Tiempos difíciles (I)

Hastiado, Zeus miró el fondo de su copa de néctar, que apenas había tocado. A los pies de su trono, dioses, héroes y criaturas mágicas festejaban como cada año la vuelta de Perséfone del inframundo. Después de pasar tantos meses alejada de su hija, Deméter no parecía dispuesta a compartirla con nadie. En cuanto la joven cambiaba de grupo, su madre no tardaba en aparecer para abrazarla, acariciarle el pelo con embeleso y alabar sus muchas virtudes. Sin duda, la felicidad de Deméter pronto se traduciría en bellas flores y ricas cosechas en el mundo de los mortales.
- Os encuentro distraído, mi señor. ¿Qué os aflige? – preguntó con delicadeza el centauro Quirón.
- Eh… Será mejor que hablemos fuera – respondió Zeus, señalando con un leve gesto de la cabeza a su esposa Hera.
Esquivando a sus invitados con sonrisas forzadas y breves fórmulas de cortesía, Zeus logró llegar hasta la enorme terraza, rodeada de una balaustrada de mármol. El rey de todos los dioses miró hacia abajo, intentando vislumbrar alguna luz, algún signo de vida, pero la oscuridad era total.
- ¡Ejem! – carraspeó sutilmente Quirón.
- Eh, sí, sí, perdona… Llevo un tiempo pensando en nuestra relación con los mortales. En los últimos meses, he enviado a Hermes varias veces a la tierra para que me trajera noticias y ¿sabes lo que me ha contado? Que nuestros templos se caen a pedazos, que ya casi nadie conoce nuestra historia… ¡Somos una maldita reliquia, Quirón! – Zeus pulverizó de un puñetazo el tramo de barandilla en el que había estado apoyado.
- Los hombres son seres volubles, mi señor – respondió con serenidad el centauro - A lo largo de la Historia, han cambiado de dioses como de camisa por conveniencia y hasta por moda. En realidad, nunca les ha preocupado a qué deidades adoraban, sino más bien sentirse apoyados, reconfortados…
- ¡Eso es! Ahí es donde les hemos fallado. Llevamos tanto tiempo viviendo aquí, de espaldas a ellos, que se han olvidado de nosotros. Si supieran la de tormentas e inundaciones que he provocado sólo para llamar su atención… Pero ahora, según Hermes, a eso lo llaman cambio climático. En fin, ¿qué puedo hacer?
Quirón miró de soslayo a Zeus. Parecía más viejo y cansado que nunca.
- Mmm… Se me ocurre una idea. ¿Por qué no bajar a la tierra y comprobar cómo van las cosas? Discretamente disfrazado, nadie se daría cuenta de que están ante Zeus, el dios de dioses. Eso le permitiría observar el mundo de primera mano, confraternizar con las personas y…
- ¡Y concebir un hijo con una mortal! Claro, así podría renovar mis vínculos con la Humanidad. Fíjate en el dios cristiano, lo bien que le ha ido esa estrategia… Pero esta vez, nada de malcriarlo trayéndomelo al Olimpo. No, no, no, éste se quedaría en la tierra, escuchando a los hombres y haciendo de mediador. ¡Y tú serías su tutor, como ya hicieras con Aquiles!
Antes de que Quirón pudiera objetar nada, se oyó un fuerte griterío proveniente de la fiesta. Quirón y Zeus corrieron a ver qué sucedía, pues entre criaturas tan poderosas no convenía pasar por alto los roces, por mínimos que fueran, especialmente con tanto vino de por medio. En este caso, un Ares bastante perjudicado intentaba provocar a su hermana Atenea, rememorando lo fea que se había puesto en cierta ocasión al tocar la flauta. Buscando la complicidad de los invitados, hinchaba las mejillas como melocotones mientras con los dedos fingía tocar dicho instrumento. Cuando Atenea, furiosa, ya se disponía a ensartar al bravucón de Ares con su lanza, Zeus se colocó entre ambos y emitió un grito sobrenatural que rompió todas las copas y heló la sangre a los asistentes: “¡Basta yaaa!”
- Son como críos – pensó Zeus – Espero que no se maten entre sí durante mi ausencia…
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El gato negro se movía con elegancia por entre las mesas de la terraza, ya preparadas para los turistas. Todavía era temprano, pero en un par de horas, cuando todos bajaran de la Acrópolis con hambre, sed y ganas de comprar souvenirs, aquellas calles empedradas se convertirían en un lugar intransitable. El animal se metió en un bar de aspecto destartalado, donde un par de viejos fumaban con expresión ausente. Zeus, porque no era otro aquel felino, decidió que parecía un buen lugar para una primera toma de contacto con los mortales. En la televisión, los participantes de un debate analizaban el futuro económico del país en tono fúnebre.
- ¡Esto es una tomadura de pelo! Me largo, ¿me oyes? – gritó una mujer desde la cocina.
- ¡No te necesito! ¡Hay camareras a patadas! Y mucho menos estiradas que tú – le replicó una voz masculina con insolencia.
Pasos apresurados. Desde su rincón, Zeus la vio salir mientras ella se dirigía a la puerta. Grandes ojos oscuros, fina cintura y caderas anchas. Y, por supuesto, carácter. Qué suerte he tenido, se dijo el dios. No pensé que fuera a ser tan fácil encontrarla…


Los amigos de los Taylor solo necesitaron un par de días para movilizar a sus contactos políticos. En unas pocas semanas, se creó un poderoso lobby de fanáticos anti-tecnología y fundamentalistas religiosos que dedicaron todos sus recursos a dar a conocer el caso de Denise, convenientemente distorsionado, y a azuzar los miedos de la población. Se hicieron campañas publicitarias masivas y hasta se financiaron películas con un mensaje inequívoco: o ellos o nosotros. Se modificaron leyes y se retiraron importantes subvenciones a proyectos tecnológicos, condenándolos así a una lenta agonía y, a largo plazo, a la desaparición.
En las piras públicas ardieron desde los últimos ordenadores de sobremesa, móviles y televisores, hasta humildes aspiradoras, exprimidores y secadores de pelo. Ningún aparato se libró de la furia de quienes pretendían acabar con la denominada amenaza tecnológica. La mayoría de la población parecía dispuesta a todo con tal de no vivir bajo el yugo de las máquinas en un futuro. En su viaje al atraso, la humanidad no toleró disidentes: aquellos que se atrevieron a alzar la voz contra la locura también acabaron consumiéndose en el fuego.
Para inaugurar esa nueva página de su Historia con coherencia, la humanidad decidió destruir las armas y los tanques que les habían permitido ganar su lucha. Semanas después, comenzó el éxodo rural masivo. Millones y millones de personas se desplazaron a los campos, en busca de una vida sencilla de autosuficiencia. En la actualidad, se encuentran organizados en comunidades estables, al frente de las cuales están los inquisidores tecnológicos, encargados de velar por la pureza de sus paisanos y de sofocar el menor atisbo de progreso. 
Durante los últimos años, cada avance tecnológico había sido recibido con un creciente escepticismo por parte de los seres humanos, pero lo que acabaría desatando la locura sería el modelo Onna 2.0. A simple vista, parecía otra muñeca hiperrealista diseñada para satisfacer los más bajos instintos de sus compradores. Sin embargo, su creador, el eminente Hajime Tanaka, había ido mucho más lejos. Al verse a las puertas de la vejez sin mujer ni hijos, el Dr. Tanaka había decidido fabricarse una compañera que hiciera las veces de amiga, enfermera y asistente personal. Por eso, no solo había programado a Onna para realizar las acciones que se le pedían, sino también para que calibrara cada situación y actuara en consecuencia. Aunque el repertorio de reacciones libres de Onna era limitado, era la primera máquina capaz de tomar decisiones, lo cual la convertía en la creación tecnológica más “humana” hasta la fecha.
La chispa del odio saltó al conocerse el caso de Denise, una Onna 2.0 adquirida en Fort Lauderdale, Estados Unidos. Los policías que la encontraron sentada bajo una palmera declararon que estaba cubierta de sangre y que presentaba un discurso inconexo, pues su batería estaba a punto de apagarse. Una vez recargada, la muñeca les confesó haber asesinado a sus dueños en defensa propia. Desde que la compraron, los Taylor le habían infligido todo tipo de torturas. En cierta ocasión, le arrancaron un ojo con una cucharilla y después vertieron lejía por el hueco. Asimismo, solían usarla como blanco en sus prácticas de tiro, lo que explicaba los balazos que presentaba por todo el cuerpo. No habían llegado a dañar ningún núcleo esencial de su cuerpo, pero sí habían estado cerca. Hasta entonces, Denise se había sobrepuesto a su instinto de autoprotección, sin plantearse huir ni mucho menos responder. Pero esa noche iba a ser diferente.