¡Bum (, bum)! (II)

¡Quién nos iba a decir a Vds. y a mí que esa colaboración iba a tener segundas partes! ¿Se acuerdan?
Se trataba, entre otras cosas, de hacerlos reflexionar sobre el milagro que representa estar vivo cada segundo de cada día. Me caí del guindo cuando me hicieron un ecocardiograma y el facultativo hizo retumbar por los altavoces del aparato el latido de mi corazón. Un movimiento reflejo, una constante tan fundamental como ignorada por todos los vivientes. Sobre todo en su aspecto más sonante, en el que se integran el batido del músculo y los efectos acústicos asociados a la apertura y el cierre de las válvulas. Y esto sin parar desde que nacimos. Nada debería asombrarnos más.
O, quizás, sí. Pero puede que no haya caído en la cuenta porque soy un hombre y no estoy capacitado para engendrar vida. No me puedo imaginar dos corazones latiendo en un mismo ser y, desde mi punto de vista, eso es lo que, sanamente, debemos envidiar a la condición femenina.
¡Bum, bum! ¡Bum, bum! Se ha liado una buena estos días en el ruedo político español a cuenta de una posible medida de la Consejería de Sanidad de la Junta de Comunidades de Castilla y León.
Por boca del vicepresidente de esta Autonomía, dicha Consejería se plantea obligar a los médicos de Castilla y León ofrecer a las gestantes con voluntad de abordar la posibilidad de someterse a una ecografía como la que me hicieron a mí en su día pero enfocada a hacerlas escuchar el pálpito del ser que llevan dentro. Para que quede meridianamente claro: el sanitario está obligado pero a la embarazada se le realiza la prueba sólo si ésta está de acuerdo con ello.
El motivo de esta iniciativa que, insisto, a la hora en la que estoy escribiendo este texto todavía no ha tenido reflejo escrito alguno, ni siquiera a título de proyecto, es el de concienciar a la portadora de esa vida de lo transcendente de la decisión que implica acabar ab orto [literalmente, 'desde su nacimiento'] con ella. El legislador subputa que la espectacularidad y la contundencia del modo en que ya se está plasmando una vida pueda hacer rectificar en su decisión a la mujer que la lleva dentro. De este modo, se estaría también dando cumplimiento a uno de los objetivos que comparten todos los partidos del espectro político: combatir la alarmante caída de la natalidad en España.
En el supuesto caso de que esta medida vea la luz (cosa que, por ejemplo, niega el presidente de Castilla y León), se trataría, a mi modo de ver, de una iniciativa cuanto menos polémica, que ya se está encargando de rentabilizar la izquierda revisionista woke (es decir, toda). Una magnífica cortina de humo con la que tapar durante todo el tiempo que sea posible la perplejidad provocada por la aplicación de las postreras leyes sobre sediciosos, malversadores y violadores.
Pero centrémonos en el debatido proyecto que, por no constar, no les consta ni a los médicos que deberían cumplir con el mandato. Parece, por una parte, inconsecuente que, si los médicos tienen libertad de consciencia a la hora de poder o no practicar un aborto, no puedan gozar de esa misma libertad de consciencia en lo referente al ofrecimiento de la prueba ecográfica de marras. Por la otra, me parece de todo punto razonable que el médico que acceda a poder practicar la ecografía plantee su posibilidad a la gestante. Lo que no ofrece ningún género de dudas (tampoco las ofrecería el proyecto) es la total discreción de la embarazada a la hora de decidir si debe o no someterse a la prueba.
Así que, resumiendo, mal me parece que se obligue al médico pero bien me parece que se le pueda plantear el argumento a la posible madre, teniendo ésta la última palabra al respecto tanto a la hora de acceder a la ecografía como, por supuesto, al cumplimiento de su gestación.
Y digo que me parece bien que la prueba se llegue a realizar todas las veces que sea posible (todas las veces que el facultativo y la gestante coincidan) porque creo que, últimamente, se ha banalizado muchísimo todo lo referente a la concepción de un ser humano.
Anticipo que la mujer que consienta escuchar ese latido está en vías ya sea de cambiar de opinión al respecto, ya sea de tener mucho más cuidado en volver a encontrarse en una situación parecida. En cualquier caso, es un individuo que ha tomado plena consciencia de la transcendencia de su decisión.
En modo alguno me parece 'una agresión a la intimidad' de la fémina el que se la pueda invitar a escuchar ese ¡bum, bum!. ¿Acaso se perciben como una 'agresión a la intimidad', como una coacción, las advertencias que aparecen en las cajetillas de tabaco? Los fumadores son libres de hacerles o no caso. Aunque, claro, con la substancial diferencia de que unas presagian una vida (que no tiene por qué ser asumida por la que da a luz) y las otras, sencillamente, la muerte.
Alguien podrá caricaturizar lo que acabo de exponer ilustrándolo con el caso de una fumadora embarazada que decidiese abortar y, así, apostase a un macabro 'doble negro'. Tan sólo he pretendido mover a una verdadera reflexión sobre la materia huyendo del fariseísmo ambiente.


Lejos de querer compararme lo más mínimo a estos personajes y a otros muchos que demostraron su pasión por actividades que no tenían nada que ver con aquello que los hizo famosos (Hemingway y Picasso fueron grandes aficionados a la tan denostada Tauromaquia), quiero reivindicar la importancia que pueden revestir determinadas instituciones culturales populares en la vida de figuras señeras de nuestra civilización.
algunas estrategias de consolidación de grupos que se aplican al principio de cada temporada. Como ocurre con los entrenadores, con el paso de las semanas de clase, voy pergeñando un 'equipo titular' con el que estimular a 'los suplentes'. Y, por qué negarlo, tengo también a mis favoritos.
una tercera selección se planteará el encuentro como una reedición de su fatum : el combate contra Goliat y la cuarta, como la posibilidad de asentar una preponderancia añorada en otros ámbitos. ¿Hace falta que les diga a qué equipos me refiero?
No sé quién habrá ganado en Carcasona pero sé que hay más seres vivos respirando los veintiséis grados y medio que hace en el salón donde acabo de recuperar la consciencia sobre una colchoneta colocada en el suelo. Mi madre, que ha debido de despertarse antes que yo y lee su enésimo libro sobre la Guerra Civil. La perra, que ha ido cambiando de tumbadero durante todo este tiempo. Y unas moscas, que me están empezando a hacer la vida imposible. ¿De dónde habrán salido? Antes de echarme me había cerciorado de que no quedara ninguna viva alrededor.
En la franja horaria que va desde las dos hasta las ocho de la tarde, las calles de mi urbanización permanencen prácticamente intransitadas. Los vendedores de melones y los chatarreros también se han volatilizado. Me pregunto qué es de todos los demás pobladores del ecosistema durante este período: aves, pequeños y medianos vertebrados, insectos, etc. En cualquier caso, mi admiración se la llevan las plantas, que no tienen modo de refugiarse de la inclemencia y adoptan todo tipo de estrategia para que los rayos del sol las afecten lo menos posible.
Las ocho. Primer intento de echar un vistazo ahí fuera, de ver si todo sigue en pie o si, definitivamente, ha sucumbido. Supero la prueba de salir a los soportales pero sospecho que todavía no seré capaz de correr una puerta acristalada. Las avispas que se han acumulado en este espacio me miran con asombro. ¡Habrase visto tamaña imprudencia! Ellas no saldrán de ahí hasta que no se oculte el sol tras el cerro que nos protege de los últimos embates solares.