El cine negro. Dispara... o no dispares.

Robert Mitchum, Jane Greer y Kirk Douglas se pasean por la pantalla de mi televisor en una historia lírica y fatalista. Vuelvo a ver Retorno al pasado de Jacques Tourner, desde mi punto de vista la más romántica entre las películas del cine negro. Siento una pasión especial por este film de 1947, que parece no envejecer con el paso de los años, quizás porque cumple con exquisita precisión todos los cánones estilísticos y narrativos de un género que ha quedado congelado en el tiempo.
A pesar de su romanticismo poco frecuente, el argumento de Out of the Past está cargado de pesimismo y sus personajes ambiguos son reflejo de los arquetipos del género: el detective, la mujer fatal, el magnate mafioso… Jeff Bailey (Robert Mitchum), ex investigador privado, se ve obligado a abandonar su retiro en un pequeño pueblo americano por encargo de Fred Sterling (Kirk Douglas), un magnate mafioso que quiere localizar a Kathie Moffet (Jane Greer), a la que acusa de haberle robado e intentado matarle. La trama, infinitamente más compleja que este breve resumen argumental, está plagada de engaños, mentiras y fue ambientada dentro de una atmósfera oscura y amarga.
Retorno al pasado resulta ser la excusa perfecta para reflexionar sobre los tópicos del género adaptados al cine a partir de la literatura negra. La mayoría de los films noir emblemáticos, como éste, son en realidad adaptaciones literarias o guiones escritos por conocidos novelistas del género, contratados expresamente por Hollywood para construir con rigor sus argumentos.
Los personajes del film de Tourner se mueven en un espacio dominado por lo fatal y plagado de sentimientos como la sospecha, la farsa o el cinismo. Como casi siempre en las historias negras, todos mienten. La verdad no es, precisamente, un denominador común en estos argumentos y, aunque los personajes hablen mucho, es importante leer entre líneas. Resulta más significativo lo que no se dice que lo dicho. Esta “doblez” en los diálogos, cargados de cinismo, juega también un papel relevante en las relaciones entre los personajes masculinos y femeninos. (“Jeff, debiste matarme por mi conducta de hace un momento”. “Aún hay tiempo”).
Este juego entre el personaje masculino y el femenino se desarrolla siempre a través de los tópicos. Los protagonistas masculinos suelen representar la imagen del antihéroe ambiguo, a veces pasivo, en ocasiones conflictivo, siempre observador. Mientras tanto, los personajes femeninos juegan en ocasiones un falso rol angelical tras el que se esconde la típica femme fatale, como ocurre aquí. Jane Greer interpreta a uno de los personajes femeninos más perversos y retorcidos de la historia del cine y representa otro de los argumentos imprescindibles en las historias negras: su relación con los demás está permanentemente mediatizada por el interés. Con el fin de conseguir sus objetivos, los otros son tan solo un medio para alcanzarlos y, por tanto, la falsedad y la mentira rigen su comportamiento.
El sabor amargo de esta historia de traiciones es otra de las características esenciales del relato. Gracias al obligado desarrollo trágico de las tramas, cargadas de una visión pesimista donde el fracaso reina a sus anchas, este género cinematográfico impone una de las revoluciones narrativas que marcaron época: la desaparición del happy end, ese sospechoso y perpetuo final feliz hasta ese momento imprescindible en las producciones de Hollywood.
No podía ser de otra manera, todo conduce hacia lo inexorable y lo trágico en el cine negro, mucho más si tenemos en cuenta la sociedad que reflejan sus argumentos, intrincados en tramas oscuras de poder donde las relaciones de los personajes con la violencia van acompañadas de la más aparente normalidad. No en vano, el propio Raymond Chandler, novelista pionero en el género, lo definió él mismo como “el simple arte de matar”, en referencia a la facilidad, sencillez e indiferencia con que se podía asesinar en las grandes ciudades de la época y, por supuesto, en sus novelas. En este contexto, los típicos detectives privados como Phillipe Marlowe, del propio Chandler, o Sam Spade, de Dashiell Hammet, se convierten en privilegiados observadores, pesimistas y cínicos, de una sociedad corrupta donde las apariencias siempre engañan, distanciándose de los detectives clásicos de otras épocas.
En este contraste con los relatos policíacos clásicos protagonizados por personajes como Sherlock Holmes o Poirot, se encuentra una de las claves del género, aunque también la continua discusión sobre su propia identidad como tal. Dentro del relato negro las reglas del policiaco clásico, donde la lógica impone su razonamiento y los protagonistas destacan por su inteligencia pura al servicio de una sociedad burguesa, saltan en pedazos. Para empezar, en el género negro la suerte pasa a ser un elemento imprescindible para la resolución de las tramas, en las que el transcurso de los acontecimientos y el puro azar conducen a un final del relato muchas veces caótico. En contraposición a estos factores, el desarrollo argumental del cine policiaco abunda en sus fundamentos en la lógica analítica, el planteamiento de hipótesis y sus consecuentes deducciones, en unas premisas en definitiva más accesibles y previsibles para el gran público.
La sociedad que refleja el género negro y las cualidades que definen a sus protagonistas poco o nada tienen que ver con los relatos policiacos tradicionales. Frente a los escenarios burgueses europeos donde se desarrollan las tramas de Holmes o Poirot encontramos las calles sucias y sangrientas donde habita el lumpen de las grandes ciudades estadounidenses. Y frente al detective cerebral, intelectual, ingenioso e implacable con el mal más propio de épocas pasadas, vemos que en el género negro reina el pesimismo, el cinismo y los malos hábitos teñidos directamente por el existencialismo imperante en el siglo XX.
¿Se trata entonces de un género nuevo o tan solo de una revisión, de una nueva vuelta de tuerca de otro ya existente? En esta permanente discusión sobre el concepto de género, quizás ponga un poco de luz Jean-Pierre Coursodon: “El cine negro es menos un género que un estilo. Sin embargo, es más que un estilo”. Un todo o una parte en sí, es evidente que el relato negro, tanto literario como cinematográfico, cuenta con un estilo propio que le caracteriza y pertenece a una época muy concreta, de la que es deudor absoluto. Y Retorno al pasado es un ejemplo perfecto para adentrarnos en los cánones del mismo, además de una obra cumbre del cine de su época. Aunque no creo que Jane Greer estuviera muy de acuerdo con afirmaciones absolutas a cerca de nada. Según de qué lado soplara el viento ella decidiría si saca o no el revolver y nos dispara a quemarropa. En el cine negro, como en la vida, nunca se sabe.
Algunas recomendaciones para acercarse al género:
Retorno al Pasado, Jacques Tourneur, RKO, 1947. Guión de Geoffrey Homes (Daniel Mainwaring), según su propia novela.
El Sueño eterno, Howard Hawks, Warner BROS, 1946. Guión de William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman, según la novela de Raymond Chandler.
Sed de Mal, Orson Welles, Universal Pictures, 1958. Guión de Orson Welles, según la novela de Whit Masterson.
Perdición, Billy Wilder, Paramont Pictures, 1944. Guión de Billy Wilder y Raymond Chandler, según la novela de James M. Cain.


Una vida desafía mi armadura. No la mía, convencional, temerosa. Yo soy un cobarde ensoñador que trago las vidas imaginadas de los valientes. De los libres. Desde niños nos entrenan a querer ser. A construir castillos de arena de lo que pudo ser y nunca fue. Limónov fue. Una vida en continúa lucha por salvaguardar el imperio de los sentidos. Limónov pudo ser, y es.
Nacer en las profundidades del aislamiento físico a orillas del Volga, en plena postguerra, bajo un sistema que engulle toda resonancia individual del yo, la "antigua Unión Soviética", era una firme condena a ser miembro del club de perdedores de las circunstancias históricas. Limónov sobrevivió a la Unión Soviética. Sobrevivió a la meca del individualismo capitalista de los años 70, Nueva York. A la Rusia de Yeltsin, de Putin, de los oligárquicas. Su rebeldía creativa avanzó como una apisonadora sobre restricciones morales, sociales, culturales, políticas por Moscú, Nueva York, Paris, Serbia, Kazajstán, allí donde pudo estar, estuvo. Limónov existe.
Una vida anclada en la historia del continente euroasiático del siglo XX. Puede ser amado por hermosas mujeres eslavas, y lo es. Puede ser un escritor de culto a quien emular, y lo es. Puede ser un predicador de almas perdidas, y lo es. Puede ser el santón que todos en la sala escuchan sin interrupciones, y lo es. Puede ser el valiente soldado que corre a alistarse para defender una reino perdido en la perdida Yugoslavia, y lo es. Puede ser el francotirador en una guerra olvidada, y lo es. Puede ser el salvador de los desahuciados de la Rusia post soviética, y lo es. Puede ser el opositor de Putin que acaba con sus huesos en la cárcel, y lo es. Puede ser una vida para ser contada por un escritor francés, y lo es. Puede ser cruel, y lo es. Puede ser el que ama, y lo es. Puede ser odiado, y lo es. Es Limónov. Una vida en libertad. Un salvaje triunfador en el imperio de los sentidos. Un protagonista de la historia europea del siglo XX. Limónov, pura vida.
A Karl Ove le interesa sobremanera la relación del individuo con la masa. Dice que nacemos todos diferentes, pero que la cultura y la sociedad nos igualan. Yo me siento muy cercano a él. Nacimos a mucha distancia, en países de mentalidad aparentemente muy distante, pero, por lo que leo, él y yo vivimos en la misma fase humana, en las misas coordenadas temporales durante las que el mundo se hizo cada vez más pequeño. Nacimos en los setenta, crecimos en los ochenta y vivimos los noventa para darnos de frente con la realidad en el nuevo siglo. Veo fotos en internet de los personajes de sus libros, y son pura carne y puro hueso. Me gustaría salir a tomar unas cervezas con Geir, ese tipo que inspira confianza porque actúa menos teatralmente que la mayoría, y levantar del suelo en su coma etílico a su pobre vecina alcohólica rusa. Una sensación de frío me invade desde la primera linea, ese sol grisáceo, esa ambivalencia que representan para él el resto de personas, ese muro infranqueable hacia que es el yo. 