hcv2
  • Home
  • Noctámbulos
  • Bonifacio Singh
  • Historias Casi Verdaderas

Mi gato

David me tenía completamente anulada. Sara me lo repetía una y otra vez cuando salíamos de copas y el alcohol me hacía confesárselo todo. Yo no quería creerla, no era capaz de mirarme en mi espejo interior, pero lo que ella decía sobre nosotros era totalmente cierto. Si hubiese sido capaz de verlo antes, ella siempre dijo que David no era la persona adecuada para mi. Él era muy posesivo y no dejaba que aflorara mi verdadera personalidad. Yo siempre había sido una persona alegre y sociable, pero desde que me casé con él me había convertido en un ser aislado y anónimo, incapaz de desarrollar mis múltiples habilidades y dar respuesta a mis inquietudes.

gato4Mi psicólogo no paraba también de repetírmelo, que tenía que ser yo misma para ser feliz, no una prolongación de mi pareja. Yo intentaba con todas mis fuerzas vivir mi vida, ser independiente, encontrar la felicidad, pero la existencia en común con aquel ser me incomodaba, me fastidiaba, me estrangulaba como persona. David no se comportaba como un verdadero marido, como un hombre, era como un mueble más de nuestra casa. La situación empeoró cuando mi padre cortó la financiación a nuestro restaurante y a nuestra empresa de decoración de interiores. Nos dijo que estaba harto de perder dinero, que ya teníamos bastante para vivir bien, incluso varias vidas seguidas. Entonces David dejó de trabajar y comenzó a pasar mucho tiempo en casa. Era insoportable tenerlo todo el día a mi lado, cortándome las alas. Llegué a odiarle. Me daban ganas de pegarle un puñetazo y romperle las gafas. Vivíamos como dos compañeros de piso mal avenidos, sólo nos hablábamos lo necesario para resolver las incidencias domésticas. Pero en las reuniones familiares y de amigos manteníamos el tipo, todo era perfecto, siempre con una sonrisa de felicidad dibujada en nuestras caras.

Pasamos varios años sin hacer el amor. Él ni me miraba cuando me paseaba desnuda por la habitación antes de acostarnos, como si fuera invisible. Empezó a darme asco, me metía al water todas las noches para llorar y vomitar. Comencé a pensar incluso en que él era homosexual, que se había casado conmigo por interés. No en vano, siempre fue un tío muy amanerado y, como dice mi amigo Pelayo, un tío con pluma sólo puede ser italiano o maricón, y mi marido había nacido en Alicante. Aunque, todo hay que decirlo, Pelayo siempre barría para su casa cuando se trataba de intentar separarme de David, porque él me había dejado claro muchas veces que me deseaba desde que nos conocimos cuando éramos compañeros de trabajo en la compañía de seguros  de su padre. Pobre Pelayo.

Llegó el día en que no pude más. Le dije a David que le quería (una mentira piadosa, no había ni amor verdadero, ni cariño, ni nada) pero que tenía que vivir mi vida, que más que una pareja ya sólo éramos dos amigos (otra mentira, también piadosa, la amistad es otra cosa), y que nuestros caminos debían separarse. Lloramos abrazados, pero cuando yo ya daba la batalla por ganada va y me suelta que no quería marcharse, que lucharía por mi con todas sus fuerzas. Respondí que o se marchaba de casa o que me suicidaría, que al día siguiente, cuando regresara de tomarse el vermut de mediodía, me encontraría atiborrada de Prozac sobre la cama o en la bañera con las venas de los brazos cortadas a lo largo (a lo ancho es sólo pedir ayuda, según dice mi psicólogo). Tras varios días sin hablarnos y presionándole por fin cedió. Pensé una buena táctica para echarle de mi vida. Le dije a Pelayo que viniera a mi casa y que le diríamos a David que desde la semana siguiente dejase la habitación matrimonial para que durmiéramos juntos mi amigo y yo, que yo quería probar cosas nuevas. Dicho y hecho, fue un remedio con efecto inmediato: David cogió a los niños a la mañana siguiente, los montó llorando sobre sus sillitas en el asiento trasero del Cayenne y desaparecieron despacio rodando por las calles vacías entre las lomas de la urbanización. Solté un suspiro de alivio mientras veía el coche alejarse y desaparecer entre los chalets. Arranqué el cable del teléfono de la pared y apagué el móvil. Pasaron días de tremenda soledad y descanso, sólo enchufaba el móvil para hablar con Sara o con mi psicólogo. Pelayo vino a visitarme varias veces, pero no le abrí la puerta.

gato6Entonces conocí a Oscar. Aquel viernes yo paseaba sin rumbo por una plazoleta desierta de la urbanización, cuando vi la caja de cartón con su nombre escrito en un lateral. Me asomé dentro y allí estaba él, mirándome con sus ojos azules como platos. Maulló, salió de un salto de su madriguera y se me restregó por las piernas con su pelo pelirrojo erizado. Repitió la operación un par de veces de cabeza a rabo, como mecánicamente. Primero lo acaricié un rato, estaba limpio y suave, al menos aparentemente, y no pude resistir la tentación de cogerlo en brazos. Y ya no pude separarme más de él, me embrujó con su mirada y sus habilidades  sociales felinas. Me lo llevé a casa. Él tomó rápidamente posesión de todo. Recorrió el salón y la cocina, subió las escaleras e inspeccionó los dormitorios. Saqué de la nevera un poco de sushi que me había sobrado de la noche anterior, se lo puse en un platito y subí a buscarlo. Estaba en la buhardilla, se había tumbado sobre los pies de  una cama. Ronroneaba y mullía sus uñas sobre la colcha con los ojos cerrados, vi que era feliz, y yo sentí también, por primera vez, la felicidad plena. Me tumbé junto a él.

Abrió los ojos y me miró. Se levantó y se restregó contra mis pies. Yo abrí las piernas, y entonces él avanzó un par de pasos y comenzó a lamerme con su lengua de corcho. Sabía hacerlo muy bien, mucho mejor que David, desde luego, porque me produjo un placer que nunca había sentido. Pasaba esa especie de piedra pómez blanda por mi sexo hasta hacerme estremecer y de vez en cuando se adornaba con pequeños mordisquitos con aquellos dientecillos, que provocaban en mi un dolor placentero. Cuando notó que yo ya estaba satisfecha, paró y volvió a acurrucarse. Yo ni me moví, me quedé dormida como un cesto, hacía años que no conseguía conciliar el sueño sin tomar pastillas, pero aquella vez dormí y dormí sin necesidad de ninguna. Cada vez que me despertaba Oscar abría los ojitos al instante, notaba como por instinto que yo volvía a necesitarle, y repetía su acción entre mis piernas. Sólo interrumpíamos nuestra placentera rutina cuando él maullaba, entonces yo entendía al instante lo que él quería, bajaba a la cocina y servía un par de platitos de sushi, uno para mi y otro para él. Lo comíamos juntos y volvíamos a acostarnos y a hacer el amor.

gato2Estuvimos así hasta el martes por la mañana. El tiempo se había detenido en nuestra casa, la vida pasaba a nuestro lado como si la mierda del resto del mundo no nos importase absolutamente nada. Estaba acariciándole el cuello cuando detrás de una oreja le descubrí un bultito. Era una garrapata. Me vestí corriendo y bajamos al garaje. Cogimos el Mini rojo y pusimos rumbo a la clínica veterinaria de la urbanización de al lado, la que yo había visto al pasar cuando iba al Hypercor junto a la salida de la autopista. “24 horas, 365 días al año abiertos para su mascota”, recordaba que ponía en aquel cartel. Aparcamos en la puerta, la zona estaba desierta, sin un coche ni ninguna persona a la vista por ninguna parte, todos estaban metidos en sus garajes o chalets respectivos. Me bajé con Óscar en brazos. Nos recibió una chica vestida con una especie de pijama azul y cara inexpresiva de atontada. Pasamos los tres a una especie de salita con una camilla en el centro. Ella comenzó a manosear con torpeza a Oscar, como con desgana, cosa que no me gustó nada, pero al gato sí parecía agradarle, se restregaba en su mano.

- Pues sí, aquí está, es una garrapata, y bien gorda. ¿Cómo se llama?
- Conchi Gotor.
- No digo usted, digo esta preciosidad.
- Ah, vale.... Óscar.
- ¿Óscar?
- Sí, Óscar....
- Lo pregunto porque es una gata....


Imprimir

Halley

Hacía muy poco que nos había salido pelo en los huevos, a algunos ni eso. En el año 1986 el cometa Halley hizo su periódica visita de rigor a la tierra. El sol de primavera comenzaba a lucir entre la contaminación de Madrid y las margaritas empezaban a brotar en la Dehesa de la Villa, pero a nosotros éso nos la traía bastante floja. Nuestros padres creían que éramos chicos sanos, que nos gustaba ir de acampada a los bosques para respirar aire puro. Ninguno habíamos militado en los Boy Scouts, ni en la OJE, ni en ningún movimiento nacional socialista de sodomitas parecido, y sentíamos un asco atávico, casi visceral, por todos ellos, por cualquier uniforme o símbolo de autoridad. Nos sentábamos en un banco en la calle y dejábamos pasar las horas hasta que se extinguían los días y los años. Parecía que el tiempo pasaba lento, muy despacio, que era eterno, pero en realidad aquellos pantanos estancados de existencia, aquellos días interminables, no fueron más que una micra de tiempo perdido dentro de la inmensidad de la mierda cósmica.

Fuimos a la antigua estación de autobuses de Palos de la Frontera a sacar los billetes para tomar rumbo hacia la sierra de Gredos. Esperamos una larga cola de pié sobre aquellos sucios pasillos donde había que defenderse como uno podía de los yonquis pedigüeños y de los malotes de ciudad. Teníamos el dinero justo y había que protegerlo a toda costa de aquel ejército de zombis que por la noche dormían recostados sobre cartones y a los que el humo de los autocares protegía del frío. Finalmente, conseguimos sacar aquellos pasaportes hacia la bucólica naturaleza. Despues, cogimos el Metro y todo quisqui se retiró a su casa a velar armas. Aquel viernes nos habían dado las vacaciones de semana santa y el sábado, a las nueve en punto de la mañana, nuestro pequeño y sucio ejército partiría camino de su peculiar guerra hacia el pueblo serrano de Piedralabes. Costó dormirse, daba miedo, escalofríos, sólo de pensar que ibas a pasar unos días en compañía de aquel grupo de personas jóvenes tan irresponsables y con tan temprana tendencia hacia las adicciones y la violencia omnímoda.

Me desperté tremprano, ansioso y excitado, y a los cinco minutos sonó el telefonillo con un largo y ensordecedor pitido. El Ramiro siempre llamaba así de fuerte, el hijo de puta. Ese espécimen era  extremadamente delgado y más bajo que yo. Tenía un problema glandular: su cuerpo segregaba poca testosterona porque sus testículos no se habían desarrollado bien. Lo compensaba con una mala leche muy superior a la todo el resto de la humanidad junta. El escuadrón de la muerte venía a buscarme. Bajé con mi macuto cutre casi tronchándome el espinazo. Echamos a andar en silencio, como famélica legión. Parecíamos la santa compaña camino de San Andrés de Teixido. Cogimos el metro en Estrecho, todos con cara de sueño y de mala hostia. En media hora llegamos a la estación y nos subimos al traqueteante autobús. El trayecto no fue largo, pero sí algo desagradable. Aquel troncomóvil olía a sobaco, a viejos asientos de sky y a los pedos que se tiraba sin rubor el Vicente. Nada más bajarnos en el pueblo, pusimos pasta entre todos y compramos tres cajas de litros de Mahou, que cargamos al hombro como si fuesen munición para una batalla, para resistir un largo asedio. Subimos por aquellos dos kilómetros de carretera empinada y llegamos a un enorme pinar donde plantamos las dos tiendas canadienses de cuatro plazas. En una dormiríamos los cinco que menos espacio ocupábamos. La cremallera de la puerta de aquel masificado habitáculo estaba rota por abajo, y al Ricardo, elegido por aclamación popultar para tal fin, iba a tocarle planchar la oreja junto a aquella ventilación natural sufriendo las inclemencias del relente sobre los riñones. Pensábamos que el Ricar era gilipollas porque pasaba absolutamente de todo lo divino y lo humano, sólo sabía reír, beber y hacer posturas mariconas de Taekwondo, arte marcial de la que era un experto. A su lado dormiría "el muñeco", de cuya condición sexual siempre habíamos dudado. Era un niño pera al que se le había muerto la madre de pequeño y a quien su familia había criado entre algodones y cariñitos, como si se fuese a romper. Le compraban todos los juguetes que deseaba y la ropa de marca. Íbamos a su casa más por su enorme Scalextric que por su compañía. Se llevó al campo, para fardar, su camiseta Adidas de la selección alemana. El Vicente se la quitó, se limpió con ella los granos de su repugnante cara manchados de fabada, y se la pasó por su maloliente y gaseosa entrepierna para vejar el orgullo del mimado Muñeco.

La alineación completa: Ramiro, el Pato, el Muñeco, el Vicente, David “el loco”, el Trapo, David “el gordo”, el Ricardo y un servidor. Habíamos comprado latas de fabada Litoral y magro de cerdo Apis suficientes para alimentar al sexto ejército del general Paulus. Nuestros macutos iban llenos de ropa cutre, zapatillas, botas de militroncho y armas blancas. Yo lucía en mi cinturón un cuchillo de monte de mi padre de más de un palmo de largo, y en el bolsillo un puñal mi abuelo con cachas rojas de los que llevan una hendidura en el filo para que entre aire en la herida de tu víctima. Pero la joya de la corona de nuestros cuchillos era el machete estilo Rambo que le habían regalado al Loco, afilado por las dos caras, que cortaba incluso el filo de un papel como si fuese chorizo. Al David le encantaba lanzarlo sobre cualquier tronco que se encontrase a su paso, tenía una gran habilidad clavándolo a distancia, y decía que soñaba con clavarlo algún día sobre un ser humano, y sabíamos que no mentía. Su hermano mayor, el Trapo, tenía fundado miedo de sus arrebatos violentos. Era más gracioso y simpático que su brother, también más débil, y no hacía más que recibir cada vez que había pelea fraticida. El Trapo era, además, un maestro jugando al fútbol, todo lo contrario que El Vicente, pero éste suplía su falta de habilidad deportiva con una fuerza y una elasticidad innatas, inversamente proporcionales a su escaso cerebro. El Vicente no se hablaba con su padre hacía años porque había caneado a su madre. Había mamado violencia. Nada más llegar al monte se hizo con una rama gorda de árbol que blandía ante nosotros amenazador. Más de uno se llevó aquellos días un gratuito palo en el lomo con aquella vara aunque, muy en el fondo, era su forma de demostrar cariño. Nadie se atrevía a acercarse a él, porque, además, daba asco que nos pusiera la mano encima por el tremendo acné que le agujereaba la cara y que nunca acababa de supurarle. El médico le había ordenado no comer chocolate, ni azúcar, para evitar la tendencia de su piel a formar granos de pus. Pero bastaba que alguien le prohibiera algo para que él lo deseara con más fuerza. Todas las tardes se escapaba de casa y se compraba un cuerno y una palmera de chocolate, que devoraba desafiante, como un león su presa, ante nuestras hambrientas miradas, sin dejarnos catar ni un trozo. Su cara parecía un mapa en tres dimensiones de los Cárpatos, y su espalda tenía más cráteres sobre su superficie que la cara oculta de la luna.

Nuestro equipo era el campeón del distrito bebiendo. El Ramiro se dejó, después de una de las borracheras, sus zapatillas Yumas fuera de la tienda. Llovió a cántaros aquella madrugada y esas playeras de “marca”, las de los domingos, se le calaron. No consiguió que se secaran en toda la semana y, desde entonces, sólo pudo calzarse unas Boomerang rotas de su hermano, lo único que había traído de repuesto, que le estaban dos números grandes. La tarde del lunes de pascua salimos a recoger leña para hacer la enorme fogata que prendíamos todas las noches, y yo metí mi pié izquierdo en un lodazal junto al río. Mis J´Hayber quedaron inservibles durante el resto de la expedición. Luis “el pato” tenía unos pies enormes, calzaba un cuarenta y cinco. Era una nulidad total y absoluta para practicar cualquier deporte, no tenía manos sino muñones y especulábamos que entre los dedos de sus pies crecían membranas, porque el cabrón nadaba más rápido que un salmón noruego. También le llamábamos “el mofeta”, porque su ropa olía siempre fatal. El Vicente decía también de él que era maricón. Nunca se cayeron bien, mutuamente. El Pato era tan buena gente que incluso daba asco el punto de cordura que aportaba al grupo, desentonaba entre tanto cafre carente de ética y sesera.

halley2Por las noches hacíamos expediciones al pueblo. Frecuentábamos “La Bode”, un bar donde exponían una oferta irresistible: dos jarras de moscatel al precio de una. Consumíamos aquel líquido dulzón del demonio hasta que no podíamos más y retornábamos a la zona de acampada haciendo eses por la cuesta arriba. Una noche, David “el gordo” quedó en coma etílico sobre el cauce del río y durmió la mona sin chaqueta sobre las piedras de la orilla. Horas más tarde despertó empapado y congelado. Nadie había reparado en su falta. Tuvo fiebre durante los dos días siguientes, pero se curó mezclando aspirinas del botiquín que había traído el Pato con abundante cerveza. Nos acostábamos al alba, cuando la hoguera de cada noche se extinguía, y nos levantábamos cuando la tremenda resaca nos lo permitía, al mediodía. Aquella mañana de jueves santo el Ramiro, el Vicente y yo nos despertamos más pronto. Abrimos una lata de magro de cerdo y nos la desayunamos acompañada de una tableta de chocolate de emergencia que yo había escondido en un bolsillo oculto de mi macuto. A lo lejos vimos aparecer, como en una alucinación colectiva, al padre del Muñeco y a su hermana mayor, que venían a hacernos una visita de cortesía para ver qué tal iban nuestros ejercicios espirituales campestres. Al ver nuestro poco aliñado aspecto, nuestros ojos colorados y nuestras caras amarillentas a causa de las repetidas intoxicaciones etílicas, quedaron impactados. Nos saludaron mirándonos como si fuéramos animales del zoo de la Casa de Campo, y preguntaron dónde estaba Marcos, “el Muñeco”. De repente, la cremallera de una de las tiendas se abrió y reptando a cuatro patas apareció el interfecto. Al escuchar la familiar voz de su hermana intentó ponerse en pié, pero su cabeza daba demasiadas vueltas, cayó al suelo con estruendo y de su boca, como un torrente, salió un líquido espeso mezcla de moscatel, cerveza y judías pintas. El Muñeco se excusó antes su familiares diciendo que algo le había sentado mal en la cena. Le creyeron, como siempre. El Trapo, el Loco y el Gordo aun se retorcían bajo un coma inducido en el interior de su tienda cuando la visita se largó. El Vicente apagó un cigarro sobre el doble techo para que respiraran mejor, y luego se tiró un pedo por el agujero.

Aquella noche llegó un montón de gente a acampar al pinar. Todos los viernes santos muchos jóvenes cachorros tenían por costumbre marcharse de sus chozas de la gran ciudad a la sierra de Gredos, para disfrutar de las drogas y el alcohol en un entorno natural . El Vicente conocía bien al tipo que plantaba siempre por aquellas fechas su campamento sobre una pequeña meseta a la izquierda del camino. En el macuto de aquel hombre se encontraba el nuevo objeto de deseo del Vicen, su recién descubierta pasión: el hachís culero marroquí. Habíamos puesto cada uno cuatrocientas pesetas para sufragar sabrosos blandos estupefacientes para todos. El Vicente fue el encargado, por iniciativa y mandato propios, para entrevistarse con el cutre dealer campestre. Le esperamos tres horas bebiendo cerveza caliente, tardaba más de la cuenta, demasiado. Se excusó diciéndo que le habían invitado a unos porros de propina por ser buen cliente. Regresó con los ojos inyectados en sangre y hasta las espinillas le habían cambiado de color del rojo al amarillento. Cogió un litro de birra y se lo bebió de un trago. Después dijo que se iba a cagar. Era un gran cagón, lo hacía tres veces al día. No apareció hasta la mañana siguiente. Al calor de la lumbre deseábamos que el Vicente se muriera en la profundidad del bosque y que su cuerpo fuese devorado por las alimañas. Cuando volvió se había fumado todo nuestro presupuesto para drogas él sólo, con nocturnidad y alevosía. Casi no se tenía en pié, parecía alucinado, más de lo habitual. Comenzamos a odiarle todos al unísono. El Loco dijo que le iba a matar. Nos fuimos a dar un paseo por el monte a mascullar nuestra inquina. Incitamos al Loco a la venganza. El Ramiro decía que prendiésemos fuego a la tienda mientras el Vicen dormía dentro. El Loco era el único con suficientes músculos, cojones e idiocia para enfrentarse a aquella mole de sebo y estupidez.

El Vicente y el Loco eran los más fuertes de la cuadrilla. Parecían, aparentemente, amigos, pero se tenían tremenda tiña en el fondo, como todos los humanos los unos a los otros. Regresamos al campamento. El majara del grupo despertó al Vicen de su sueño de gloria y hachís zarandeando la tienda de campaña. El Vicente se levantó atontado y, en cuanto asomó la jeta, nuestro querido Loco se abalanzó sobre él llamándole de hijo de puta para arriba y asegurando que le iba a rajar. Rodaron por el suelo agarrados como dos cerdos salvajes en pleno apareamiento. Los mirábamos alucinados y espectantes, queríamos ver sangre. Los habitantes de las tiendas aledañas no daban crédito a lo que estaban viendo, pero ni se atrevían a acercarse ante aquel duelo de puercos titanes. Tras atizarle una hostia en plena cara, por fin el David consiguió inmovilizar al Vicen en el suelo. De repente, agarró el machete de Rambo que llevaba al cinto, lo sacó de su funda y alzo su mano armada para tomar impulso. Cuando fue a lanzar la cuchillada sobre la cara del Vicente contuvimos la respiración por un instante. El agredido cerró los ojos esperando la muerte, pero el cuchillo se hundió en la tierra varios centímetros a la derecha de su cabeza en vez de en su rostro. A continuación, el Loco lo desenclavó, lo volvió a alzar y, cuando esperábamos otro ataque feroz, lo lanzó contra unos matorrales con todas sus fuerzas. Entonces se levantó de encima de su presa y se largó corriendo monte arriba espetando tremendos alaridos. “Mi hermano es gilipollas”, dijo el Trapo. “Y un maricón”, añadió el Ramiro.

halley3Al anochecer subí junto con el Trapo, el Ramiro, el Luis y David “el gordo” a un montículo sin árboles desde el que se divisaba todo el valle. El Trapo llevaba unos prismáticos legados por su difunto padre. Hacía una noche sin nubes y la luna creo recordar que se encontraba en cuarto menguante. Nos tumbamos en el suelo y fuimos pasándonos los prismáticos unos a otros apuntando hacia donde se encontraba el cometa. Se veía en el firmamento como una pulga con una pequeña cola blanca. El Halley era mucho ruido y pocas nueces, no nos explicábamos cómo semejante mierda de cometa había podido inspirar a tantos artistas y profetas del Apocalipsis, todos los fanáticos de la astronomía y la astrología se podían ir a tomar por el culo. Hacía frío esa noche en aquel monte perdido. David “el gordo” se había bebido los cuatro últimos litros que nos quedaban y dormía semiinconsciente al calor de su incipiente alcoholismo, un deporte que con los años ha llegado a dominar como un maestro. El Ramiro propuso que le dejásemos allí abandonado a ver si se moría de puta una vez de una pulmonía. El Ramiro tenía los huevos pequeños, pero muy mala follá. Ese domingo, como cada año, Dios resucitó de entre los muertos, o al menos eso cuentan. Y el lunes por la mañana regresamos todos, sanos y salvos, a nuestros domicilios. Ayer, desde mi ventana, pude ver al Trapo, a David “el loco” y a David “el gordo” tomando cañas en el bar de enfrente. El cometa Halley volverá a cruzarse con la Tierra en el año 2061.

<<El tiempo es decidido,
no suena su campana,
se acrecienta, camina
por dentro de nosotros,
aparece
como un agua profunda
en la mirada
y junto a las castañas
quemadas de tus ojos
una brizna, la huella
de un minúsculo rio,
una estrellita seca
ascendiendo a tu boca.>>
Neftalí Reyes.

Odio y heces

J odiaba las clases, odiaba a los profesores, odiaba a los alumnos de todas las edades, incluso odiaba a las pizarras y a las putas tizas. Si todos se hubieran muerto en un atendado terrorista él hubiera sido feliz. Los otros niños le machacaban, le pegaban, le vejaban, le insultaban. J no cagaba nunca en el colegio, y rara vez meaba, se las arreglaba para aguantarse hasta casa, ya que le daban arcadas sólo de pensar en entrar en aquellos repugnantes wáteres adornados con tan penetrante hedor a orín y a humanidad infantil. Salía de su casa a las ocho de la mañana y regresaba a las cinco y media de la tarde, la tortura era larga. Durante ese lapso de tiempo, su cuerpo no se vaciaba de líquidos más que mediante el sudor y la excreción nasal. Gracias a la práctica de tan escatológico deporte y al paso inquebrantable de los años, que siempre al humano le añade diabólica experiencia, J consiguió un tremendo control de sus esfínteres, su recto se convirtió en una válvula de acero infranqueable para las heces fecales, una habilidad desarrollada con el tiempo de forma inversamente proporcional a su actual facultad de controlar la eyaculación, reto que nunca llegó a superar ni con entrenamiento duro a base de masturbación compulsiva estilo mandril.

Gracias a ese supremo esfuerzo, a ese trabajo de Hércules de entrenamiento anal, J podía hacer sonar sus intestinos con la habilidad de un maestro de la gaita, era un auténtico genio interpretando bellas melodías al estilo de las de Carlos Núñez con el suave pero bizarro viento de metano que expulsaban sus nalgas al relajarse. Era capaz de conseguir un cuesco de aceptable sonoridad cada quince segundos sin esfuerzo, y repetir esa flatulenta operación durante horas sin desfallecer ni acudir a urgencias del hospital. J es en la actualidad claramente comparable en cuanto a pedos con Usain Bolt en el atletismo. Si el esprinter jamaicano es capaz de correr los cien metros lisos en nueve segundos y sesenta y nueve centésimas, J es capaz de convertir una lata de fabada litoral en novecientos sesenta y nueve malolientes pedos en cien minutos, y todo ello sin la necesidad de perder el tiempo en un gimnasio ni la de maltratar su cuerpo con pesas, Winstrol o anabolizantes.

odio2J estaba enamorado de una niña calientapollas de su clase, ML, que ni se dignaba a mirarle. La relación de J con las mujeres siempre ha sido un “quiero y no puedo”. Las hembras por aquel entonces no reparaban más que en los delincuentes juveniles y en los viriles repetidores, únicos machos a los que dejaban magrear sus inmaduros cuerpos tumbadas sobre el césped de los míseros parques del extrarradio. J se masturbaba compulsivamente pensando en ella y, una tarde, consiguió la cifra récord de ocho eyaculaciones. Luego tuvo que pasar la fregona con energía sobre el suelo de su cuarto, aprovechando el rato en que su madre bajó a tirar la basura, para mitigar las agrias manchas con las que había adornado el parquet. Con el paso de los años, esas enormes cantidades de semen vertido por sus testículos acabó corroyendo la madera de tal manera que sus progenitores tuvieron que cambiarla primero por Sintasol y más tarde por tarima flotante.

La carne es tan débil como la mente. Los sentimientos muchas veces brotan como un torrente incontenible. Y J perdió la cordura una mañana, ya que durante el recreo le contó a un supuesto amigo suyo, R, que le gustaba ML, que estaba locamente enamorado de ella. Relató cómo soñaba con ella desnuda, cómo pensaba en un futuro en el que se casaban por la iglesia, cómo fantaseaba con penetrarla sin anticonceptivos para dejarla embarazada durante el primer coito para que ella no pudiera separarse ya nunca de él. “Amigo” es sin duda una palabra con "sentido", pero sin "referencia" real, como diría el hijo de puta de Wittgenstein después de que su mujer le pusiera los tochos. “Nunca te fíes de nadie, no te fíes de mí...”, afirmaba Herodes Agripa al emperador Claudio, su supuesto mejor amigo, en una novela pestiño de Robert Graves.

ML parecía que ni veía a J. Pero dos semanas más tarde de la charla con R, se le acercó por sorpresa Jesús Cerdá, un matón repetidor tres años mayor que él y compañero suyo en séptimo curso de EGB. J creyó que le iba a llamar maricón y a pegarle, como hacía siempre, pero éste, entre sollozos, le relató que la chica por la que bebía los vientos J le había confesado a él, mientras hacían el amor bajo un pino piñonero del parque sito junto a las vías del tren de Alcorcón, que estaba loquita por J, y que ella no se había corrido durante aquel polvo con la excusa de que sólo podía alcanzar el orgasmo pensando en J. ML le había suplicado llorando a Jesús que por favor que no la pegase más y que hablara con J para hacerle llegar sus sentimientos, que no podía decirle aquello en persona porque le daba vergüenza que sus amigas la vieran con uno de los feos del colegio. Jesús pidó a J, ante la sorpresa de éste, que si la amaba de verdad como él acudiera al cine del barrio aquel sábado por la tarde, a la sesión de las siete, y que dentro, en la última fila, se encontraría ML con él. A J le dio un vuelco el corazón aquel martes, y hasta el sábado no se le levantó el nabo ni para hacerse una paja, todo por amor, también por algo de acojone, pero sobretodo por amor. Tenía mariposas en el estómago que le impedían estudiar, excitarse o comer. Soñaba con dormir con ella pero, sorprendentemente, no con que se la chupara hasta eyacular, él se había vuelto noble y limpio de repente. Llegó el sexto día de aquella semana y J se acicaló, se vistió con unos pantalones Levi´s de imitación del rastrillo del San José de Valderas, se calzó unas Nike Wimbledon de su hermano que le estaban dos números grandes y se embadurnó hasta casi provocarle el vómito la cara y hasta sus partes con la colonia Brummel de su padre. Se marchó al cine nervioso como un flan Dhul, fantaseando en cómo sería aquello del amor real, el de carne y hueso.

Llegó diez minutos antes de comenzar la sesión. Le daba vergüenza entrar sólo al cine, pero le echó huevos por una vez en su sucia vida y se adentró con paso firme en la sala, poblada en ese momento por viejos desocupados, gordos pajilleros metemano sin amor, indigentes en busca de calor y chicos bravucones con sus novias pechugonas intentando magrearlas o meterles la polla en la oscuridad. Echaban un suculento programa doble: “Los liantes” y “El lago azul”. Se sentó, vigilando a un lado y a otro, en guardia, ya que contaba la leyenda que unos choros le habían robado los pantalones de marca a un chaval durante una proyección y el pobre infeliz había tenido que volver a su casa en calzoncillos.

J Aguantó las casi cuatro horas en soledad, esperando a su amada, que nunca apareció por el lugar. Al menos pudo tirarse sus habituales ventosidades a gusto, sin miedo al rechazo de su Julieta ni al qué dirán, porque el hedor de fondo de la tela raída de las butacas y el de los meados resecos, que brotaba de los baños del fondo de la sala, amortiguó de forma eficaz el olor de los cuescos. La sesión doble terminó. J estaba cabreado y triste a partes iguales. ¿Qué le habría sucedido a ML? ¿La habrían prohibido salir sus padres? ¿Estaría enferma? ¿Le habría bajado el periodo de la emoción? A la salida, nada más atravesar las puertas de cristal, se dio cuenta de que todo era, en realidad, una burla. Pudo observar a Jesús Cerdá y a tres más de los hijos de puta de sus compañeros, incluido R, en la acera de enfrente descojonándose al verle. Le llamaron maricón y gilipollas a gritos para que toda la gente lo escuchase. Le siguieron casi hasta su casa mofándose de él, incluso le dieron tres collejas que le dejaron el cogote color papaya. Cuando ya casi había llegado a su morada, Jesús le adelantó, se puso frente a él, le empujó, después le pegó un puñetazo en las costillas y le llamó mierda carcajeándose, e insinuó que si quisiera se follaba a su madre, que era también una puta cerda. Le dijo a las claras que se iba a llevar hostias hasta en el carnet de identidad hasta que él se hartase, y que a ML no le gustaban los maricas, que a la chica en cuestión se la follaba todo Dios menos él. Delante de todos, mientras J estaba en el suelo, le escupió e hizo ademán de mearle encima. Afortunadamente se aburrieron y se marcharon. Humillado subió a su casa. Su padre vio las manchas del pantalón que se había hecho al caer al suelo y un arañazo que tenía en la cara y le castigó sin paga dos semanas.

odio4Las risas en clase siguieron hasta final de curso, y las hotias en su contra también, cíclicamente, día sí y día también. Una tarde se cruzó con ML y sus amigas en un pasillo del colegio y ellas le llamaron maricón. Años más tarde, J, enchufado por su hermano mayor, consiguió trabajo en un periódico de tirada nacional, y en la actualidad cobra más de dos mil euros de sueldo por casi no hacer nada. J mató las tardes de adolesciencia y soledad en su habitación escuchando los discos de Pink Floyd y de los Eagles de su brother, fingiendo que era un tipo sensible y que amaba la música de los grupos dinosaurio de los 70. J se sigue masturbando compulsivamente, incluso en los servicios de su trabajo, incluso después de follar con su mujer, incluso, a veces, excitándose con los anuncios de putas de los canales de televisión local. J sólo se quiere a sí mismo, a los demás les pueden dar por el culo. J tiene que fingir todos los días de su vida que siente algo positivo por alguno de los restantes habitantes del planeta tierra. J caga todos los días dos veces en el trabajo. J dice que ha leído a Jules Renard, sospecho que es una puta mentira, aunque él afirma con convicción fingida que siempre dice la verdad, incluso cuando miente. J cree vivir en el país del cinismo, pero hace siglos que traspasó la delgada linea de la hipocresía. J pidió a su madre que le adelantase la herencia de su padre cuando éste murió.

Jesús Cerdá palmó de sobredosis el 9 de marzo de 1994. Tenía sólo ocho dientes y decía que era feliz. J también es feliz.

<<Pelo de Zanahoria, las nalgas apretadas, los talones bien plantados, se echa a temblar en las tinieblas. Son tan espesas que se cree ciego. De pronto una ráfaga lo envuelve como un paño helado, para llevárselo. ¿No hay zorros y hasta lobos echándole el aliento en los dedos, junto a las mejillas? Por lo visto, lo mejor es precipitarse hacia las gallinas con la cabeza adelante para agujerear las sombras. Tanteando, coge el gancho de la puerta. Al ruido de sus pasos las gallinas, asustadas, se agitan cloqueando sobre sus perchas. Pelo de Zanahoria les grita:  -¡Callaos ya, soy yo!>> “Pelo de zanahoria”, Jules Renard.


Imprimir

lanochemasoscura