurso. Cientos de espectadores e imitadores merodean por todas partes, por las gradas muchos aficionados sin disfraz se amontonan en grupitos y corean canciones de sobras conocidas por él. El escenario no es gran cosa, el cantante siente una pequeña punzada de desilusión al comprobar que es un sencillo cadalso de maderas y luces mal colocadas. Aun así sigue sonriendo y buscando en qué entretenerse hasta el comienzo del show. En el lado contrario del escenario una fila de puestos de comida y bebida destaca por la concurrencia de trajeados de colores vivos; dorados y platas relucen bajo los altos focos del pabellón. Al descubrir el hormiguero de imitadores llenando sus tripas Melviz siente un enorme deseo de engullir unas suculentas arepas que parecen tener su nombre grabado a fuego en su aceitosa masa de harina precocida. Junto a los dos platos del manjar también traga, a un magnífico ritmo, seis cervezas de marca Polar con un gran oso blanco dibujado en su etiqueta. Tras el atracón la estrella comienza a sentir una enorme presión, su vejiga antaño poderosa, ya no es capaz de guardar por mucho tiempo la orina que llama a golpes de ariete a las puertas de la uretra. A prisa y cubierto de sudor busca desesperado los lavabos, chocando sin control con algunos de los presentes que le increpan y le empujan. Cada minuto que pasa se siente más inseguro y desconcertado, no le parece que la gran aventura esté siendo un nido de risas y desmadres como en las películas. Cuando al fin da con los excusados prácticamente se mea en los calzoncillos antes de poder sacársela del pantalón y descargar el enorme chorro amarillo. Con gran alivio su enorme sonrisa de caballo de tiro vuelve a ocupar su cara y al mirar a su lado se encuentra al imitador de la mancha en la mano que le vuelve a saludar con el mismo gesto.

-¡Ohei! Me parece que ya tenemos un ganador…na y un finalista.
-¿Quieres decir tu? -pregunta desconcertado Melviz.
-Jaaaja! No…na amigo. Quiero decir nosotros.

calling4El extraño le tiende la mano con la mancha en el dorso al cantante que, horrorizado por la situación, no es consciente de la mirada de asco con la que aguijonea la extremidad del imitador. Éste aguanta la mano por lo que le parecen largos minutos a Melviz quien finalmente consigue expulsar unas palabras atascadas en su garganta.

-¡Mmme! Ami..amigo. Esto… no es muy higiénico sab…
-Naaa.. qué? Jajjj. Amigooo somos machos, hombres. ¡Ahoi! Qué, dame la mano que vamos a reventar el concurso tú y yo.

El desconocido prácticamente le coge la mano a unos centímetros de su bragueta aun abierta sin el menor atisbo de vergüenza ni intención. Como si de un borracho eufórico por encontrar a su alma gemela de parrandas se tratase.

-Bueno yo creo que las normas no permiten participar en grupo así que…
-Naaadie dice de participar en grupo... na. Solamente seamos compinches para apoyarnos mutuamente mientras disfrutamos del show. Yo estaré contigo y te apoyaré desde abajo cuando sea tu turno y te corearé y … naaa… ¡bravo ese si es un Melviz de diez. Miren quien está llamado al telephon, es el fucking rey! Y tú pues… igual, ¿si?

El tipo posee un extraño encanto que atenaza al cantante. No sabe si abrazarle y tomarse unos tequilas con él o huir como si Hacienda tratara de meterle una linterna en el culo. El acento le parece mejicano o español, pero no lo es, para ser exacto es como si un mal imitador del norte de Ontario tratase de contar chismes con acento mejicano mientras se traga una pinta de cerveza negra irlandesa.

-Venga amigo ¡ahoi! Que sí. Espérame en el puesto de los margaritas a cinco dólares. Conozco a la camarera y naaa… nos vamos a meter unos pelotazos y vamos a pagar poco… ves, que voy en un minuto que me engraso el tupe.
-¡eh! Ajoi que sí… jeje! -Con una estúpida sonrisa el cantante se da la vuelta y sale por la puerta con cierta torpeza tratando de parecer seguro.
-¡Ey Melviz! Eres grande -grita alegremente el desconocido mientras la puerta se cierra lentamente.

Melviz camina ya más calmado. Se dirige al puesto pero no tiene intención de esperar al desconocido. Maldice por su estúpida idea de la aventura y comienza a plantearse el volver a la seguridad de su hotel, además estarán buscándole ya. Al pasar por delante del puesto observa a una preciosa chica rubia con curvas de modelo de lencería y ojos de oveja merina. Al fin y al cavo está ahí para pasarlo bien y el tipo parece un loco divertido, ¿qué daño podría hacerle en un lugar como ese? Se acerca decidido al puesto y pide dos shots de tequila en honor a su concepto del acento mejicano.

-Son para mí y un amigo tuyo que ahora viene preciosa. -Dice sonriendo a la muchacha que le mira sin entender de que está hablando pero acostumbrada a tratar con todo tipo de borrachos y babosos.
-Lo que tu digas cielo. Son seis dólares pichón.

El cantante, tras varios minutos de espera, se aprieta ambos tequilas. Un tercero, por evitar los números par, y un cuarto por brindar con la camarera. Cuando al fin decide abandonar el puesto ve al imitador entrar por una de las salidas de emergencia y dirigirse con alegría hacia él. Al llegar al puesto el desconocido abraza con alboroto a Melviz y pide dos margaritas después de preguntar por Camila quien a juzgar por la reacción de la camarera no trabaja en ese puesto.

-Estas chicas… na, no se enteran de nada amigo. Venga ese brindis por los ganadores.

calling5Tras deshojar tres margaritas el cantante comienza a tratar con entusiasmo al imitador de nombre Aaron, vendedor de coches de segunda mano y padre de dos gemelos de diez años. En medio de la juerga la camarera les ofrece una octavilla donde sella doce huecos y les indica que con tres más tendrán dos consumiciones gratuitas, momento en que Aaron aprovecha para quitarle el sello de goma y bromear con él.

-Ahoi! Amigo, amigo… yo te sello caballero oficial de la corte de Atlanta… jajaj

El tipo, cogiendo con gran fuerza la muñeca de Melviz estampa con un rápido movimiento el sello de goma con tinta negra en el dorso de la mano. El cantante, con cara de desagrado, trata de borrar el sello con un poco de saliva dejando un borrón en su mano.

-¡Eh!¡Quieto hermano! Mira ya somo gemelos, como mis chiquillos.
-Esto es una guarrada Aaron. Preciosa, dame un trapo o algo con lo que…
-Naaa…no, no. Déjatelo amigo o me sentiré ofendido. ¿Somos o no amigos? Eh, eh. Exijo un respeto a nuestra marca de nacimiento. Vamos…

Aaron, tirando del cantante hacia él y colocando luego su mano sobre los hombros de Melviz, se lleva a paso irregular a su ligeramente borracho compañero hasta la salida de emergencia por la que entrara antes. Durante el camino el imitador bromea acerca de sus panzas pasando su mano varias veces por la de Melviz cubriendo su cintura de lado a lado gesto que, si bien el cantante considera entraño, achaca a la broma y al alcohol y olvida rápidamente. Una vez fuera del recinto el Aaron enciende un porro de maría con un extraño cambio de actitud, calmado. Le da un par de caladas y se lo entrega a Melviz quien felizmente sujeta el cilindro y sonríe con una mueca de sorpresa.

-Compadre… espera aquí cinco minutos. Unos amigos van a venir a apoyar nuestras… candidaturas. Voy al lavabo. Enseguida vuelvo.

Dando una profunda calada al porro Melviz ve como el tipo desaparece tras la puerta de emergencia. Si fuera Spiderman se le llamaría sentido arácnido, pero como no lo es, el cantante llama mala vibra a la sensación de que algo no encaja en toda la aventura sin saber decir qué. Pasados diez minutos y con el resto del canuto prácticamente apagado Melviz se queda mirando la mancha de la mano tratando de adivinar a qué animal se podría parecer como si de una nube se tratase. Al bajar la mano observa como un par de tipos arreglados se acercan a él con decisión. El cantante les saluda alegremente mientras lanza el porro descuidadamente a la derecha sobre un montón de basura.

-Ajoi compadres… jaja. Aarón ha ido a ver si se la ve. Me llamo Melv… eh… Elvis.
-Hola Vernon. No sabes la alegría que le vas a dar Jaffar cuando te colguemos por los huevos en la viga que hay justo sobre la mesa de desayuno. ¿Y la pasta?

calling6Antes de que las palabras “huevos” y “colgar” se hayan mezclado y cobren el desdichado significado en su mente un certero puñetazo en la nariz lanza al cantante contra la pared de chapa del pabellón dejándolo sentado sobre una caja de cervezas vacías. Con la nariz partida y sin poder recobrar del todo el sentido el pobre cantante trata de levantarse mientras uno de los gorilas le sujeta por el hombro impidiéndoselo.

-¿Donde está la pasta Vernon… donde está la pasta puto imitador?. No te acercarías a parecerte a Melviz ni en el blanco de los dientes, yo le he visto en mil conciertos. No veo ningún maletín. Nos estás haciendo perder el tiempo y eso no nos gusta.
-Chicos oíd… creo que ha habido un mal entendido, yo… no se quién es Vernon. Yo estaba con Aaron aquí… ¿quizá es a él a quien buscáis no? Está justo ahora en el lavabo.
-Vernon… eres el puto Vernon. El truco te ha salido mal. Te reconocería a una legua aun con este estúpido disfraz.

Melviz los mira apabullado mientras una de las botellas le aprieta el culo. Una bonita metáfora para la situación en la que le han metido y de la que no sabe como va ha salir.

Aaron sonríe mientras le echa un rápido vistazo a la cartera de su víctima. A paso veloz cruza el parking del pabellón y busca con la mirada un taxi cuando encuentra un tipo de enorme nariz con un ojo magullado apoyado en un taxi.

-Eh amigo! ¿No es día de suerte no? ¿Está libre?

El taxista parece sorprendido al confundirle con el mismo pardillo al que ha traído hace poco más de una hora. Aaron (al que ahora llamaremos Vernon) examina con más calma la cartera donde encuentra la tarjeta del hotel y pide al italo-americano que le deje en el mismo. Nada más bajarse del taxi descubre asombrado una marabunta de periodistas y seguidores que le rodean con voracidad. A pocos metros escucha gruñidos y quejidos cuando en unos segundos aparecen Paul y Saul que inmediatamente lo cogen de cada brazo y lo arrastran, con cierta delicadeza si eso es posible, hasta el interior del hotel. Vernon no sabe si echarse a llorar o creer que es un auténtico genio.

-Señor Melviz ¿donde se metió? ¿Hemos estado a puntito de avisar a las autoridades por posible secuestro? -Le espeta Saul con su inconfundible acento mejicano.

Vernon con una gran sonrisa e imitando el modo de hablar del cantante les responde que tan solo ha ido a echar una lotería.

Colgado boca abajo y con la cabeza embotada por la sangre Melviz despierta en una casa desconocida. En la sala están presentes lo dos matones trajeados que le abordaron en la salida de emergencia mientras disfrutaba del porro de maría. Tras una enorme mesa de despacho, a cierta distancia, se encuentra un tipo muy delgado y de tez morena. Habla a gritos por teléfono en un idioma que Melviz no entiende pero juzga como árabe al recordar la mención de un tal Jaffar. Al moverse el hombre del teléfono fija sus ojillos en él y parece despedirse del interlocutor. Cuelga con un sonoro golpe y se levanta del asiento, momento en que el cantante puede ver que además de tremendamente delgado el árabe es muy bajito, casi rozando el enanismo.

-Vaya sorpresa señor Vernon ha venido al mundo del vivo para honrarnos con su presensia’.
-Oiga señor… ¿es usted Jaffar? Mire yo no soy quien usted cree. El tipo, ese disfrazado de Melviz, me engañó y me drogó para que saliera fuera y… bueno es una encerrona y en realidad soy Melviz. Quiero decir soy Melviz Graceland, el cantante. Verá…
-¡CÁLLATE YA SO RATA! Tu me debes dineros. Muchos. Sien’ de los grandes más intereses. Y los quiero ya o te tiro por la ventana. Llamaste a mis chicos para entregar el dinero y no entregaste nada.
-No, de veras, señor por favor, soy Melviz lo puedo demostrar… mire, mi cartera y… puedo llamar a mi agente Andrea… Andrea Cornelius el famoso representante de estrellas musicales. Se lo aclarará todo yo no debería haber estado ahí.
-Eso si es única verdad que has podido desir’ Vernon. No deberías haber estado ahí, no.

calling7Uno de los trajeados se acerca a Jaffar y le susurra algo. Luego vuelve a su lugar inicial pasando frente a Melviz y lanza a la cara una cartera de imitación de piel de cocodrilo que cae sobre la mesita de desayuno bajo. La cartera está abierta y contiene el permiso de circulación de un tal Aaron Humes. Un razonable parecido consigo mismo le genera una oleada de asco desencadenando la proyección de un cocktail de arepas y mojitos semidigeridos que se esparce ruidosamente sobre la cartera y la mesa. Finalmente parece que la screwball ya comenzó para el cantante pero mutó en thriller y con final insatisfactorio. El mafioso se tapa la nariz y boca con un pañuelo rojo mientras se aproxima al cantante. Cerca, a un palmo de su cara, le susurra.

-Si eres Melviz ¿me dises’ que es esa cartera Vernon? Soy el más fan de Melviz Graceland. Tengo todos los discos y he estado en sientos’ de consiertos’, miles. Lo distingo bien y tu no eres él. Tu cartera y tu marca de nasimiento’ me sobran para saberlo rata embustera.
-Nooo, no es… Es tinta. Mire traiga alcohol y verá que se borra. Por favor señor no me tire por la ventana yo no quepo por ahí. Además, le puedo hacer un show exclusivo y verá que no le miento. Si es fan mío verá que soy el auténtico.
-Tú estás gordo. Tú no eres Melviz. Pero me gusta la idea. Voy a dejarte cantar y cada ves’ que te equivocas o desafinas’ te corto un dedo ¿qué te parese’?
-Mire le daré el dinero, tan solo necesito ir a una oficina de Wells Fargo o Bank of America también puedo y se lo entregaré todo, con los intereses, todo.
-¡Ja! ¿Ahora eres rico Vernon? Tu no entras en una ofisina’ así en tu vida. Ahora vas a cantar.

Si bien no sabe ya como salir de esta cantante decide ir a por todas aunque sea por ganar tiempo. Los cuatro se van a una pequeña sala repleta de discos. En una esquina especialmente adornada Melviz reconoce todos sus discos, incluso los más raros y algunos en versiones que ni conocía. Un montón de material publicitario. Fotos. Merchandising. Incluso figuritas de plástico con su cara y su enorme tupé. El mafioso coloca con gran ceremonia un disco con los grandes éxitos de Melviz interpretados por una orquesta Rusa. Le hace un gesto para que comience el show. El cantante usa todos sus trucos y movimientos que le hicieron famoso. Afina tanto como le permite la situación pero es consciente que en más de una ocasión no puede llegar a las notas. Suda como el condenado a muerte que es. Los tres criminales ríen a carcajada. Jaffar usa su mano izquierda gesticulando como si fuera una tijera sobre su dedo índice de la mano derecha. Melviz finalmente atormentado y derrotado cae de rodillas y comienza a rogar por su vida sollozando.

-Bravo Vernon, bravo. Me has conmovido. He de reconoser’ que lo hases’ muy bien, casi me paresía’ estar viendo a Melviz cantar para mi en mi propia casa. Mira, te voy a descontar sien’ dólares de tu deuda. ¡Oh! Pero me sigues debiendo noventa y nueve mil novesientos’ dólares más los intereses. Chicos, llevad a… “Melviz” a buscar su dinero en algún solar fuera de Atlanta. Espero que tengas buen seguro de vida porque la deuda se la hereda tu mujer.
-Por favor señor Jaffar, tenga piedad yo le puedo pagar ese dinero, tan solo lléveme a un banco y se lo daré al momento… no, no… ¡noooo!

Mientras dos grandes matones arrastran a Melviz fuera de la habitación las últimas notas de Promised Land suenan por los altavoces de madera. Jaffar baila con una imaginaria partener, girando sobre si mismo y sonriendo. Un nubarrón de lluvia comienza a arropar con su sombra el asfalto de Atlanta mientras, paralelamente, la misma escena con el mismo personaje sucede a la inversa, dos grandes matones arrastran a un tipo al interior de una habitación.

Andrea Cornelius es un enorme irlandés con el acento limado por los años en estados unidos. Lleva unas gafas de gran aumento que desempaña a cada instante pues suda a mares. Está calvo como una bola de billar lo cual achaca a los disgustos que el cantante le provoca desde hace más de diez años. Delante de él tiene sentado a un tipo con un increíble parecido a Melviz. A treinta pasos no lo distinguiría pero en la corta distancia sabe que no es él. La situación le supera. Ha tenido que lidiar con escándalos de drogas y menores. Con escenas de borracheras rozando el coma etílico en lugares tan inapropiados que los espectadores de dichos actos podrían afirmar sin dudarlo que era una cámara oculta. Ahora con el imitador sonriendo como un bobo se arrepiente de no haberse jubilado el año pasado como le insistió Luanne. La historia del tipo no tiene fisuras. Le ha quitado la cartera estando Melviz borracho y pretende pegarse una buena fiesta en la suite mientras unos matones borran todo recuerdo de él sobre Atlanta y cualquier otro lugar que haya pisado librándole de la deuda. Lo que el tal Vernon no sabe es que Melviz lleva años sin cantar en directo. Su voz apenas sacaba la naricilla para respirar desde el fondo de un mar de alcohol un par de años atrás, ahora ya estaba tan disecada como una rata en cloroformo. Para colmo su estado físico acompañaba a la perfección la descripción de su antaño gran talento vocal. Lo que tampoco sospecha es que a Cornelius le importa poco el destino del cantante mientras la discográfica siga teniendo beneficios y él su golosa y ansiada jubilación.

calling8-Señor Vernon. Estos son Paul y Saul. Al igual que un servidor llevan años tratando con Melviz. Ya el ascensor, después de atravesar el mar de periodistas y admiradores, se percataron que usted era un farsante. Pero al ver la cartera de Melviz le trajeron a mi pues es algo inaudito lo ocurrido.
-Señor Cornelius. ¿Puedo llamarle Andrea? Mire yo no pretendía…
-¡Puede llamarme Señor! -grita rojo de ira mientras golpea la mesa.
-Eh… sí. Señor. Mire…
-¡FARSANTE!... Farsante es la última palabra que he pronunciado. Y farsante es lo que Melviz era últimamente. El “Gran Cantante” llevaba año enterrado bajo capas de decadencia. Lo que quedaba de él es ceniza, señor Vernon, ce-ni-za.
Ahora mismo somos las únicas cuatro personas que saben esto. Usted amigo mío se ha metido en un tremendo lío del cual va a salir, no solamente airoso sino también rico y alabado.
-¿Cómo? -Vernon ya se huele el pastel y está salivando pero continúa con su papel de lelo.
-Sustituyendo al verdadero Melviz que, a juzgar por su relato, ya debe haber alcanzado la inmortalidad bajo una tonelada de cemento.
-Alabado sea el señor. Es usted un ángel Andrea. Señor.
-Lo que soy a usted le tiene sin cuidado. Lo importante aquí es que las cuatro personas que estamos en esta suite vamos a firmar papeles como para enterrarnos vivos los unos a los otros. Yo me encargaré de que todos salgamos gratamente olvidadizos al cruzar esas puertas.

Paul y Saul, sin mediar palabras y mirándose con los ojos como faros de camión, se quitan las chaquetas y aflojan el nudo de sus corbatas mientras se acomodan en el lustroso sofá de piel de la habitación 1608 del hotel Memphis. Es 1977 y en la calle comienzan a caer las primeras gotas de lluvia.

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Prisión y locura

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Ya era tarde. Amanecería en un par de horas y los chicos no entendían porque estaban allí. Probablemente un exceso de vicio condujo a los jóvenes a perderse en lo desconocido. En apariencia el lugar se asemejaba a una pescadería; paredes alicatadas de un blanco sucio y unas enormes neveras blancas, todo salpicado de gotitas de algo que podría ser sangre de pez, esa sangre aguada y marrón que nada bueno parece contener. Nadie regentaba el lugar aunque bien podría haber sido el olor una presencia casi física allí, olor a mar o a aguas tratadas con algún producto hecho a base de algas. Carlo y Mani se encontraban en la entrada mientras las chicas aun alucinaban con el sitio. Silvia, tras superar la timidez que produce un lugar desconocido, abrió la mayor de las neveras. Un gesto rápido y nervioso de Soledad puso en alerta a todos, como si por una décima de segundo el tiempo se hubiera congelado alrededor de su cuerpo y sus músculos, y ella supiera a ciencia cierta que aquello era una pésima idea. El grito de Silvia estalló igual que en esos malos sueños de los que no puedes escapar.

-¡No, no, no puede ser, no, no, para… para!

prision2Como si con órdenes verbales pudiese controlar la pesadilla que se desarrollaba frente a ella, pero la magia de las palabras debía de ser demasiado débil o simplemente una patraña porque la masa negra y viscosa que se desperezaba y se erguía lentamente no dejó de crecer hasta pegarse literalmente al techo. Aquel horror se asemejaba a unos imposibles tendones negros y aceitosos. Debía de medir cuatro metros de alto y desprendía un tufo a aguas estancadas y alquitrán. Entonces vibró como una cuerda de guitarra, rápido y feroz, y los sonidos que alcanzaron los oídos del cuarteto generó tal pánico en ellos que arrancaron a correr atropellándose los unos a los otros.

Cuatro jóvenes corriendo como si un edificio bombardeado estuviera derrumbándose tras sus pasos. Soledad aun tiraba de la manga izquierda de Silvia mientras corrían por la calle. Los dos chicos iban unos metros por delante. Mani miraba de vez en cuando atrás para controlar que ellas les seguían. Para cuando se detuvieron el extraño lugar ya no estaba a la vista. Todos se miraban sin saber qué decir. Aun intentaban recuperar el aliento. Se habían internado en una calle mal asfaltada, ninguno reconocía el lugar. El ambiente era extraño, como de fiesta gitana. En una larga hilera reposaban aparcados en batería cientos de furgonetas, todas arregladas como autocaravanas. La gente que por allí se movía reía a grandes carcajadas y hablaban a gritos, parecían poseídos por el alcohol y la juerga nocturna pero sus movimientos y sus gestos estaban controlados por algo distinto, como si fueran marionetas que un titiritero en la oscuridad de las alturas manejase a su antojo.

-¡Mirad el cielo!

Carlo, quitándose las gafas aun empañadas señalaba en dirección a donde supuestamente las estrellas debían de mostrarse en su orden habitual, pero en vez de ello todo era negro, sin ninguna luz que pudiera servir de referencia. Ni siquiera el negro era natural, era un negro embarrado, parecía que un ruido de estática campase a sus anchas sobre el manto de la noche.
Mientras caminaban al costado de la hilera de caravanas los posesos juerguistas los miraban y reían, algunos se acercaban y abrían la boca en una mueca de perversa sonrisa, congelando su rostro como si portara una de esas máscaras samurai que representan a un demonio burlón. El aliento que les alcanzaba recordaba levemente al olor de la lúgubre pescadería.

-¿Dónde estamos? ¡Quiero volver Carlo!

Silvia se aferraba al muchacho como si éste tuvieras las respuestas a lo que a su alrededor se había conjurado. Cada vez más juerguistas se arremolinaban entorno al grupo y algunos les seguían con paso cansado. Para cuando se acabó la hilera de caravanas los curiosos fiesteros, todos ellos en un gran grupo que recordaba a una magnífica reunión familiar, les saludaban alzando sus pegajosas botellas y vasos de plástico, todos sonreían, pero ya no emitían palabras, solamente el ruido de sus estómagos, respiraciones y demás sonidos corporales llegaban a los oídos de los muchachos.

prision3Ninguno reconocía el lugar. Aparentemente todo se asemejaba a la ciudad donde se habían criado y habían pasado tantas noches de juerga juntos, pero era como si las manzanas de edificios se hubieran reubicado en un caprichoso juego de construcción. Ante ellos edificios parcialmente en obra donde la parte que estaba en construcción era la inferior. En la distancia no parecía existir nada, no podían apreciar ninguna luz, todo era una impenetrable y sucia oscuridad. La autopista que antaño circunvalase la ciudad ahora la cortaba por la mitad, en algunos tramos derruida. Frente a ellos el Hospital Residencial Gevangenis, una mole de quince pisos, presentaba un aspecto ruinoso en la parte inferior mientras la superior, como si de un faro se tratase, reflejaba las luces de los fuegos que rodeaban la zona.

Varias hogueras lucían separadas por cientos de metros, las llamas se alimentaban de ruedas de coches y otros objetos arrancados contra su voluntad de su lugar original, algunos parecían maniquíes, o al menos eso querían pensar los jóvenes. Decenas de personas se arremolinaban y gritaban cerca de las llamas, sus caras rojas por el efecto del calor o de las drogas confirmaban un exceso de locura, ya no reían como los juerguistas, parecían pelear por restos de comida como animales salvajes pero conservando cierto grado de comportamiento social.
El grupo, aunque cuidadoso, fue descubierto al acercarse en exceso a una de las hogueras. Los ruidosos moradores comenzaron a llamarles para que se presentasen ante el fuego, gritándoles como a perros callejeros.

-¡Venid aquí! ¡Ehh! Ya, venid ahora. Presentaos ante ellas. ¡Aquí! ¿Es que estáis sordos o sois tontos? ¡Que vengáis ostia! ¡Vuestros nombres!

El grupo no dejó de caminar a paso acelerado, tratando de disimular y no alimentar la ira de los locos del fuego. Silvia parecía a punto de quebrarse, a veces se paraba e incluso manifestaba querer contentar a los gritones. Presa del miedo a algo peor finalmente se detuvo y comenzó a increparles.

-¿Pero qué queréis de nosotros? ¡Dejadnos volver a nuestra casa!

Llorando y temblando parecía sentirse atraída como la ferrita a un imán, recortando distancia por momentos. Entonces estalló la violencia; hombres, mujeres y niños se abalanzaron sobre los cuatro jóvenes tratando de acercarlos a las llamas.

-¡Decidles vuestros nombres, todos!- les gritaban.- ¡Ellas los quieren!

Tirando, arañando y golpeando se zafaron de los adoradores de las llamas, afortunadamente éstos no parecían tener un especial equilibrio ni fuerza, si les hubieran retenido un minuto más el resto del ejército que se acercaba habría sido suficiente para aprisionarlos eternamente.

-¡Corred, no os paréis por nada!

Mani les jaleaba. Tratando de ir el último, cerrando la carrera. Los locos aminoraron la persecución a medida que el grupo se adentraba en las sombras. Corrían al borde de una enorme zanga donde en algún momento de un hipotético futuro descansaría el parking de un gran edificio de oficinas. Cuando Mani volvió la mirada al frente para ver al grupo pudo observar el segundo preciso en que Silvia perdió pie sobre la zanja, cayendo en la impenetrable oscuridad del foso.

Los gritos de la chica se vieron multiplicados por el eco de la profundidad. Horrorizada, no cesaba de gritar.

-¡No veo, no veo nada!

Carlo le rogaba una y otra vez que no gritase, no tanto a ella, parecía hacer la petición al cielo, al aire o a algo que solo él viera. Soledad alcanzó un trozo de hierro y aguardaba mirando a los locos en la distancia, presta a defenderse por primera vez, aunque éstos, quietos donde la luz aun generaba sombras, tan solo les observaban mientras se balanceaban con suavidad.

-¡Silvia escúchame! ¿puedes moverte?

prision4Mani trataba de tranquilizar a la chica. Le resultaba imposible ver nada, la oscuridad en el foso era como lodo, estaba seguro que si bajaba la mano lo suficiente podría sentirla en la piel como si fuera una substancia desconocida y tangible.

-Escúchame por favor, cálmate. Voy a encender el Zippo y lanzártelo para que puedas orientarte.

Rápidamente sacó del bolsillo trasero del pantalón el mechero, lo encendió con un rápido movimiento y lo comenzó a mover de un lado al otro.

-¿Puedes verlo Silvia? Te lo voy a lanzar.

Mientras pronunciaba estas palabras abrió su mano para dejar caer la pequeña llama en el preciso instante en que Silvia gritó:

-¡No lo veo!¡No puedo ver!

Mani pudo observar cómo en menos de un metro de caída la llama se tornaba marrón, no como si se apagase, era como si su color se invirtiera, como si mediante un efecto especial la llama adquiriese un tono imposible. Antes de que la chica terminara la frase el Zippo desapareció en el vacío. La chica seguía con su lamento, imparable. Mani insistía en preguntar si podía moverse. En un arrebato de fuerzas Silvia se alzó y gritó:

-¡Estoy de pie joder!¡No puedo ver!¡No puedo ver!

Los tres trataron de analizar la situación aplastados por el miedo y la urgencia pero no llegaban a ningún acuerdo. Mientras Silvia seguía gritando sin parar la misma frase una y otra vez.

-Nos perderemos ahí.- Repetía Carlo. -Es que no lo has visto, no es una oscuridad normal, es otra cosa.

Mani se negaba a abandonar a la muchacha.

-¡Tenemos tiempo! Hay que encontrar una cuerda o algo que nos guie de regreso aquí después de bajar. -Pero a su alrededor tan solo había objetos destruidos o inservibles.

-¡Hay que darse prisa, mirad!

prision5Soledad señalaba en dirección a la calle de las caravanas a cientos de metros. Los fuegos se estaban apagando rápidamente. Los locos cercanos al Hospital estaban imitando a sus vecinos, cogían puñados de tierra del suelo y la lanzaban a las hogueras mientras danzaban a su alrededor. Solo era cuestión de tiempo, las llamas se ahogarían bajo el peso de la arena y la oscuridad se derramaría en cada rincón. En la distancia varios puntos luminosos también se iban apagando poco a poco. Era como si todos se hubieran puesto de acuerdo, como si de un enjambre de insectos se tratase trabajando como una sola mente. Poco a poco, a medida que se ahogaban las llamas, un sonido parecido a un rapidísimo castañeo de dientes comenzaba a oírse, era el mismo ruido que emitió la substancia negra de la pescadería a un volumen muy inferior. Silvia también pudo escuchar el sonido y les rogó que no la abandonasen, pero para entonces Carlo ya corría en dirección a una gran hoguera cercana a una torre metálica de telecomunicaciones. La pareja se miró a los ojos, y sin mediar palabra siguieron los pasos de Carlo mientras el ruego de la muchacha abandonada en la oscuridad se apagaba por la distancia.

Usando una barra de hierro, y haciendo palanca ambos chicos, consiguieron romper el candado que cerraba la puerta horizontal que impedía la subida a la torre. Una vez sobrepasada la altura de la puerta la bloquearon con otra barra y tantos objetos pesado como pudieron encontrar. Difícilmente alguien podría subir a la torre si no era escalando por los costados. Los tres chicos se acurrucaron en la parte superior a unos treinta metros de altura, no había mucho espacio donde colocarse y reposaron espaldas contra espaldas. Mientras las luces cerraban cerco a su alrededor, cada vez la oscuridad se acercaba más a ellos y los bordes de la ciudad eran engullidos por la nada.

Pasadas dos horas, cuando sus relojes marcaban las diez de la mañana, ya tan solo quedaba la hoguera al costado de la torre. En una distancia de diez metros alrededor nada se podía ver salvo la asfixiante oscuridad. El ruido ya era ensordecedor.

-Esto es una locura chicos. Gritó Carlo.
-No. Esto es una prisión. Más nos valdría saltar y matarnos contra el suelo antes que la oscuridad nos alcance.

prision8Respondió alzando la voz Mani que no dejaba de mirar al cielo. No recordaba si había vuelto a parpadear en horas. Ya no sentía cansancio ni hambre. Solamente una sensación de vació que no podía explicar.

-Yo no puedo saltar Mani. Yo no tengo fuerzas para saltar, por favor. Ayúdame tu.

El llanto de Soledad le destrozaba, pero sabía que llegado el momento no tendría el valor de lanzar a la muchacha. Se consideraba un tipo valiente pero nunca la vida le puso en una situación como esa. Sin mediar palabra se alzó, recorrió el perímetro de la pequeña torre como si buscara una señal y en la segunda vuelta cogió impulso y se dejó caer sobre una maraña de hierros retorcidos. Soledad no tuvo fuerzas para gritar, solamente abría la boca y tiraba con todas sus energías de la reja del suelo de la torre como si fuera a doblar el hierro y envolverse en él. Carlo rezaba. Entonces el sonido cesó, y después de unos segundos de interminable silencio una gigantesca mano negra, hecha a base de viscosos tendones, cayó como un misil sobre la gran hoguera apagándola de un solo golpe, librando a la torre de toda luz y silencio y ocupando todo el espacio disponible con el ruido y la oscuridad.

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