Chaplin y Salinger

¿Qué tienen en común Chaplin y Salinger?
¿Qué tienen en común Hitler y Chaplin?
¿Qué tienen en común Hitler y Salinger?
A lo mejor sabes las respuestas a las tres preguntas y no te cuento nada que no sepas, pero para quien lo desconozca a mí es una historia que me gusta, porque me gustan Chaplin y Salinger y todos los personajes que contiene.
Al parecer todo empieza en un club de Manhattan, el Storks, alrededor de una mesa en la que está sentado Truman Capote (de quien recomendaré el retrato de Marilyn Monroe de su libro Retratos). Alza la copa y brinda a la salud de Francis Scott Fitzgerald, sentado en una mesa no muy lejos, y de quien, por cierto, se cuenta que siendo guionista de la Metro se topó con las siamesas de Freaks en la cafetería de los estudios durante el rodaje y sintió tales arcadas que no pudo probar bocado; y de quien, para qué recomendar El Gran Gatsby, si ya lo has leído, voy a citar su relato El curioso caso de Banjamin Button). Oona está sentada junto a Truman Capote y ríe, secunda el brindis, tiene quince años, el pelo negro ensortijado y los ojos de cualquiera de los hombres de la sala clavados en ella, incluido Orson Welles, en otra de las mesas (de quien me quedo con El tercer hombre). Orson Welles, además de dedicarse al cine, era adivino, sabía leer las líneas de la mano y en la de Oona ponía que se iba a casar y que iba a tener muchos hijos. Cuando Welles levanta la cara de la mano de Oona y la mira ella muestra desconcierto, Welles se encoge de hombros. Oona lo que quiere es ser actriz, no esposa y madre. Sacude la cabeza y se fija en otro hombre, sentado en otra mesa. Es Salinger. Era Salinger antes de fuera el famoso Salinger de El guardián entre el centeno (voy a elegir “El periodo azul de Daumier-Smith”, dentro de sus Nueve cuentos, aunque sigo deseando haberme fugado del instituto a los quince años con toda mi alma).
Oona y Salinger empiezan una relación basada en paseos, conversaciones y castidad que dura dos años, hasta que él se alistó en el Ejército, a pesar de, como Hitler, tener un solo testículo. Ella sirvió de inspiración a Truman Capote para el personaje de Desayuno en Tiffanys. Era una niña, además de hermosa, melancólica y triste a la que Salinger enviaba largas cartas vestido de soldado.
Salinger enamorado de Oona en la Segunda Guerra Mundial, Salinger enamorado desembarca en Normandia, Salinger enamorado conoce a Hemingway en París, de quien no aprecia su obra pero de quien se hace amigo y de quien yo escojo de entre sus cuentos Los asesinos.
Segunda Guerra Mundial, Oona recibe cartas de 12 páginas de Salinger, pero además de a leer le da tiempo a seguir con su vida social, hasta le da tiempo a salir con Orson Welles. Oona se ha trasladado a Hollywood para ser actriz. Chaplin, el hombre más famoso en aquella época después de Hitler, bajito, déspota y manipulador como el Führer, busca protagonista para una de sus películas –mi preferida es Luces de la ciudad–. Oona y él se conocen y prende la llama, cumpliéndose la profecía de Orson Welles. Esperan a que ella cumpla 18 años para casarse. Se llevaban 36 años de diferencia, estuvieron casados 32, tuvieron 8 hijos. No se separarían jamás.
Salinger sigue en la Europa en guerra, se dedica a tareas de interrogatorio y contraespionaje de las que quedó marcado para siempre en su experiencia con la escritura. Es posible que hace tan solo unos minutos haya acabado de escribir una larga carta a su tímida Oona y hasta la haya enviado. Se toma un momento entonces, de descanso, abre el periódico y se entera de que ¡la dulce Oona ha contraído matrimonio con Chaplin! A lo mejor por eso de ahora en adelante decide que detesta el cine y que se va a volver cada vez más y más asocial, mejor y mejor escritor.
Oona tiene un hijo, dos, tres, cuatro, cinco, con Chaplin, se exilian a Suiza, ya que él es acusado de comunista, de violador. Y en Suiza continúa teniendo hijos, hasta 8, acompañando a Chaplin en sus múltiples éxitos, enviudando, envejeciendo, muriendo.
Salinger por su parte se casa tres veces, tiene dos hijos, en la cumbre de su fama sigue la máxima de su personaje Holden Caufield: "me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente". Y eso hace: se aísla del mundo, se convierte en una persona esquiva al que no tienen acceso los medios de comunicación y del que apenas hay fotografías (como Pynchon, te recomiendo La subasta del lote 49), se obsesiona con la religión, se hace budista, de la Cienciología, cristiano, y muere, aislado en una granja.


Tengo, como te podrás imaginar, casi todo lo que has publicado (o han publicado a expensas tuyas) y he asistido a conciertos tuyos en Madrid, Granada y Hamburgo. Y debo agradecerle a mi amigo Joaquín que me quisiera acompañar, en Belfast, hasta la puerta de tu casa de la infancia en Hyndford Street. Una empresa arriesgada pues implicaba, en esos tiempos, cruzar alternativamente barrios católicos y protestantes separados por alambradas de espino.
Has sido mi regalo de bodas y de Navidad, mi cantante en algún homenaje a amigos y mi fiel compañero a lo largo de miles de kilómetros de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Sin moverme de donde estuviera, me has transportado a los valles glaciares de Wicklow, a Nueva Orleans o a San Francisco con una simple canción.
Dicho instante encierra, por supuesto, un juicio de valor. Si volvemos al pretexto de estas líneas, el lienzo Hotel lobby (1943), estamos ante la plasmación de una secuencia: una mujer joven, en primer plano, a la derecha, lee un libro en el vestíbulo de un hotel. La luz blanquísima de la escena proviene del ángulo superior izquierdo por el lado del espectador y nos conduce, dejando a mitad de camino un retazo del mostrador de la recepción en penumbra, hacia un segundo término en el lateral izquierdo donde una pareja que transita hacia la ancianidad conversa. El hombre, de traje muy oscuro, permanece de pie. La mujer, vestida de rojo, con abrigo de visón y sombrero negros, lo mira como esperando una respuesta. Él mira hacia adelante, un poco a ninguna parte, mientras se la piensa.
No quisiera poner fin a estas consideraciones sin aludir a la pulcritud de la obra de Hopper, que pinta sin ambajes ni sofisticación y me recuerda una definición que escuché en su día a propósito de la composición musical: el arte de ordenar no sólo sonidos sino también silencios a lo largo de una partitura. En cada cuadro, Hopper nos pide silencio para que sepamos escuchar el vacío que hay entre las cosas y las personas de su universo.